(área de descanso nº 153)
"Elige bien a tus enemigos porque, tarde o temprano, acabarás pareciéndote a ellos".
(Jorge Luis Borges)
Uno de los piques más célebres del llamado
Siglo de Oro de la literatura española fue el que enfrentó al madrileño
Francisco de Quevedo con el cordobés
Luis de Góngora: el peso pesado del
conceptismo contra el peso pesado del
culteranismo. Dicho de otro modo: paradojas y elipsis versus hipérbatos y ornamento en abundancia. Si tuviera que elegir bando, me quedaría con el de don Francisco. No despreciando algunas brillantes obras de Góngora, he de reconocer que el estilo ágil y agudo de Quevedo me resulta más agradable. Empero, esta batallita no se peleó solo con palabras.
Góngora tuvo dos ilustres enemigos literarios declarados: Lope de Vega y el ya nombrado Quevedo. Pero qué diferencia entre ambos. Por un lado, aunque Lope creía que la poesía debía ser de fácil comprensión para el lector y eso le llevaba a tomarle el pelo al
retorcido poeta cordobés, también es cierto que admiraba a Góngora.
"Canta, cisne andaluz, que el verde coro del Tajo escucha tu divino acento", llegó a escribir en referencia a su
enemigo, a pesar de haber recibido de él
piropos como este:
"con tus versos cansas aun a Job". Por otro lado, la actitud de Quevedo era bien distinta. La lucha enconada no se limitó a darle palos con las letras (incluso denunciando sus orígenes de
cristiano nuevo, le había dedicado esta
perla:
"Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla"), sino que lo llevó a un terreno todavía más personal. Por ejemplo, con premeditada mala voluntad, Quevedo llegó a comprar la casa de Góngora en Madrid (a la muerte de Felipe III, el poeta cordobés se encontraba en graves dificultades por la caída de sus rentas y las enormes deudas de juego que había contraído) y don Luis, enfermo, se ve obligado a abandonarla. Y no se queda ahí la faena, sino que la compra de la casa fue comentada por el propio Quevedo con estos versos insultantes:
"...Y págalo Quevedo / porque compró la casa en que vivías, / molde de hacer arpías; / y me ha certificado el pobre cojo / que de tu habitación quedó de modo / la casa y barrio todo, / hediendo a Polifemos estatíos, / coturnos tenebrosos y sombríos, / y con tufo tan vil de Soledades, / que para perfumarla / y desengongorarla / de vapores tan crasos, / quemó como pastillas Garcilasos: / pues era con tu vaho el aposento / sombra del sol y tósigo del viento". Pero no conforme con todo esto, todavía tuvo tiempo Quevedo de escribirle un epitafio, aunque Góngora aún no había muerto:
Este, que en negra tumba, rodeado / de luces yace muerto y condenado / vendió el alma y el cuerpo por dinero / y aún muerto es garitero... / La sotana traía / por sota, más que no por clerecía; / hombre en quien la limpieza fue tan poca / (no tocando a su cepa) / que nunca que yo sepa, / se le cayó la mierda de la boca. / Este a la jerigonza quitó el nombre, / pues después que escribió cíclopemente, / la llama jerigóngora la gente... / Fuese con Satanás culto y pelado: / ¡mirad si Satanás es desdichado!
Después de tales ensañamientos, uno se pregunta si merece la pena tener enemigos con los que comportarse como un auténtico canalla, capaz de las mezquindades más abyectas. Para sacar lo peor que hay en uno mismo y multiplicado, mejor dedicarse a otra cosa ...y que los enemigos se busquen la vida por su cuenta.
Cierto es que muchas veces no hay oportunidad de elegir a los enemigos (como sugiere Borges), sino que te vienen dados como por sorteo. Lo que sí se puede hacer es
tunearlos. Y, después de un buen lavado de cara, la tarea de enfrentarlos resulta mucho menos dramática y de una facilidad asequible para el ánimo de los días corrientes.
Ejemplo de esto último puede ser la experiencia de Georges Remi, es decir,
Hergé (que es como se leen las iniciales de su nombre en orden inverso: R. G.). Desde que leí algunas entrevistas al creador de Tintín y empecé a conocer más de su vida personal, me ha parecido que fue Hergé un espíritu atormentado por una larga historia de concurrencias... Los años adolescentes de boy-scout, la influencia del padre Norbert Wallez, la amistad de Tchang Tchong, la ocupación nazi de Bélgica, las sospechas de colaboracionismo, la lucha contra el espíritu de suficiencia burguesa y
"belganista"... Tintín es el héroe que Hergé quizás deseó encarnar. Se inspira para dibujarlo en su hermano (menor que él y con quien apenas tuvo contacto) y lo pone en el mundo como un quijote enfrentado a molinos de viento. Sus enemigos son los enemigos de Hergé. Pero esta constante lucha
en el barro, contra los mismos villanos en su horrible plenitud a lo largo de numerosas viñetas en un buen número de álbumes, se cobra su precio y termina por explotar en un momento determinado. Hergé atraviesa una verdadera crisis personal, llena de sueños blancos, como si fuera una nostalgia de la pureza. Comienza a dibujar
Tintín en el Tíbet (blanquísimo de tanta nieve, a la vez que un canto a la amistad de su amigo Tchang) con muchos problemas. El mismo Hergé relata que tuvo que acudir al médico suizo Ricklin, discípulo de C. G. Jung, quien le aseguró que no le sería posible terminar su trabajo.
"Usted debe exorcizar sus demonios, sus demonios blancos", le había dicho Ricklin. Y la forma que encontró Hergé para lograrlo fue comportarse como el boy-scout que había sido y llegar hasta el final de la crisis con mucho esfuerzo. Después de esto, se entrega a un álbum de tranquilidad,
Las joyas de la Castafiore, para luego lanzarse a la liquidación definitiva de sus enemigos. En
Vuelo 714 para Sidney, queda reflejada esta "toma de conciencia". En el curso del relato, los temibles villanos Rastapopoulos y Allan Thompson, quienes personificaron todos los males del universo de Hergé, quedan retratados como poco más que unos pobres diablos. De tan grotescos, dejaron de impresionar al autor. Los "malos" habían sido desmitificados. En definitiva, resultan ridículos, lastimosos, apabullados sin piedad. Y una vez desenmascarados, los "terribles" parecen algo más simpáticos: son unos piratas, pero unos pobres piratas.
Un necesario ajuste de cuentas para gozar de paz interior. La forma de sacudirse el barro de los zapatos después de un transitar tan penoso.
Enemigos. Ahí estarán: porque ellos decidieron serlo, porque no soy capaz de asumir cuán parecidos somos en realidad y los considero una amenaza... Por cualquiera de estos o de otros motivos, pero ahí están.
Ahora queda atreverme a fumar con ellos la pipa de la paz, como en
ESTE VÍDEO de
Paul McCartney.
O dejar claro que tendré como enemigo a quien decida tenerme como enemigo a mí (tal y como lo cantan
The Waterboys).
Mira, mira: en plan "me estás buscando ...y me vas a encontrar" xD