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domingo, 12 de mayo de 2013

héroe

(etapa 23.13)
"Each Event is preceded by Prophecy.
But without the Hero, there is no Event".
(Zurin Arctus, the Underking. The Elder Scrolls III: Morrowind)

Sucede algo no fuera de lo común. Lo común se ha convertido en un lugar demasiado amplio con el paso de los días y cada vez es más difícil poder calificar un suceso como inusitado o extraordinario. Lo insólito se ha diluido en millones de vidas, vividas y repetidas de forma ignorada. Pocas cosas hay nuevas. Y pocas nuevas son buenas.
Un tipo le da valor al suceso. No por parecer corriente a muchos observadores, el asunto deja de tener cierto brillo. En las páginas del diario ha quedado bastante desvaído y vulgar, pero el tipo, un novelista exquisito, decide pulirlo con otras palabras. Darle lustre, concederle pervivencia en la corriente de lo corriente. Unas páginas, bello texto, conmovedoras frases.
Para preservar identidades, se cambia algún detalle. Nombres, lugares. Esas cosas. Ahora, desatada de ligaduras, la historia empieza a tener su propia vida. También cambia esta pizca. Se exagera un poquito en esto y se minimiza aquello. Se bruñe al protagonista, se le confecciona un traje a medida. También se atavía el relato. Se ponen tildes y acentos.
No es suficiente. Se publica el libro pero no termina de calar. Una minoría encantada, literatura de culto. Pero la historia se olvida.
Y se retuerce en su tumba de silencio hasta que un director de cine planea orientar sus focos hacia la historia desconocida. Se prepara un guión, se vuelven a limar algunas aristas y se erizan astillas en otras partes. Se amputan extremidades del relato, alguno de sus órganos se somete a cirugía. Hay que recrear al héroe. Un productor decide jugársela. Se buscan actores. El elegido, el héroe, el ídolo del momento. Su sola presencia hace estremecerse al personaje del libro.
Silencio, se rueda.
Y ahora sí, la historia desconocida será inmortalizada. Para siempre. Comentarios, lágrimas, reseñas, pasiones, escalofríos, sueños. El héroe será un rastro perenne en las entregadas mentes del gran público, esas personas acostumbradas a pasar por alto los sucesos corrientes.

martes, 26 de marzo de 2013

etiquetas

(etapa 15.13)

Recordaba ahora una película que vi estas navidades, en una sobremesa en casa de mi hermana. Es una película india titulada Mi nombre es Khan. No es un peliculón (también he leído unas cuantas críticas desfavorables), sin embargo se deja ver y contiene algún mensaje sencillo pero que merece la pena tener presente. En un momento de la película, cuando Khan es todavía un niño que vive en Bombay, se muestra alguna escena del conflicto entre los musulmanes y los hindús en la ciudad. Khan y su familia son musulmanes y, aunque en el corazón del muchacho comienzan a brotar sentimientos de desprecio hacia los hindús, su madre le dice una verdad esencial (no cito literalmente, sino la idea que recuerdo): No pienses en musulmanes o hindús. No es un conflicto entre "buenos" y "malos", porque en la vida solo hay buenas personas y malas personas, y tanto unas como otras pueden estar en cualquiera de los grupos que llegues a imaginar. Esto no tiene nada que ver con la religión que practiquen o que digan practicar. En la segunda parte de la película, con un Khan ya adulto y viviendo en los Estados Unidos después del atentado del 11-S, la comunidad musulmana se convierte en sospechosa de terrorismo e incluso él mismo es confundido con un terrorista. Desde ese momento (y tras una serie de vicisitudes personales), su objetivo será encontrarse con el presidente del país y decirle en persona: "Mi nombre es Khan y no soy un terrorista".

Así parecen ser las cosas. La película lo narra con mucha dosis de sensiblería y simplismo, pero el mensaje no puede ser más claro: nuestra sociedad es víctima del vicio de etiquetarlo todo.
Etiquetar está bien cuando se trata de objetos. Si guardas un líquido venenoso en un frasco, es mejor marcarlo con una etiqueta para no caer en el error de confundirlo con algo que se pueda beber. Si una prenda está hecha de cierto material, no está de más indicarlo con una etiqueta. Si vas a comprar al supermercado, se agradece que lo que te encuentres envasado tenga una etiqueta que indique su contenido y composición. Pero, ¿etiquetar a las personas?
Etiquetar a las personas es como congelarlas a perpetuidad e impedir la posibilidad de que cambien a ojos de quien etiqueta. Etiquetar a una persona es cosificarla, convertila en un objeto, en algo inerte. Es una injusticia que envilece a la gente.

No faltan etiquetas, las hay para todo. Las hay en política, las hay en el ámbito de los deportes, las hay en el terreno de las religiones, las hay en la organización territorial de un país o de todo el mundo. Y cada etiqueta se asocia con un calificativo (o con una descalificación) que acompañará a todos los que la reciban. ¿Eres alemán? Entonces eres un cabeza cuadrada. ¿Eres catalán? Entonces eres un agarrado. ¿Eres madrileño? Entonces eres un chulo. Ya ves: los gentilicios como adjetivos calificativos. Lo mismo si hablamos de religión, política o lo que sea. Además, las etiquetas son tan perversas que suelen ir en grupos indisolubles. Es decir, si tienes la etiqueta "A", entonces también te corresponden por decreto la "B", la "C" y la "D". Todos lo van a asumir de esta forma aunque, en realidad, esto no tiene por qué ser así. ¡Qué sorpresa será si eres catalogado como "A", pero no encajaras en "B"! ¡No podría ser, algo estaría mal en ti! Parece que alguien lo ha decidido así y no hay más discusión al respecto. Se han creado una serie de perfiles que han polarizado el mundo. Ya no se puede disfrutar de la riqueza que hay en la variedad, sino que ahora las cosas se sitúan en un extremo o en el opuesto. El horror del maniqueísmo.

Todo esto me fatiga muchísimo. Estoy más que harto de estas visiones paupérrimamente simplistas. Las etiquetas que se les ponen a las personas son como las muletas mentales de la gente estúpida, el vicio de los que tienen una visión de corto alcance y llena de tinieblas.

martes, 12 de febrero de 2013

espuma de palabras

(etapa 09.13)
"Todo aquel que sabe poner nombre a las cosas sabe también que existe lo innombrable".
(Lao-Tsé)

De pequeño me gustaba beber con pajita. En parte, por la novedad de utilizar ese artilugio mágico que se interponía entre el vaso y mi boca. En parte, porque era divertido cabrear un poco a los padres soplando en vez de aspirando. Y en parte, también por la competición de burbujas que se podía organizar entre los hermanos en los desayunos o meriendas. Esto cabreaba aún más a los padres, y por eso era preferible disfrutar del juego en clandestinidad. Luego todo eran caritas de angelitos y mamá, mamá, ya me he acabado el zumo. También me complacía formar pompas soplando a través de un pequeño aro de plástico que mojaba en agua jabonosa. Quién no habrá hecho esto. Ver flotar las burbujas en el aire, observar sus formas y sus brillos iridiscentes al sol, hasta que por tal o cual motivo dejaban de existir, con un plop húmedo, una leve salpicadura, un desvanecimiento en el aire, en la ropa, en la palma de la mano...

Luego, pensé que las palabras son como las burbujas de los juegos. También se llenan de aire, esa es su sustancia. Hay palabras que se tiñen de colores según dónde aparecen, igual que las burbujas del refresco de zumo eran anaranjadas, las del batido de fresa eran rosas y eran blancas las de la leche, o marrones si se le añadía cacao. También hay palabras que se pronuncian solo en lo clandestino. Las hay que pertenecen al mundo de los juegos, vuelan y revientan por azar o porque llegaron a su objetivo, dejando allí su salpicadura como toda huella de que una vez existieron. Vacían su contenido de aire y vuelven a ser solo aire. Hay palabras mayores y menores, hermosas y comunes, igual que las burbujas. Unas son más resplandecientes, otras son más ágiles y vuelan más alto, otras son resistentes y tardan en desaparecer, otras sencillamente permiten que las demás destaquen a su costa.

Empecé a coleccionar palabras, como si petrificara burbujas, para que no se me reventaran al rozar los muros de la frágil memoria. Quise recordarlas, asociándolas a esto o a aquello, admirarlas, acariciarlas. A todas las empleé para construir nuevos mundos, todas me valen para eso. Hay ladrillos modestos pero imprescindibles, otras palabras son como los buenos morteros (preposiciones, artículos y demás), que permiten juntar sustantivos, adjetivos, verbos... sin que el edificio se desmorone. Las palabras de mi colección, empero, son las que me provocan el escalofrío, el estremecimiento reflejo, solo con escuchar su sonido. Una fibra en mi interior vibra cuando estas magníficas burbujas se dejan escuchar.
Unas palabras me atraen por su etimología. Como nostalgia, que significa algo así como el regreso del dolor. Amo a otras palabras por la belleza de su sonido. Como serendipia, que para mí es sonido puro, como el de aquella flauta que un borriquillo hizo sonar por casualidad. Algunas de la colección son fuertes por su significado. Como resiliencia, que aúna su sonoridad con la propia energía del persistir. Tengo palabras útiles, que me permiten expresar con precisión una actitud. Como procrastinar, que explicaré en otro momento. Hay palabras en que es el contraste lo que me fascina. Como ataraxia, que describe con sonido estridente un estado de serenidad absoluta.

Irónicamente, por más palabras que coleccione, no hay despliegue burbujeante contigo. Cuando tú entras en escena, enmudezco. Todas mis pompas de jabón estallan sin sonido y se desvanecen en el aire que respiras, sin que sepas cuántas cosas te diría, pero que soy incapaz de decirte.

Dos hermosas palabras flotan en medio del silencio del bosque de abedules

viernes, 20 de abril de 2012

piropos

(área de descanso nº 176)
"La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo".
(Gustave Flaubert)

"Mad Men": Joan Holloway (Christina Hendricks)
en su aureola roja de piropos acumulados.
Galanterías, requiebros, halagos, cumplidos, lisonjas... Es decir, piropos. Etimológicamente, este término proviene de la antigua palabra latina pyropus, que hace referencia a una "aleación de cobre y oro, de color rojo brillante", que (a su vez) procede del griego [transliterado] pyropós, que significaba "de color encendido" o "con aspecto de fuego" y, principalmente, "de ojos de fuego". En definitiva, pyropós (palabra compuesta, resultado de la suma de dos sustantivos) puede significar "fuego en el rostro" (pyr, -de pyrós-: "fuego" y ops -de opós-: "cara") o incluso "enviar fuego con la mirada" (puesto que ops también se puede traducir como vista o mirada).
Parece ser que los galanes romanos regalaban rubíes (de color rojo fuego, es decir "piropos") a las mujeres a las que cortejaban, en señal de su pasión hacia ellas. Los que no podían permitirse ese gasto, se servían de palabras amables como arma para sus conquistas, con idéntico propósito: encender ese fuego que, tal vez, se vincule a la llama de las pasiones que van junto con el piropo.

Así las cosas, los piropos han llegado a levantar tanto rubores de recato, como bochornos de indignación, o incluso (en ciertos casos) desazones varias a causa de la vergüenza ajena. Todo depende del qué, quién, cómo, cuándo, dónde, etcétera. Como casi siempre.
Los piropos de los conocidos son los más valiosos. Sobre todo cuando son auténticos (que, lamentablemente, no siempre lo son). Muchas veces hacen referencia a cualidades que van más allá de lo físico y suponen un pequeño empujón de moral en el trayecto tantas veces árido de la cotidianidad. Cuando alguien aprecia a alguien y le dedica alguna palabra amable, su fin no es la típica conquista romántica, sino procurar placer a la persona querida. Así, por efecto de una magia desconocida (es decir, la química cerebral) la actitud parece mejorar y ciertas cualidades menospreciadas en una insensibilidad apática, pero ahora sacadas a relucir por alguien que enciende el fuego, se pueden utilizar para seguir remando en el torrente de la vida. Nunca viene mal.
Los piropos de los desconocidos son todo un mundo. Imposible apreciar en ellos cualidades más allá de lo que se puede percibir de una forma inmediata, porque no serían creíbles. No tendría sentido alabar el sentido del humor, la inteligencia o la bondad de una persona completamente desconocida. Otra cosa es elogiar su mirada, su sonrisa, su elegancia, o lo que se aprecie en una primera impresión.

Hace unos días, estuve pensando en esto de los piropos por un par de situaciones que, en pocos minutos, se cruzaron de forma casi divertida. Estaba con un amigo en un pequeño pueblecito donde unos familiares suyos terminaban de acondicionar una modesta vivienda. Él y yo nos sumamos a la fiesta y terminamos acometiendo varias tareas de bricolaje. En cierto momento, nos visitaron una prima de mi amigo con su hija: la madre, tres años más joven que yo, y la hija, recién estrenada su mayoría de edad. Saludos, besos, presentaciones... Nuestros anfitriones comentaron de las recién llegadas: "¡Si parecen hermanas...!" y resultó ser un cumplido para la madre. Sin embargo, yo pensé que el cumplido era para la hija, porque ya quisiera ella tener el brillo en la mirada que tenía su madre. Elogiamos constantemente la juventud como si fuera la virtud por excelencia, cuando es solo la virtud de haber nacido más tarde. Cierto es que la joven resplandecía en su frescura juvenil, pero ni así podía igualar a su progenitora en la belleza de todos esos años vividos y que daban a cada gesto, a cada rasgo, una apostura incomparable.
En fin, fuese como fuese, en poco tiempo estábamos saliendo hacia la ferretería del pueblo para adquirir algunos materiales que nos eran necesarios para rematar las faenas en que estábamos enfrascados. Llegamos, mi amigo y yo, por las indicaciones de nuestros anfitriones y el conocimiento del lugar que él tenía. Una vez allí, nos atendió una señora que se diría octogenaria. Sorprendente por su vigor. Dudaba ella si uno de los materiales que le pedimos lo tenía en el almacén, y lanzó un grito a la trastienda: "¡Madreeee!". En ese momento, nos miramos mi amigo y yo con los ojos muy abiertos y creo que tuvimos una conversación telepática:
- ¿Has oído eso?
- ¿Ha dicho "madre"?
- Creo que sí. Habremos entendido mal...
A los pocos segundos, salió una señora que casi parecía un clon de la dependienta e igual de vigorosa. Entre ambas resolvieron el asunto. Cuando salimos de la tienda, mi amigo, entre risas, me espeta:
- ¿Te has fijado? ¡Si parecen hermanas...!

Piropos. Pueden ser graciosos, pueden ser entrañables, pueden ser molestos. Pueden ser inoportunos, pueden ser motivadores, pueden ser aduladores. Pueden ser dichos con muchas intenciones y propósitos... Empero, por encima de todos, el mejor que he escuchado en mi vida, el que más hermoso me ha parecido, el que de verdad me ha puesto fuego en el cuerpo, es este:


(y solo sirve si se dice de verdad de la buena, por supuesto)

domingo, 15 de abril de 2012

"el autor debería morirse..."

(todavía parado en la carretera)

Estos días he recibido algunas preguntas acerca del relato que publiqué aquí mismo el martes pasado (¿habrá segunda parte? ¿de qué se ha muerto? ¿qué le han dicho por teléfono? ¿...?). Sin embargo, yo esperaba recibir más respuestas que preguntas. Lo escribí como "relato-experimento" para pulsar las reacciones de los lectores ante un concepto como el de la muerte, abierto a tantas consideraciones distintas.
Si a mí se me ocurriera dar interpretaciones a lo que escribí, estaría incurriendo en uno de los peores errores cuando se publica algo. Una narración escrita para uno mismo, y que no sale más allá de la propia esfera, queda ya agotada en interpretaciones: las del propio autor en exclusiva. Pero en el momento en que se publica, el relato no debe terminar con el punto y final del texto, sino que continuará en las lecturas y significados que los lectores quieran (y deban) darle.

Estas cosas rondaban mi mente cuando, en mi afición de re-lector, volvía a un texto muchas veces transitado (me apasiona releer: cuando leo cosas nuevas descubro nuevos mundos, nuevos conceptos; pero cuando releo me descubro a mí mismo, la forma en que mi pensamiento va evolucionando). Se trata de la novela de Umberto Eco "El nombre de la rosa" y ciertos comentarios que él mismo escribió tiempo más tarde de su publicación, después de ser interrogado por algunos lectores sobre el porqué de un título como ese para el libro.
No hará falta decir que lo que escribo en el blog está a decenas de miles de años-luz de obras tan memorables como la que acabo de citar. Tanto en intención, como en calidad, como en extensión, como en tiempo y medios invertidos, como en repercusión y alcance, etcétera. Pero también es cierto que, aunque solo se trate de una forma de divertirme, me gusta dar lo mejor que pueda de mí mismo en cada escrito. No creo que solo deba aplicar la etiqueta de tarea-realizada-con-dedicación-y-satisfacción al trabajo profesional. Se es lo que se vive y cómo se vive, no solo lo que se hace a cambio de un salario.
Una vez, unos amigos nos reunimos para jugar una partida de un juego de mesa. En aquella ocasión, tuvimos la visita de otro amigo de uno de nosotros y lo invitamos a participar. Pero resulta que demostró tan poco interés por las estrategias y tácticas que debía aplicar para ganar la partida, que aquella sesión llegó a ser decepcionante. En cualquier juego entre simples aficionados, tratar de ganar hace más interesante la partida. Al final, no importará mucho ganar o perder, pero todo habrá sido más brillante si se ha jugado para ganar, limpiamente. ¿Por qué digo esto? Porque también creo que si me pongo a contar algo, pero no trato de hacerlo lo mejor que pueda (aun siendo un mero entretenimiento), resultará decepcionante. Para mí, en primer lugar, y también para los lectores.

Cito ahora las palabras de Umberto Eco:

El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? Sin embargo, uno de los principales obstáculos para respetar ese sano principio reside en el hecho mismo de que toda novela debe llevar un título.
Por desgracia, un título ya es una clave interpretativa. [Y esto es algo en lo que yo estaba pensando cuando tuve que poner un título al relato... No se podían dar pistas que coartaran la capacidad del lector para llegar a construir su propia historia. Descarté, por tanto, el título "punto de inflexión", porque me parecía que condicionaba demasiado desde el principio] (...)
El título debe confundir las ideas, no regimentarlas.
Nada consuela más al novelista que descubrir lecturas que no se le habían ocurrido y que los lectores le sugieren. (...)
El autor debería morirse después de haber escrito su obra [Es evidente que me he servido del comienzo de esta frase para poner título al presente post]. Para allanarle el camino al texto.
.
El autor no debe interpretar. Pero puede contar por qué y cómo ha escrito. (...)
En 'La filosofía de la composición', Poe nos cuenta cómo escribió 'El cuervo'. No nos dice cómo debemos leerlo, sino qué problemas tuvo que resolver para producir un efecto poético. Por mi parte, llamaría efecto poético a la capacidad que tiene el texto de generar lecturas siempre distintas, sin agotarse jamás del todo.

Después de todo esto, ya solo me queda decir que espero que cada cual, desde su estado de ánimo, su cosmovisión, o lo que prefiera, haya dado una interpretación a esa muerte en el coche: morir para otra persona, dejar de pertenecer a su vida... quizás un nuevo comienzo... el final de una existencia arrastrándose para empezar con una nueva vida (para empezar una nueva vida, antes hay que morirse a la antigua)... o todo lo contrario: el comienzo de una pesadilla... más todavía: el último final, el final de todo.
Nadie más que tú podrá saber cuáles fueron exactamente las palabras (ni sus sensaciones, sus efectos, la conmoción de sus huellas) que el protagonista anónimo escuchó en medio de la noche, sentado en su vehículo, en la cuneta de una carretera.

martes, 10 de abril de 2012

solución de continuidad

(área de descanso nº 175)
"Mucha gente muere con su música todavía en ellos.
Con frecuencia es porque siempre están listos para vivir.
Antes de que lo sepan, el tiempo se acaba".
(parece ser que esto lo dijo alguna vez Oliver Wendell Holmes)


Se despierta por la mañana sin saber que este será el día de su muerte. Desprevenido, abre los ojos perezosamente al nuevo día. Se levanta con esfuerzo y camina hasta el cuarto de baño arrastrando los pies descalzos. También arrastra problemas no resueltos, que durmieron en la noche como sueños turbulentos y que ahora, en la vigilia, también se despabilan para acompañar la jornada. El rostro que le devuelve el espejo, encima del lavabo, es el de un hombre que este mismo día morirá. Y él aún no lo sabe.
Desayuna, pero no es el alimento lo que lo matará. Sale a la calle, pero tampoco será ningún asesino demente, ni cualquier objeto pesado que se desplome sobre él, ni un autobús que arrolle su cuerpo, lo que va a acabar con su vida. Todavía no es el momento. Será hoy, pero aún no.
La jornada transcurre anodina. No ha dispuesto preparativos para lo que se avecina, puesto que se ignora que hubiera que hacerlos. Uno sabe que no vivirá para siempre, pero evita pensar que este puede ser el último día. Y hoy lo es. Aunque él no lo sospecha.
Pasan las horas y se aproxima el momento.

Llega la noche. Sube a su vehículo para un breve viaje: en una media hora llegará a su destino. Debe tomar una carretera secundaria, de trazado muy sinuoso. Ha llovido casi toda la tarde y, aunque ya ha cesado, el asfalto sigue encharcado. El vehículo avanza y la luz de sus faros patina sobre la deslizante superficie cubierta por un leve manto de agua, alumbrando ahora una curva a la derecha, ahora una a la izquierda... En el cielo, la capa de nubes que parecía impenetrable hace unos minutos se ha ido desgarrando en ciertas zonas. Por un claro abierto, una pálida luna se asoma al paisaje envuelto en tinieblas. Como si se tratara de un presagio fúnebre, al encender la radio del coche, en el programa de música clásica de la emisora sintonizada está sonando Lacrimosa del Réquiem de Mozart. El conductor dirige una mirada al rostro fantasmal que, habiendo vencido a las nubes, ahora domina el cielo nocturno.
En ese instante, el timbre del teléfono móvil sacude su mente y lleva su mirada desde los cielos hasta el lugar en que ha depositado el aparato, cerca de la palanca de cambios. No quiere apartar la vista de la carretera, pero de reojo contempla la pantalla resplandeciente. No es capaz de ver quién llama.
Intenta atrapar el teléfono, a ciegas, pero lo impide una curva que exige que ambas manos estén al volante cuando otro vehículo se cruza en la vía. Un pequeño susto. Curvas y timbres aumentan el azoramiento...

Empero, no sobrevendrá la muerte por el infortunio vestido de curva traicionera, de asfalto mojado o por una imprudencia al volante. No va a ser de ese modo.
Se decide a parar en la cuneta, en un breve tramo recto de la carretera, para atender el teléfono que todavía suena. Remitente desconocido. Responde a la llamada, llevándose el aparato a la oreja. Palabras, palabras, palabras...
Y allí mismo, en la cuneta de la carretera sinuosa, sentado en su vehículo, llega el momento de la muerte.
Como si fuera un revólver con el cañón posado en la sien, el teléfono dispara una bala de palabras que penetra en el cerebro, ahondando más y más, hasta acabar con su vida.

lunes, 23 de enero de 2012

razones

(área de descanso nº 166)

Hay quien se obsesiona con tener siempre la razón. También hay a quien le aterra que le den la razón. Y la posesión de las razones es asunto que a otros les tiene completamente sin cuidado. Pero no se trata ahora de ese tipo de razones. En matemáticas, una razón es (sencillamente) una relación entre dos magnitudes, y es una cosa de lo más frecuente en la vida cotidiana. Son muy corrientes las razones geométricas. Por ejemplo, si Catalina dice que ha viajado a una media de 100 km/h, lo que está diciendo es que la relación entre los kilómetros recorridos y las horas invertidas en recorrerlos es de 100 a 1. Y si Rigoberto me sale con que la mitad de sus amigos son alemanes, entonces resulta que 1 de cada 2 han nacido en la patria de Goethe. Fácil.
Un paso más allá es el de las proporciones geométricas. Esto es como juntar un par de razones (geométricas) con un igual por medio. O, dicho finamente, es la forma en que se expresa la relación de igualdad entre dos razones geométricas. Algo así:
a/b = c/d (y de ahí: a·d = b·c)
El caso es que una vez que empiezas con esto, flipas en colores, porque encuentras proporciones en todas partes: en el cuerpo humano, en las conchas de los animales, en las flores del campo, en las obras de los artistas (esos seres que gustan de imitar la naturaleza), ¡...en (casi) todo!


Luego, a la gente también le da por montarse reglas de tres, que es la forma guarrindonga que los cobardicas emplean cuando no se atreven a poner una proporción en forma matemática. Con lo guapas que quedan ellas...
Otro ejemplo de esto: Gumersindo se ha zampado 5 bocadillos este finde. Si siguiera a este ritmo, ¿cuántos bocatas se zamparía en un par de semanas? En plan guapo:
5/2 = x/14 (5 es a 2 como x es a 14), y resulta que el muy tragaldabas se zampará (despejando x) 35 bocatas en esos 14 días.

Hay un problema muy chulo planteado por el escritor (y matemático y más cosas) Lewis Carroll, en un libro que publicó con problemillas chulis, que dice algo así:
Si 6 gatos se comen 6 ratones en 6 minutos, ¿cuántos gatos se comerán 100 ratones en 50 minutos?
* aclaración, porque ya veo que hay seres humanos comentaristas (aquí y en féisbuc) que me dicen que los ratones no comen gatos:
El problema dice que son los gatos los que se comen a los ratones, no que los gatos sean comidos por los ratones.
Hale, para quien se anime. Esto también se resuelve como lo de los bocatas. Bueno, parecido.
#ahílodejo (como se dice en twitter)

Solo una última cosa. Cuando a uno le da la manía de buscar proporciones hasta en los pelos de una calavera, las palabras tampoco quedan fuera del alcance. ¿Y será que también existe proporcionalidad entre las palabras?
Pongamos por ejemplo:
¿AMISTAD es a AMIGUISMO como HUMANIDAD es a HUMANISMO?
¿INTEGRIDAD es a INTEGRISMO como NACIONALIDAD es a NACIONALISMO?
¿BONDAD es a BUENISMO como LIBERTAD es a LIBERALISMO?

Y así hasta que uno se canse.

Este señor es Lewis Carroll.
Parece muy fatigado después de llegar del trabajo
y, mientras espera a que le llamen para cenar,
está pensando en problemas de gatos que se comen ratones.

domingo, 27 de noviembre de 2011

sensaciones de ti

(área de descanso nº 161)
·
so much depends
upon
·
a red wheel
barrow
·
glazed with rain
water
·
beside the white
chickens.
···············(The Red Wheelbarrow, 1923, William Carlos Williams)

Algunos escritos incitan a expresar admiraciones como esta: "¡qué hermosas palabras!".
No porque las palabras sean hermosas por sí mismas, cuando reposan inertes en el diccionario que las contiene a todas. Y cierto es que incluso en ese estado latente hay palabras que ya son bellas, por diferentes motivos. Pero no. Incluso las palabras más corrientes resultan hermosas cuando se combinan de tal forma que cautivan los sentidos. Elegidas unas, desechadas otras, componiendo una precisa sinfonía de sensaciones y ritmos que hace vibrar esas misteriosas cuerdas que, tensas en nuestro interior, esperan el momento de ser pulsadas. Algo así.
No es la hermosura propia de las piedras, ladrillos, hormigón, madera, vidrio, acero... la que garantiza que un edificio me parezca hermoso. Ni es el sonido de un do, un re, un fa, un la... interpretados por diversos instrumentos, el motivo por el que una melodía determinada atraviesa mis entrañas y deja ahí grabada su huella de fuego.

Y cuando contemplo el poema de tu rostro y de tu entera figura, también entiendo que no hay nada distinto o singular en cada detalle, excepto el hecho de ser parte de ti misma. La precisión con que se combina armónicamente el color de tus mejillas, el brillo de tu mirada, la textura de tu boca, la elegancia de tu cuello, la fragancia de tu cabello, la delicadeza de tus manos, la suavidad de tu pecho, el equilibrio de tu cintura, el torneado de tus piernas... son las sensaciones que te convierten en real, paradójicamente, como si fueras el resultado de la operación de un poder irresistible dominado por mi imaginación. Un juego minucioso de sencillez, tu voluntad de reflejarte en el espejo que atraviesas, para mirarme desde el otro lado, incluso más exquisita. Un juego que consiste en no dejarte atrapar, cuya máxima diversión está en ese correteo constante en procura de ser capturada o evitándolo. Un juego con las formas que redescubro en ti a cada instante y con lo que pueden llegar a atesorar. Una deriva guiada, tal vez, en un rumbo distinto que me vas sugiriendo, paso a paso. Críptica a la vez que libre de artificio, natural y espontánea, como la formidablemente simple estampa de una escena simple, como la carretilla roja de Williams, como la sinceridad y humildad de esas palabras que componen textos hermosos. Para que las sensaciones de ti se metamorfoseen en ti misma, para que pueda crearte y darte vida en la realidad objetiva cuando estás inaccesible y me resulta imposible e insatisfactorio acariciar las meras sensaciones.

Jugando a tu juego, logré entender el poema de las sensaciones de ti y por qué tantas cosas dependen de ello.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

criticando, que es gerundio

(área de descanso nº 155)
"En muchos sentidos, el trabajo de un crítico es fácil. Arriesgamos poco, porque gozamos de una posición que está por encima de los que exponen su trabajo y a sí mismos a nuestro criterio. Nos regodeamos en las críticas negativas, que son divertidas de escribir y de leer. Pero el hecho más amargo que debemos afrontar los críticos es que, a la hora de la verdad, cualquier producto mediocre tiene probablemente más sentido que la crítica en la que lo tachamos de basura".
(Anton Ego, crítico gastronómico en el film de animación "Ratatouille")

Quizás sea una mala costumbre bastante habitual, pero suele ocurrir que las acepciones peyorativas de los términos son las que acaban apropiándose de la identidad de numerosas palabras, tal vez entre las más interesantes. ¿Qué decir de la palabra de origen griego "crisis" (κρίσις, que a su vez procede del verbo κρίνειν: juzgar, separar, decidir) y de muchos de sus derivados? Es una cuestión ya comentada en este blog.

Cuando pensamos en crisis o en crítica, es raro que nos refiramos a algo distinto que a una situación angustiosa (en el aspecto que sea: económico, social, político, psicológico, clínico, personal...) o al feroz despelleje que le dedicamos a otras personas o que otras personas nos dedican. Y es igual de raro que adivinemos el parentesco entre palabras como estas dos citadas y criterio, por más que el parecido familiar (su idéntica raíz) las delate. Será porque nos hemos acostumbrado a que las personas que más "critican" son las que menos criterio demuestran. Será porque a veces llamamos "criticar" simplemente a soltar valoraciones con escasa profundidad de análisis, muy vacías en sí mismas, o destinadas particularmente al desahogo de quien las dice y el perjuicio gratuito de quien las recibe. Sea como fuere, este abuso ha degenerado en una mala concepción de la crítica y, como asevera Anton Ego (aunque sea un personaje de ficción), las críticas negativas producen más placer a quien las emite y a quien no las padece, aunque terminen destrozando a sus destinatarios.

Entonces, ¿qué se necesita para criticar? Pues eso dependerá de qué tipo de crítica se quiera hacer. Para una buena crítica de Arte, por ejemplo, se me ocurre que el crítico deberá demostrar conocimientos apropiados; haber entrenado debidamente su capacidad de análisis e interpretación de las obras; saber relacionar tendencias y encajar con maestría cada cosa en su lugar; poner aparte, si fuera posible, filias y fobias personales en busca de mayor objetividad (o evitando la ofuscación); no venderse al mejor postor, etcétera. Si lo que se quiere criticar son actitudes o comportamientos ajenos, aquí la prudencia se impone. Recomiendo aplicar ese viejo dicho de los indios chéroquis (también lo he visto adjudicado a los siouxes): "Antes de juzgar a tu hermano, camina tres lunas con sus mocasines" ...a ver si después de eso sigues pensando lo mismo, les faltó añadir, dando por supuesto lo fácil que es deducir tal consecuencia. Teniendo en cuenta que el propósito de la crítica es mejorar una situación (que sea susceptible de mejora, claro está) después de haber realizado el análisis correcto de la misma, qué menos que ser sumamente cuidadoso en cada detalle y no precipitar conclusiones.
Ahora bien, si lo que se pretende es realizar una crítica ligera y destructiva, torpe y lenguaraz, infame e inútil, entonces es necesario prescindir de todo tipo de cuidado y discreción. A cambio, añádase despropósito, mala uva, envidia (si fuera preciso) y necedad en proporciones a gusto del crítico. Pero, eso sí, sabiendo que toda esta acción destructiva puede degenerar en una reacción en cadena que, como en una guerra termonuclear a gran escala, destruiría incluso a los que hubieran lanzado la primera ojiva atómica o, siendo menos catastrofistas, que quizás exista la espada afilada de una justicia kármica para cortar las lenguas malas.


Montserrat Figueras & Hespèrion XX (director: Jordi Savall)
Entremeses del Siglo de Oro - Lope de Vega y su tiempo: 1550 - 1650.

Corten espadas afiladas
lenguas malas.

Mañana de San Francisco
levantado me han dicho.
Corten espadas afiladas
lenguas malas.

Libérame, Domine a labiis yniquis
et a lingua dolosa.
Lenguas malas.

Levantado me han dicho:
que dormí con la niña virgo.
Lenguas malas.

Beatus vir qui timet Dominum
un mandatis ejus volet nimis.
Lenguas malas.

Corten espadas afiladas
lenguas malas.

martes, 6 de septiembre de 2011

espadas y cuchillos

(área de descanso nº 146)
"Beneath the rule of men entirely great,
The pen is mightier than the sword".
(Edward Bulwer-Lytton, "Richelieu", 1839)

A vueltas con eso de la escritura...
¿Por qué escribir? ¿Para qué escribir?
O, al revés, ¿por qué no escribir?

En el mismo momento en que las antiguas historias pasaron a grabarse en la piedra y en el papel, se declaró el triunfo de la carne de la tierra y de los bosques sobre el fuego. Las antiguas historias, devoradas por las hogueras a las que se ofrecían, consumidas y elevadas por el fuego hasta desvanecerse con el humo, pasaron a encarnarse en materiales más perecederos que el fuego. Y ese fuego que fue derrotado por los mismos elementos con los que siempre estará en guerra, no olvida ni perdona. Ellos le arrebataron la presencia del espíritu humano en su ser flamígero, él ansía saciar su sed de ese espíritu.
La guerra continúa...

¿Es posible que el miedo a la venganza del fuego haya supuesto un freno a quienes nunca llegaron a escribir?
No, no lo creo.
Es el propio fuego el que se retuerce en las entrañas provocando esa explosión de palabras y frases...
¿Será esa, precisamente, su venganza?

Escribir es exponerse. Es un viaje, un camino incierto, una aventura.
Al escribir se crean mundos y se conectan otros. Nunca se sabrá si los mundos conectados ya existían antes de escribirlos o si vieron la luz con la escritura. Al escribir se materializan los demonios internos, se expulsan y así prosiguen su labor maléfica fuera de uno mismo. Por la escritura, las luciérnagas que habitan en las entrañas salen en tropel para iluminar en medio de la oscuridad del mundo. Se provoca la risa y el llanto, la ira y la serenidad, el hastío y la diversión, la destrucción y la construcción. El amor y el odio habitan en las letras.
Es cierto: la pluma es más poderosa que la espada.
Tan poderosa que incluso el espadachín de letras debe entrenar su esgrima, practicar. Y también protegerse.
Por eso Umberto Eco crea a Jacopo Belbo para que cuente su propia historia. Pero aún no es suficiente y Belbo crea a Jim el del Cáñamo para que sea su tirador. Y Jim podría crear un nuevo avatar... y seguir protegiéndose. Y escribir un blog con un extraño nombre y una extraña imagen. Y contar allí los sueños de Umberto E. o de William S. o de Miguel C. ...o los tuyos o los míos, con otro nombre, con otro rostro.
Porque hay cosas insoportables (de contar o de callar). Y por eso escribo.

Y manejo torpemente la espada y temo causarme un grave corte con el filo de este cuchillo.
Me falta conocimiento de la esgrima, dominio con el acero, pero me sobra fuego abrasándome las tripas.



martes, 14 de junio de 2011

pasará...

(parada luctuosa)

(te propongo esta canción como fondo sonoro)


Hace unos cuantos años, me contaron una historia que, aproximadamente, decía algo así:

Un monarca de un antiguo reino llamó un día a los sabios de la corte para darles un encargo.
- Quiero grabar en mi anillo un mensaje que me ayude a superar los momentos difíciles de la vida, pero que también me haga reflexionar en los momentos de prosperidad.
Durante todo un año, este tema ocupó a los sabios. Pensaron y debatieron, pero no pudieron encontrar el mensaje que respondiera al encargo real. Y se vieron en la situación de tener que dar cuenta de su fracaso al monarca.
Empero, en última instancia, un anciano sirviente de la familia real, conocido por su devoción, intervino diciendo que tenía la frase apropiada para esos dos momentos tan dispares.
Finalmente, el rey sorprendido leyó en su anillo: "TAMBIÉN ESTO PASARÁ".

Extraña historia. No dejamos de hablar de la importancia del presente, pero aquí obtenemos una moraleja bien distinta: la de buscar refugio en tiempo futuro. ¿Acaso poseemos algo más que este instante que cruza raudo a través de la cortina espaciotemporal? No hay nada fuera del presente que podamos poseer. Desde el tiempo presente construimos un pasado que ya no nos pertenece y un futuro que no sabemos si llegará a pertenecernos.
Hay circunstancias en la vida, no obstante, en que desearíamos desplazarnos dando un fuerte tirón a esa línea del tiempo, como si de un cordón de días de tratara, para llegar a un punto en que la cruel intensidad del presente se transforme en un tenue recuerdo del pasado.
Esto que tanto te aflige también pasará...

No puedo creerlo. No puedo creer que un pensamiento tan endeble pueda servir como consuelo a los padres de Tamissa. Ellos están completamente desconsolados y para ambos no es momento de palabras. En sus ojos arrasados por las lágrimas, incluso los interrogantes se diluyen en un vacío en que no caben palabras. No hay preguntas ni respuestas. Solo dolor. ¿Pasará?
Menguará, sí. Pero nunca pasará.
Desde que venimos a este mundo, vamos creciendo en la compañía de una idea inexorable: los padres no sobreviven a los hijos. Esa es la norma. Por doloroso que sea, son los hijos quienes despiden a sus padres, con el testigo recibido de ellos en las manos. En cierto modo, los hijos vamos adquiriendo la programación para ese trance. Los vemos envejecer, contemplamos su declive sin poder hacer nada más que asumirlo. Hasta que llegue el día.
Nunca al revés. Nunca unos padres se hacen a la idea de que sobrevivirán a la trayectoria de la flecha que un día lanzaron al cosmos. Esa flecha debe seguir volando libremente su propio camino aun cuando ellos ya no estén aquí para contemplar su devenir...

Pero hoy no ha sido así. Unos padres fueron golpeados incluso con mayor severidad que la del mortal impacto recibido por su hija, arrebatada prematuramente. Ellos sobrevivieron, ella no. Tamissa fue atropellada junto a su novio en la noche coruñesa por un conductor ebrio. El novio queda herido, ella muere en el acto, el conductor intenta darse a la fuga pero es detenido por la policía. El diario, con la distancia requerida y frialdad acostumbrada, da la noticia en la mañana.
Antes, los padres reciben el mazazo que los deja casi muertos.
¿Pasará?

En su página de facebook, Tamissa sigue sonriendo como si nada hubiera sucedido. Allí nos cuenta de sus 23 años, de sus ilusiones, nos dice que tiene una relación y unos cuantos ciberamigos. El sol sigue saliendo en internet. Tamissa se ha llevado con ella la clave de acceso que perpetúe su estancia en la red. Se la ha llevado para que podamos seguir soñando, para que sigamos creyendo que, mientras ella nos sonría desde su página, no debemos abrir los ojos a la pesadilla. Quiere que creamos que todo va bien...
Seguirá sonriendo hasta que los malos tiempos pasen. Sonreirá para siempre.

Buen viaje, amiga.

viernes, 13 de mayo de 2011

capicúa

(área de descanso nº 130)
.
capicúa
(Del cat. cap-i-cua)
1. m. Número que es igual leído de izquierda a derecha que de derecha a izquierda; p. ej., el 1331. U. t. c. adj.
2. m. Billete, boleto,etc.., cuyo número es capicúa. U. t. c. adj.
3. m. En el juego del dominó, modo de ganar con una ficha que puede colocarse en cualquiera de los dos extremos.
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Parece ser que remite la nube tóxica sobre blogger (señores míos, ¿no conocen esa sabia frase que dice: "si algo funciona bien, no lo toques"?) y ya hay gente que se atreve a asomar la nariz al panorama postapocalíptico que nos ha quedado. Sí, es cierto, estoy en plan exagerado-caricaturesco, pero es para dar ambiente xD
Revisión de daños: hay quien habrá perdido una o varias entradas recientes, algún hilo de comentarios... lo siento por todos aquellos que usan blogger como una herramienta de comunicación a nivel profesional. Imagino que ahora estarán pensando más que nunca en dar el salto a otras plataformas de pago o a otros lugares como wordpress. No sé. Yo le he cogido cariño a esto, y aunque tengo también otro pie en aquellos andurriales, seguiré viviendo peligrosamente por aquí, sin hacer copias de seguridad ni nada de eso que hacen los cobardicas.
¿Que un día la cibertierra esta se me traga todo el blog? Bueno, no sé si se pierde mucho o poco. Siempre recuerdo aquella anécdota del pintor estadounidense Norman Rockwell, cuando ardió totalmente su estudio en Arlington, en 1943. Dejó un bonito dibujo relatando la secuencia de acontecimientos en aquella noche de fuego, bomberos y locas carreras de acá para allá. Además, una frase con cierto humor amargo: "En parte, el fuego fue beneficioso. Se llevó por delante muchas telarañas".
Bueno, pues hasta el próximo incendio.

Hoy tengo algo que celebrar. Hoy cumplo 15251 días de vida (¡ahí es nada!) y un día tan capicúa y que se puede leer tanto de pie como haciendo el pino, merece una mención especial. ¿O no?
De un total de 15251 días, no sé cuál es el porcentaje de días felices, días tristes, días desperdiciados, días inolvidables, días del montón o días de otros tantos montones... Solo sé que ya suman un número bastante grande y esto es motivo para estar agradecido. No puedo quejarme en absoluto, me siento afortunado de haber vivido tanto. Cosas buenas y no buenas, todas, porque cada una ha sido un pasito más que me ha traído hasta aquí.
Thank you very much, Life.

Y me quedo pensando en estas cosas de ida y vuelta, que (no sé por qué) tanto atractivo nos tienen. Somos adictos a los movimientos pendulares y a las simetrías, esto no admite discusión en la práctica. Simplemente, es así.
En general, les llamamos palíndromos (del griego palin dromein, "volver a ir hacia atrás") a estas curiosas composiciones de palabras, frases o números que construimos o que aparecen en forma simétrica. Al caso particular de los números, los llamamos capicúas. De pequeño, me aprendí un par de frases palindrómicas que nunca más se me han olvidado. No sé para qué quiere mi cerebro tener alguna neurona ocupada con semejante nimiedad, pero ahí está. La neurona sigue viva y el recuerdo se mantiene. O, quizás, antes de morir, legó como preciada herencia a alguna neurona vecina este par de frases, ¡quién sabe!
Allá van:
DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD (frase bastante estúpida, por varios motivos evidentes)
ALLÍ VES SEVILLA (esta puede ser más fardona si viajas con un amigo y estás llegando a Sevilla)

Curiosidades mil sobre palíndromos se pueden leer en la red. Incluso habrá quien vea mensajes ocultos en las combinaciones de letras, porque siempre tiene que haber alguna paranoia flotando en cualquier cosa. Pero, en definitiva, es una forma de perder el tiempo como cualquier otra. Al escritor argentino Juan Filloy se le conoce una desmedida afición por los palíndromos (los que ha publicado se cuentan por miles). Sin embargo, el más largo que he leído en mi vida es de Ricardo Ochoa. Una frase palindrómica golden-size. Hace falta valor.
Agárrense ustedes (y si alguien puede explicarme qué sentido tiene esto, le estaré muy agradecido):
Adivina ya te opina, ya ni miles origina, ya ni cetro me domina, ya ni monarcas, a repaso ni mulato carreta, acaso nicotina, ya ni cita vecino, anima cocina, pedazo gallina, cedazo terso nos retoza de canilla goza, de pánico camina, ónice vaticina, ya ni tocino saca, a terracota luminosa pera, sacra nómina y ánimo de mortecina, ya ni giros elimina, ya ni poeta, ya ni vida.

Como celebración, me está quedando la cosa un poco cutre. Pero tranquilos, que ya encontraré por mi cuenta la manera de darle algo de lustre al evento.
Solo unas palabras más antes de la celebración privada. Estaba pensando que este gusto por lo palindrómico puede estar relacionado también con nuestra afición a los espejos y sus desconcertantes reflejos. La literatura, el cine y la pintura cuentan con escenas memorables en que el protagonista es un espejo. Tan capicúas somos cuando nos miramos en un espejo que nunca tenemos en ellos nuestra imagen real. Solo un reflejo simétrico, que pone nuestra derecha a la izquierda y nuestra izquierda a la derecha. ¿Habéis mirado el rostro de algún conocido en un espejo? ¿A que parece un poquito (solo un poquito) extraño? Pues a ellos les pasa lo mismo cuando nos ven a nosotros. Y sin embargo, creemos que nuestra imagen real es la que vemos reflejada. Ficciones. Ficciones que se superan a fuerza de costumbre. Al final, de tanto acostumbrarnos, vemos nuestra virtualidad como si fuera nuestra realidad.
Inquietantes espejos. ¿Y si un día no mostraran el reflejo que de ellos esperamos? Eso sí sería inquietante.

miércoles, 20 de abril de 2011

siete fisuras de veintiuna palabras y una fractura sospechada

(área de descanso nº 126)


EN mi interior podría encontrar la felicidad, así me lo hicieron creer. Pero ¿de qué me sirve si tú no estás?

***

TU presencia se hace ausencia, tus manos cada vez más transparentes, tus labios inmateriales, el calor de tu cuerpo acaba extinguiéndose.

***

MIRADA de Casandra: contemplo en tus ojos la catástrofe que se avecina, aunque nunca seré capaz de creer su fatal predicción.

***

ESTOY confuso cuando dices "nos amamos", porque ignoro si me hablas en presente o si lo haces en pretérito perfecto simple.

***

LEYENDO la historia de las Edades Oscuras, he comprendido que sin tu luz ya solo me queda habitar un permanente Medievo.

***

UN pedestal fuiste construyendo bajo mis pies y al retirarlo ahora siento que me estás dejando caer en un abismo infinito.

***

ADIÓS es la palabra que me grita tu bandera blanca de rendición cuando la agitas como un pañuelo en una despedida.
.

domingo, 17 de abril de 2011

lenguas muertas

(área de descanso nº 125)

Isidro Velázquez y Manuel Segovia son dos ancianos que viven en la pequeña comunidad mejicana de Ayapan, en Jalpa de Méndez, en el estado de Tabasco. Isidro y Manuel se han convertido en cómplices de un asesinato muy particular que, de alguna manera, decidieron perpetrar hace algún tiempo. Lo más curioso del asunto es que estas dos personas no se dirigen la palabra. Y precisamente en este hecho radica el crimen en sí.

Hace unos días, leía la noticia de que el idioma ayapaneco, una de las 364 variantes lingüísticas de Méjico (casi tantas como días tiene el año), acaba de engrosar la lista de lenguas muertas porque los dos únicos hablantes que quedan de dicha lengua (Isidro, de 69 años de edad, y Manuel, de 75) están enfadados entre sí y, pese a vivir a escaso medio kilómetro uno del otro, ya no se hablan por un desencuentro cuyo origen se ignora. Manuel había explicado al Instituto Nacional de Lenguas Indígenas que a mediados del siglo XX eran casi 8.000 las familias ayapanecas que hablaban la lengua, pero con la construcción de la carretera Villahermosa-Comacalco la migración de estas familias hacia poblaciones mayores y costumbres distintas ha sido el principal motivo de la progresiva extinción de la lengua que hablaban. Han sido absorbidos por un ambiente más globalizador.
Es sorprendente la forma en que un patrimonio cultural puede llegar a extinguirse. Si me preguntan, se me pueden ocurrir muchas formas, desde todo tipo de invasiones (ya sean culturales o movidas por otros intereses más pedestres) hasta un abandono del testigo (algo menos estridente pero con idénticos resultados). Lo que nunca se me hubiera ocurrido es que una situación tan poco épica y tan de andar por casa como la de Isidro y Manuel pudiera provocar la extinción de una lengua hablada.

En fin, son cosas que pasan. Si mi vecino del piso de abajo y yo habláramos la misma lengua y nadie más en el mundo la conociera, estoy seguro (muy seguro) de que ese raro idioma también correría un riesgo elevadísimo de extinción. Una lengua existe porque es un soporte valioso para una comunicación que se desea y se convierte así en vehículo de experiencias, conocimientos y cultura. Si no hay deseo de comunicarse no hace falta ninguna lengua. Pero si existe la necesidad de abrirse y extenderse hacia otras personas, tal como se propaga el fuego en los incendios, con ese ímpetu tan difícil de sofocar, entonces sucede que incluso sin una lengua se llega a cumplir ese propósito. La comunicación aprende a superar las barreras y se abre camino aun con los medios más escasos.
Me viene a la memoria haber recurrido en alguna circunstancia incluso al dibujo para poder mantener una conversación con otras personas con las que no tenía ningún idioma en común. Manteles de papel en una sobremesa, libretas o servilletas de cafetería han sido el soporte material de más de una charla que ha surgido espontáneamente. De la misma manera que si jugáramos al Pictionary y ayudados por ese valioso recurso del lenguaje no verbal, se conseguía que las ideas de uno fueran cobrando sentido en la mente del otro. A fin de cuentas, las expresiones de tipo artístico son también otro imprescindible soporte cultural que puede ser utilizado (de hecho, es utilizado con bastante frecuencia) como forma de comunicación entre dos o más personas.

Y volviendo al asunto de las repercusiones que tienen las disputas no resueltas, es cierto que resulta algo llamativo cuando se alcanza el extremo de acabar matando una lengua, porque esto es algo que no sucede todos los días. Pero también se pueden matar muchas más cosas, de menos calado en el acervo colectivo, aunque igual de trascendentes en lo personal. Se matan áreas de la memoria, se liquidan tradiciones, se pone fin a abrazos y achuchones, se terminan sonrisas, se acaban los gestos, se marchitan complicidades... y también se extinguen palabras inventadas, vocabularios de una relación exclusiva, expresiones que nunca ocuparon su lugar en un diccionario, que nunca pertenecieron a ninguna lengua, pero que eran parte del idioma en que dos personas se entendían a la perfección.

miércoles, 6 de abril de 2011

adverbios

(área de descanso nº 123)

I
AQUÍ

Te digo Estoy tan a gusto aquí... Pero, ¡maldito adverbio imperfecto!  no es capaz de atesorar la gozosa y refulgente luz de este aquí.
Necesito añadirle un pronombre, contigo. Entonces, todo es perfecto.
Estoy tan a gusto aquí, contigo.

II
AHORA

Nos envuelve la noche de las calles de la ciudad. Qué momento este. La ciudad es un gran ser oscuro que nunca duerme, constelado de coloridas piedrecitas preciosas. Unas están quietas en su enorme cuerpo, apenas parpadeando. Otras luces, sin embargo, lo surcan como veloces torrentes de estrellas fugaces de estelas rojizas, como serpentinas rastas de una medusa ardiente. En la bahía, el horizonte oceánico es en realidad un mar de diminutas galaxias dispersas, tan lejanas.
Y toda esa luz y todos esos colores que ahora veo palidecen ante el fulgor de tu mirada de ámbar, el instante por excelencia, que es el alma viviente de todo lo que contemplo.

III
AQUÍ y AHORA

Apuramos el paso para no llegar demasiado tarde al lugar en que otros nos esperan. Tratamos de encoger la avenida dando zancadas más largas.
De repente, sin pensarlo, te tomo de la mano con más fuerza y me detengo. Al sentir la deceleración, tú también te detienes, te vuelves hacia mí y me miras con una interrogación en esos dos orbes magníficos, esos dos mundos que son el mío. Te tomo entre mis brazos y te aprieto contra mí. Casi nos fundimos, la avenida y la ciudad entera se disuelven. Mirando a tus dos planetas gemelos, que me miran casi absorbiéndome con su fuerza gravitatoria tan irresistible, te propongo mi gran idea: ¿Y si nos quedamos aquí y ahora para siempre?
Y estoy completamente seguro de que tu respuesta está siendo un , por el eterno presente del beso con que sellas mis labios con los tuyos, aquí y ahora.



*******


Noticia urgente:
Artificieros de las fuerzas de seguridad primaverales han procedido a detonar de forma incontrolada todas las cargas en forma de yemas que el temido grupo invierno blanco había diseminado a lo largo de toda estructura arbórea de bosques, plazas, parques, jardines y caminos.
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Verdes explosiones por doquier.

martes, 8 de marzo de 2011

efecto cascabel

(área de descanso nº 118)
"Se deshace mi alma de ansiedad...".
(Salmo 119:28)

La expresión efecto cascabel la acuñó un amigo a raíz de una experiencia personal. Él había asistido a un espectáculo de danza y se encontraba muy próximo al escenario, que podía ver casi a ras. En un momento de la actuación, un diminuto cascabel se desprendió del traje de uno de los bailarines y quedó abandonado sobre la plataforma donde el grupo dibujaba sus coreografías. Nadie pareció fijarse en algo tan irrelevante, pero mi amigo quedó absorto por el incidente... En lugar de prestar atención a la danza, su pensamiento (según él mismo relató después) se perdió imaginando caídas, tropiezos y otros desaguisados provocados por el mismo cascabel que los danzarines estaban ignorando. Al menos, en apariencia. Porque sucedió, de repente, que uno de los bailarines, con tal disimulo como si estuviera ejecutando un paso programado de antemano, ensayado una y otra vez, improvisó un movimiento para retirar la minúscula esfera metálica sin que nadie entre el público percibiera la maniobra. Nadie excepto uno, al menos.
La danza continuó sin más sobresalto y todas las catastróficas predicciones que mi amigo había elucubrado quedaron en nada. Afortunadamente, pero (también) como era de esperar.

Él ilustraba con este ejemplo propio su desazón ante el mismo sistema educativo para el que trabaja. Aventuraba sombríos finales para la coreografía que tantos y tantos alumnos practican sobre una alfombra de cascabeles, pero también termina convenciéndose de que podrán ser esos mismos alumnos quienes vayan retirando con naturalidad y sin alharaca los obstáculos que les impidan llegar a buen puerto. Mientras que quien contempla queda paralizado, el que baila actúa espontáneamente. ¿Lo que hace mi amigo en última instancia es vencer el pesimismo a base de optimismo? Quizás. Pero supongo que parte del efecto cascabel está en las evidentes diferencias de perspectiva que llevan a alguna de las partes a magnificar lo minúsculo hasta distorsionar un juicio que debería ser más equilibrado. Lo que él termina por hacer es, simplemente, cambiar de perspectiva.

Desde que me relató su anécdota, también hice mía esta etiqueta en dos palabras. Y ahora ya estoy acostumbrado a identificar como efecto cascabel todas aquellas situaciones en que, como si fuera abducido por un túnel, siento el efecto hipnótico de un minúsculo evento o de una tenue circunstancia, algo que apunta a otra cosa mayor pero que pasaría completamente desapercibido para cualquiera. Y es en ese preciso instante cuando hay que decidir cuál es la magnitud real del cascabel: ¿acaso es la que se puede aventurar en una proyección fatalista? ¡ah... siempre la subjetividad...!
Es asombrosa la sencillez con que alguien puede poner en su justa medida lo real y lo potencial, y sortea y atrapa el aparente orbe gigantesco para dejar un camino expedito. La ventaja que tenemos sobre el futuro es que gran parte de lo que llegará a ser se está construyendo desde el presente.

domingo, 6 de marzo de 2011

geomoros y demiurgos

(área de descanso nº 117)

Hay palabras que, a fuerza de abusar de ellas, se van apolillando sin remisión. O, también, se las pone en contextos tan corrosivos que es imposible que soporten la abrasión constante, hasta que sus mismas entrañas quedan a merced de esa atmósfera en que se diluirán sin apenas dejar rastro. Podríamos hacer una lista y (¡quién sabe!) emprender alguna acción para rescatar todo aquello que significan.

La democracia fue un salto cualitativo muy relevante en la forma de organizarse y gobernarse los grupos humanos. En esencia, es el paso de la ley del más fuerte (lo de fuerte, en todas las acepciones del térmimo) a otro sistema en que todos y cada uno son igual de importantes en el desarrollo de la comunidad. Y digo en esencia, aunque también lo es (lamentablemente) en teoría, porque en la práctica sería imposible encontrar una sola democracia en toda la Historia de la Humanidad en que se cumpla este supuesto. Pero, volviendo al plano teórico, es una nueva concepción de la organización comunitaria, radicalmente diferente a las tiranías, las plutocracias, las monarquías, los feudalismos, las aristocracias, etc...
Si algo faltó en los orígenes, fue una formulación cabal de los derechos inalienables de los seres humanos, adquiridos por el mero hecho de nacer humanos. Muchas cosas quedaban por madurar todavía... Esta arcaica concepción de lo humano motivó que en las primeras democracias (por ejemplo, la ateniense de Pericles) quedaran excluidos los extranjeros, los esclavos, las mujeres. Por el contrario, demiurgos (artesanos) y geomoros (campesinos) constituían ese demos que, junto a los eupátridas (nobles), tratarán de dirigir los destinos de Atenas.

Salvando estas importantes deficiencias, pienso que la nota fresca de las democracias antiguas estaba en la importancia novedosa que se concedía a la persona común. Y lástima que se excluyera a ciertas personas porque aún no se las considerara como personas. Pero ya por entonces era arriesgado proponer que tu opinión y la mía, que tu voto y el mío, deben ser considerados con el mismo valor. Un hombre: un voto. Incluso hoy, habrá quien se vea tentado a rasgarse las vestiduras con esto y argumente así: ¿acaso el voto de un anciano jubilado perdido en alguna remota aldea de la geografía nacional ha de ser tenido en la misma consideración que el de un prohombre de esa misma nación, un sabio y experimentado ciudadano, un auténtico v.i.p. reconocido por la comunidad? Pues resulta que sí, mal que a algunos les pese. Lo contrario, sería volver a una forma de aristocracia, o la aplicación de algún tipo de sufragio censitario. Pero no es sino uno de los maravillosos riesgos de la democracia el tratar por igual a quienes la vida ya hizo diferentes desde el principio, porque los derechos siguen siendo los mismos. Y eso no puede (¡no debe!) cambiarse.

Un problema añadido a este inicio defectuoso (pero prometedor) es la extensión de un sistema de democracia directa a uno representativo. Para pequeñas poblaciones, el sistema democrático resulta relativamente fácil de aplicar. Pero se multiplican los problemas en el momento en que ya no es posible reunir a la asamblea de todos los ciudadanos, al mismo tiempo y en el mismo lugar, para la toma de decisiones. Los representantes, ¿representan en realidad a sus representados o se acaban representando a sí mismos? ¿Velan más por los propios intereses o por los de la ciudadanía? Y más aún:
 -¿cómo se eligen?
 -¿hay transparencia a la hora de proponer las listas de los candidatos a la elección?
 -¿se propone a los más capacitados o existe el favoritismo?
 -¿se siguen aplicando los principios democráticos o ya no es posible?
 Finalmente: ¿tienen todos los votos el mismo valor? Esta pregunta llega a ser respondida por la práctica: puede suceder que la lista más votada no sea la que más representantes obtiene en las elecciones. Y esto no deja de ser una forma de corrupción del propio sistema, por más que se quiera vender de otra manera (¿qué sucede con todos esos votos -es decir, personas- que no son tenidos en cuenta?). Y una vez abierta la puerta de las corruptelas, parecen colarse todas ellas en tropel... Y hay más. La democracia se ha revelado más vulnerable a los enemigos internos que a los externos, ante los cuales se muestra muy rocosa. Pero cuando alguien animado por el espíritu del totalitarismo llega a infiltrarse en los entresijos de la democracia, puede llevar a cabo los peores atropellos. Ejemplos abundantes tenemos y no quiero explayarme en este punto.

Recién estrenados los 90, me aficioné a las historias de crítica social, familiar y política que nos llegaban a través de esos monigotes de color mostaza, The Simpsons. En uno de sus episodios, Lisa Simpson experimenta un profundo sentimiento de decepción ante la corrupción que inunda el sistema. Entre sus dos redacciones patrióticas leídas en concurso local y nacional (respectivamente), "Las raíces de la democracia" y "Pozo negro en el Potomac", media el haber sido testigo de una trama de corrupción en que un congresista acepta un soborno para permitir que un bosque próximo a Springfield (por cierto, el mismo en que Lisa se inspiró para su primer escrito) sea talado para satisfacer la ambición del aprovechado de turno. La rabia e impotencia que embargan a la joven chavalilla son indescriptibles... Tanto le afecta la escena, que rompe su escrito original para tratar de desahogar su frustración en uno nuevo, reformado conforme a lo que acaba de descubrir. Después de la lectura de su segunda redacción, se sucede una delirante retahíla de acontecimientos en que los guionistas dejan sobradas muestras de ironía y cinismo.
Ahí permanecerá mientras tanto el gran riesgo: que a causa de los intermediarios se destruya lo mejor y más significativo de la democracia. Y es un riesgo que nos debería mantener siempre alerta.

De todas las formas de gobierno que hemos probado, no caben dudas de que la democracia es la mejor de todas ellas. O la menos mala, como dicen algunos. Si no es aún mejor, también es porque los humanos nos hemos revelado muy ingobernables. Está en nosotros, en nuestros genes. Pero, con todo, esto nunca debería parecernos suficiente. Huyendo del conformismo, podemos aspirar a más y mejor. Para ello, no habríamos de darnos por satisfechos con el placebo de pasar por las urnas cada cierto tiempo mientras que, de facto, permanecemos alejados de la marcha política de nuestros propios asuntos, a la vez que padecemos los resultados de decisiones ajenas.
Muy fresco tenemos, citando algo sobresaliente, el ejemplo de Islandia. Y, en el momento de plantearse la revitalización de todo el sistema, no parece un mal espejo en que mirarse.