(área de descanso nº 125)
Isidro Velázquez y Manuel Segovia son dos ancianos que viven en la pequeña comunidad mejicana de Ayapan, en Jalpa de Méndez, en el estado de Tabasco. Isidro y Manuel se han convertido en cómplices de un asesinato muy particular que, de alguna manera, decidieron perpetrar hace algún tiempo. Lo más curioso del asunto es que estas dos personas no se dirigen la palabra. Y precisamente en este hecho radica el crimen en sí.
Hace unos días, leía la noticia de que el idioma ayapaneco, una de las 364 variantes lingüísticas de Méjico (casi tantas como días tiene el año), acaba de engrosar la lista de lenguas muertas porque los dos únicos hablantes que quedan de dicha lengua (Isidro, de 69 años de edad, y Manuel, de 75) están enfadados entre sí y, pese a vivir a escaso medio kilómetro uno del otro, ya no se hablan por un desencuentro cuyo origen se ignora. Manuel había explicado al Instituto Nacional de Lenguas Indígenas que a mediados del siglo XX eran casi 8.000 las familias ayapanecas que hablaban la lengua, pero con la construcción de la carretera Villahermosa-Comacalco la migración de estas familias hacia poblaciones mayores y costumbres distintas ha sido el principal motivo de la progresiva extinción de la lengua que hablaban. Han sido absorbidos por un ambiente más globalizador.
Es sorprendente la forma en que un patrimonio cultural puede llegar a extinguirse. Si me preguntan, se me pueden ocurrir muchas formas, desde todo tipo de invasiones (ya sean culturales o movidas por otros intereses más pedestres) hasta un abandono del testigo (algo menos estridente pero con idénticos resultados). Lo que nunca se me hubiera ocurrido es que una situación tan poco épica y tan de andar por casa como la de Isidro y Manuel pudiera provocar la extinción de una lengua hablada.
En fin, son cosas que pasan. Si mi vecino del piso de abajo y yo habláramos la misma lengua y nadie más en el mundo la conociera, estoy seguro (muy seguro) de que ese raro idioma también correría un riesgo elevadísimo de extinción. Una lengua existe porque es un soporte valioso para una comunicación que se desea y se convierte así en vehículo de experiencias, conocimientos y cultura. Si no hay deseo de comunicarse no hace falta ninguna lengua. Pero si existe la necesidad de abrirse y extenderse hacia otras personas, tal como se propaga el fuego en los incendios, con ese ímpetu tan difícil de sofocar, entonces sucede que incluso sin una lengua se llega a cumplir ese propósito. La comunicación aprende a superar las barreras y se abre camino aun con los medios más escasos.
Me viene a la memoria haber recurrido en alguna circunstancia incluso al dibujo para poder mantener una conversación con otras personas con las que no tenía ningún idioma en común. Manteles de papel en una sobremesa, libretas o servilletas de cafetería han sido el soporte material de más de una charla que ha surgido espontáneamente. De la misma manera que si jugáramos al Pictionary y ayudados por ese valioso recurso del lenguaje no verbal, se conseguía que las ideas de uno fueran cobrando sentido en la mente del otro. A fin de cuentas, las expresiones de tipo artístico son también otro imprescindible soporte cultural que puede ser utilizado (de hecho, es utilizado con bastante frecuencia) como forma de comunicación entre dos o más personas.
Y volviendo al asunto de las repercusiones que tienen las disputas no resueltas, es cierto que resulta algo llamativo cuando se alcanza el extremo de acabar matando una lengua, porque esto es algo que no sucede todos los días. Pero también se pueden matar muchas más cosas, de menos calado en el acervo colectivo, aunque igual de trascendentes en lo personal. Se matan áreas de la memoria, se liquidan tradiciones, se pone fin a abrazos y achuchones, se terminan sonrisas, se acaban los gestos, se marchitan complicidades... y también se extinguen palabras inventadas, vocabularios de una relación exclusiva, expresiones que nunca ocuparon su lugar en un diccionario, que nunca pertenecieron a ninguna lengua, pero que eran parte del idioma en que dos personas se entendían a la perfección.
