(área de descanso nº 176)
"La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo".
(Gustave Flaubert)
 |
"Mad Men": Joan Holloway (Christina Hendricks)
en su aureola roja de piropos acumulados. |
Galanterías, requiebros, halagos, cumplidos, lisonjas... Es decir, piropos. Etimológicamente, este término proviene de la antigua palabra latina
pyropus, que hace referencia a una "aleación de cobre y oro, de color rojo brillante", que (a su vez) procede del griego [transliterado]
pyropós, que significaba "de color encendido" o "con aspecto de fuego" y, principalmente, "de ojos de fuego". En definitiva,
pyropós (palabra compuesta, resultado de la suma de dos sustantivos) puede significar "fuego en el rostro" (
pyr, -de
pyrós-: "fuego" y
ops -de
opós-: "cara") o incluso "enviar fuego con la mirada" (puesto que
ops también se puede traducir como
vista o
mirada).
Parece ser que los galanes romanos regalaban rubíes (de color rojo fuego, es decir "piropos") a las mujeres a las que cortejaban, en señal de su pasión hacia ellas. Los que no podían permitirse ese gasto, se servían de palabras amables como arma para sus conquistas, con idéntico propósito: encender ese fuego que, tal vez, se vincule a la llama de las pasiones que van junto con el piropo.
Así las cosas, los piropos han llegado a levantar tanto rubores de recato, como bochornos de indignación, o incluso (en ciertos casos) desazones varias a causa de la vergüenza ajena. Todo depende del
qué,
quién,
cómo,
cuándo,
dónde, etcétera. Como casi siempre.
Los piropos de los conocidos son los más valiosos. Sobre todo cuando son auténticos (que, lamentablemente, no siempre lo son). Muchas veces hacen referencia a cualidades que van más allá de lo físico y suponen un pequeño empujón de moral en el trayecto tantas veces árido de la cotidianidad. Cuando alguien aprecia a alguien y le dedica alguna palabra amable, su fin no es la típica conquista romántica, sino procurar placer a la persona querida. Así, por efecto de una
magia desconocida (es decir, la química cerebral) la actitud parece mejorar y ciertas cualidades menospreciadas en una insensibilidad apática, pero ahora sacadas a relucir por alguien que enciende el fuego, se pueden utilizar para seguir remando en el torrente de la vida. Nunca viene mal.
Los piropos de los desconocidos son todo un mundo. Imposible apreciar en ellos cualidades más allá de lo que se puede percibir de una forma inmediata, porque no serían creíbles. No tendría sentido alabar el sentido del humor, la inteligencia o la bondad de una persona completamente desconocida. Otra cosa es elogiar su mirada, su sonrisa, su elegancia, o lo que se aprecie en una primera impresión.
Hace unos días, estuve pensando en esto de los piropos por un par de situaciones que, en pocos minutos, se cruzaron de forma casi divertida. Estaba con un amigo en un pequeño pueblecito donde unos familiares suyos terminaban de acondicionar una modesta vivienda. Él y yo nos sumamos a la
fiesta y terminamos acometiendo varias tareas de bricolaje. En cierto momento, nos visitaron una prima de mi amigo con su hija: la madre, tres años más joven que yo, y la hija, recién estrenada su mayoría de edad. Saludos, besos, presentaciones... Nuestros anfitriones comentaron de las recién llegadas:
"¡Si parecen hermanas...!" y resultó ser un cumplido para la madre. Sin embargo, yo pensé que el cumplido era para la hija, porque ya quisiera ella tener el brillo en la mirada que tenía su madre. Elogiamos constantemente la juventud como si fuera la virtud por excelencia, cuando es solo la
virtud de haber nacido más tarde. Cierto es que la joven resplandecía en su frescura juvenil, pero ni así podía igualar a su progenitora en la belleza de todos esos años vividos y que daban a cada gesto, a cada rasgo, una apostura incomparable.
En fin, fuese como fuese, en poco tiempo estábamos saliendo hacia la ferretería del pueblo para adquirir algunos materiales que nos eran necesarios para rematar las faenas en que estábamos enfrascados. Llegamos, mi amigo y yo, por las indicaciones de nuestros anfitriones y el conocimiento del lugar que él tenía. Una vez allí, nos atendió una señora que se diría octogenaria. Sorprendente por su vigor. Dudaba ella si uno de los materiales que le pedimos lo tenía en el almacén, y lanzó un grito a la trastienda:
"¡Madreeee!". En ese momento, nos miramos mi amigo y yo con los ojos muy abiertos y creo que tuvimos una conversación telepática:
- ¿Has oído eso?
- ¿Ha dicho "madre"?
- Creo que sí. Habremos entendido mal...
A los pocos segundos, salió una señora que casi parecía un clon de la dependienta e igual de vigorosa. Entre ambas resolvieron el asunto. Cuando salimos de la tienda, mi amigo, entre risas, me espeta:
- ¿Te has fijado? ¡Si parecen hermanas...!
Piropos. Pueden ser graciosos, pueden ser entrañables, pueden ser molestos. Pueden ser inoportunos, pueden ser motivadores, pueden ser aduladores. Pueden ser dichos con muchas intenciones y propósitos... Empero, por encima de todos, el mejor que he escuchado en mi vida, el que más hermoso me ha parecido, el que de verdad me ha puesto fuego en el cuerpo, es este:
(y solo sirve si se dice de verdad de la buena, por supuesto)