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miércoles, 12 de junio de 2013

termitas

(etapa 28.13)
"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en salir a buscar nuevas tierras, sino en aprender a ver la vieja tierra con nuevos ojos".
(Marcel Proust)

Me decía un amigo mío (y me lo decía desde su punto de vista de psicólogo) que el naufragio al final de la película "Titanic" no solo había acabado a la fuerza con la relación de los jóvenes amantes, sino que había ahorrado a los espectadores otro final igual de abrupto pero mucho más prosaico. Aunque no creo que ningún productor hollywoodiense se dejara seducir por esta otra historia. Lo que me quería decir es que dos muchachos con tan poco en común solo dan para un relato fugaz, pero que su relación a largo plazo parece, de antemano, condenada al fracaso.
Quizás no se tratara tanto de una reflexión acerca de las relaciones de pareja, sino de la durabilidad de las cosas en nuestros tiempos. Tanto se ha insistido en el tema de la obsolescencia que ¿quién no se conformaría con unos breves instantes de satisfacción a cualquier precio?

La nuestra se ha convertido en una sociedad de termitas donde todo parece objeto de un consumo voraz y vertiginoso. Alguien le ha dado cuerda a este diminuto planeta azul grisáceo, alguien ha acelerado el ritmo de la vida, y desde entonces la existencia transcurre y se desencadena a la velocidad de las partículas subatómicas. Nada dura lo suficiente. Antes de terminar algo ya se está inmerso en otro nuevo asunto. Hay tanta prisa que apenas da tiempo a deleitarse en algo, dedicándole todo el lapso necesario y en exclusiva. La vida es una carrera delirante para llegar a ninguna parte: ya he visto, ya he leído, ya he visitado, ya he probado...
Se concentran cientos de obras asombrosas en un museo o en una biblioteca, para que miles de visitantes las recorran en unos instantes y apenas lean los títulos, en un empacho sin sentido. Obras elaboradas con la dedicación de días y días de trabajo de artistas consagrados, obras que podrían ser objeto de admiración y estudio durante meses, grandes obras, trayectorias vitales, reducidas a serrín en pocos segundos.
Con las personas tampoco se es mucho más indulgente. ¿Tiempo para conocer a alguien? Sensación de tiempo perdido, que pase el siguiente...

En otra película distinta, "El último samurái", un tipo contempla en sosiego las primeras flores de cerezo que han traído los albores de la primavera. El tipo es un consejero del Emperador, que se ha sublevado contra las reformas en su país, impuestas para occidentalizarlo completamente y acabar con las raíces ancestrales de su cultura. En un momento, se acerca a los cerezos y al hombre que los contempla embelesado un capitán extranjero venido al Japón para ayudar a sofocar la revuelta, pero ahora prisionero del samurái. Este le dice: "La flor perfecta es algo muy raro. Puedes entregarte a la búsqueda de una sola y no habrás malgastado tu vida". Ni que lo hubiera escrito el mismísimo Saint-Exupéry. Al final de la película, a costa de la vida del buscador de la flor perfecta, se tirará por la calle de en medio.

El mundo se mueve a toda pastilla y esto no hay quien lo pare, como vivir en un estado alterado por las drogas. Si lo intentas, te tragará en su incesante y demencial rotación. Es más, tratarán de convencerte de que estás en el error, de que todo eso son señales de progreso.
¿El equilibrio? Ojalá. Al final la balanza se desnivela siempre por la misma parte.
Bien, vale. Habrá que admitirlo, el progreso no hay que detenerlo, no se puede detenerlo. Que se cobre su peaje. El progreso como un agujero negro que se lo traga todo. El orificio de entrada al nido donde habitan las termitas.

martes, 30 de abril de 2013

no tengo tiempo

(etapa 21.13)
"El tiempo absoluto, verdadero y matemático en sí y por su naturaleza y sin relación a algo externo, fluye uniformemente, y por otro nombre se llama duración. El relativo, aparente y vulgar, es una medida sensible y externa de cualquier duración, mediante el movimiento (sea la medida igual o desigual) y de la que el vulgo usa en lugar del verdadero tiempo; por ejemplo, la hora, el día, el mes, el año".
(Isaac Newton, Philosophiæ naturalis principia mathematica)
.
"La barca pasa, pero el río queda".
(Proverbio malayo)

Luego llegó Albert Einstein con su Zur Elektrodynamik bewegter Körper ("Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento") de 1905, introduciendo en el panorama de la Física la teoría de la relatividad especial y dando una nueva vuelta de tuerca (¡y menuda vuelta!) a la concepción del tiempo. El mismo Einstein llegó a responder de forma evasiva cuando se le pidió una definición de tiempo: "Tiempo es lo que se puede medir con un reloj". Qué complejo.
El tiempo se entiende desde entonces como esa cosa a la que todo parece estar anclado y que se estira o se encoge dependiendo de la velocidad con que suceden los fenómenos ahí anclados. Además, la percepción del tiempo es subjetiva. Las experiencias vividas como novedad proporcionan una sensación de que el tiempo se ralentiza, mientras que lo rutinario provoca el efecto opuesto. Un ejemplo típico: cuando se observa un reloj de manecillas con segundero de movimiento no continuo (es decir, a saltos, segundo a segundo), la primera impresión es que el reloj está parado porque el primer segundo parece durar demasiado tiempo. Los demás segundos, en cambio, se perciben con normalidad. Es el efecto de lo novedoso en el cerebro. Por esta razón, una fórmula que se ha propuesto para lograr la sensación de que el tiempo no pase veloz en la vida de una persona es que esta se entregue a experiencias nuevas, aprendizaje constante, recorrer la vida por caminos distintos en vez de transitar los muy trillados.

De todos modos, el tiempo es limitado y no alcanza para todo. Lo común es pensar "no tengo tiempo". Pero esto no es cierto. Para todos el tiempo es el mismo. Unos lo aprovechan mejor, otros peor. El problema no es la cantidad de tiempo que se tiene, sino la gestión del mismo. Está claro.
No me voy a poner a dar consejitos sobre cómo gestionarlo bien, porque en esto siempre seré más alumno que profesor. Lo que sí puedo hacer es recordar un par de ilustraciones que vienen a cuento.

La primera será la del leñador. Dos leñadores tienen que talar un área de bosque. Ambos disponen del mismo tiempo para talar y descansar, tienen un  hacha idéntica y fuerza parecida. Lo que no emplean es el mismo método y eso marca la diferencia. Al final, uno de los dos leñadores ha conseguido hacer más trabajo en menos tiempo. ¿Cómo lo ha hecho? Uno ha empleado todo el tiempo en talar. El otro, ha talado y ha hecho pausas cada cierto tiempo para afilar el hacha. No ha sido tiempo perdido, sino una inversión de tiempo que le ha permitido optimizar el total. La gestión del tiempo tiene más que ver con las distintas tareas que ocupan el tiempo que con la cantidad total de tiempo disponible para una sola tarea.

La segunda ilustración será la de la caja, las piedras y la arena. Es parecida a la anterior, pero contada de forma más abstracta y más general. Si lleno una caja de piedras, todavía queda espacio entre los intersticios para seguir llenando la caja con arena. Se tendrá finalmente una caja llena de piedras y de arena. Pero si tomo una caja y la lleno de arena, ya no queda más espacio para piedras. La caja tendrá arena pero no piedras. Bueno, pues lo mismo ocurre cuando se llena el tiempo con diferentes cosas: si no se cuida el orden o las prioridades, entonces hay cosas para las que nunca se tendrá tiempo. Puede que llenando todo el tiempo con una sola actividad ya se esté servido, pero también se corre el riesgo de llevar una vida desequilibrada o con sensaciones de carencia.

La forma de vivir es, quizás, la mayor complejidad en todo este asunto del tiempo.

jueves, 4 de abril de 2013

"fluctuat nec mergitur"

(etapa 17.13)

En la obra "Julio César" de William Shakespeare, en el acto 4, escena 3, Bruto le dice a Casio:

"Hay una marea en los asuntos de los hombres, la cual, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero, omitida, todo el viaje de la vida está lleno de escollos y desgracias. En esa pleamar estamos ahora a flote; y debemos aprovechar la corriente cuando es favorable o perder nuestro cargamento".

Los días tienen la mala costumbre de descontrolarse. En realidad, el control es tan solo una efímera ilusión. Iluso es aquel que cree que controla sus pasos, cuando lo cierto es que todo escapa al control. Sin embargo, qué necesaria se hace en ocasiones la sensación de dominio de la propia vida.
Los días tienen la mala costumbre de descontrolarse. Empero, en su descontrol suelen abrir una rendija para que el navegante al menos pueda percibir sus mareas.
Hay una marea en los asuntos de los hombres...
Quizás fuera la mejor de las ideas no desperdiciarla en la pleamar, cuando el momento es favorable. Porque llegarán también los días difíciles.
Cómo no. Los días son así: tienen la mala costumbre de descontrolarse.

Aprovecho los vientos y las mareas. Me aferro a la buena corriente.
Sacudido por las olas, pero no hundido.

Iván Konstantínovich Aivazovski:

Буря на море лунной ночью (Tormenta en el mar en una noche de luna llena)

viernes, 1 de febrero de 2013

febrero

(etapa 07.13)
Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.
(Pedro Salinas, "Confianza")

Los azotes del viento han disuadido a enero de seguir aferrado al calendario. Abandona. Literalmente desgajado, desprendido hoja a hoja del almanaque. ¿O quizás han sido las copiosas lluvias las que han arrastrado toda su voluntad de permanencia? El resultado es el mismo. Al fin, un mes deja paso a otro mes.
Febrero entenderá el viento como energía para el cambio, escoba que barrerá las hojas muertas. El agua de la lluvia será el elemento que lave su camino. Lo que mató al pasado será la fuerza del futuro.
Deseos, deseos... Él lo espera así, aunque no sabe qué sucederá.

En estos días de viento y de lluvia, pasear por la ciudad es como vivir en una metáfora. Todo es arrastrado, sin ahondar en motivos ni en maneras. Todo se remueve, lo que se va y lo que viene.
En la esquina acristalada de siempre, a modo de escaparate, aquel establecimiento suntuoso ya no existe. Ahora, la vitrina está polvorienta y revela un interior vacío y abandonado. Ya no están las cortinas aterciopeladas, ni la mesa de madera noble ni las butacas lujosas. Empero, otra ausencia se hace aún más notable. Ya no está la hermosa mujer que era el alma del local, la vida entre lo inerte. La mujer que regalaba su belleza al viandante distraído, una belleza que no puedo llegar a describir, porque hay que ver para entender y para sentir. Sentir la calma, la serenidad, a la vez que la desazón de una mirada inalcanzable, la inquietud de lo imposible. El poder de detener el tiempo... Ya no. Ha vuelto a correr el tiempo y, mirando hacia el interior del local, hacia el vacío difuminado por la capa de polvo en los cristales, apenas se intuye la figura fantasmal que los ojos todavía quieren ver. Pero la sensación es desoladora. Destierro, nostalgia, viento y lluvia.
Los que han venido han sido los estorninos. Vuelven a su cita, como cada año. Invaden el cielo de la ciudad y los árboles de sus parques. Forman nubes de puntos diminutos, nubes que no pierden la redondez del contorno, por más que se muevan velozmente y con gran agitación, simulando ser extraños microorganismos (quizás paramecios, quizás amebas) que fueran examinados con lentes de mucho aumento sobre el tapiz gris del cielo. El frenético vuelo termina para algunos cuando encuentran un árbol en que posarse. Allí encaramados, empiezan una especie de twitter en miniatura, igual de frenético, con docenas y docenas de pájaros en uniforme luctuoso, que no azul, compitiendo para hacer oír su gorjeo por encima de la cacofonía general. La ciudad se rinde a ese murmullo, incluso el viento no lo puede ahogar.
Y sigue lloviendo.

La lluvia limpiará y el viento barrerá. Febrero así lo espera. El sol quizás aparezca de pronto y derrita algunas nostalgias.
Ya se verá...
Mientras tanto, entre los que se fueron y los que vinieron, el tiempo sigue corriendo. Viene un mes nuevo y todo lo hace nuevo, invitando a comenzar de cero. Una vez más.


domingo, 9 de diciembre de 2012

cuadrando el círculo

(todavía más pensamientos desde el retiro)

Un ser humano, visto desde fuera, revela una aparente simetría. Por dentro es otra cosa: un estómago de un lado y un hígado del otro, el páncreas también fuera del eje, un pulmón algo más pequeño que el otro para alojar al corazón, que se reclina ligeramente sobre el lado izquierdo... estos detalles del diseño. A nivel mental, también cada hemisferio del cerebro controla distintas áreas del intelecto. Simplificando mucho, el derecho es el emocional, el izquierdo el racional. Además, la destreza que se tiene con las extremidades de la parte derecha o izquierda tampoco es la misma. En resumen: simetría de pacotilla. Ahora bien, envuelves todo esto y al exterior sí que parece bastante simétrico.
Pocas cosas escapan a la percepción más aguda. Y si se trata de percibir, el cerebro no descansa de esta tarea. A nivel consciente, puedes pensar que no es importante. Pero, inconscientemente, tu cerebro te sugerirá que las personas te van a resultar más atractivas cuanto más simétricas las percibas. Así es esto. Luego, puedes hacer caso o no, pero él insistirá pese a todo.

Vaya rollo con la simetría. Puede parecer poco importante, pero ahora pienso en una cosa... Si una de ambas piernas es un poco más larga que la otra (algo prácticamente imperceptible, pero que -si se miden con precisión las dos- se puede verificar que sí lo es), esto quiere decir que en una larguísima caminata sin referencias se acabaría dando vueltas en círculo, porque la zancada que se dé con una pierna será un poquito más larga que la que se dé con la otra.
No sé, no sé... creo que al final hay demasiadas personas caminando en círculo. Yo mismo me he preguntado alguna vez: ¿qué hago de nuevo aquí? Uno esperaría ir avanzando, pero de repente se encuentra con que no ha sido así. Se repite una situación, un panorama, como en un déjà vu. Extrañas vidas paramnésicas.
Tal vez la clave de la repetición esté en esa pérdida de referencias. Por ejemplo: un desierto es un lugar con muy pocas referencias. El cielo es azul y en él solo hay un sol (ardiente y asfixiante, por cierto) que, durante el día, se mueve de este a oeste y en el hemisferio norte alcanza su cénit hacia el sur. Al mediodía, para más datos. Pero eso es todo. El resto, abajo en el suelo, son dunas y más dunas. Cambiantes e imposibles de memorizar. No hay más información. Qué fácil es perderse. Aunque decidieras caminar en línea recta para llegar a algún sitio, lo que sucedería es que, sin brújula, acabarías trazando círculos en el desierto, en un mar de arena sin referencias.

Así van pasando los días, procurando aferrarse a algún pormenor, siguiendo los hitos del camino, buscando las claves, tratando de cuadrar una trayectoria curva, intentando avanzar y llegar a algún puerto de reposo. O eso o llenar de círculos el solitario vacío de los desiertos de la vida.

viernes, 30 de noviembre de 2012

once de doce

(más pensamientos desde el retiro)

Cuando pienso en meses de transición, todo el protagonismo se lo lleva noviembre. Es tan de transición que le sobran días. Podría tener menos que febrero, pero aun así pertenece al club de los meses de 30 días, no al de los de 31, que es el de los meses "importantes". A ver... no tengo nada en contra de los meses de 30 días (de los doce, mi mes favorito es septiembre), pero es que noviembre no merecía durar tanto como otros. Empieza con las fiestas de los difuntos y se va diluyendo en una especie de agonía prenavideña, acompañada con la amenaza de un invierno al acecho. Tan en tierra de nadie está noviembre, que ocupa un lugar insustancial en medio del otoño, con los árboles ya despojados de sus hojas, pero sin que las nieves hayan extendido todavía su manto blanco por doquier.

Y ya ha pasado noviembre. Se ha ido como desaparece el sol al final del día. Sin ruido, sin alharacas, sin un postrer exceso, lánguidamente. Con poco equipaje que transportar, con las escasas expectativas trasladadas a diciembre, con bastante indolencia, anestesiados los sentidos.
En ese vacío, echo de menos algo así como un thanksgiving day, un alto en el camino que sirva para marcar el punto de inflexión entre la nada otoñal y el resto del páramo en que los adornos navideños (todavía desactivados) comienzan a abarrotar las ciudades, estirando un tiempo que luego (de tan anunciado, como en el cuento del pastor mentiroso y el lobo) transcurrirá en un suspiro, como por sorpresa.
Es lo que tiene noviembre, que le ha tocado ocupar un lugar casi al final del año, donde es difícil prestarle atención o tenerle cariño. Aunque quizás suceda que algún noviembre de algún año se guarde un as en la manga y una Sara Deever aparezca de repente para transformar un mes anodino en una experiencia inolvidable. Dulce, tal vez.
Pero no será este noviembre. Ya no.




domingo, 25 de noviembre de 2012

galope tendido

(pensamientos desde el retiro)

Saturno devorando a un hijo. La imagen es demencial. Como si estuviera pintada por un demente. Como si el retratado fuera un demente. Como si pintor y retratado fueran ambos dementes. El caso de Goya tiene más que ver con su sordera y su amargura, pero lo de Saturno es otro cuento. Saturno es el nombre romano del tipo al que los griegos habían llamado Cronos. Y también había otro Chronos, del que este Cronos parece ser una asimilación o paquete-resumen o algo así. El dios del tiempo, la personificación del tiempo, el titán, todo en uno.
El tiempo es una locura. Antes de que existiera el universo, no había nada. Nada. Ni el tiempo. Con la aparición del universo, el tiempo se pone a cero y empieza a correr. Y, desde entonces, a toda pastilla, a galope tendido, sin freno, hasta que se lo trague alguna singularidad. Y el dios griego cabalga sobre este corcel desbocado o es él mismo el corcel desbocado. Está tan desequilibrado que se carga a su padre y luego a sus hijos según van naciendo. En fin... ya me lo decía un amigo hace unos días: los seres humanos perdonan a veces, pero el tiempo nunca perdona. Es cierto. Siempre te acaba alcanzando, por mucho que corras.

¿Es la vida como un tetris? Ella a su ritmo (a galope tendido, por supuesto) y va dejando caer oportunidades, embrollos, obstáculos, quebraderos de cabeza, venturas y desventuras, para que cada cual los vaya encajando o apilando como quiera y los vaya aprovechando como mejor le parezca. Pero nunca se detiene para que vayas ordenando ese hilo de vida. No se para si se te han roto las entrañas, si ya no puedes más y necesitas un descanso. Él sigue adelante. Ni siquiera se detiene para que te apees si es tu elección. Nada de eso. O te bajas en marcha o sigues en la grupa del caballo loco. Hay quien se da maña y le va bien. Encuentra la forma de dilatar el tiempo, de ralentizarlo, de estirarlo lo necesario para maniobrar a la velocidad oportuna. Como si domara el potro salvaje. También hay quien no es lo suficientemente rápido y se gana un game over prematuro y quizás un gracias-por-haber-participado. Es amplia la galería de los perdedores. Aunque están todos aquellos que, para ganar siempre, lo que hacen es perder lo importante y también están todos aquellos que, perdiendo, terminan por ganar lo realmente valioso. Qué complicado es esto.

Victorias y derrotas, ganar y perder... Dejo que lluevan las figuras del tetris, dejo de montar puzzles, dejo que galope el corcel, dejo que me atrape el tiempo. Entonces se hace la calma, desaparece el ruido. Entonces lo veo todo con una claridad que nunca habría imaginado.

martes, 10 de julio de 2012

aracne y yo

(área de descanso nº 187)
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
(Konstantinos Kavafis, "Ítaca")

Tengo una araña en el retrovisor izquierdo de mi coche. No la he visto, pero sé que vive ahí dentro, detrás del espejo, cobijada en las entrañas de ese cuenco de plástico que ahora le sirve de guarida.
Lo sé porque cada día yo destrozo una telaraña entre el retrovisor y la ventanilla. Y una telaraña vuelve a aparecer nuevamente en su lugar el día siguiente.
Pensé en rociar el retrovisor con insecticida. Aunque las arañas no son insectos, imagino que eso resultaría letal para mi polizona compañera de viajes. No lo he hecho. No quiero hacerlo.
No tengo ninguna filia por las arañas, sino todo lo contrario, pero no quiero hacerlo.

Ella teje. Yo destejo. Ella hace. Yo deshago.
Somos la cara y la cruz que juntas formarían una moneda con nombre de mujer. Somos el día y la noche de Penélope, que teje y desteje esperando que Ulises vuelva de su viaje.
Pero el viaje es largo, muy largo. Ulises tarda en volver y a Penélope se le agotan las excusas.
Aracne y yo le estamos dando tiempo.
Jugamos a ser dioses frustrados.
Ella teje y yo destejo. Así cada día, hasta que decidamos que Ulises tiene que volver a Ítaca, lleno de sabiduría y felicidad.

sábado, 3 de marzo de 2012

pilar de sal

(área de descanso nº 171)
וַתַּבֵּ֥ט אִשְׁתֹּ֖ו מֵאַחֲרָ֑יו וַתְּהִ֖י נְצִ֥יב מֶֽלַח׃
"Y miró su mujer [de Lot] detrás de él y fue pilar de sal".
(Libro del Génesis, cap. 19: 26)

Una pequeña barquita abandona la serenidad del puerto. Su tripulante mueve los remos para impulsar esa cáscara de nuez en la bahía. Por un instante pienso en la perspectiva del pescador: de espaldas al avance, bogando brioso mientras contempla, cada vez más lejanos, cada vez más diminutos, los muelles de los que partió con su embarcación.
Cuánta nostalgia se puede concentrar en una imagen.
Quizás es eso la vida misma. Un adentrarse en un incierto océano, un aventurarse sin poder ver el camino futuro, aún no trazado en las aguas de la existencia, a bordo de la barquichuela del presente, avistando tan solo con la memoria la realidad ya pasada de la estela que se va dejando. Esa misma estela anclada a un lugar remoto donde se intenta encontrar algún sentido al todo.

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Miro el mar y parece que siento su llamada. Y no comprendo cómo me llama a mí, que durante muchos años viví ignorando su presencia. Pero toda esa agua salada, con su vaivén, sus mareas, su oleaje, sus crestas, sus colores, sus jugueteos e incluso su lúgubre y monótono susurro, me resulta cautivadora. Tanto, que no me cuesta imaginar por qué hay quien me dice que toda la vida partió de ahí.
Si fue así, mucho hemos cambiado. No es lugar para la vida humana. No hay posibilidad de sobrevivir en ella, con estos pulmones, con este cuerpo. Estamos en conflicto: yo te robo y tú me robas. Incluso nos podemos robar la vida. Cada vez dudo más de que tuviéramos origen en tu cuna, tan desapacible, tan frígida, tan inclemente, tan adusta. Solo en mis sueños puede ser eso posible. En mis sueños. Donde todo es distinto, donde puedo respirar como un pez, donde no hace frío ni calor, donde nado sin esfuerzo...

*******

¿Una reminiscencia del mar?
En la inmensidad azul, el náufrago vio una isla y buscó posar su pie en ella antes de ser tragado por el agua, tan blanda que no puede ser hollada. Buscó escapar a la muerte segura. Salvarse en tierra firme.
En la llanura de tierra solo habita el viento. La inmensidad azul es ahora el cielo que lo cubre todo. A veces viajan en él enormes nubes que avanzan pesadamente o se deshilachan jugando a ser otra cosa, vuelan aves solitarias, majestuosas, o también las hay que forman escuadrillas. Otras veces, el cielo no sostiene nada bajo su infinito y límpido techo cian. El viento rastrilla suelos ocres o mantos verdosos de pequeña vegetación. Quizás algún árbol se resista a su empuje, desafiándolo con su constancia. Pero de esa pugna tan solo brota música. El roce con cada terrón del suelo, con cada hierba, con cada rama mecida, es la sinfonía de la planicie.
Cuánta paz. Tanta paz, que llega a generar el vacío. Y se busca en el horizonte una isla para salvarse de la inmensidad vacía del océano de tierra, antes de ser tragado por él. Las islas son aquí colinas con rostro de eternidad, de mirada amable a la vez que misteriosa, con personalidad propia.
Y así sucedió que me enamoré de una montaña. La montaña que me salvó de la soledad del llano cuando escapaba de las tierras de su océano.
Reminiscencias del mar.

"De Profundis", Miguelanxo Prado

"En la tumba del marinero
nunca florecen las rosas.

Son su única plegaria
las alas de las gaviotas,

y solo tiene por lápida
las lágrimas de su amada
que por su regreso llora.

En la tumba del marinero
solo florece la aurora".

(antigua canción alemana)

martes, 4 de octubre de 2011

máquina del tiempo

(área de descanso nº 150)

Contemplo a los ancianos por la calle, caminando, sentados en un banco, esperando turno en cualquier ventanilla, en el mercado... y aprecio en sus rostros un gesto de seriedad natural. Quizás es que la incansable fuerza de la gravedad haya querido esculpir una mueca severa entre las arrugas del tiempo, quizás es porque sus semblantes desapuntalados encuentran descanso en esa áspera expresión que no les exige esfuerzo. ¿Es la seriedad a lo que estamos abocados en los años postreros de la vida? No lo sé.
Sin embargo, cuando una sonrisa emerge entre surcos que ya no conocen de formalismos ni de diplomacias, en medio de grietas que no se van a tomar el esfuerzo de fingir sentimientos que no existen, en ese momento sabes que el regocijo es auténtico. Y no encuentro nada más auténtico que cuando reflejan los destellos de júbilo de sus nietos. Ese centelleo es el testigo que se pasa la vida en su interminable carrera de relevos.

*******

Decía un joven:
- Los jóvenes esquivamos a la muerte en las guerras entre balas danzarinas, malgastamos nuestra vida en noches de insomnio y borrachera, despreciamos el peligro y arriesgamos lo que somos llevando al límite nuestros cuerpos y mentes.
Decía un anciano:
- Los ancianos esquivamos a la muerte en los hospitales entre arriesgadas cirugías, rescatamos trozos de vida entre medicamentos, píldoras e inyecciones, esperamos lo que está próximo con la serenidad de quien conoce el destino.
Vale, como sea. Pero tanto el joven como el anciano saben (por sentidos opuestos) que la vida no se puede ahorrar en este momento para poder vivirla más tarde, en un futuro del que se ignora su existencia.

*******

Un día, el hombre preocupado se marchó de su lugar. Los problemas crecían en su ciudad gris y cada vez necesitaba más y más huir de ese entorno opresor. Se escapó buscando lugares más agradables. Dejó atrás su presente y se adentró en parajes que le recordaban más a un idílico pasado que posiblemente nunca había vivido. Y allí quiso construir su futuro.
Al fin, llegó a un sitio que le cautivó. La hierba era más brillante, el sol lucía con otro color, la gente irradiaba alegría. La vida parecía mucho más sencilla, más satisfactoria.
Pasado el tiempo, el hombre preocupado descubrió que la hierba no era tan brillante, ni el color del sol era distinto al habitual, ni la gente era tan feliz. Al contrario, los problemas eran los mismos que en su gris ciudad.
El hombre preocupado sigue llevando su gris ciudad debajo de la piel. Y en cada nuevo destino, la ciudad gris vuelve a colonizar una etapa más de su peregrinaje sin sentido.

*******

Propuesta para viajar a un espacio-tiempo ya conocido:
········ ventajas - accesibilidad al alcance de cualquiera, escaso requerimiento tecnológico, coste irrelevante
········ inconvenientes - imposibilidad de alteración del tejido espacio-temporal, destino impredecible
procedimiento - estimulación sensorial, concentración mental

Anoche, cerraba los ojos y en completa calma escuché el murmullo del viento entre los árboles. Me di cuenta de que era el mismo sonido que ya había escuchado en otros lugares y en otros tiempos. Y hacia ellos me dirigí.
En la mañana, cerré los ojos y tranquilamente dejé que las fragancias del aire me transportaran a un lugar de la memoria evocado por idénticos aromas. Y pude revivir la intensidad de otros instantes sumergidos en las mismas esencias.
A veces, pareciera que la vida se va quedando a medio vivir por el camino... pero, sin necesidad de manipular neutrinos, ella misma nos reclama para retomar las experiencias que quedaron ancladas en la memoria por los anzuelos de los sentidos.


domingo, 11 de septiembre de 2011

diez años, once ese

(parado diez años después)

El 9, el 11 y la S han quedado para siempre como una huella sobre la piel de la humanidad. Es el símbolo de la cicatriz real que pervive en Manhattan 10 años después. Que a su vez es una representación de otra cicatriz más amplia y de dimensiones que nos sobrepasan...
Parece inevitable que la sola mención del jeroglífico 11S evoque la imagen de dos enormes chimeneas prismáticas humeando hacia el cielo neoyorquino, o que vuelva a traer a la memoria la estampa de dos esbeltas torres con una bola de fuego maclada en ellas. Puntos comunes a los que confluye la memoria colectiva. Y para la misma imagen, una gran variedad de sensaciones.

Dejaré los análisis para quienes correspondan. Me conformo con la reflexión personal, silenciosa, para mis adentros.
Ya no puedo decidir si el mundo ha cambiado mucho o poco desde ese hito en el año 2001. Ya van demasiadas vueltas de tuerca (algunas hasta pasarse de rosca) hablando de seguridad global, conspiraciones y teorías sobre conspiraciones, hechos o hipótesis, estrategias y nuevos órdenes mundiales. ¿Quiénes éramos antes del 11 de septiembre de 2001? ¿Quiénes somos después? ¿Realmente ha habido tanto cambio o, en esencia, sigue sin haber nada nuevo bajo el sol?

Pienso en mí mismo. Dónde estaba y con quién estaba aquel día, hace una década. Y dónde y con quién estoy diez años después. El impacto terrible de lo sucedido aquel día me ha permitido fijar en la mente detalles que, de otra manera, se hubieran diluido con los años. Pero ahora ya no es posible que se desvanezcan. Ahora tengo una instantánea del pasado (con personajes, emociones y pensamientos) con la que poder contrastar mi presente. No alcanzo a ver cómo se ha transformado el mundo en una década, pero sí puedo constatar cómo he cambiado yo en ese tiempo.

Cuando pienso hoy en el 11S, diez años después, rememoro una sobremesa en una salita con dos personas que ahora ya no están.
Visualizo esa presencia (que ahora es ausencia) mezclada con el estupor de la retransmisión en directo de algo que estaba sucediendo en otro lugar lejano y que no era capaz de asimilar. La imposibilidad de huir hacia otro tiempo, estando anclado en este (es decir, en aquel).
Nada más.

Y eso es todo lo que tengo que decir sobre el once ese.


lunes, 17 de mayo de 2010

recordando...

(92ª parada)
"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora".
(Sefer Kohelet, cap. 3: 1)

TIEMPO SIN TIEMPO

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

(Mario Benedetti)


Recordar es lo contrario de olvidar. Perogrullesca afirmación, lo sé. El caso es que a veces se olvida uno de recordar y puede ser esto motivo de incomodidades, todo depende de en qué circunstancia suceda tal descuido... El paso de instantes, las acumulación de jornadas, las nuevas experiencias que se van amontonando ejercen su efecto capa-de-polvo que más bien es una capa-de-olvido sobre lo que otrora fue fresca memoria. Y nos olvidamos hasta de que hay que limpiar ese polvo acumulado, si tal cosa fuera necesaria. Parece inevitable. También es un mecanismo del señor encéfalo para protegernos de quién sabe qué...

El viernes pasado recordé que no quería olvidar. No quería olvidar que pasaron los días hasta hacer hoy (17 de mayo) ya un año, el primer año transcurrido desde que Mario Benedetti se despidió de su pluma y completó su legado. El mismo Benedetti que pidió (precisó, necesitó) tiempo sin tiempo vio su tiempo agotado. El día de ayer o el de mañana es tan bueno para recordar como el de hoy. Y no son pocos los días en que no dejo de recordarlo a través de sus poemas, sus escritos, su voz, sus imágenes. Pero la capacidad de concentrar atenciones que tienen las efemérides no es algo que deba desaprovecharse. Quizás fue por eso que el zorro le dijo al Principito: "Si tú vienes sin importar el cuándo, no sabré nunca a qué hora preparar mi corazón... Son necesarios los ritos. (...) Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas".

Por eso, hoy tampoco es mal día para recordar que no quiero olvidar.

domingo, 15 de febrero de 2009

microcosmos

(66ª parada)
"¿Hasta cuándo no apartarás de mí tu mirada (…)?"
(Libro de Job, cap. 7: 19)

El exprimidor deja caer las últimas gotas de zumo y Lorena tira la cáscara de la naranja en el cubo de la basura. Diego se asoma por la ventana, hincha sus pulmones con una bocanada fresca y detiene su vista en los reflejos que las gotas de lluvia de la noche anterior han formado en el suelo de la plaza. Con la palma de su mano, Lorena hace desfilar en el armario tres o cuatro vestidos, sin acabar de decidirse por ninguno de ellos. Un último vistazo a los papeles sobre la mesa de trabajo y Diego mete los informes que necesita en una carpeta. Mientras Lorena se maquilla frente al espejo del cuarto de baño, todavía un poco empañado por la ducha caliente, sigue pensando en que debería cambiar esa bombilla que no deja de parpadear. Diego se calza unos zapatos apropiados para la lluvia, luego se coloca una bufanda al cuello, se pone un abrigo y se echa el bolso bandolera cruzándolo sobre el hombro izquierdo. Lorena coge un pequeño bolso que dejó sobre la mesilla y sale de casa. Cierra la puerta con llave, como tiene por costumbre. Diego llega hasta la puerta de casa buscando las llaves en el bolsillo del pantalón. Cierra la puerta con llave, como tiene por costumbre. Lorena camina hasta una calle más allá del edificio en que vive, donde dejó aparcado su Peugeot blanco. Diego sale de su portal, mira al cielo gris y comienza a caminar con paso apurado. Lorena arranca el motor, enciende la radio, se ajusta el cinturón de seguridad, pisa el embrague y mete la primera, quita el freno de mano, mira por el retrovisor, pone el intermitente y gira el volante a la izquierda. Todo sin pensarlo. La mañana está fresca y Diego, en su veloz marcha, distraídamente pisa algunos charcos mientras suelta por boca y nariz pequeñas volutas de vaho, casi transparentes. Más de una vez, la cinta del bolso intenta deslizarse del hombro al cuello de Diego, debido al rápido ritmo de zancada que lleva, y otras tantas veces ha tenido que volver a acomodarla en su sitio. Lorena oye una emisora de radio sin escucharla y se alegra de no encontrar demasiados atascos en esta mañana. Diego tiene que cruzar una calle. Al otro lado, el semáforo luce un hombrecito de color rojo y Diego aminora el paso gradualmente hasta que se para al borde de la acera. Posa su vista, por azar, al otro lado de la calle donde, también esperando a cruzar, una señora sujeta a un inquieto cocker y un hombre lee un periódico. Lorena gira a la derecha y, un poco más adelante, un semáforo está en ámbar. Pisa suavemente el pedal del freno hasta detenerse con el semáforo en rojo. Diego ve que el hombrecito del semáforo es ahora verde. Pone un pie sobre el asfalto, todavía con la lentitud que le imprime la inercia. Gira su cabeza a la izquierda y se fija en un Peugeot blanco. Lorena, que miraba sin ver el coche parado al lado del suyo, vuelve su cabeza hacia delante y ahora sí que ve a un joven de pelo castaño y ojos verdes que la está observando. Diego mira a la conductora del coche blanco, una joven de pelo negro y ojos marrones que le está observando. Lorena va siguiendo al joven con un giro lentísimo de su cuello, sin apartar sus ojos de los suyos. Diego siente que camina casi sin pasos, como si flotara, sin apartar sus ojos de los suyos. Durante eones, la cabeza de Lorena sigue moviéndose con la parsimonia de un astro en el firmamento, en pleno ballet cósmico. Durante eones, Diego no es consciente de que las bandas blancas y las oscuras de la calzada se siguen alternando bajo sus pies, en el cruce. Un perro roza levemente la pierna de Lorena, que, sacada de su ensimismamiento, mira adelante y ve que el hombrecito verde ya empieza a parpadear. El claxon del coche de atrás sobresalta a Diego que, sacado de su ensimismamiento, levanta la cabeza y ve que el semáforo ya está en verde. Mete la marcha, levanta el pie del freno y sigue su camino. Lorena gira la cabeza un poco hacia la derecha y ve alejarse a un Peugeot blanco siguiendo la calle que acaba de cruzar. Diego desvía sus ojos para mirar por el retrovisor izquierdo cómo una mujer, detenida al lado del semáforo, parece dirigir la vista hacia él mientras su vehículo sigue avanzando por la calle.

sábado, 21 de junio de 2008

anillos de vida

(47ª parada)
"Vienen siete años de gran abundancia en toda la tierra de Egipto. Y tras ellos seguirán siete años de escasez; y toda la abundancia anterior se olvidará (...)".
(Libro del Génesis, cap. 41: 29-30)

Las personas han aprendido a leer dentro de nosotros la música de nuestra vida de la misma forma que la aguja de una gramola recorre los surcos de un disco. Lo llaman dendrocronología (como siempre, enormes palabras que las personas utilizan para las cosas que se van encontrando) y el desarrollo de esta ciencia le ha quitado parte de su secreto a los grandes y viejos hermanos. Para los que hemos estado siempre a su lado, no es un misterio conocer sus cambios ni las causas que los provocaron... cada aparente cicatriz es una parte de su historia, tantas veces compartida. Algunos de esos cambios son tan evidentes como el endurecimiento de sus cortezas, la inclinación de sus troncos, las podas accidentales y las otras, la forma de sus ramas o la sucesión de sus brotes y renuevos. Otros avatares han quedado ocultos bajo las capas que el tiempo materializa.
Cuando cae un hermano, los expertos leen los anillos de su interior. Si los anillos se encuentran claros y muy distanciados, es muestra inequívoca de bonanza, de los buenos tiempos vividos. En la oscuridad de los más apretados se leen las sequías, los incendios, las inundaciones, las enfermedades...

Llegará el día en que derribarán a mi compañero y leerán en su interior. Allí descubrirán un anillo sombrío, comprimido y desdibujado, como un jeroglífico incrustado en medio de los demás. Y no es otro que el anillo que se desprendió de su dedo y que ya había dejado antes un registro de luces y sombras en otros siete anillos internos.


domingo, 23 de marzo de 2008

father and daughter

(34ª parada)
"Vi que, bajo el sol, no es de los veloces la carrera, ni de los fuertes la batalla, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes la riqueza, tampoco es de los elocuentes el favor; sino que todos ellos cuentan con tiempo y ocasión".
(Sefer Kohelet, 9:11)

Es difícil saber cómo o por qué, pero lo cierto es que estamos atrapados en esta red espacio-temporal. Como insectos en una telaraña. Y, aunque se ha demostrado que es un sistema de referencia relativo, a medida que nos hacemos mayores nada parece más absoluto que el paso del tiempo. Quizás debiéramos alejarnos hasta las estrellas para comprender esta realidad. Sin embargo, es rara la ocasión en que volvemos nuestros ojos hacia arriba, con la de trajín que tenemos aquí abajo. Si un día nos diera por mirar el cielo nocturno de un verano despejado en nuestras latitudes, veríamos una estrella muy brillante (la tercera más brillante que se puede contemplar en el cielo, después de Sirius y Canopus, que a una hora decente estarán por debajo del horizonte). La constelación en cuestión es el boyero (Bootes, en latín) y la estrella de marras es Arcturus ("el guardián del oso", por su proximidad a las constelaciones de las Osas, Mayor y Menor). En un supuesto planeta que orbitara esta gigante naranja, si les fuera posible contemplar los sucesos de la Tierra, sus habitantes tendrían la opción de asistir al primer año de vida de raindrop, puesto que los aproximadamente 37 años-luz que separan nuestros soles me harían rejuvenecer para ellos otros tantos años terrestres. Y, siguiendo en la misma constelación, mientras que en el sistema de la enana amarilla ξ Bootis A (a unos 22 años-luz de distancia) pueden contemplar mi adolescencia, al mismo tiempo, en el de Seginus (γ Bootis, una gigante blanca a unos 85 años-luz) lo que pueden ver es la niñez de mis abuelos, ya fallecidos. En este mismo momento, en un planeta que orbite la gigante amarilla Nekkar (β Bootis, tan lejana como unos 220 años-luz) aún no han sido testigos de la Revolución Francesa...

Mientras tanto, la semana en este pequeño fragmento espacio-temporal ha transcurrido parsimoniosa, como una serie de domingos encadenados. Si se escapa de ciertos festejos, el panorama es puramente dominical: sin coches ni gentes por las calles, con las tiendas cerradas, sin prisas, sin demasiados ruidos... Es posible que los domingos gusten poco, precisamente por esa sensación de tenernos encadenados a un tiempo que, en tales días, no trae demasiada excitación (es que ya somos tan adictos a la adrenalina que no somos capaces de saborear la calma chicha, el ancla del tiempo). A veces, se podría decir que la dimensión temporal es como nuestra mazmorra: la prisión del tiempo, en la que todos somos convictos. Una celda-recorrido que sólo sabemos seguir en un único sentido y a una cadencia para todos predeterminada. Tic-tac, tic-tac...

Aunque este cortometraje de animación (de Michael Dudok de Wit) trata acerca del paso del tiempo, tiene mucha más sustancia que sólo eso. Espero que guste. Su título es el mismo que le he querido poner a este post.


post scríptum
Hace unos días, yuria, desde su blog torsiones y dis torsiones, me hizo entrega del PREMIO ARTE Y PICO (¡que he ganado sin concursar, yupiiii!). Tratándose de dos blogs que usan la misma plantilla, alguien puede sospechar... Puedo asegurar que no ha habido ningún tipo de soborno :)
jeje bromas aparte, yuria: te doy las gracias por el regalito que me haces y me dispongo a entregarlo a otros 5 (¡ahí es nada!) blogs. Me he fijado en que no lo tengan ya, pero igual no me he fijado bien del todo... Allá va:

1.- al blog de soloyo (¡mmmmuackas!)
2.- al blog de P (antes conocida como mademoiselle P, a lo Prince jiji)
3.- al blog de tormenta (que se me ha venido cerca, uáhs!)
4.- al blog de el instigador (con lavado de cara reciente)5.- al blog de pilar (¡esos gatoooosss!)

va con todo mi cariño
(no me olvido de nadie... lo que pasa es que no me cabéis y espero que los 5 recién premiados se porten)