"Mit der Dummheit kämpfen Götter selbst vergebens".
(Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano).
(Friedrich Schiller, 1759-1805)
A veces me he preguntado qué pensaría un ser dotado de inteligencia superior, procedente de otro rincón del universo, si por un capricho del azar visitara nuestro remoto planeta. Aunque las leyes físicas que gobiernan el cosmos son iguales en todo lugar, quizás nuestra inteligencia, nuestros parámetros de razonamiento o nuestra lógica sí que podrían ser diferentes a la suya. Quizás no. En cualquier caso, imagino que se sentiría azotado por la sorpresa. Supongo que se sorprendería por algunas cosas sobre cómo está organizado el mundo, cómo nos lo hemos ido montando en el transcurso de siglos y siglos (y que la gente parece asumir sin apenas cuestionarse). Se sorprendería por qué hacemos las cosas así: por qué dejamos de hacer lo que sería imprescindible, por qué permitimos o incluso promovemos ciertas acciones que deberíamos evitar. Por qué se trata a los animales peor que si fueran objetos, por qué semejante gasto en armamentos cuando existe tanta pobreza y tantas necesidades básicas no cubiertas, por qué nos domina un ansia de destrucción y autodestrucción, por qué estamos dispuestos a aniquilar a personas que ni conocemos y por motivos que ni siquiera son reales, por qué existe tanta desigualdad entre iguales, por qué se hace un uso tan irracional de los recursos, de la tecnología, etc, por qué tanto miedo, tanto odio, tanto sufrimiento... Muchas preguntas.
También he pensado que el origen de todo este pandemónium puede estar en una decisiva tara de la propia naturaleza humana: el egoísmo. El padre de todos los males. Si nuestro extraterrestre también fuera un ser egoísta, sería capaz de comprender el estado de ruina que, a pesar de todo, convive con la esperanza y los buenos deseos. Pero si no conociera el egoísmo, llegaría a la conclusión de que este planeta es un manicomio de enfermos mentales muy graves.
De ese gran padre que es el egoísmo, han surgido hijos a la altura. Por ejemplo, la maldad y la estupidez. Hay quien se ha preguntado quién es más peligroso: un tonto o un malvado, y posiblemente el tonto sea más peligroso que el malvado. Arturo Pérez-Reverte lo explica (creo que con acierto) con estas palabras en uno de sus artículos: "Las consecuencias suelen ser peores, a la larga. Incluso a la corta. Y mientras al malvado, si es medianamente listo, se le puede convencer, incluso, de la utilidad de portarse bien, y hasta es posible obtener enseñanzas prácticas de sus maldades y consecuencias, el tonto ni se deja convencer, ni convence, ni hay nada en él de aprovechable, excepto la confirmación, una vez más, de la ilimitada capacidad de estupidez que caracteriza al género humano. Otra cosa es que, con el tiempo, a fuerza de tesón y ejercicio, el tonto acabe convirtiéndose objetivamente en malvado. Lo que también, gracias al fanatismo, se da con prodigiosa frecuencia". Con un ejemplo: Si yo fuera un ciudadano de un país vecino al de un dictador que contara con un arsenal de armas nucleares y que hubiera expresado un odio furibundo hacia mi país, reconozco que lo preferiría malvado a estúpido. Si es malvado pero listo, sabrá que usar armas nucleares contra un país vecino es arriesgarse a una destrucción conjunta. Pero si es estúpido, ¿qué nos librará de un ataque nuclear?
¿Qué hay de malo con la estupidez? Pues que es hija de la soberbia. Y la soberbia supone el fin de la vida en todos sus aspectos, porque impide el crecimiento y el aprendizaje, tanto de la propia experiencia como de los demás. Ya nada puede aprender quien cree saberlo todo. Ser estúpido significa practicar esta renuncia. En cambio, cuando vivimos sin soberbia nunca dejamos de aprender y, en realidad, cuanto más conocemos nos damos cuenta de que sabemos menos, puesto que se van abriendo nuevas posibilidades en cada momento.
Por si eso no fuera suficiente, otro vicio de la estupidez es que siempre pasea de la mano de la mentira. La verdad no encuentra acomodo entre los necios. Pocas personas como ellos son víctimas del engaño y del prejuicio. Es parecido a vivir en mundos imaginarios donde lo que sucede no tiene nada que ver con lo real, donde se defienden ideas peregrinas, donde el absurdo es el patrón para resolverlo todo. Y no es sencillo encontrar un antídoto para un mal que se realimenta. Afirma Jorge Bucay: "Nadie es más vulnerable a creerse algo falso que aquel que desea que la mentira sea cierta". Y, en esta misma línea, Mark Twain había escrito: "Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados".
¿Será una batalla perdida?
El extraterrestre se aleja, contemplando en la distancia a una civilización inconsciente, embriagada de estupidez, que va serrando poco a poco la rama del árbol sobre la que está sentada.



















