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viernes, 12 de julio de 2013

batalla perdida

(etapa 33.13)
"Mit der Dummheit kämpfen Götter selbst vergebens".
(Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano).
(Friedrich Schiller, 1759-1805)

A veces me he preguntado qué pensaría un ser dotado de inteligencia superior, procedente de otro rincón del universo, si por un capricho del azar visitara nuestro remoto planeta. Aunque las leyes físicas que gobiernan el cosmos son iguales en todo lugar, quizás nuestra inteligencia, nuestros parámetros de razonamiento o nuestra lógica sí que podrían ser diferentes a la suya. Quizás no. En cualquier caso, imagino que se sentiría azotado por la sorpresa. Supongo que se sorprendería por algunas cosas sobre cómo está organizado el mundo, cómo nos lo hemos ido montando en el transcurso de siglos y siglos (y que la gente parece asumir sin apenas cuestionarse). Se sorprendería por qué hacemos las cosas así: por qué dejamos de hacer lo que sería imprescindible, por qué permitimos o incluso promovemos ciertas acciones que deberíamos evitar. Por qué se trata a los animales peor que si fueran objetos, por qué semejante gasto en armamentos cuando existe tanta pobreza y tantas necesidades básicas no cubiertas, por qué nos domina un ansia de destrucción y autodestrucción, por qué estamos dispuestos a aniquilar a personas que ni conocemos y por motivos que ni siquiera son reales, por qué existe tanta desigualdad entre iguales, por qué se hace un uso tan irracional de los recursos, de la tecnología, etc, por qué tanto miedo, tanto odio, tanto sufrimiento... Muchas preguntas.
También he pensado que el origen de todo este pandemónium puede estar en una decisiva tara de la propia naturaleza humana: el egoísmo. El padre de todos los males. Si nuestro extraterrestre también fuera un ser egoísta, sería capaz de comprender el estado de ruina que, a pesar de todo, convive con la esperanza y los buenos deseos. Pero si no conociera el egoísmo, llegaría a la conclusión de que este planeta es un manicomio de enfermos mentales muy graves.

De ese gran padre que es el egoísmo, han surgido hijos a la altura. Por ejemplo, la maldad y la estupidez. Hay quien se ha preguntado quién es más peligroso: un tonto o un malvado, y posiblemente el tonto sea más peligroso que el malvado. Arturo Pérez-Reverte lo explica (creo que con acierto) con estas palabras en uno de sus artículos: "Las consecuencias suelen ser peores, a la larga. Incluso a la corta. Y mientras al malvado, si es medianamente listo, se le puede convencer, incluso, de la utilidad de portarse bien, y hasta es posible obtener enseñanzas prácticas de sus maldades y consecuencias, el tonto ni se deja convencer, ni convence, ni hay nada en él de aprovechable, excepto la confirmación, una vez más, de la ilimitada capacidad de estupidez que caracteriza al género humano. Otra cosa es que, con el tiempo, a fuerza de tesón y ejercicio, el tonto acabe convirtiéndose objetivamente en malvado. Lo que también, gracias al fanatismo, se da con prodigiosa frecuencia". Con un ejemplo: Si yo fuera un ciudadano de un país vecino al de un dictador que contara con un arsenal de armas nucleares y que hubiera expresado un odio furibundo hacia mi país, reconozco que lo preferiría malvado a estúpido. Si es malvado pero listo, sabrá que usar armas nucleares contra un país vecino es arriesgarse a una destrucción conjunta. Pero si es estúpido, ¿qué nos librará de un ataque nuclear?

¿Qué hay de malo con la estupidez? Pues que es hija de la soberbia. Y la soberbia supone el fin de la vida en todos sus aspectos, porque impide el crecimiento y el aprendizaje, tanto de la propia experiencia como de los demás. Ya nada puede aprender quien cree saberlo todo. Ser estúpido significa practicar esta renuncia. En cambio, cuando vivimos sin soberbia nunca dejamos de aprender y, en realidad, cuanto más conocemos nos damos cuenta de que sabemos menos, puesto que se van abriendo nuevas posibilidades en cada momento.
Por si eso no fuera suficiente, otro vicio de la estupidez es que siempre pasea de la mano de la mentira. La verdad no encuentra acomodo entre los necios. Pocas personas como ellos son víctimas del engaño y del prejuicio. Es parecido a vivir en mundos imaginarios donde lo que sucede no tiene nada que ver con lo real, donde se defienden ideas peregrinas, donde el absurdo es el patrón para resolverlo todo. Y no es sencillo encontrar un antídoto para un mal que se realimenta. Afirma Jorge Bucay: "Nadie es más vulnerable a creerse algo falso que aquel que desea que la mentira sea cierta". Y, en esta misma línea, Mark Twain había escrito: "Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados".
¿Será una batalla perdida?

El extraterrestre se aleja, contemplando en la distancia a una civilización inconsciente, embriagada de estupidez, que va serrando poco a poco la rama del árbol sobre la que está sentada.

miércoles, 12 de junio de 2013

termitas

(etapa 28.13)
"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en salir a buscar nuevas tierras, sino en aprender a ver la vieja tierra con nuevos ojos".
(Marcel Proust)

Me decía un amigo mío (y me lo decía desde su punto de vista de psicólogo) que el naufragio al final de la película "Titanic" no solo había acabado a la fuerza con la relación de los jóvenes amantes, sino que había ahorrado a los espectadores otro final igual de abrupto pero mucho más prosaico. Aunque no creo que ningún productor hollywoodiense se dejara seducir por esta otra historia. Lo que me quería decir es que dos muchachos con tan poco en común solo dan para un relato fugaz, pero que su relación a largo plazo parece, de antemano, condenada al fracaso.
Quizás no se tratara tanto de una reflexión acerca de las relaciones de pareja, sino de la durabilidad de las cosas en nuestros tiempos. Tanto se ha insistido en el tema de la obsolescencia que ¿quién no se conformaría con unos breves instantes de satisfacción a cualquier precio?

La nuestra se ha convertido en una sociedad de termitas donde todo parece objeto de un consumo voraz y vertiginoso. Alguien le ha dado cuerda a este diminuto planeta azul grisáceo, alguien ha acelerado el ritmo de la vida, y desde entonces la existencia transcurre y se desencadena a la velocidad de las partículas subatómicas. Nada dura lo suficiente. Antes de terminar algo ya se está inmerso en otro nuevo asunto. Hay tanta prisa que apenas da tiempo a deleitarse en algo, dedicándole todo el lapso necesario y en exclusiva. La vida es una carrera delirante para llegar a ninguna parte: ya he visto, ya he leído, ya he visitado, ya he probado...
Se concentran cientos de obras asombrosas en un museo o en una biblioteca, para que miles de visitantes las recorran en unos instantes y apenas lean los títulos, en un empacho sin sentido. Obras elaboradas con la dedicación de días y días de trabajo de artistas consagrados, obras que podrían ser objeto de admiración y estudio durante meses, grandes obras, trayectorias vitales, reducidas a serrín en pocos segundos.
Con las personas tampoco se es mucho más indulgente. ¿Tiempo para conocer a alguien? Sensación de tiempo perdido, que pase el siguiente...

En otra película distinta, "El último samurái", un tipo contempla en sosiego las primeras flores de cerezo que han traído los albores de la primavera. El tipo es un consejero del Emperador, que se ha sublevado contra las reformas en su país, impuestas para occidentalizarlo completamente y acabar con las raíces ancestrales de su cultura. En un momento, se acerca a los cerezos y al hombre que los contempla embelesado un capitán extranjero venido al Japón para ayudar a sofocar la revuelta, pero ahora prisionero del samurái. Este le dice: "La flor perfecta es algo muy raro. Puedes entregarte a la búsqueda de una sola y no habrás malgastado tu vida". Ni que lo hubiera escrito el mismísimo Saint-Exupéry. Al final de la película, a costa de la vida del buscador de la flor perfecta, se tirará por la calle de en medio.

El mundo se mueve a toda pastilla y esto no hay quien lo pare, como vivir en un estado alterado por las drogas. Si lo intentas, te tragará en su incesante y demencial rotación. Es más, tratarán de convencerte de que estás en el error, de que todo eso son señales de progreso.
¿El equilibrio? Ojalá. Al final la balanza se desnivela siempre por la misma parte.
Bien, vale. Habrá que admitirlo, el progreso no hay que detenerlo, no se puede detenerlo. Que se cobre su peaje. El progreso como un agujero negro que se lo traga todo. El orificio de entrada al nido donde habitan las termitas.

jueves, 6 de junio de 2013

el pasado en el pasado

(etapa 26.13)
"Mamá siempre decía que tienes que dejar atrás el pasado antes de seguir adelante.
Creo que fue por eso que corrí tanto".
(del film "Forrest Gump", con guión de Eric Roth y dirección de Robert Zemeckis)

No sé si la vida será como un gran naufragio, pero se le parece.
A la playa de la remota isla del presente van llegando, de forma imprevista, los restos de un pasado engullido por el océano del tiempo. La orilla se llena, de cuando en cuando, de objetos que han ido perdiendo su lustre, incluso su sentido. Qué distintos se ven ahora que han sido vomitados por las olas. Qué absurdos yaciendo entre la arena, enredados de algas, atacados por la herrumbre, arrollados y mecidos por la espuma del mar... Ya solo sirven para construir quimeras.
Como un juez del destino, el mar se tragó en su resaca el lastre del pasado. Y ahora, en su borrachera, lo devuelve con impertinencia. Asoma su rostro en el momento inesperado. Por más que se limpia la playa, después de tanto trabajo vuelve la marea a sembrar de dudas el presente. Rara vez el panorama está completamente despejado.

En ocasiones, el flujo y reflujo de las olas traen otra propuesta. Algo simple pero esencial.
La visión del inicio, el origen. El retorno al lugar donde todo comenzó, donde se generaron las ilusiones, donde se era más auténtico, sin la pátina de las decepciones, de la frustraciones, sin el desgaste de la rutina, sin erosión ni corrosión. El retorno al lugar donde se iba aprendiendo, donde todo estaba por suceder. Regresar al instante de la frescura, a la fuente de las energías. Sembrar de nuevo el campo de los sueños.
Persiguiendo con afán la originalidad, no confundiéndola con la extravagancia; sino que, al degustar su etimología, se pueda revivir el espíritu de los orígenes.
Dejar atrás el pasado y poner el contador a cero.

viernes, 31 de mayo de 2013

habitación uno cero uno

(etapa 25.13)
        - Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma un hombre su poder sobre otro?
        Winston pensó un poco y respondió:
        - Haciéndole sufrir.
        - Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo para pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. El progreso de nuestro mundo será la consecución de más dolor. Las antiguas civilizaciones sostenían basarse en el amor o en la justicia. La nuestra se funda en el odio. En nuestro mundo no habrá más emociones que el miedo, la rabia, el triunfo y el auto-rebajamiento. Todo lo demás lo destruiremos, todo.
(George Orwell, "1984")

"El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento. Percibo mucho miedo en ti".
(Yoda a Anakin Skywalker, en "Star Wars, episodio I: La amenaza fantasma")

¿Y si existiera una habitación en lo más recóndito de la mente? Puestos a imaginar tal lugar, es muy posible que el número en la puerta, avisando de su ubicación, fuera el 101, en apariencia binario. Una estancia demencial, habitación de todos los miedos, aprensiones y fobias que caben en el pensamiento. Un lugar alejado de un estándar, un sitio personalizado a la medida de cada individuo, adaptado a sus terrores más íntimos.
Podrán superarse todos los miedos. Quizás sí, quizás no. Hay miedos que se enquistan al tratar de superarlos y de tanto chocar y chocar contra ellos acaban por convertirse en fobias. Otros miedos alcanzan la masa crítica que provoca la reacción en cadena que los aniquila. Ante el precipicio del terror, algunos miedos son arrojados al vacío de la desesperación. Quizás sí, quizás no. Pero seguro que siempre existirán las debilidades, las flaquezas, dispuestas a ser explotadas por cualquiera que esté interesado en obtener alguna siniestra ventaja con ello. Clark Kent carga para siempre con su impotencia frente a la kryptonita. Aquiles conserva permanentemente su punto débil en el talón. Sus debilidades no hacen de ellos unos cobardes, pero sí los convierten en objetivos atacables por Lex Luthor o Paris, sabedores de su vulnerabilidad.

Los miedos que no se pueden vencer son las fisuras por las que se introduce la fatalidad. En la novela 1984, George Orwell delinea con pasmosa clarividencia una distopía que se alimenta del miedo, convertido en odio, dolor y humillación, herramientas útiles para el control de masas enteras, individuo a individuo, a través de sus temores más íntimos y personales. La determinación de Winston Smith para dar la espalda a un sistema asfixiante es aniquilada en una estancia del "Ministerio del Amor". Una sala de tortura que representa una lucha imposible de vencer entre una persona y un régimen de opresión y control. Solo el Gran Hermano te podrá librar de las ratas, Winston. Él será el dueño de tus miedos y tú sucumbirás a su férreo control.

Si de veras existe la habitación uno cero uno en lo más recóndito de la mente, entonces estoy perdido... porque alguien tiene la llave de ese refugio de espantos y no soy yo. Un caballo de Troya metido en la cabeza y de su vientre sale toda una legión de monstruos invadiéndola. Aquiles a merced de una flecha del carcaj de Paris, saeta de temores que pueden herir mortalmente su frágil talón.

jueves, 23 de mayo de 2013

ouroboros

(etapa 24.13)

Hay temporadas llenas de días que transcurren dejando un insoportable déficit de fuerzas y energías. En esos días, a veces pienso en Sísifo. Condenado a llevar cada día la misma roca hasta la cima de una montaña, este personaje puede ser el paradigma de una existencia inútil y absurda. En definitiva, todos los días terminan cobrándose su peaje de rutina. El sol sale por las mañanas y recorre la bóveda celeste hasta que se oculta en el anochecer, y vuelve a estar dispuesto en la mañana siguiente para repetir su negocio cotidiano. Igual que la roca de Sísifo.
Pero a diferencia de lo que sucedía con el antiguo rey de Éfira, cada día ofrece una oportunidad a quien decide empujar la roca ardiente en su travesía por el firmamento: la oportunidad de superar lo rutinario, de aprender cosas nuevas, de crecer en experiencias. Por eso resulta tan fastidioso el presentimiento de la oportunidad perdida, imaginada como el último tren del día alejándose del apeadero donde aún permanece el peregrino.

Se ha repetido muchas veces que la vida es cíclica y puede que ahí resida el menoscabo: en la ineluctable repetición de ciclos. Supuestamente, los ciclos han de servir para el desarrollo, pero no siempre sucede así. Hay ciclos de estancamiento y son desesperantes. Vidas de Sísifo, ouroboros. El ouroboros, el reptil que devora su cola, se ha utilizado como símbolo de renovación, de la unidad de todas las cosas en un ciclo eterno, pero también del esfuerzo infructuoso y la lucha sin fin. Es una figura de evidente desgaste. A quien va consumiendo su propio cuerpo hasta extinguirse, ¿qué le quedará?
Quizás, la oportunidad de comenzar de cero. Una vez más, en un ciclo distinto.

martes, 7 de mayo de 2013

indecisiones

(etapa 22.13)
"El que tiene imaginación, con qué facilidad saca de la nada un mundo".
(Gustavo Adolfo Bécquer)

Es posible que me falle la memoria con la siguiente cita, pero creo que fue el arquitecto Álvaro Siza Vieira quien dijo que proyectar es una forma de domesticar las indecisiones. Supongo que con otras palabras, aunque el significado sea el mismo. Y me parece que no puedo estar más de acuerdo.
Un proyecto, al igual que tantas encrucijadas de la vida, supone un océano de decisiones que vienen marcadas por muchas condiciones de partida, algunas impuestas, otras adoptadas. En el proceso de creación, todos los gestos, formas, actitudes, materiales, sistemas, intenciones, aspiraciones... son objeto de elección hasta alcanzar el resultado definitivo, sea satisfactorio o no, se acierte o se falle. Elegir significa, ya se sabe, optar por una solución desechando todas las demás. Es un esfuerzo que requiere una buena dosis de disciplina mental, incluso de valentía. No hay que olvidar que el artista, en su papel de demiurgo, cruza un abismo de vacío hacia la realización de una idea, como un funámbulo sobre el fino cable de su imaginación.
Se puede permanecer enfangado en la ciénaga de la indecisión mucho tiempo. Empero, proyectar supone rebasar ese trance. En palabras del maestro: domesticar las indecisiones, desenterrar los pies del lodo para proseguir hacia la meta, superar la prueba. Elegir, aunque no se hayan resuelto las dudas. Las dudas pueden acompañar en muchos proyectos, aun las mismas dudas en muchos proyectos distintos. Extrañamente, esas dudas forman parte del progreso y, aunque parezca paradójico, evitan el estancamiento si la mente es inquieta.

Me viene la imagen del domador de huracanes mentales sobre todo cuando la presión del entorno me supera. A veces la vida golpea duro en algunos frentes. A uno mismo, a las personas allegadas, a la sociedad entera. Quizás sea insólito expresarlo así, pero el trabajo de proyectar me sigue pareciendo en ocasiones un analgésico o un narcótico que amortigua algunos dolores de la vida. Un campo donde sí es posible flotar por encima de indecisiones y no morir ahogado en ellas. Me sigue poniendo de buen humor, como si recibiera una inyección de buen rollo, contemplar una obra que merezca la pena, estar delante de un buen proyecto, construido o en papel. Es una experiencia que no sabría cómo explicar, pero que forma parte de esta cosa tan rara y tan bella que, a pesar de mi impericia, tanto me gusta hacer.

martes, 30 de abril de 2013

no tengo tiempo

(etapa 21.13)
"El tiempo absoluto, verdadero y matemático en sí y por su naturaleza y sin relación a algo externo, fluye uniformemente, y por otro nombre se llama duración. El relativo, aparente y vulgar, es una medida sensible y externa de cualquier duración, mediante el movimiento (sea la medida igual o desigual) y de la que el vulgo usa en lugar del verdadero tiempo; por ejemplo, la hora, el día, el mes, el año".
(Isaac Newton, Philosophiæ naturalis principia mathematica)
.
"La barca pasa, pero el río queda".
(Proverbio malayo)

Luego llegó Albert Einstein con su Zur Elektrodynamik bewegter Körper ("Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento") de 1905, introduciendo en el panorama de la Física la teoría de la relatividad especial y dando una nueva vuelta de tuerca (¡y menuda vuelta!) a la concepción del tiempo. El mismo Einstein llegó a responder de forma evasiva cuando se le pidió una definición de tiempo: "Tiempo es lo que se puede medir con un reloj". Qué complejo.
El tiempo se entiende desde entonces como esa cosa a la que todo parece estar anclado y que se estira o se encoge dependiendo de la velocidad con que suceden los fenómenos ahí anclados. Además, la percepción del tiempo es subjetiva. Las experiencias vividas como novedad proporcionan una sensación de que el tiempo se ralentiza, mientras que lo rutinario provoca el efecto opuesto. Un ejemplo típico: cuando se observa un reloj de manecillas con segundero de movimiento no continuo (es decir, a saltos, segundo a segundo), la primera impresión es que el reloj está parado porque el primer segundo parece durar demasiado tiempo. Los demás segundos, en cambio, se perciben con normalidad. Es el efecto de lo novedoso en el cerebro. Por esta razón, una fórmula que se ha propuesto para lograr la sensación de que el tiempo no pase veloz en la vida de una persona es que esta se entregue a experiencias nuevas, aprendizaje constante, recorrer la vida por caminos distintos en vez de transitar los muy trillados.

De todos modos, el tiempo es limitado y no alcanza para todo. Lo común es pensar "no tengo tiempo". Pero esto no es cierto. Para todos el tiempo es el mismo. Unos lo aprovechan mejor, otros peor. El problema no es la cantidad de tiempo que se tiene, sino la gestión del mismo. Está claro.
No me voy a poner a dar consejitos sobre cómo gestionarlo bien, porque en esto siempre seré más alumno que profesor. Lo que sí puedo hacer es recordar un par de ilustraciones que vienen a cuento.

La primera será la del leñador. Dos leñadores tienen que talar un área de bosque. Ambos disponen del mismo tiempo para talar y descansar, tienen un  hacha idéntica y fuerza parecida. Lo que no emplean es el mismo método y eso marca la diferencia. Al final, uno de los dos leñadores ha conseguido hacer más trabajo en menos tiempo. ¿Cómo lo ha hecho? Uno ha empleado todo el tiempo en talar. El otro, ha talado y ha hecho pausas cada cierto tiempo para afilar el hacha. No ha sido tiempo perdido, sino una inversión de tiempo que le ha permitido optimizar el total. La gestión del tiempo tiene más que ver con las distintas tareas que ocupan el tiempo que con la cantidad total de tiempo disponible para una sola tarea.

La segunda ilustración será la de la caja, las piedras y la arena. Es parecida a la anterior, pero contada de forma más abstracta y más general. Si lleno una caja de piedras, todavía queda espacio entre los intersticios para seguir llenando la caja con arena. Se tendrá finalmente una caja llena de piedras y de arena. Pero si tomo una caja y la lleno de arena, ya no queda más espacio para piedras. La caja tendrá arena pero no piedras. Bueno, pues lo mismo ocurre cuando se llena el tiempo con diferentes cosas: si no se cuida el orden o las prioridades, entonces hay cosas para las que nunca se tendrá tiempo. Puede que llenando todo el tiempo con una sola actividad ya se esté servido, pero también se corre el riesgo de llevar una vida desequilibrada o con sensaciones de carencia.

La forma de vivir es, quizás, la mayor complejidad en todo este asunto del tiempo.

domingo, 14 de abril de 2013

texturas de la memoria

(etapa 19.13)

Recordé una noche pasada en vela. Recordé a dos envueltos por la noche, de un lado a otro, bajo las estrellas. Dos insomnes. Dos que ríen, se abrazan, se besan. Dos que pasean, dos que toman algo aquí, dos que dialogan allí. Dos que deslizan su pasión por las horas de oscuridad.
Recordé un amanecer en la playa. Recordé la tibieza del sol naciente, sustituyendo el frescor de la madrugada. Recordé tu mirada, llenos tus párpados de cansancio, llenas tus pupilas de fragmentos de sol.
El sonido suave de las olas en la orilla, el graznar de aves marinas, el olor de la brisa que jugaba con tu pelo. Tu cuerpo se tendió sobre la arena y contemplaste el cielo. Vuelo de gaviotas rodeando la estela de un avión.
Recordé esa larga cicatriz de sangre dorada en la carne azul. El bisturí que iba abriendo la brecha en el éter era el mismo que en ese instante la estaba abriendo en tu mente, separándote del lugar en que estabas, separándote de mí, separándome de ti.
Recordé que horas después, en un aeropuerto, estaba desgarrándome contra la áspera corteza de una despedida.
Y quedó grabada en mí la textura de ese recuerdo.

miércoles, 10 de abril de 2013

veracidad y verosimilitud

(etapa 18.13)
Ich weiß doch: nur der Glückliche Sí, ya sé: solo al que es feliz
Ist beliebt. Seine Stimme se le quiere. Su voz
Hört man gern. Sein Gesicht ist schön. se oye con gusto. Su rostro es bello.
(...)......................................................
(Bertolt Brecht, Schlechte Zeit für Lyrik Malos tiempos para la lírica)

El tiempo es ese buen señor que pone a mi alcance la oportunidad de desarrollar el potencial que está ahí (eso parece), en alguna parte de mi persona, y a la vez también es el maldito bastardo que me va robando la inocencia, o la ingenuidad, o ese toque de frescura de las cosas nuevas que aún no se han ajado por el mucho uso. Son las dos caras de lo mismo, es inevitable.
Digo esto por un flash de la memoria relacionado con lo que viene después. En una de esas pelis que se ven en la adolescencia, y de las que no se recuerda ni título ni argumento ni nada más que algún detalle suelto, unos tipos se las ingeniaban para implicar en un delito a alguien inocente. ¿Cómo lo hacían? Fácil: la historia estaba ambientada en un futuro no muy lejano, donde el desarrollo tecnológico llegaba a la edición de imágenes de vídeo en tiempo real. Cuando digo "futuro no muy lejano", me refiero al momento en que la vi. Ahora ya sería "pasado reciente". El asunto es que los tipejos esos ponían la imagen del que no había hecho nada en vídeos en que aparecía cometiendo ese delito que le querían encasquetar. Esas imágenes se publicaban a través de los medios de comunicación de masas (medios y masas, que controlaban como si se tratara de marionetas) y todo el mundo se creía la versión en que el pobre tipo aparecía como peligroso delincuente. Luego venía la persecución de las autoridades, las dosis de acción en este tipo de películas, pero también un final satisfactorio en que se hacía justicia. Final tan satisfactorio como improbable.
Bueno.
Pensaba yo al ver todo esto con mis ojos cándidos, aquellos que el tiempo se llevó y me cambió por otros más taimados, que qué hijos de p... eran esos tipejos que lo trampeaban todo. Y qué asco de sociedad, esa del futuro que retrataba el film, en que la gente era tan manipulable por los mentirosos medios de comunicación.
Já.

Allá por los ochentas, parafraseando el poema de Brecht, "Golpes Bajos" cantaban que eran malos tiempos para la lírica. Si lo eran en los ochentas, cómo lo están siendo pasada la primera década del nuevo milenio...
Y si lo son para muchas cosas, también para las noticias. Ya no sé quién controla los medios de comunicación. Poderes, mafias, intereses ocultos o manifiestos... La irrupción de internet no ha aclarado el panorama. Los usuarios han (hemos) contribuido en buena medida en esa tarea de llenar todo de ruido. ¿Cómo escuchar algo con claridad en medio de tanto estrépito? Solo armándose de paciencia y buscando hasta debajo de las piedras. De lo contrario, lo más fácil es que suceda que alguien cuele un montón de trolas en medio de otras verdades.
Digo que es fácil, porque el viejo principio del ministro de propaganda nazi sigue funcionando: "Repetid una mentira miles de veces hasta que la convirtáis en una verdad". Y estamos en el boom de las campañas virales, de las cadenitas que se reproducen como churros, sin análisis ni cuestionamiento. Con todo tan polarizado, con tantas filias y fobias desplegadas en el ambiente, hay cosas con apariencia de verdad que pueden ser esparcidas a los cuatro vientos y que gozarán de gran aceptación entre millones de partidarios. Lo demás es esperar a que estos hagan su labor de siembra hasta que lo verosímil se haya convertido (¡sin serlo!) en veraz.
Pero hoy en día, ¿quién distingue lo veraz de lo verosímil? Ahí está el reto.
Si le ponen empeño, puede que sea un reto solo superable por aquellas personas realmente honestas, aquellas personas para las que una ideología no es lo mismo que una venda en los ojos o unas gafas con lentes de colorines.

jueves, 4 de abril de 2013

"fluctuat nec mergitur"

(etapa 17.13)

En la obra "Julio César" de William Shakespeare, en el acto 4, escena 3, Bruto le dice a Casio:

"Hay una marea en los asuntos de los hombres, la cual, tomada en pleamar, conduce a la fortuna; pero, omitida, todo el viaje de la vida está lleno de escollos y desgracias. En esa pleamar estamos ahora a flote; y debemos aprovechar la corriente cuando es favorable o perder nuestro cargamento".

Los días tienen la mala costumbre de descontrolarse. En realidad, el control es tan solo una efímera ilusión. Iluso es aquel que cree que controla sus pasos, cuando lo cierto es que todo escapa al control. Sin embargo, qué necesaria se hace en ocasiones la sensación de dominio de la propia vida.
Los días tienen la mala costumbre de descontrolarse. Empero, en su descontrol suelen abrir una rendija para que el navegante al menos pueda percibir sus mareas.
Hay una marea en los asuntos de los hombres...
Quizás fuera la mejor de las ideas no desperdiciarla en la pleamar, cuando el momento es favorable. Porque llegarán también los días difíciles.
Cómo no. Los días son así: tienen la mala costumbre de descontrolarse.

Aprovecho los vientos y las mareas. Me aferro a la buena corriente.
Sacudido por las olas, pero no hundido.

Iván Konstantínovich Aivazovski:

Буря на море лунной ночью (Tormenta en el mar en una noche de luna llena)

martes, 26 de marzo de 2013

etiquetas

(etapa 15.13)

Recordaba ahora una película que vi estas navidades, en una sobremesa en casa de mi hermana. Es una película india titulada Mi nombre es Khan. No es un peliculón (también he leído unas cuantas críticas desfavorables), sin embargo se deja ver y contiene algún mensaje sencillo pero que merece la pena tener presente. En un momento de la película, cuando Khan es todavía un niño que vive en Bombay, se muestra alguna escena del conflicto entre los musulmanes y los hindús en la ciudad. Khan y su familia son musulmanes y, aunque en el corazón del muchacho comienzan a brotar sentimientos de desprecio hacia los hindús, su madre le dice una verdad esencial (no cito literalmente, sino la idea que recuerdo): No pienses en musulmanes o hindús. No es un conflicto entre "buenos" y "malos", porque en la vida solo hay buenas personas y malas personas, y tanto unas como otras pueden estar en cualquiera de los grupos que llegues a imaginar. Esto no tiene nada que ver con la religión que practiquen o que digan practicar. En la segunda parte de la película, con un Khan ya adulto y viviendo en los Estados Unidos después del atentado del 11-S, la comunidad musulmana se convierte en sospechosa de terrorismo e incluso él mismo es confundido con un terrorista. Desde ese momento (y tras una serie de vicisitudes personales), su objetivo será encontrarse con el presidente del país y decirle en persona: "Mi nombre es Khan y no soy un terrorista".

Así parecen ser las cosas. La película lo narra con mucha dosis de sensiblería y simplismo, pero el mensaje no puede ser más claro: nuestra sociedad es víctima del vicio de etiquetarlo todo.
Etiquetar está bien cuando se trata de objetos. Si guardas un líquido venenoso en un frasco, es mejor marcarlo con una etiqueta para no caer en el error de confundirlo con algo que se pueda beber. Si una prenda está hecha de cierto material, no está de más indicarlo con una etiqueta. Si vas a comprar al supermercado, se agradece que lo que te encuentres envasado tenga una etiqueta que indique su contenido y composición. Pero, ¿etiquetar a las personas?
Etiquetar a las personas es como congelarlas a perpetuidad e impedir la posibilidad de que cambien a ojos de quien etiqueta. Etiquetar a una persona es cosificarla, convertila en un objeto, en algo inerte. Es una injusticia que envilece a la gente.

No faltan etiquetas, las hay para todo. Las hay en política, las hay en el ámbito de los deportes, las hay en el terreno de las religiones, las hay en la organización territorial de un país o de todo el mundo. Y cada etiqueta se asocia con un calificativo (o con una descalificación) que acompañará a todos los que la reciban. ¿Eres alemán? Entonces eres un cabeza cuadrada. ¿Eres catalán? Entonces eres un agarrado. ¿Eres madrileño? Entonces eres un chulo. Ya ves: los gentilicios como adjetivos calificativos. Lo mismo si hablamos de religión, política o lo que sea. Además, las etiquetas son tan perversas que suelen ir en grupos indisolubles. Es decir, si tienes la etiqueta "A", entonces también te corresponden por decreto la "B", la "C" y la "D". Todos lo van a asumir de esta forma aunque, en realidad, esto no tiene por qué ser así. ¡Qué sorpresa será si eres catalogado como "A", pero no encajaras en "B"! ¡No podría ser, algo estaría mal en ti! Parece que alguien lo ha decidido así y no hay más discusión al respecto. Se han creado una serie de perfiles que han polarizado el mundo. Ya no se puede disfrutar de la riqueza que hay en la variedad, sino que ahora las cosas se sitúan en un extremo o en el opuesto. El horror del maniqueísmo.

Todo esto me fatiga muchísimo. Estoy más que harto de estas visiones paupérrimamente simplistas. Las etiquetas que se les ponen a las personas son como las muletas mentales de la gente estúpida, el vicio de los que tienen una visión de corto alcance y llena de tinieblas.

sábado, 16 de marzo de 2013

post post-post

(etapa 14.13)
"No me podrán quitar el dolorido
sentir, (...)"...........................
(Garcilaso de la Vega, Égloga I)

Explicar un escrito es una forma de mutilarlo. Sobre eso ya publiqué algo aquí, dando la razón a Umberto Eco cuando decía que el autor debería morirse después de haber escrito su obra. No es necesario repetirlo todo otra vez más.
Escribir es una forma de lanzar una flecha al aire. Adiós, saeta, adiós. Una vez que abandonas mi carcaj, ya nunca serás solo mía, ahora perteneces a todos los que sigan tu vuelo. Mi interpretación de algo que haya escrito (y que haya compartido) ya no será la única. Tan válidos serán los caminos por los que los demás lleven esas frases, como lo fueron los míos en el momento de concebirlas.
Digo esto porque la explicación del autor no debería pesar más que las otras. Incluso puedo estar equivocado en mi explicación acerca de algo que haya escrito, pero a veces parece necesario ponerse a ello aunque solo sea al servicio de la claridad. Y también aquí puedo estar equivocado...

Después de escribir "tiempos modernos" y de declarar mi incomprensión del tiempo en que vivo, sentí en la memoria el pinchazo de algo ya leído, de un escrito que expresaba a la perfección ese sentimiento. Hurgando un poco más en esa tierra misteriosa de la mente, me pareció identificar la semilla que ahora brotaba de ese modo. Hace ya muchos años, leí gran parte de la obra "Castilla" de José Martínez Ruiz, Azorín. El fragmento que más me impactó fue "Una ciudad y un balcón", quizás porque el primer impacto lo recibí ya en el exordio, con un verso y medio de Garcilaso, poeta al que admiraba profundamente en aquel tiempo. El ensayo acaba con estas frases:

¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la ca­beza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le po­drán quitar el dolorido sentir.

Todo el ensayo es representativo del concepto del tiempo de Azorín. Igual que para Nietzsche, todo se repite fatalmente en el mundo. Los sentimientos, las alegrías o las penas, que se experimentan con vehemencia y que parecen tan nuevos y únicos, como si fueran inventados exclusivamente para la ocasión, como si fuera imposible que otra persona los hubiera sentido antes, no son sino los mismos sentimientos que los seres humanos llevan viviendo desde el origen de los tiempos. Todo lo creado, todo lo pensado, todo lo imaginado, todo lo sentido, vuelve a repetirse inexorablemente. Todos los tiempos, presente, pasado y futuro, quedan confinados en un mismo ente y todo lo que se cuenta podría haber sucedido en un mismo sitio.

Y en todas esas frases, como si fuera lo mismo, inalterable en el tiempo y ubicuo en el espacio, se adhiere mi sensación de no encontrar acomodo, de no hallar un lugar de descanso para el alma, de sentir que no pertenezco a ningún tiempo ni lugar, ni grupo ni clan ni ideología.
No ser capaz de comprender (quizás ni siquiera desearlo) la vida que tengo que vivir.

lunes, 11 de marzo de 2013

tiempos modernos

(etapa 13.13)

Nunca se han vivido tiempos de tanta libertad y nunca como antes se han organizado tan numerosas y multitudinarias manifestaciones y protestas contra la opresión.
Nunca estuvo la medicina tan avanzada y nunca hubo enfermedades tan extrañas como las que aquejan ahora a las personas.
Nunca hubo una expectativa tan alta de vida y nunca se ignoró, hasta el punto de malograrla, qué sentido darle a todos esos años ganados.
Nunca hubo tantas personas ricas y nunca hasta la fecha los pobres han sido tantos y tan extremadamente pobres.
Nunca se dio tanta importancia al trabajo como medio para la realización personal y nunca el desempleo fue un asunto tan angustioso.
Nunca se tuvieron viviendas así de lujosas y nunca se padeció tanta ansiedad por tratar de no perderlas.
Nunca ha vivido tanta gente en el planeta como hasta ahora y nunca se tuvo tal sensación de soledad.
Nunca la sociedad de consumo fue tan persuasiva en sus propuestas y nunca se alcanzó semejante nivel de insatisfacción entre los consumidores.
Nunca como en estos tiempos se buscó tanto la manera de explicar el mundo y nunca el mundo ha resultado tan absurdo en su disparatado derrotero.
Nunca se ha dispuesto de tantos sistemas para estar comunicados y nunca se han tenido tantos motivos para la incomunicación.
Nunca se buscó la paz con este intenso ahínco y nunca hasta los últimos tiempos ha habido tantos muertos en tantas guerras.
Nunca comprenderé el tiempo en que vivo.

viernes, 8 de marzo de 2013

principios y finales

(etapa 12.13)
                              - No, idiota. Está enamorada.
                              - Pero si no la conozco.
                              - Claro que la conoces.
                              - ¿Desde cuándo?
                              - Desde siempre. En tus sueños.
                                                            (del film "Amélie")

FINALES

En toda narración (del tipo que sea) la estructura argumental se delinea en un proceso que lleva desde la introducción, pasando por un nudo, hasta un desenlace. Todas las partes son importantes, pero en la forma de desenlazar puede estar el quid del asunto, el éxito o el fracaso, por ser la última huella que el narrador deja en la mente del receptor (sea lector, sea espectador). Los finales.
He escuchado muchas veces la forma más simple de clasificar los finales: finales felices y finales tristes. Y también he notado rechinar de dientes hacia cada uno de ellos. Es normal. Un final feliz a calzador puede desgraciar la historia mejor llevada, igual que un final triste para evitar empalagos de más quizás resulte desolador. Depende de cada relato.

Soy aficionado a los finales felices por pura empatía. Porque me pongo en el pellejo de los protagonistas y me gusta que las cosas les vayan bien: me hace sentir partícipe de su felicidad, me hace sentir bien. Qué satisfacción cuando se superan todas las dificultades y todo parece reposar en su sitio ideal. ¿Quién no quiere que las cosas le salgan estupendamente?

Soy aficionado a los finales tristes porque no soy un ingenuo. Porque no quiero que me vendan la moto. Ya sé lo que hay y cómo es la vida: las cosas no salen como te las habías imaginado. Con frecuencia se enredan y se encabritan hasta alcanzar el desastre, más o menos. Un final triste tiene la fuerza de lo real, de lo cotidiano: del telediario, de la crónica de sucesos, del llanto que no cesa, de la desgracia que sobrevuela las cabezas.

Los finales que más me gustan, empero, son los que aún no se han escrito.


PRINCIPIOS

El gimnasio al que voy está en un edificio municipal bastante bien ubicado en la ciudad. Desde la sala de musculación se ve parte de la bahía, el puerto y su actividad, los edificios con galerías de vidrieras orientadas al sur, la lejana torre de Hércules, la estación de mercancías anexa al puerto, incluso la cúpula del planetario entre la masa verde que forman las copas de los árboles del parque de Santa Margarita. El polideportivo ocupa una parcela en el extremo de unos jardines. Me gusta dejar el coche aparcado en la avenida y recorrer el paseo de los jardines hasta el edificio. Disfruto contemplando la luz, el cielo abierto, el mar, los árboles.
Los árboles son el calendario plantado en el parque. Cada estación, cada mes, tiene su propio paisaje. Desde el ventanal, acompañan árboles que se verán (según la fecha) desnudos, esqueléticos, tímidamente vestidos, con diminutas hojas de un verde pálido, o en todo el esplendor de su verdura.

Los árboles son lentos, pero pacientes. Su virtud es la constancia. Van cambiando de una manera que no se puede percibir a simple vista. Pero un día salta la sorpresa, como si en un abrir y cerrar de ojos todo fuera nuevo. Después de semanas de frío intenso, en que han sido azotados por el viento y castigados por la lluvia y el granizo, después de exhibir troncos desarropados y ramas escuálidas, ha bastado un poco de calidez para que los ancianos señores del parque hayan dado la orden a sus yemas. Pasa cada año, ocurre cada vez que se acerca la primavera: ¡brotad! Y unas pequeñitas hojas empiezan a tapizar sus ramas. Es marzo, anunciando el retorno de Perséfone.
No sé por qué me sorprendo. Era lo previsto, lo que tenía que ocurrir. Aunque no dejo de maravillarme cada vez que se extiende el indulto y todo comienza de nuevo. Una vez más.

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Hoy se celebraba el día de la mujer. No sé cuál es la denominación oficial, pero se entiende diciendo "el día de la mujer". Ya no pongo trabajadora o no, porque tal como está el asunto del empleo, no se trata de dejar fuera de la celebración (aún encima) a quienes sufren sin merecerlo.
Algunas mujeres con las que he hablado sobre este día me dicen que la celebración es absurda, otras me dicen que es necesaria. Y todas me dan sus razones y yo las comprendo a todas. Y también tengo mi propia opinión. Lamento que haya quien monte celebraciones estúpidas: que regale flores o que haga rebajas en lencería, pero luego se olvide de lo importante. Detesto estos alardes de banalidad, la capa de pintura que hace creer que se han arreglado las profundas grietas que subyacen. No. Una flor o un regalito no resuelven nada. Lo necesario es trabajar duro para alcanzar lo que es justo y de ley. Y no hay que conformarse con menos de eso.
Y quizás un día (¡ojalá!) no sea necesario reservar más días para llamar la atención sobre lo que no funciona bien respecto a la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Ese día, bienvenidos los regalitos. Pero mientras el día no llega, la celebración no es sino la forma de constatar que el trabajo aún no está terminado.

jueves, 28 de febrero de 2013

cuando "doble" quiere decir "nada"

(etapa 11.13)

Me lo afirmaba un amigo: No sé por qué dicen "doble moral" en todos aquellos casos en los que se demuestra una absoluta falta de moral. Dicen que hay dos cuando en realidad no hay ninguna. Y yo le doy la razón, por supuesto. Porque creo que la tiene.
Es un asunto que me supera. No puedo con la hipocresía de quienes condenan en unos lo que aprueban en otros (o en sí mismos), dependiendo de su interés. Idénticos hechos enjuiciados de forma distinta. Doble rasero, doble moral.
Detecto un ambiente muy cargado de esta lacra en demasiados ámbitos. Quizás es fácil pensar en la política, en las noticias... pero está por doquier. Hay que mantenerse alerta para no caer uno mismo: es un defecto difícil de asumir, y eso hace más complicada la autocrítica. El resultado suele ser una mente disociada entre lo que se dice creer y una multitud de formas de llevar a la práctica lo opuesto a lo que se dice creer. Y un montón de justificaciones para mantenerse en esa disociación, claro está.

También se habla de comportamiento maquiavélico, por haberse atribuido a Nicolás Maquiavelo la frase "El fin justifica los medios". De ser cierta, no importa qué medios se hayan anunciado para alcanzar un fin. En caso de encontrar obstáculos, se cambiarán los medios de partida (los que se decía que eran buenos) por cualesquiera otros al margen de consideraciones éticas o morales. Lo importante es llegar a la meta. A toda costa. Y empiezan los juegos malabares... Como el resultado ya se conoce de antemano, el camino se irá trazando a conveniencia de quien lo recorre. Por simple interés.
Por poner un ejemplo: se puede estar tajantemente en contra de la tortura, pero entonces empiezan las carambolas. ¿Y si fuera necesario torturar a alguien para arrancar una información que pueda salvar miles de vidas? ¿Y si entre las vidas que se pueden salvar está la de personas que te importan muchísimo? ¿Eso justificaría una tortura? Por este pedregoso camino se puede llegar a disculpar la tortura de unos pero a ser intransigente con las torturas que practiquen otros, ¡menudo conflicto! Mis motivaciones son buenas, las ajenas no lo son. Porque yo lo digo.
Y así cientos de casos, más o menos sangrantes.

Recuerdo un episodio de The Simpsons, de la 3ª temporada de esta serie (de cuando a los guionistas aún no se les había ido la olla y contaban historias con sentido, graciosas y que daban mucho juego), titulado "Bart, el asesino", en que el primogénito de la familia entra a trabajar en un local de la mafia de Springfield. Él no sabe que esos tipos son mafiosos, hasta que un día, después de custodiar en su casa un alijo de tabaco, ve en las noticias de la televisión que "Fat" Tony (su jefe en el local) es sospechoso de haber robado un camión con un cargamento de tabaco. Comienza entonces un diálogo delirante entre ambos:

- Oigan... ¿son ustedes ladrones?
- Bart, ¿está mal robar una barra de pan para dar de comer a tu familia hambrienta?
- ¡No!
- Pues supón que tienes una familia muy numerosa. ¿Está mal robar un camión de pan para darles de comer?
- ¡Ah-ah!
- ¿Y... hem... si a tu familia no les gustara el pan y les gustaran los cigarrillos?
- No creo que estuviera mal.
- No. Ahora, ¿y si en lugar de regalárselo, se lo vendieras por un precio que prácticamente es un regalo? ¿Sería eso robar, Bart?
- No lo sé...

Qué fácil es deslizarse cuesta abajo para justificar lo injustificable y engañarse (y autoengañarse) como a niños. Y qué fácil resulta también ver todo ese mal en los otros pero no en uno mismo.
Como ya dije en otra ocasión, a algunas personas les hablas de moral y creen que les hablas de un árbol de la familia de las Moráceas, de cinco a seis metros de altura, con tronco grueso y derecho, copa amplia, hojas ásperas, lanuginosas, acorazonadas, dentadas o lobuladas por el margen, y flores unisexuales en amentos espiciformes, separadas las masculinas de las femeninas, y cuyo fruto es la mora. Y de nada más.

martes, 12 de febrero de 2013

espuma de palabras

(etapa 09.13)
"Todo aquel que sabe poner nombre a las cosas sabe también que existe lo innombrable".
(Lao-Tsé)

De pequeño me gustaba beber con pajita. En parte, por la novedad de utilizar ese artilugio mágico que se interponía entre el vaso y mi boca. En parte, porque era divertido cabrear un poco a los padres soplando en vez de aspirando. Y en parte, también por la competición de burbujas que se podía organizar entre los hermanos en los desayunos o meriendas. Esto cabreaba aún más a los padres, y por eso era preferible disfrutar del juego en clandestinidad. Luego todo eran caritas de angelitos y mamá, mamá, ya me he acabado el zumo. También me complacía formar pompas soplando a través de un pequeño aro de plástico que mojaba en agua jabonosa. Quién no habrá hecho esto. Ver flotar las burbujas en el aire, observar sus formas y sus brillos iridiscentes al sol, hasta que por tal o cual motivo dejaban de existir, con un plop húmedo, una leve salpicadura, un desvanecimiento en el aire, en la ropa, en la palma de la mano...

Luego, pensé que las palabras son como las burbujas de los juegos. También se llenan de aire, esa es su sustancia. Hay palabras que se tiñen de colores según dónde aparecen, igual que las burbujas del refresco de zumo eran anaranjadas, las del batido de fresa eran rosas y eran blancas las de la leche, o marrones si se le añadía cacao. También hay palabras que se pronuncian solo en lo clandestino. Las hay que pertenecen al mundo de los juegos, vuelan y revientan por azar o porque llegaron a su objetivo, dejando allí su salpicadura como toda huella de que una vez existieron. Vacían su contenido de aire y vuelven a ser solo aire. Hay palabras mayores y menores, hermosas y comunes, igual que las burbujas. Unas son más resplandecientes, otras son más ágiles y vuelan más alto, otras son resistentes y tardan en desaparecer, otras sencillamente permiten que las demás destaquen a su costa.

Empecé a coleccionar palabras, como si petrificara burbujas, para que no se me reventaran al rozar los muros de la frágil memoria. Quise recordarlas, asociándolas a esto o a aquello, admirarlas, acariciarlas. A todas las empleé para construir nuevos mundos, todas me valen para eso. Hay ladrillos modestos pero imprescindibles, otras palabras son como los buenos morteros (preposiciones, artículos y demás), que permiten juntar sustantivos, adjetivos, verbos... sin que el edificio se desmorone. Las palabras de mi colección, empero, son las que me provocan el escalofrío, el estremecimiento reflejo, solo con escuchar su sonido. Una fibra en mi interior vibra cuando estas magníficas burbujas se dejan escuchar.
Unas palabras me atraen por su etimología. Como nostalgia, que significa algo así como el regreso del dolor. Amo a otras palabras por la belleza de su sonido. Como serendipia, que para mí es sonido puro, como el de aquella flauta que un borriquillo hizo sonar por casualidad. Algunas de la colección son fuertes por su significado. Como resiliencia, que aúna su sonoridad con la propia energía del persistir. Tengo palabras útiles, que me permiten expresar con precisión una actitud. Como procrastinar, que explicaré en otro momento. Hay palabras en que es el contraste lo que me fascina. Como ataraxia, que describe con sonido estridente un estado de serenidad absoluta.

Irónicamente, por más palabras que coleccione, no hay despliegue burbujeante contigo. Cuando tú entras en escena, enmudezco. Todas mis pompas de jabón estallan sin sonido y se desvanecen en el aire que respiras, sin que sepas cuántas cosas te diría, pero que soy incapaz de decirte.

Dos hermosas palabras flotan en medio del silencio del bosque de abedules

viernes, 1 de febrero de 2013

febrero

(etapa 07.13)
Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.
(Pedro Salinas, "Confianza")

Los azotes del viento han disuadido a enero de seguir aferrado al calendario. Abandona. Literalmente desgajado, desprendido hoja a hoja del almanaque. ¿O quizás han sido las copiosas lluvias las que han arrastrado toda su voluntad de permanencia? El resultado es el mismo. Al fin, un mes deja paso a otro mes.
Febrero entenderá el viento como energía para el cambio, escoba que barrerá las hojas muertas. El agua de la lluvia será el elemento que lave su camino. Lo que mató al pasado será la fuerza del futuro.
Deseos, deseos... Él lo espera así, aunque no sabe qué sucederá.

En estos días de viento y de lluvia, pasear por la ciudad es como vivir en una metáfora. Todo es arrastrado, sin ahondar en motivos ni en maneras. Todo se remueve, lo que se va y lo que viene.
En la esquina acristalada de siempre, a modo de escaparate, aquel establecimiento suntuoso ya no existe. Ahora, la vitrina está polvorienta y revela un interior vacío y abandonado. Ya no están las cortinas aterciopeladas, ni la mesa de madera noble ni las butacas lujosas. Empero, otra ausencia se hace aún más notable. Ya no está la hermosa mujer que era el alma del local, la vida entre lo inerte. La mujer que regalaba su belleza al viandante distraído, una belleza que no puedo llegar a describir, porque hay que ver para entender y para sentir. Sentir la calma, la serenidad, a la vez que la desazón de una mirada inalcanzable, la inquietud de lo imposible. El poder de detener el tiempo... Ya no. Ha vuelto a correr el tiempo y, mirando hacia el interior del local, hacia el vacío difuminado por la capa de polvo en los cristales, apenas se intuye la figura fantasmal que los ojos todavía quieren ver. Pero la sensación es desoladora. Destierro, nostalgia, viento y lluvia.
Los que han venido han sido los estorninos. Vuelven a su cita, como cada año. Invaden el cielo de la ciudad y los árboles de sus parques. Forman nubes de puntos diminutos, nubes que no pierden la redondez del contorno, por más que se muevan velozmente y con gran agitación, simulando ser extraños microorganismos (quizás paramecios, quizás amebas) que fueran examinados con lentes de mucho aumento sobre el tapiz gris del cielo. El frenético vuelo termina para algunos cuando encuentran un árbol en que posarse. Allí encaramados, empiezan una especie de twitter en miniatura, igual de frenético, con docenas y docenas de pájaros en uniforme luctuoso, que no azul, compitiendo para hacer oír su gorjeo por encima de la cacofonía general. La ciudad se rinde a ese murmullo, incluso el viento no lo puede ahogar.
Y sigue lloviendo.

La lluvia limpiará y el viento barrerá. Febrero así lo espera. El sol quizás aparezca de pronto y derrita algunas nostalgias.
Ya se verá...
Mientras tanto, entre los que se fueron y los que vinieron, el tiempo sigue corriendo. Viene un mes nuevo y todo lo hace nuevo, invitando a comenzar de cero. Una vez más.


lunes, 21 de enero de 2013

crónicas esquimales

(etapa 04.13)
El frío,
¿de dónde viene,
oh, espantapájaros?
(Kobayashi Issa, 1763-1827)

¿Te has dado cuenta? Desfallecen las alegrías y las aflicciones, se agotan las ilusiones y las amarguras, hasta que no queda nada. Los sentimientos han decidido retirarse a los cuarteles de invierno, ahora que arrecia este frío glacial. Estoy seguro de que ha sido a causa del frío. Sí, es el sello de la frialdad, perdida toda sensación en el cuerpo y entumecido todo nervio. Ni siquiera el dolor se ha quedado. Ya solo permanece el frío.
El frío, nuestro frío, está hecho de una mezcla de abandono, de vacíos, de incomprensión y de fatiga.

Dijo Paul Valéry que una obra de arte no se termina nunca, sino que se abandona. Tú y yo teníamos dos opciones: renunciar a la obra de arte o abandonarla una vez que sospecháramos que empezaba a desnaturalizarse. En nuestra insistencia por autoengañarnos, hemos sido muy tercos para lo primero y reacios a lo segundo. Pero el frío nos ha sorprendido en la duda. La desnaturalización provocó la muerte y la muerte trajo el frío. Qué mal se me dan los finales. Como a ti, lo sé.
Cuando hay que terminar algo, escribes un punto. Punto y final. Empero, la duda (¡otra vez!) puede contigo y añades un par de puntos más, en hilera. Y transformas el punto final en puntos suspensivos. ¿Por qué me haces esto? Ahora permaneceré vagando en el vacío inmenso que separa un punto de otro punto... de otro punto... inalcanzables... soñando que quizás no es un final, sospechando que queda un resquicio para la esperanza. Pero no.

Empecé a enviar mensajes en botellas. Era divertido. Imaginaba los destinos, la sonrisa en tu cara al recibirlos, allá donde te encontraras. La corriente marina, caprichosa, llevaría esos mensajes hasta ti, no sé cómo, aunque tampoco me preocupaba mucho el misterio. Y llegó de nuevo el vacío...
Entonces pensé que te habías alejado tanto que las botellas ya no eran capaces de llegar hasta ti. A partir de entonces me fui especializando en el diseño de las botellas. Me convertí en un experto en botellas. Cuidé muy bien la composición del vidrio, las formas, la resistencia para soportar un viaje tan largo, las embestidas de las olas o incluso los choques contra los arrecifes. Ahora las botellas llegarían lo más lejos posible y ya no habría un lugar tan lejano al que pudieras ir sin que mis botellas lograran alcanzarlo. Insensato de mí... El tiempo dedicado a las botellas consumió el tiempo que dedicaba a los mensajes. Las últimas botellas partieron vacías.

En el mismo instante en que empezaba todo, comprendí cómo empezó todo. Todo empieza con un puñado de nada. Parece un juego de palabras, pero es real. Lo comprendí aquel día en que nos mirábamos a los ojos mientras conversábamos y toda la energía del cosmos, y toda su materia hecha invisible, se concentró en el espacio entre tú y yo. Todo lo que existía a nuestro alrededor, hasta el confín del universo, fue devorado por la atractiva fuerza gravitatoria de esa supermasa que generamos en medio de nosotros. Se desvaneció el resto del mundo y de los demás mundos, aun los desconocidos. Fue entonces cuando comprendí cómo empezó todo. Igual que un big-crunch que da paso a un big-bang, gracias a esa partícula infinitesimal que sirve como singularidad, como punto de inflexión. Tú también la viste, tú también estabas allí contemplando el prodigio.
Pero ahora ya no estás aquí para volver a explicármelo. Y yo he dejado de comprender los secretos de la materia y la energía. La nada actual es un sinónimo de incomprensión.

Estoy cansado. Me parece escuchar un eco fastidioso. Cada uno repite lo que todo el mundo dice. Y, sin embargo, se creen que son originales. Una y otra vez las mismas cosas afuera y el mismo hastío adentro.
Necesito proseguir mi viaje. No es una huida, no se trata de hacer kilómetros... Se trata de vivir en movimiento, para que no me alcance el eco de las cosas vanas. Moverse, recuperar la energía, reconquistar el calor suficiente para poner fin a esta etapa invernal.
El recuerdo de tu soplo gélido se desvanecerá un día y dejarás de ser mi reina de las nieves.
Y lo peor ya habrá pasado.

lunes, 14 de enero de 2013

en la oscuridad

(etapa 03.13)
"¿Quién me defenderá de tu belleza?"
(de un soneto de Michelangelo Buonarroti,
que sirve de título a una breve novela inacabada de Stendhal)

Afuera, la noche es fría. Tiritan los grillos, se estremecen las estrellas. El cielo se ha vestido su manto oscuro y las luces de la ciudad, lejanas, no llegan a teñirlo con los anaranjados brillos desvaídos. Todo es serenidad. En lo alto, numerosos y diminutos puntos de luz observan con timidez. Imagino las líneas que tantas veces he visto en los libros, trazos de navegantes, astrónomos, astrólogos, aventureros, poetas... Líneas que unen los rutilantes puntos y crean dibujos asombrosos. Me cautivan las telarañas que inundan la bóveda celeste y, como un insecto que quisiera atravesarla más allá de su velo de oscuridad, me siento atrapado en sus filamentos pegajosos...
Adentro, la noche es cálida. Otro cielo irradia para mí su blancura. La palidez de tu espalda es otro campo de estrellas que se mecen al ritmo de tu respiración. Los grillos guardan silencio. Invento las constelaciones de tu piel. Recorro las líneas invisibles con dedos ingrávidos, tan suavemente que no alteran tu sueño, aunque sí tus sueños. La respiración se entrecorta, en leves jadeos. Bailan las estrellas, navego entre sus destinos, me adentro en la inmensidad de sus vacíos, perdido en tu hermosura. Todo en ti es fascinante y sobrecogedor.

El amanecer, afuera, rasga sin ruido el negro lienzo. Flechas de luz hacen jirones la noche. Mueren las sombras. Es el fin de una noche y es el comienzo de otra noche distinta. Cierro mis ojos a los primeros rayos de sol y te contemplo desnuda con mis manos desnudas. No más aire entre tú y yo, no más distancia. En la oscuridad, sigo viajando de estrella en estrella, mientras tú me guías en mi ceguera voluntaria. Y sin abrir mis ojos veo el destello de los tuyos, que me llevan seguro más allá de cualquier tiniebla.


miércoles, 2 de enero de 2013

rutina

(etapa 01.13)

La tenue luz de la mañana. La cara en el espejo. Las nubes en el cielo. El libro en la mesilla. El vaso de agua. El pomo de la puerta. La quiosquera de la esquina. El vendedor de pañuelos del semáforo. La papelera rota. El graffiti de las iniciales. La pintada obscena. El olor de la calle. Los adoquines bajo mis pies. La alfombra ondulante de cabezas. El ruido estridente de los coches. Los segundos de espera. La luz verde de paso. La puerta del local. Las mariposas en el estómago. La chica de la cafetería.
Y de repente...