(63ª parada)
“De boca de niñitos y de lactantes has establecido tu fortaleza por causa de tus adversarios, para acallar al enemigo y al vengativo”.
(Salmo 8: 2)
En casa, cada vez que se tiraba algo de comida, mis padres siempre nos sermoneaban acerca de lo incorrecto que era tirar la comida cuando otros niños en el mundo se morían de hambre. Recuerdo la primera vez que vi en televisión a un niño esquelético africano, un auténtico cadáver viviente de vientre hinchado de parásitos y piernas tan delgadas que hacían destacar unas exageradamente nudosas rodillas. Quedé horrorizado y empecé a pensar que eso que me decían mis padres era algo más que un intento de que me comiera todo lo que tenía en el plato. Comiera yo o no comiera, algo tan horrible no dejaba de existir. Ni aunque cerrara los ojos. Esa imagen de la desnutrición extrema se había grabado incluso en la cara interna de mis párpados. No había forma de apagar tanto ruido. Con el tiempo, el recuerdo de ese horror constante me enseñaba que cada vez que me dedicara al despilfarro de los privilegios que la vida me ha querido ir concediendo, no hacía sino seguir participando en la perpetuación de un régimen terrible. Por acción o por omisión, como se quiera ver. Es una culpa de la que es difícil librarse. Hay formas, por supuesto: la insensibilización, la justificación, la apelación a lo inevitable, la desviación de responsabilidades o, incluso, la desviación de la mirada...
Hoy escribo con un verdadero nudo en las neuronas. Me resulta tan difícil hacerlo que incluso he tratado de eludir mi habitual cita con el blog. Y aunque escribirlo, a estas alturas, creo que sirve de muy poco, callarse indefinidamente tampoco arregla nada.
Empiezo a dudar seriamente de que un saludable sentimiento de culpa sobre la desastrosa forma en que los seres humanos manejamos los asuntos del planeta sea capaz de derrotar al monstruo interior que parece habitar en cada persona. Tan sólo se trataría de una cuestión de responsabilidad. Pero seguimos siendo capaces de lo peor. Y, peor aún, seguimos siendo capaces de quedarnos como si no pasara nada fuera de lo normal. Estos días no dejo de oír lamentos acerca de la situación en Gaza. Es natural que el sufrimiento de ancianos, hombres, mujeres y niños sea un desgarro en las conciencias. Pero ¿por qué llega tarde, mal y arrastro? Miramos hacia otro lado cuando es momento de solucionar las cosas y luego nos mesamos los cabellos y rasgamos las vestiduras ante los hechos consumados. Y aún hay más: padecemos de ceguera mediática. Quiero decir, que lo que no aparece en los medios es como si no existiera. Sólo somos capaces de ver a través de un miope ojo de cristal. Y es por eso que todos hablamos de lo mismo al mismo tiempo y nos olvidamos del resto. Es cierto que Oriente Medio acapara la atención informativa y no sé (bueno, en realidad sí sé) por qué. Incluso el pueblo palestino tiene su propio UNRWA (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East), mientras que el resto de refugiados del mundo entero tienen que compartir el saco común de UNHCR (o ACNUR en castellano). El conflicto palestino-israelí no ocuparía ni de lejos una posición en el top ten de los conflictos que se mantienen activos en la actualidad (por víctimas y desastres provocados) y, sin embargo, ocupa el indiscutible número uno en atención mediática. No se me puede olvidar que el día de Navidad una auténtica masacre en el Congo (más de 400 víctimas de un solo saque) fue mayoritariamente acallada en los medios de masas por los bombardeos israelíes, ni mucho menos tan mortíferos, al norte de la franja de Gaza. Así fue. Llego a pensar que, a los occidentales, los niños africanos nos importan un pimiento (o menos). Los niños congoleños se dejan la vida en las minas de coltan para que nosotros podamos tener nuestros equipos electrónicos y cambiar de móvil a ritmo frenético, renovar el ordenador cuando al anterior no le ha dado ni tiempo de empezar a envejecer, estrenar GPS... ¿Para qué? Incluso con GPS nos comportamos como si estuviéramos perdidos. Ganamos milisegundos en velocidad de procesado informático que gastamos mirando al techo. Hablamos a través de un móvil (entre sus múltiples funciones parece que aún sigue estando la de hablar) con gente lejana y pasamos de la más cercana... Hacemos muchas cosas al revés y no medimos el elevado coste que otros pagan para que mantengamos ese estilo de vida. Y desde nuestros ordenadores fabricados gracias al coltan apenas sí tenemos alguna palabra de consideración hacia quienes lo hicieron posible. Con sus vidas.
Pero hay interés en que África no crezca nunca, en que sus niños sigan portando armas desde que no levantan ni un palmo del suelo y que su tierra se siga desangrando mientras hacemos caja a su costa. Aquí seguiremos hablando de lo malo-malísimos que son los israelíes, seguiremos repitiendo consignas de la mejor tradición estalinista, seguiremos negándoles el derecho a la legítima defensa, seguiremos consintiendo cómo algunos piden la vuelta de las cámaras de gas o los hornos crematorios y lucen esvásticas en pancartas y banderolas (curiosa contradicción de quienes niegan el holocausto). Combatiendo terror con mucho más terror, apoyando a terroristas y haciéndonos enemigos de quienes defienden las libertades y los derechos humanos. ¿Todo porque en la lucha entre David y Goliat siempre tomamos partido por David? Y, en este símil, el que llegaría a ser rey judío no está representando a su propio pueblo. Quizás me haya perdido, sin GPS, pero he investigado acerca de dónde existen los índices más altos del planeta en violencia de género (dejaría las sangrantes estadísticas de nuestro país en mera anécdota), en ataques y desconsideración flagrante a los derechos humanos y, en especial, a los derechos de los niños de ser educados, cuidados y protegidos por sus adultos (en lugar de ser enseñados a odiar visceralmente y a desear inmolarse como bombas humanas en medio de los 'enemigos'). Y ese lugar no es Israel, ni de lejos. Cuando alguien grite “Palestina libre” yo estaré de acuerdo con esa persona, porque deseo el bienestar del pueblo palestino. Su sino parece haber sido servir a intereses ajenos aun en contra de los suyos propios: desde los tiempos de la Unión Soviética, que utilizó en bloque a todos los países árabes de la zona para tratar de extirpar el grano israelí (esa especie de sucursal del otro lado del 'telón de acero') que le salió en una región que podía tener sobradamente controlada, hasta el momento actual, en que el propósito de Hamás o Hizbullah sigue siendo el de machacar a los infieles (a propósito de 'infieles', el número de víctimas que se produce en enfrentamientos entre Fatah y Hamás suele ser muy superior al que dejan los israelíes, pero nunca se forma tanto revuelo mediático... se ve que entre palestinos no está tan mal visto zurrarse). Así que, de quien tiene que estar libre Palestina es de sus terroristas dirigentes, que son capaces de ver muerto a su propio pueblo con tal de satisfacer su odio anti-israelí. En el ideario de Hamás no hay mención a la creación de un estado palestino pero sí a la destrucción del estado israelí. Y no les importa utilizar a su propia gente como escudos humanos entre ellos y sus enemigos. No les importa haber destruido toda la infraestructura económica que Israel dejó en Gaza, y que serviría a los palestinos para no verse tan asfixiados. Tampoco les importa utilizar las instalaciones civiles (incluidas las donaciones de ONU) con fines militares. El culto a la muerte parece su forma de entender la vida. Irónico. Que no cuenten ni con un gramo de mi apoyo para esto.
No quiero pensar qué sucedería si una persona, parapetada detrás de un niño, disparara sin cesar sobre mi propio hijo y yo tuviera un arma para impedirlo. No puedo imaginarlo porque ni tengo hijos ni he empuñado un arma en ninguna ocasión (en los tiempos de la mili fui objetor). Espero no estar nunca en esa situación. Pero Israel ya ha pasado muchas veces por ahí en las últimas décadas y no puedo criticarles porque no sé lo que yo haría. Golda Meir, quien fue primera ministra de Israel entre 1969 y 1974, dejó una frase al respecto: Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. Pero nunca les vamos a perdonar el hacernos matar a los suyos.
Y, mientras discutimos electrónicamente sobre el tema, el precio de un kilo de coltan refinado seguirá siendo la vida de dos niños congoleños muertos en las minas. El mineral pasará a través de Rwanda, permitiendo que se armen todavía más las guerrillas locales, y daremos otra vuelta de tuerca a un horror silenciado y del que todos somos culpables.
La muerte debería ser siempre heroica, emocionante, fascinadora, por un fin grande y convincente. En realidad, ¿qué es? Es reventar, morir de hambre, de hielo, nada más que un hecho biológico como comer y beber. Caen como moscas y nadie piensa en ellos, nadie los entierra. Yacen por todas partes aquí en torno, sin brazos, sin piernas, sin ojos, con el vientre desgarrado. Se debería rodar una película para hacer imposible “la más bella muerte del mundo”. Es una muerte bestial que luego un día será glorificada en frisos de granito con “guerreros moribundos”, con la cabeza o el brazo vendados.
Fragmento de una carta escrita por un soldado alemán durante la batalla de Stalingrado (muchas cartas habían sido recogidas por la censura militar por considerarlas “derrotistas” y “desmoralizantes”, pero se recuperaron y publicaron al final de la guerra)
domingo, 11 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
volver a empezar
(62ª parada)
El título: igualito que el de la primera película española oscarizada, aquella de Garci. Pero con el argumento que cada cual quiera ponerle. Curiosa costumbre, ésta de empezar cada nuevo año un 1 de enero. No coincide con ningún solsticio ni equinoccio. No es el día de una gran fiesta señalada. No se conmemora nada que fuera vital para el desarrollo de la Humanidad... Eso sí, queda muy bien empezar un 1 de enero. Mejor que un 8 de abril, por decir un día al azar (que habrá ochos de abril muy importantes para alguien, seguro). Trato de ponerme en el pellejo de un extraterrestre que observara ese júbilo y centelleo de fuegos de artificio y luces variadas, de campanadas, canciones y algarabía, extendiéndose en la noche como una oleada que recorriera los husos horarios a la velocidad de la rotación terrestre. Supongo que me sentiría algo perplejo por esa casi unanimidad para celebrar algo relativamente trivial, cuando luego faltan y faltan acuerdos para cosas muchísimo más importantes. En fin, un día es un día (o “se hundía, se hundía...”, como decía aquel otro). Aquí estamos, deseándonos felicidad... como si la felicidad fuera el resultado de un sorteo que toca a algún que otro afortunado de los que compran boleto, como si no se pudiera hacer por alcanzarla nada más que quedarse esperándola. Los más listos saben que la felicidad no es amante esquiva, sino que se puede cultivar en el jardín interior (aun independientemente de los temporales de afuera) y verla florecer a diario. Pero hay que trabajárselo. Así que yo no voy a desearos felicidad, sino, más bien, que la cultivéis.
Una forma interesante de ponerse manos a la obra con ese sembrao, sería recomenzar. Puede que haya que comenzar desde cero o puede que no, pero siempre hay algo nuevo que emprender o algo viejo que retomar. Recuerdo una frase de Norman Rockwell cuando ardió completamente su estudio en Arlington: “En parte, el fuego fue beneficioso... se llevó por delante muchas telarañas”. A veces, nos quedamos lamentándonos por la desgracia que merodea alrededor o nos quejamos por tantas cosas que van mal, pero pocas veces estamos dispuestos a desterrar esas ideas preconcebidas, hábitos viciados o incluso comodidad de acción y pensamiento, que nos impide progresar hacia mejores cotas. Como diría un filósofo de la calle, preferimos involucrarnos a comprometernos. Lo que pasa al preparar unos huevos con beicon (vamos: panceta de toda la vida): la gallina se involucra, pero el cerdo se compromete. Así, nos ahorramos ingresar en el hospital durante una temporada por tratar de mediar en un caso de maltrato (aunque hay quien lo hace), no tenemos que ir en persona a socorrer a nadie de la más absoluta indigencia con el riesgo de perder la propia vida o recursos (aunque hay quien lo hace), podemos escribir acerca de lo que se debería hacer, en lugar de ser consecuentes y actuar (aunque hay quien hace esto último) ...y un largo etcétera con el que me pego un tirón de orejas. No soy yo nadie para decir a los demás lo que deben o no deben hacer. No es ése mi cometido. Por eso pido que no se me tomen estos pensamientos en voz alta (en letra escrita) como un reproche para nadie que no sea yo mismo. Sobre todo, porque es a quien más conozco y con quien me puedo permitir este tipo de licencias.
Y así estuve estos días de despedida y bienvenida de año: recomenzando. La edad de piedra fue un buen lugar para recomenzar. Me convertí por unos días en mi propio abuelo. Es decir, el padre de mis padres. Y puedo asegurar que me he sentido inmensamente feliz. Prepararles la comida, cuidarles, sacar a mi madre a pasear (que tanto necesita moverse, aunque se resista), llevarles ilusión y algún que otro consejo, animarlos a mejorar y que no permitan la victoria de las depresiones... Hace un tiempo, no estaba preparado para esto. Me desesperaba, me superaba, me tenía desarmado... No podía (no quería) ni imaginar a mis padres en semejante estado. Pensaba: ¿tendrá que ver la crisis de los 40 (tan cercanos) con el relevo generacional? Pero una vez asumida la situación, desterrados los lamentos y acopiados los recursos en la mente, se tiene la claridad y sencillez para ser útil. Y cuidándoles y haciendo algo por ellos, ellos me han cuidado y han hecho algo por mí. Siempre lo harán: son mis padres. Y otra vez he sido su hijo, el que vivía con ellos, aunque fuera por unos días. Ha sido hermoso volver a empezar.
Un día de los que pasé en Castellón, en casa de mis padres, encontré en un cajón unas fotos de hace bastantes años. Me hizo gracia ver de qué manera va pasando el tiempo... madreeeeé... Y no sé cómo hago yo que no tengo estas viejas fotos de familia. Así que, con los medios de los que disponía, hale! a digitalizar esas instantáneas familiares para mi colección personal. Apenas tengo fotos mías, ni pasadas ni actuales. Y no sé por qué, con lo que me gusta la fotografía (o quizás por eso, que siempre estoy al otro lado del objetivo). Y aunque siempre he sido bastante reservado en este blog acerca de mis cosas más personales (y lo sigo siendo), por esta vez, y ya que estoy compartiendo algunas vivencias de estos días, voy a pegar aquí parte del botín-gráfico-navideño-castellonense de mi propio pasado.
(click en la imagen para ver grandecita)
En la foto 1: mis abuelos maternos. Mi abuela materna (y madrina) falleció hace un par de años, un diciembre. Con su muerte, me quedé sin abuelos. Mi abuelo materno había muerto mucho antes (creo que yo tenía 7 u 8 años, no recuerdo bien). Ahí se lo ve... con su bastón, por culpa de las heridas de metralla de las que nunca acabó de recuperarse y que sufrió en la guerra civil, esa mierda de la que tanto nos gusta discutir todavía y que tuvieron que padecer dos o tres generaciones de españoles. También fue a causa de esa mierda que un aragonés de cerca de Zaragoza y una gallega de cerca de Ferrol se acabaron conociendo en el hospital y voilà! primer acto de nuestra carambola familiar. En la foto 2: esa bolita gorda en brazos de mi yaya soy yo. Mi madre sostiene a no sé quién (porque a mi hermana aún le faltaban 4 años para aterrizar por estos lares). El nene de la corbata y los pantalones cortos (jajaj qué elegancia) es mi hermano mayor. La nena de al lado es hija del señor de traje oscuro que parece mirarnos desde atrás, un hermano de mi abuela. Sobre lo que se celebra: ni idea, créanme. Posiblemente, el bautizo de la criatura desconocida. Foto 3: cumplo un par de añitos. De esta foto he visto varias versiones, pero sólo encontré ésta en la que me hace eclipse de cara la mano del doble de Picasso (eclipsado, a su vez, por los restos del botellón). Me gusta de todas formas. Uno de los piropos más majos que me han dicho en esta vida (mi amiga A) fue que le gustaba mi sonrisa, porque es una sonrisa con la mirada. Creo que tiene razón. Ya me lo noto en esta instantánea: me imagino la sonrisa picarona que tengo ante esas velas que voy a soplar. Por cierto, el doble de Picasso es mi abuelo paterno. Detrás de mí, una prima mía (sobrina de mi padre). Mi abuela de pie (y con ese mandil de gallega-gallega) y un familiar de mi padre a la derecha de la foto (no recuerdo bien su parentesco). En la foto 4: mamá y los tres hermanitos. A mi padre, que no sale en ninguna de éstas, le debe de pasar como a mí: que está siempre al otro lado del objetivo. Sintiéndose orgulloso de su familia, seguro. Aunque a su manera, claro. En la reserva, calladamente. Más de una vez me hubiera gustado que fuera más abierto expresando sus sentimientos de cariño, pero también he aprendido que (como escribió Shakespeare) Descubrirás que sólo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede. Porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo... El de abajo con sonrisa picarona ya sabéis quién es. Por los cortes de pelo de ambos hermanos varones, diríase que la producción de tazas en el país iba viento en popa a toda vela. Bien. A los dos elementos que me flanquean en la foto los eché mucho de menos estos días... No fue posible reunirnos. Seguramente, este año nos desquitaremos. Son personas geniales, de quienes lamento no haber disfrutado y aprendido más en los años pasados. Pero nunca es tarde.
En fin. Lo que me pasa un día que no tengo muchas ganas de escribir cosas elaboradas y bien estructuradas es que el lector desprevenido que se deje caer por aquí puede encontrarse con estas zarandajas. Y quedarse con la misma cara que un pavo escuchando una pandereta. Bueno, como decía al principio: “se hundía, se hundía...” y otro día, otras cosas.
No quería terminar sin dejar una cancioncilla, de ésas de recomenzar. Hay una que me gusta mucho y que siempre me ha dado bastantes esperanzas, porque demuestra que hasta los tipos más tristes por naturaleza se pueden permitir una alegría en la vida.
Al lado también de unos amigos tan queridos como vosotros.
“Y aunque tu inicio haya sido insignificante, tu futuro prosperará en gran manera”.
(Libro de Job, cap. 8: 7)
(Libro de Job, cap. 8: 7)
El título: igualito que el de la primera película española oscarizada, aquella de Garci. Pero con el argumento que cada cual quiera ponerle. Curiosa costumbre, ésta de empezar cada nuevo año un 1 de enero. No coincide con ningún solsticio ni equinoccio. No es el día de una gran fiesta señalada. No se conmemora nada que fuera vital para el desarrollo de la Humanidad... Eso sí, queda muy bien empezar un 1 de enero. Mejor que un 8 de abril, por decir un día al azar (que habrá ochos de abril muy importantes para alguien, seguro). Trato de ponerme en el pellejo de un extraterrestre que observara ese júbilo y centelleo de fuegos de artificio y luces variadas, de campanadas, canciones y algarabía, extendiéndose en la noche como una oleada que recorriera los husos horarios a la velocidad de la rotación terrestre. Supongo que me sentiría algo perplejo por esa casi unanimidad para celebrar algo relativamente trivial, cuando luego faltan y faltan acuerdos para cosas muchísimo más importantes. En fin, un día es un día (o “se hundía, se hundía...”, como decía aquel otro). Aquí estamos, deseándonos felicidad... como si la felicidad fuera el resultado de un sorteo que toca a algún que otro afortunado de los que compran boleto, como si no se pudiera hacer por alcanzarla nada más que quedarse esperándola. Los más listos saben que la felicidad no es amante esquiva, sino que se puede cultivar en el jardín interior (aun independientemente de los temporales de afuera) y verla florecer a diario. Pero hay que trabajárselo. Así que yo no voy a desearos felicidad, sino, más bien, que la cultivéis.Una forma interesante de ponerse manos a la obra con ese sembrao, sería recomenzar. Puede que haya que comenzar desde cero o puede que no, pero siempre hay algo nuevo que emprender o algo viejo que retomar. Recuerdo una frase de Norman Rockwell cuando ardió completamente su estudio en Arlington: “En parte, el fuego fue beneficioso... se llevó por delante muchas telarañas”. A veces, nos quedamos lamentándonos por la desgracia que merodea alrededor o nos quejamos por tantas cosas que van mal, pero pocas veces estamos dispuestos a desterrar esas ideas preconcebidas, hábitos viciados o incluso comodidad de acción y pensamiento, que nos impide progresar hacia mejores cotas. Como diría un filósofo de la calle, preferimos involucrarnos a comprometernos. Lo que pasa al preparar unos huevos con beicon (vamos: panceta de toda la vida): la gallina se involucra, pero el cerdo se compromete. Así, nos ahorramos ingresar en el hospital durante una temporada por tratar de mediar en un caso de maltrato (aunque hay quien lo hace), no tenemos que ir en persona a socorrer a nadie de la más absoluta indigencia con el riesgo de perder la propia vida o recursos (aunque hay quien lo hace), podemos escribir acerca de lo que se debería hacer, en lugar de ser consecuentes y actuar (aunque hay quien hace esto último) ...y un largo etcétera con el que me pego un tirón de orejas. No soy yo nadie para decir a los demás lo que deben o no deben hacer. No es ése mi cometido. Por eso pido que no se me tomen estos pensamientos en voz alta (en letra escrita) como un reproche para nadie que no sea yo mismo. Sobre todo, porque es a quien más conozco y con quien me puedo permitir este tipo de licencias.
Y así estuve estos días de despedida y bienvenida de año: recomenzando. La edad de piedra fue un buen lugar para recomenzar. Me convertí por unos días en mi propio abuelo. Es decir, el padre de mis padres. Y puedo asegurar que me he sentido inmensamente feliz. Prepararles la comida, cuidarles, sacar a mi madre a pasear (que tanto necesita moverse, aunque se resista), llevarles ilusión y algún que otro consejo, animarlos a mejorar y que no permitan la victoria de las depresiones... Hace un tiempo, no estaba preparado para esto. Me desesperaba, me superaba, me tenía desarmado... No podía (no quería) ni imaginar a mis padres en semejante estado. Pensaba: ¿tendrá que ver la crisis de los 40 (tan cercanos) con el relevo generacional? Pero una vez asumida la situación, desterrados los lamentos y acopiados los recursos en la mente, se tiene la claridad y sencillez para ser útil. Y cuidándoles y haciendo algo por ellos, ellos me han cuidado y han hecho algo por mí. Siempre lo harán: son mis padres. Y otra vez he sido su hijo, el que vivía con ellos, aunque fuera por unos días. Ha sido hermoso volver a empezar.
Un día de los que pasé en Castellón, en casa de mis padres, encontré en un cajón unas fotos de hace bastantes años. Me hizo gracia ver de qué manera va pasando el tiempo... madreeeeé... Y no sé cómo hago yo que no tengo estas viejas fotos de familia. Así que, con los medios de los que disponía, hale! a digitalizar esas instantáneas familiares para mi colección personal. Apenas tengo fotos mías, ni pasadas ni actuales. Y no sé por qué, con lo que me gusta la fotografía (o quizás por eso, que siempre estoy al otro lado del objetivo). Y aunque siempre he sido bastante reservado en este blog acerca de mis cosas más personales (y lo sigo siendo), por esta vez, y ya que estoy compartiendo algunas vivencias de estos días, voy a pegar aquí parte del botín-gráfico-navideño-castellonense de mi propio pasado.
(click en la imagen para ver grandecita)En la foto 1: mis abuelos maternos. Mi abuela materna (y madrina) falleció hace un par de años, un diciembre. Con su muerte, me quedé sin abuelos. Mi abuelo materno había muerto mucho antes (creo que yo tenía 7 u 8 años, no recuerdo bien). Ahí se lo ve... con su bastón, por culpa de las heridas de metralla de las que nunca acabó de recuperarse y que sufrió en la guerra civil, esa mierda de la que tanto nos gusta discutir todavía y que tuvieron que padecer dos o tres generaciones de españoles. También fue a causa de esa mierda que un aragonés de cerca de Zaragoza y una gallega de cerca de Ferrol se acabaron conociendo en el hospital y voilà! primer acto de nuestra carambola familiar. En la foto 2: esa bolita gorda en brazos de mi yaya soy yo. Mi madre sostiene a no sé quién (porque a mi hermana aún le faltaban 4 años para aterrizar por estos lares). El nene de la corbata y los pantalones cortos (jajaj qué elegancia) es mi hermano mayor. La nena de al lado es hija del señor de traje oscuro que parece mirarnos desde atrás, un hermano de mi abuela. Sobre lo que se celebra: ni idea, créanme. Posiblemente, el bautizo de la criatura desconocida. Foto 3: cumplo un par de añitos. De esta foto he visto varias versiones, pero sólo encontré ésta en la que me hace eclipse de cara la mano del doble de Picasso (eclipsado, a su vez, por los restos del botellón). Me gusta de todas formas. Uno de los piropos más majos que me han dicho en esta vida (mi amiga A) fue que le gustaba mi sonrisa, porque es una sonrisa con la mirada. Creo que tiene razón. Ya me lo noto en esta instantánea: me imagino la sonrisa picarona que tengo ante esas velas que voy a soplar. Por cierto, el doble de Picasso es mi abuelo paterno. Detrás de mí, una prima mía (sobrina de mi padre). Mi abuela de pie (y con ese mandil de gallega-gallega) y un familiar de mi padre a la derecha de la foto (no recuerdo bien su parentesco). En la foto 4: mamá y los tres hermanitos. A mi padre, que no sale en ninguna de éstas, le debe de pasar como a mí: que está siempre al otro lado del objetivo. Sintiéndose orgulloso de su familia, seguro. Aunque a su manera, claro. En la reserva, calladamente. Más de una vez me hubiera gustado que fuera más abierto expresando sus sentimientos de cariño, pero también he aprendido que (como escribió Shakespeare) Descubrirás que sólo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede. Porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo... El de abajo con sonrisa picarona ya sabéis quién es. Por los cortes de pelo de ambos hermanos varones, diríase que la producción de tazas en el país iba viento en popa a toda vela. Bien. A los dos elementos que me flanquean en la foto los eché mucho de menos estos días... No fue posible reunirnos. Seguramente, este año nos desquitaremos. Son personas geniales, de quienes lamento no haber disfrutado y aprendido más en los años pasados. Pero nunca es tarde.
En fin. Lo que me pasa un día que no tengo muchas ganas de escribir cosas elaboradas y bien estructuradas es que el lector desprevenido que se deje caer por aquí puede encontrarse con estas zarandajas. Y quedarse con la misma cara que un pavo escuchando una pandereta. Bueno, como decía al principio: “se hundía, se hundía...” y otro día, otras cosas.
No quería terminar sin dejar una cancioncilla, de ésas de recomenzar. Hay una que me gusta mucho y que siempre me ha dado bastantes esperanzas, porque demuestra que hasta los tipos más tristes por naturaleza se pueden permitir una alegría en la vida.
Al lado también de unos amigos tan queridos como vosotros.
Que sepáis que estuve de viaje, pero os llevé en la maletita de mi corazón.
lunes, 22 de diciembre de 2008
en la edad de piedra
(61ª parada)
"Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría".
(Sefer Kohelet, cap. 7: 10)
No sé qué tienen estas fiestas que te las avisan y te las avisan desde noviembre, pero cuando llegan te acaban pillando siempre de improviso. Aquí estoy, como loco, ultimando cada cosa antes de salir de viaje mañana. Lo de cada año, a ver a mi familia. Este año, lo diferente es que apenas estaremos mis padres y yo, nada más. A mis hermanos, sobrinos, etc. no los veré en esta ocasión. Los voy a echar mucho de menos.
En realidad, es como si me preparara para un viaje en el tiempo. A la edad de piedra, más exactamente. Una especie de aversión tecnológica de mis progenitores (a veces corriente entre los humanos de cierta edad), les tiene desconectados de la cosa esa llamada internet. Así que me dirijo hacia una desconexión total que me tomaré como unas vacaciones (obligadas). No voy a pensar demasiado en los e-mails que se amontonen en las bandejas de entrada respectivas, en las urgencias, en los avisos... y me voy a centrar más bien en algunos libros (sí, esos de papel y tinta) que me voy a llevar para que acompañen en algún que otro paseo o cuando, a lo que para mí es media tarde pero para mis padres es noche cerrada, se les empiece a desplomar la cabeza hacia los lados.
Lo que sí echo siempre de menos es participar del ambiente bloguero en estos días. Me siento un poco mal por el poco tiempo que he dedicado en los últimos días a mis compañeros de viaje. Siempre he pensado que, de todos los regalos que se pueden hacer, el del tiempo (la dedicación) es el más valioso. A fin de cuentas, ¿hay algo más personal e intransferible? Aunque parezca una contradicción decir que el tiempo es lo más importante y que os estoy dedicando muy poco últimamente y que, a pesar de ello, tengo un cariño inmenso por cada uno de vosotros (y cada vez más), aceptadme la contradicción como procedente de este tipo con tendencia a descoordinarse de cuando en cuando. Espero que un buen reajuste de cables y tuercas me deje bien operativo para afrontar 2009.
Recuerdo cuando empezamos este año que ya se acaba. Podemos echar un vistazo atrás y tratar de encajar nuestras expectativas de entonces con la realidad actual. ¿Ha habido coincidencias? ¿El camino es totalmente diferente? En fin... no sé. Ahora volveremos a proyectarnos hacia 2009 y veremos si cuando termine el año hemos acertado o no.
En cualquier caso, las corrientes del tiempo siempre nos llevan hacia adelante, a lugares incógnitos, a situaciones siempre novedosas, a aventuras muchas veces insospechadas. Allá donde os encontréis, deseo para cada uno de vosotros que obtengáis lo mejor y que alcancéis la felicidad.
Nada más por ahora. Si veis que no respondo en un par de semanas, es normal. Parece ser que el tam-tam aún no consigue colarse entre las redes wifi.
Hasta la vuelta. Os quiero muchísimo y os llevo conmigo, aquí, en el corazoncito. Una vez más, muchas gracias por ser tal y como sois y por estar siempre ahí.
"Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría".
(Sefer Kohelet, cap. 7: 10)
No sé qué tienen estas fiestas que te las avisan y te las avisan desde noviembre, pero cuando llegan te acaban pillando siempre de improviso. Aquí estoy, como loco, ultimando cada cosa antes de salir de viaje mañana. Lo de cada año, a ver a mi familia. Este año, lo diferente es que apenas estaremos mis padres y yo, nada más. A mis hermanos, sobrinos, etc. no los veré en esta ocasión. Los voy a echar mucho de menos.
En realidad, es como si me preparara para un viaje en el tiempo. A la edad de piedra, más exactamente. Una especie de aversión tecnológica de mis progenitores (a veces corriente entre los humanos de cierta edad), les tiene desconectados de la cosa esa llamada internet. Así que me dirijo hacia una desconexión total que me tomaré como unas vacaciones (obligadas). No voy a pensar demasiado en los e-mails que se amontonen en las bandejas de entrada respectivas, en las urgencias, en los avisos... y me voy a centrar más bien en algunos libros (sí, esos de papel y tinta) que me voy a llevar para que acompañen en algún que otro paseo o cuando, a lo que para mí es media tarde pero para mis padres es noche cerrada, se les empiece a desplomar la cabeza hacia los lados.
Lo que sí echo siempre de menos es participar del ambiente bloguero en estos días. Me siento un poco mal por el poco tiempo que he dedicado en los últimos días a mis compañeros de viaje. Siempre he pensado que, de todos los regalos que se pueden hacer, el del tiempo (la dedicación) es el más valioso. A fin de cuentas, ¿hay algo más personal e intransferible? Aunque parezca una contradicción decir que el tiempo es lo más importante y que os estoy dedicando muy poco últimamente y que, a pesar de ello, tengo un cariño inmenso por cada uno de vosotros (y cada vez más), aceptadme la contradicción como procedente de este tipo con tendencia a descoordinarse de cuando en cuando. Espero que un buen reajuste de cables y tuercas me deje bien operativo para afrontar 2009.
Recuerdo cuando empezamos este año que ya se acaba. Podemos echar un vistazo atrás y tratar de encajar nuestras expectativas de entonces con la realidad actual. ¿Ha habido coincidencias? ¿El camino es totalmente diferente? En fin... no sé. Ahora volveremos a proyectarnos hacia 2009 y veremos si cuando termine el año hemos acertado o no.
En cualquier caso, las corrientes del tiempo siempre nos llevan hacia adelante, a lugares incógnitos, a situaciones siempre novedosas, a aventuras muchas veces insospechadas. Allá donde os encontréis, deseo para cada uno de vosotros que obtengáis lo mejor y que alcancéis la felicidad.
Nada más por ahora. Si veis que no respondo en un par de semanas, es normal. Parece ser que el tam-tam aún no consigue colarse entre las redes wifi.
Hasta la vuelta. Os quiero muchísimo y os llevo conmigo, aquí, en el corazoncito. Una vez más, muchas gracias por ser tal y como sois y por estar siempre ahí.
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domingo, 14 de diciembre de 2008
surcos profundos
(60ª parada)
"En los postreros días vendrá gente que, burlándose, diga: (...) Desde que murieron nuestros antepasados todo permanece igual a como era en un principio".
(2ª Epístola de San pedro, cap. 3: 3, 4)
Con los años, un rostro se transforma en una máscara que, en lugar de cubrir, revela mucho de lo que se es y se ha sido. Unos lucen ahí, en las mejillas, los pliegues de una sonrisa del alma que se ha dado tropecientas veces en la vida. Otros, lo que llevan bien labrada en el ceño es la marca del enojo. La frente se surca de preocupaciones, los ojos de guiños y los labios de silbos y besos. Además del trabajo duro de la gravedad y del azote curtidor de sol, viento y otras caricias, nuestra faz nos la cincelamos nosotros mismos con los años a fuerza de sacar hacia afuera el mundo interior. Quizás no sea muy exacto, habiendo tantos pinceles distintos trazando en el mismo lienzo. Un accidente de la vida puede ser la mano torpe que destroza una obra maestra y una intervención quirúrgica puede arrancar de nuestra superficie años de historia o, al menos, algún que otro momento para el olvido.
De lo que no tengo tantas dudas es del trabajo de ingeniería de caminos que nuestros pensamientos obran en nuestro cerebro. Acertó quien ya hace años recalcó la influencia tan importante de los pensamientos de cada día en lo que acabamos siendo en la vida, sentenciándolo de este modo: Un pensamiento repetido lleva a una acción; las acciones en las que se insiste crean hábitos y, finalmente, los hábitos que se mantienen forjan un carácter. Como quien se abre un camino en la selva a machetazos. Si insistes, perdura. Si lo abandonas, la propia selva se lo va tragando y lo va cerrando al tránsito. En los paseos por el monte, es fácil llegar a toparse con algunos caminos carreteros por los que el paso de carruajes ha grabado profundos carriles en la tierra. Otra carreta que circulara por semejante camino tendría problemas para desviar sus ruedas de la ruta trazada, de tan embebidas que van en los carriles. En nuestros cerebros, como en la tierra moldeable, los pensamientos surcan circuitos neuronales que se van fijando con la repetición, hasta el punto del automatismo. Pero el origen de cada camino neuronal está en lo que anda por nuestra sesera. Es raro que una persona que constantemente tenga pensamientos negativos o destructivos pueda obrar de forma contraria a sus circuitos neuronales de negatividad y destrucción. Lo mismo sucede con las personas que albergan pensamientos positivos y le ponen el freno a los de signo contrario.
Seguro que somos conscientes de la trascendencia de lo que pensamos en cada momento. Esos pensamientos serán los motores de futuras acciones (o de futuras omisiones). Pero no siempre se tiene la suficiente disciplina (o higiene mental) como para espantar o echar afuera de nuestra mente aquellos pensamientos que sabemos que nos pueden hacer daño. Dejar de aplicar este control es una peligrosa negligencia. Como abrir la puerta de casa a los maleantes.
Igual que nuestros hábitos personales se forman de nuestros pensamientos personales, los hábitos colectivos se forman de los pensamientos colectivos (si tal cosa existe). La cuestión es que hay personas que piensan por otras. Por varios motivos: bien porque hay quien delega en otro su capacidad de raciocinio y decisión (¡mal hecho!), bien porque cuando uno aparece en este mundo ya hay mucho pensado de antemano por quienes nos precedieron. Está bien. A esto último se lo puede considerar como experiencia colectiva y ayuda a no repetir errores y progresar más rápido. La ciencia, la técnica, las artes, el conocimiento en general, deben su desarrollo a este proceso de construcción, apoyando la experiencia de unas generaciones sobre la de las precedentes. Luego, está el reverso tenebroso de esta experiencia. La de cosas que asumimos como aceptables y que, en realidad, no lo son tanto. La esclavitud, por ejemplo, pareció buena cosa a muchas personas (sabios incluidos) en el pasado. El Ancien Régime, también. Hasta que hubo una colisión entre estas experiencias desgastadas y los nuevos paradigmas sociales. A veces, este reverso-tenebroso que decía antes se encuadra en lo que se ha llamado tradición. En general, las tradiciones suelen respetarse sin cuestionárselas, pero son (posiblemente) el equipaje de la humanidad que más deberíamos cuestionarnos. En algunos casos (demasiados para mi gusto), si conociéramos el origen de una tradición o si comprendiéramos su sentido real, o su alcance, posiblemente la abandonaríamos. O no... ¿quién sabe? Ya dije hace un momento que la fuerza de un hábito crea automatismos de los que es difícil librarse. Y ésa es la chance de las tradiciones.
Con estas ideas tenía la intención de cumplir algo que le dejé escrito a Tormenta en un comentario de su post El Camino... En él, se reproducía un cuento de Paulo Coelho, donde un borrego acababa marcando el camino de los humanos. Le prometí una historia de monos. Una historia conocida, de ésas que te pueden acabar llegando por e-mail. Y le dije que la incluiría en mi próximo post, porque tenía una moraleja muy parecida a la de Coelho: el proceso de construcción de paradigmas y la dificultad para operar un cambio de paradigma. Así que, va por ti, amiga. Que ya sabes que me encanta el diálogo bloguero.
Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula. En el centro de ella habían puesto una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.
Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo agarraban para evitar que alcanzara su objetivo. Pasado algún tiempo más, ningún mono se atrevía ya a subir la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo el recién llegado fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le disuadieron por la fuerza de alcanzar las bananas. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aun cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:
"No sé, aquí las cosas siempre se han hecho así..."
¿Te suena conocido?
Pregúntate a qué paradigma social respondemos y por qué estamos haciendo las cosas de una manera, si es posible que las podamos hacer de otro modo mejor.
"Triste época, la nuestra: es mas fácil desintegrar un átomo que un preconcepto."
"En los postreros días vendrá gente que, burlándose, diga: (...) Desde que murieron nuestros antepasados todo permanece igual a como era en un principio".
(2ª Epístola de San pedro, cap. 3: 3, 4)
Con los años, un rostro se transforma en una máscara que, en lugar de cubrir, revela mucho de lo que se es y se ha sido. Unos lucen ahí, en las mejillas, los pliegues de una sonrisa del alma que se ha dado tropecientas veces en la vida. Otros, lo que llevan bien labrada en el ceño es la marca del enojo. La frente se surca de preocupaciones, los ojos de guiños y los labios de silbos y besos. Además del trabajo duro de la gravedad y del azote curtidor de sol, viento y otras caricias, nuestra faz nos la cincelamos nosotros mismos con los años a fuerza de sacar hacia afuera el mundo interior. Quizás no sea muy exacto, habiendo tantos pinceles distintos trazando en el mismo lienzo. Un accidente de la vida puede ser la mano torpe que destroza una obra maestra y una intervención quirúrgica puede arrancar de nuestra superficie años de historia o, al menos, algún que otro momento para el olvido.De lo que no tengo tantas dudas es del trabajo de ingeniería de caminos que nuestros pensamientos obran en nuestro cerebro. Acertó quien ya hace años recalcó la influencia tan importante de los pensamientos de cada día en lo que acabamos siendo en la vida, sentenciándolo de este modo: Un pensamiento repetido lleva a una acción; las acciones en las que se insiste crean hábitos y, finalmente, los hábitos que se mantienen forjan un carácter. Como quien se abre un camino en la selva a machetazos. Si insistes, perdura. Si lo abandonas, la propia selva se lo va tragando y lo va cerrando al tránsito. En los paseos por el monte, es fácil llegar a toparse con algunos caminos carreteros por los que el paso de carruajes ha grabado profundos carriles en la tierra. Otra carreta que circulara por semejante camino tendría problemas para desviar sus ruedas de la ruta trazada, de tan embebidas que van en los carriles. En nuestros cerebros, como en la tierra moldeable, los pensamientos surcan circuitos neuronales que se van fijando con la repetición, hasta el punto del automatismo. Pero el origen de cada camino neuronal está en lo que anda por nuestra sesera. Es raro que una persona que constantemente tenga pensamientos negativos o destructivos pueda obrar de forma contraria a sus circuitos neuronales de negatividad y destrucción. Lo mismo sucede con las personas que albergan pensamientos positivos y le ponen el freno a los de signo contrario.
Seguro que somos conscientes de la trascendencia de lo que pensamos en cada momento. Esos pensamientos serán los motores de futuras acciones (o de futuras omisiones). Pero no siempre se tiene la suficiente disciplina (o higiene mental) como para espantar o echar afuera de nuestra mente aquellos pensamientos que sabemos que nos pueden hacer daño. Dejar de aplicar este control es una peligrosa negligencia. Como abrir la puerta de casa a los maleantes.
Igual que nuestros hábitos personales se forman de nuestros pensamientos personales, los hábitos colectivos se forman de los pensamientos colectivos (si tal cosa existe). La cuestión es que hay personas que piensan por otras. Por varios motivos: bien porque hay quien delega en otro su capacidad de raciocinio y decisión (¡mal hecho!), bien porque cuando uno aparece en este mundo ya hay mucho pensado de antemano por quienes nos precedieron. Está bien. A esto último se lo puede considerar como experiencia colectiva y ayuda a no repetir errores y progresar más rápido. La ciencia, la técnica, las artes, el conocimiento en general, deben su desarrollo a este proceso de construcción, apoyando la experiencia de unas generaciones sobre la de las precedentes. Luego, está el reverso tenebroso de esta experiencia. La de cosas que asumimos como aceptables y que, en realidad, no lo son tanto. La esclavitud, por ejemplo, pareció buena cosa a muchas personas (sabios incluidos) en el pasado. El Ancien Régime, también. Hasta que hubo una colisión entre estas experiencias desgastadas y los nuevos paradigmas sociales. A veces, este reverso-tenebroso que decía antes se encuadra en lo que se ha llamado tradición. En general, las tradiciones suelen respetarse sin cuestionárselas, pero son (posiblemente) el equipaje de la humanidad que más deberíamos cuestionarnos. En algunos casos (demasiados para mi gusto), si conociéramos el origen de una tradición o si comprendiéramos su sentido real, o su alcance, posiblemente la abandonaríamos. O no... ¿quién sabe? Ya dije hace un momento que la fuerza de un hábito crea automatismos de los que es difícil librarse. Y ésa es la chance de las tradiciones.
Con estas ideas tenía la intención de cumplir algo que le dejé escrito a Tormenta en un comentario de su post El Camino... En él, se reproducía un cuento de Paulo Coelho, donde un borrego acababa marcando el camino de los humanos. Le prometí una historia de monos. Una historia conocida, de ésas que te pueden acabar llegando por e-mail. Y le dije que la incluiría en mi próximo post, porque tenía una moraleja muy parecida a la de Coelho: el proceso de construcción de paradigmas y la dificultad para operar un cambio de paradigma. Así que, va por ti, amiga. Que ya sabes que me encanta el diálogo bloguero.
Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula. En el centro de ella habían puesto una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.
Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo agarraban para evitar que alcanzara su objetivo. Pasado algún tiempo más, ningún mono se atrevía ya a subir la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo el recién llegado fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le disuadieron por la fuerza de alcanzar las bananas. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aun cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:
"No sé, aquí las cosas siempre se han hecho así..."
¿Te suena conocido?Pregúntate a qué paradigma social respondemos y por qué estamos haciendo las cosas de una manera, si es posible que las podamos hacer de otro modo mejor.
"Triste época, la nuestra: es mas fácil desintegrar un átomo que un preconcepto."
Albert Einstein
domingo, 30 de noviembre de 2008
thanksgiving
(59ª parada)
“En toda circunstancia, sed agradecidos. Esto es el deseo de Dios para vosotros que creéis en Jesucristo”.
(1ª Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, cap. 5: 18)
En los Estados Unidos, la transición de octubre a noviembre y la de noviembre a diciembre están marcadas, respectivamente, por las fiestas de Halloween y el Día de Acción de Gracias. Normalmente, mucho se dice o se ve de la primera celebración; pero es más bien escaso el bagaje de recuerdos que deja la segunda. El jueves de la semana que terminó recientemente (en U.S.A. es el 4º jueves del mes de noviembre; en cambio, en Canadá se celebra el 2º lunes de octubre) se vivió este día-consagrado-al-agradecimiento y seguro que no ha contado con el bombo y platillo de las calabazas grotescamente decoradas. Tiene su lógica. A fin de cuentas, Halloween es una fiesta heredada de la cultura céltica y, por tanto, de tradiciones propias de otros lugares y anteriores a la fundación de los estados norteamericanos. Lo que han conseguido los U.S.A. es realizar una tremenda campaña de marketing (más bien: apropiación descarada) para que parezca suyo lo que no lo es. Por mí, se la pueden quedar. No tengo ninguna simpatía hacia Halloween, la Noche de Brujas, Víspera del Día de los Santos o como se la quiera llamar. Sinceramente, paso de este tipo de espiritismos o triunfo-de-los-muertos-vivientes en que se ha convertido esa fecha. Ni siquiera me parece respetuoso hacia los muertos hacerlos revivir como verdaderos monstruos. Recuerdo a mis muertos con gran afecto, los imagino tal cual eran cuando estaban llenos de vida, y no me apetece nada visualizarlos como zombis descarnados.
Por otro lado, el Día de Acción de Gracias sí que es una fiesta de tradición norteamericana (de la parte de Norteamérica al norte de Méjico, que también es Norteamérica, vaya). Posiblemente, ésta sea la causa de la poco profunda huella que ha dejado en el resto del mundo, a pesar de que también estemos saturados de contemplar cómo en series y películas estadounidenses se vea a las familias reunidas para ver desfiles y partidos de fútbol americano y para comer pavo y salsas de arándanos. Sin embargo, me parece que el contenido de la festividad sí que es de exportación recomendable. Atención, he dicho contenido, no forma. Mantener las formas de una fiesta hace posible que ésta se perpetúe en el tiempo, pero plantea la duda acerca de si merece la pena continuar una tradición que va perdiendo su sentido. Y, si no, que les pregunten a los descendientes de los indios Wampanoag. Para ellos, el agradecimiento de los descendientes de los Pilgrims del Mayflower se ha quedado en nada. De los dos grandes pilares que sostenían esa celebración, el uno se ventiló al otro.
Bueno, pero ¿por qué no ser más agradecidos? El refranero trata de bien nacidos a los que practican esa sana costumbre. La gratitud engrasa adecuadamente la maquinaria de las relaciones (familiares, laborales, de amistad...) y es imprescindible para evitar que ese motor acabe gripado. Todo lo contrario al resultado que se obtiene con la sequedad de una actitud exigente y severa. No sé, pero es posible que cada vez se estile más esa postura despótica que supone que nada hay que agradecer cuando alguien no hace sino lo que debe y, entonces, ¿qué mérito hay en ello para que se muestre agradecimiento? Ideal en un mundo de máquinas desprovistas de sentimientos. Ideal, también, en una sociedad cada vez más mercantilista, donde todo se traduce en servicios o mercancías que se compran o se venden, donde todo tiene su precio ineludible y exigible y donde no tiene cabida esa palabra, gracias, prima-hermana de gratis. Pero el agradecimiento verdadero (el que sale de las entrañas y no sólo de la boca) podría ser uno de los mejores antídotos contra los abusos, el maltrato y la violencia, tanto físicos como psicológicos.
Hay algo más que hace de la gratitud la mejor de las disposiciones para enfrentar la vida. Recuerdo (más o menos) la frase de un sabio hindú que decía: Doy gracias a las rocas que me encuentro al ir escalando la montaña de la vida. Porque, aunque a primera vista lo parezcan, no son obstáculos; son los asideros que me permiten alcanzar la cumbre. Si entiendo que las cosas que me van sucediendo en el transcurso de la vida puedo utilizarlas (incluso aunque a priori se me antojen negativas) para ganar experiencia, para mejorar, para perfeccionar y pulir lo que necesite ser abrillantado, no me dejaré hundir por los reveses que, sin duda, iré recibiendo. Hace poco, cuando hablaba de crisis, también me refería a esta actitud: la de aprender de cada tropiezo y crecer con cada dificultad.
No dejo escapar la oportunidad de agradecer a todos los lectores y comentaristas de este blog (que, a su vez, son también autores de otros blogs por los que me siento enormemente agradecido). No lo entiendo como una formalidad, sino como un auténtico deseo y una necesidad de reflejar todo el cariño que con su tiempo y dedicación me demuestran a lo largo de este camino.
“En toda circunstancia, sed agradecidos. Esto es el deseo de Dios para vosotros que creéis en Jesucristo”.
(1ª Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, cap. 5: 18)
En los Estados Unidos, la transición de octubre a noviembre y la de noviembre a diciembre están marcadas, respectivamente, por las fiestas de Halloween y el Día de Acción de Gracias. Normalmente, mucho se dice o se ve de la primera celebración; pero es más bien escaso el bagaje de recuerdos que deja la segunda. El jueves de la semana que terminó recientemente (en U.S.A. es el 4º jueves del mes de noviembre; en cambio, en Canadá se celebra el 2º lunes de octubre) se vivió este día-consagrado-al-agradecimiento y seguro que no ha contado con el bombo y platillo de las calabazas grotescamente decoradas. Tiene su lógica. A fin de cuentas, Halloween es una fiesta heredada de la cultura céltica y, por tanto, de tradiciones propias de otros lugares y anteriores a la fundación de los estados norteamericanos. Lo que han conseguido los U.S.A. es realizar una tremenda campaña de marketing (más bien: apropiación descarada) para que parezca suyo lo que no lo es. Por mí, se la pueden quedar. No tengo ninguna simpatía hacia Halloween, la Noche de Brujas, Víspera del Día de los Santos o como se la quiera llamar. Sinceramente, paso de este tipo de espiritismos o triunfo-de-los-muertos-vivientes en que se ha convertido esa fecha. Ni siquiera me parece respetuoso hacia los muertos hacerlos revivir como verdaderos monstruos. Recuerdo a mis muertos con gran afecto, los imagino tal cual eran cuando estaban llenos de vida, y no me apetece nada visualizarlos como zombis descarnados.
Por otro lado, el Día de Acción de Gracias sí que es una fiesta de tradición norteamericana (de la parte de Norteamérica al norte de Méjico, que también es Norteamérica, vaya). Posiblemente, ésta sea la causa de la poco profunda huella que ha dejado en el resto del mundo, a pesar de que también estemos saturados de contemplar cómo en series y películas estadounidenses se vea a las familias reunidas para ver desfiles y partidos de fútbol americano y para comer pavo y salsas de arándanos. Sin embargo, me parece que el contenido de la festividad sí que es de exportación recomendable. Atención, he dicho contenido, no forma. Mantener las formas de una fiesta hace posible que ésta se perpetúe en el tiempo, pero plantea la duda acerca de si merece la pena continuar una tradición que va perdiendo su sentido. Y, si no, que les pregunten a los descendientes de los indios Wampanoag. Para ellos, el agradecimiento de los descendientes de los Pilgrims del Mayflower se ha quedado en nada. De los dos grandes pilares que sostenían esa celebración, el uno se ventiló al otro.
Bueno, pero ¿por qué no ser más agradecidos? El refranero trata de bien nacidos a los que practican esa sana costumbre. La gratitud engrasa adecuadamente la maquinaria de las relaciones (familiares, laborales, de amistad...) y es imprescindible para evitar que ese motor acabe gripado. Todo lo contrario al resultado que se obtiene con la sequedad de una actitud exigente y severa. No sé, pero es posible que cada vez se estile más esa postura despótica que supone que nada hay que agradecer cuando alguien no hace sino lo que debe y, entonces, ¿qué mérito hay en ello para que se muestre agradecimiento? Ideal en un mundo de máquinas desprovistas de sentimientos. Ideal, también, en una sociedad cada vez más mercantilista, donde todo se traduce en servicios o mercancías que se compran o se venden, donde todo tiene su precio ineludible y exigible y donde no tiene cabida esa palabra, gracias, prima-hermana de gratis. Pero el agradecimiento verdadero (el que sale de las entrañas y no sólo de la boca) podría ser uno de los mejores antídotos contra los abusos, el maltrato y la violencia, tanto físicos como psicológicos.
Hay algo más que hace de la gratitud la mejor de las disposiciones para enfrentar la vida. Recuerdo (más o menos) la frase de un sabio hindú que decía: Doy gracias a las rocas que me encuentro al ir escalando la montaña de la vida. Porque, aunque a primera vista lo parezcan, no son obstáculos; son los asideros que me permiten alcanzar la cumbre. Si entiendo que las cosas que me van sucediendo en el transcurso de la vida puedo utilizarlas (incluso aunque a priori se me antojen negativas) para ganar experiencia, para mejorar, para perfeccionar y pulir lo que necesite ser abrillantado, no me dejaré hundir por los reveses que, sin duda, iré recibiendo. Hace poco, cuando hablaba de crisis, también me refería a esta actitud: la de aprender de cada tropiezo y crecer con cada dificultad.
No dejo escapar la oportunidad de agradecer a todos los lectores y comentaristas de este blog (que, a su vez, son también autores de otros blogs por los que me siento enormemente agradecido). No lo entiendo como una formalidad, sino como un auténtico deseo y una necesidad de reflejar todo el cariño que con su tiempo y dedicación me demuestran a lo largo de este camino.
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BENDICIÓN DE LA MESA (THANKSGIVING DAY)
Norman Rockwell, 1951
original: óleo sobre lienzo, 107 x 102 cm
domingo, 23 de noviembre de 2008
en las antípodas
(58ª parada)
"Con arrogancia los malvados persiguen al pobre, pero quedan atrapados en los ardides que han maquinado".
(Salmo 10: 2)
······ - en los, o las, antípodas. loc. adv. En lugar o posición radicalmente opuesta o contraria.
...Y quizás eso sea parte del atractivo. Estoy pensando ahora en las antípodas geográficas, nada más. E incluso más que a Nueva Zelanda (nuestras antípodas más exactas), me refiero a la isla más grandota de todo el océano Pacífico. Sé que esa atracción que siento por Australia acabará con mi cuerpo al otro lado del globo durante una (más o menos) larga temporada. Un año de éstos, ya veremos. En fin, mi obsesión no es tan grande como para tenerme modelando un Ayers Rock con el puré de patatas, pero ¡lo que tira la curiosidad...!
Desde lejos, pareciera que su pasado como antigua colonia británica para convictos hubiera dotado de una muy peculiar visión de la vida a los australianos. Es posible que su desenfado sea sólo un tópico o la forma distorsionada de ver que tiene un europeus comunis cuando dirige su mirada a los del novísimo mundo. Reconozco que no se puede opinar más que de lo que se conoce y que en temas australianos yo estoy bastante pez.
Como le dijo aquella flor de tres pétalos que se encontró en el desierto el Principito, al preguntarle sobre la localización de los hombres:
- ¿Los hombres? Existen, creo, seis o siete. Los vi hace años (...).
Parece ser que, un día, había visto pasar una caravana.
A mí, con los australianos me pasa lo mismo.
No he visto más allá de la (invisible en nuestras latitudes) Cruz del Sur de su banderola con la Union Jack incrustada; de su desiertazo; de sus eucaliptos con koala (no como los nuestros); de sus canguros y periquitos; de sus aborígenes, históricos y prehistóricos; de su cocodrilo Dundee (¿real o imaginario?); de los famosazos del cine: sus russelcrowes, melgibsones, nicoleskidman, peterweirs y demás; de los vecinitos Donovan y Minogue; de las guapetonas Imbruglia o McPherson; de los INXS; de las futboleras matildas... Vamos, las ruinas de Palmira. Sería el perfecto dominguero de los turistas en las antípodas.
Pero hay un par de cosas que me gustan por encima de todas éstas:
Por un lado, Glenn Murcutt. Tengo que decir que sólo conozco la obra de dos arquitectos australianos. Uno es Peter L. Wilson (que forma el estudio Bolles+Wilson, junto a su esposa, la alemana Julia Bolles) y el otro es Murcutt. Buenas referencias le había dejado su padre: la arquitectura de Mies van der Rohe y la filosofía de Henry David Thoreau. Ambas han sido importantes influencias en su estilo. Glenn Murcutt fue Premio Pritzker (¡aaaaarrgh!) en 2002 y eso lo convirtió en más mediático. Pero si por algo ya había destacado este tipo es por el perfecto cuidado artesanal que pone en cada uno de sus trabajos. En fuerte contraste con la práctica habitual en la actualidad, su estudio es de una sola persona (a lo sumo, incorpora un par de arquitectos ayudantes, como si fueran becarios) y fuera de los circuitos arquitectónicos principales. ¿Será que Australia is different?
Y otra cosa de ese país que también me pone la piel de pollo es su himno casi-oficial. No me refiero a Advance Australia Fair, sino a Waltzing Matilda. Hay que rendirse a una maldita lógica que consigue que un país (por más que los australianos pudieran sentirse más identificados con la segunda canción que con la primera) no pueda permitirse tener un himno oficial con ese mensaje, por culpa de la pugnetera "corrección política": ¿en qué posición dejaría a los poderosos?
Sin embargo, se lo llegó a proponer como himno oficial de Australia, por el arraigo tan fuerte que tiene entre sus gentes.
Waltzing Matilda cuenta la historia de un vagabundo que, portando su equipaje (su matilda), acampa una noche al lado de una pequeña laguna. Mientras se prepara un té, una oveja se acerca a beber agua y el vagabundo se apropia de ella para zampársela. El rico terrateniente del lugar se da cuenta y llama a tres policías para que arresten al vagabundo. Éste, antes de ser arrestado por el robo de la oveja, prefiere saltar al agua y morir ahogado. Al final, la historia termina contando que el fantasma del vagabundo puede oírse cantando una canción que invita a los viajeros a "bailar el vals con él" (traducción literal, pero no correcta), lo que quiere decir: a recorrer los caminos con el vagabundo. Por eso, Waltzing Matilda se ha considerado tradicionalmente una canción que celebra el desafío de la gente pobre frente al poder de los ricos y del estado autoritario que protege los derechos de éstos contra los derechos de los menos favorecidos.
Ahí va una versión del ya fallecido (en 2003) cantautor australiano David Gordon "Slim Dusty" Kirkpatrick:
Y, cada vez que suena esta canción, se enciende la chispita interior que me hace sentir (como dice el diccionario) en las mismísimas antípodas de todos esos 'squatters' con sus 'troopers'.
"Con arrogancia los malvados persiguen al pobre, pero quedan atrapados en los ardides que han maquinado".
(Salmo 10: 2)
······ - en los, o las, antípodas. loc. adv. En lugar o posición radicalmente opuesta o contraria.
...Y quizás eso sea parte del atractivo. Estoy pensando ahora en las antípodas geográficas, nada más. E incluso más que a Nueva Zelanda (nuestras antípodas más exactas), me refiero a la isla más grandota de todo el océano Pacífico. Sé que esa atracción que siento por Australia acabará con mi cuerpo al otro lado del globo durante una (más o menos) larga temporada. Un año de éstos, ya veremos. En fin, mi obsesión no es tan grande como para tenerme modelando un Ayers Rock con el puré de patatas, pero ¡lo que tira la curiosidad...!
Desde lejos, pareciera que su pasado como antigua colonia británica para convictos hubiera dotado de una muy peculiar visión de la vida a los australianos. Es posible que su desenfado sea sólo un tópico o la forma distorsionada de ver que tiene un europeus comunis cuando dirige su mirada a los del novísimo mundo. Reconozco que no se puede opinar más que de lo que se conoce y que en temas australianos yo estoy bastante pez.
Como le dijo aquella flor de tres pétalos que se encontró en el desierto el Principito, al preguntarle sobre la localización de los hombres:
- ¿Los hombres? Existen, creo, seis o siete. Los vi hace años (...).
Parece ser que, un día, había visto pasar una caravana.
A mí, con los australianos me pasa lo mismo.
No he visto más allá de la (invisible en nuestras latitudes) Cruz del Sur de su banderola con la Union Jack incrustada; de su desiertazo; de sus eucaliptos con koala (no como los nuestros); de sus canguros y periquitos; de sus aborígenes, históricos y prehistóricos; de su cocodrilo Dundee (¿real o imaginario?); de los famosazos del cine: sus russelcrowes, melgibsones, nicoleskidman, peterweirs y demás; de los vecinitos Donovan y Minogue; de las guapetonas Imbruglia o McPherson; de los INXS; de las futboleras matildas... Vamos, las ruinas de Palmira. Sería el perfecto dominguero de los turistas en las antípodas.
Pero hay un par de cosas que me gustan por encima de todas éstas:
Por un lado, Glenn Murcutt. Tengo que decir que sólo conozco la obra de dos arquitectos australianos. Uno es Peter L. Wilson (que forma el estudio Bolles+Wilson, junto a su esposa, la alemana Julia Bolles) y el otro es Murcutt. Buenas referencias le había dejado su padre: la arquitectura de Mies van der Rohe y la filosofía de Henry David Thoreau. Ambas han sido importantes influencias en su estilo. Glenn Murcutt fue Premio Pritzker (¡aaaaarrgh!) en 2002 y eso lo convirtió en más mediático. Pero si por algo ya había destacado este tipo es por el perfecto cuidado artesanal que pone en cada uno de sus trabajos. En fuerte contraste con la práctica habitual en la actualidad, su estudio es de una sola persona (a lo sumo, incorpora un par de arquitectos ayudantes, como si fueran becarios) y fuera de los circuitos arquitectónicos principales. ¿Será que Australia is different?
Y otra cosa de ese país que también me pone la piel de pollo es su himno casi-oficial. No me refiero a Advance Australia Fair, sino a Waltzing Matilda. Hay que rendirse a una maldita lógica que consigue que un país (por más que los australianos pudieran sentirse más identificados con la segunda canción que con la primera) no pueda permitirse tener un himno oficial con ese mensaje, por culpa de la pugnetera "corrección política": ¿en qué posición dejaría a los poderosos?
Sin embargo, se lo llegó a proponer como himno oficial de Australia, por el arraigo tan fuerte que tiene entre sus gentes.
Waltzing Matilda cuenta la historia de un vagabundo que, portando su equipaje (su matilda), acampa una noche al lado de una pequeña laguna. Mientras se prepara un té, una oveja se acerca a beber agua y el vagabundo se apropia de ella para zampársela. El rico terrateniente del lugar se da cuenta y llama a tres policías para que arresten al vagabundo. Éste, antes de ser arrestado por el robo de la oveja, prefiere saltar al agua y morir ahogado. Al final, la historia termina contando que el fantasma del vagabundo puede oírse cantando una canción que invita a los viajeros a "bailar el vals con él" (traducción literal, pero no correcta), lo que quiere decir: a recorrer los caminos con el vagabundo. Por eso, Waltzing Matilda se ha considerado tradicionalmente una canción que celebra el desafío de la gente pobre frente al poder de los ricos y del estado autoritario que protege los derechos de éstos contra los derechos de los menos favorecidos.
Ahí va una versión del ya fallecido (en 2003) cantautor australiano David Gordon "Slim Dusty" Kirkpatrick:
Waltzing matilda
Once a jolly swagman camped by a billabong,
Under the shade of a coolabah tree,
And he sang as he watched and waited 'til his billy boiled
Who'll come a waltzing matilda with me?
Down came a jumbuck to drink out of the billabong,
Up jumped the swagman and grabbed him with glee,
And he sang as he stowed that jumbuck in his tucker bag,
You'll come a waltzing matilda with me.
Up rode the squatter, mounted on his thoroughbred,
Down came the troopers, one, two, three,
Where's that jolly jumbuck you've got in your tucker bag?
You'll come a waltzing matilda with me.
Up jumped the swagman, leapt into the billabong,
You'll never catch me alive, said he,
And his ghost may be heard as you pass by that billabong,
Who'll come a waltzing matilda with me?
(Andrew Barton "Banjo" Paterson)
Once a jolly swagman camped by a billabong,
Under the shade of a coolabah tree,
And he sang as he watched and waited 'til his billy boiled
Who'll come a waltzing matilda with me?
Down came a jumbuck to drink out of the billabong,
Up jumped the swagman and grabbed him with glee,
And he sang as he stowed that jumbuck in his tucker bag,
You'll come a waltzing matilda with me.
Up rode the squatter, mounted on his thoroughbred,
Down came the troopers, one, two, three,
Where's that jolly jumbuck you've got in your tucker bag?
You'll come a waltzing matilda with me.
Up jumped the swagman, leapt into the billabong,
You'll never catch me alive, said he,
And his ghost may be heard as you pass by that billabong,
Who'll come a waltzing matilda with me?
(Andrew Barton "Banjo" Paterson)
Y, cada vez que suena esta canción, se enciende la chispita interior que me hace sentir (como dice el diccionario) en las mismísimas antípodas de todos esos 'squatters' con sus 'troopers'.
domingo, 16 de noviembre de 2008
método
(57ª parada)
Desde que conozco la obra de arquitectos como Smiljan Radic (siento especial debilidad por su producción) o Mathias Klotz, ambos nacidos en el año 1965, soy un convencido de que merece la pena seguir la trayectoria de las nuevas generaciones que Chile está arrojando al panorama de la arquitectura. Y, curiosamente, esta frase introductoria no la digo ahora a propósito de los jóvenes arquitectos chilenos (que cada uno limite la juventud a la edad que le parezca), sino de otro, nacido en 1949, que también es interesante seguir bien de cerca. A Germán del Sol Guzmán es posible que el público español lo conozca por ser el autor del pabellón de Chile en la Expo-92 de Sevilla (¡qué lejos queda ya todo eso!). Su relación con España viene de mucho antes, pues cursó los tres últimos años de la carrera en la ETSAB (la escuela técnica superior de arquitectura de Barcelona) y estableció su propio estudio en la ciudad condal hasta 1979. Por su hotel Remota en la Patagonia chilena (excelente proyecto), recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 2006 ...y buscando información al respecto, me había topado con un blog que Germán escribe a modo de cartas. Ahí queda expuesta, de forma sencilla, su genialidad en pequeños trozos de gran valor, como diamantes o pepitas de oro.
En fin, cuento todo esto porque, en una de esas cartas suyas, trata un tema que puede llegar a ser obsesión para los artistas. Sobre todo para los que estamos abonados al perfeccionismo (y ni te cuento si lo es al perfeccionismo neurótico, tan paralizante). Creo que perseguimos la consecución de un método de trabajo propio y personal, un sello de identidad que garantice unos resultados inconfundibles sin lugar a dudas, como si de la piedra filosofal de los alquimistas se tratara. Pero las palabras que leí en ese blog me llenaron de tanta satisfacción y me sentí tan reconfortado por su diáfano magisterio, que me ha parecido conveniente reproducirlas. Igual que una montaña que convierte en eco lo que despierta sus entrañas. Y decido ser montaña repetidora en este caso porque realmente el texto de Germán del Sol me resultó extraordinario. La carta parece escrita pensando en sus alumnos... pero creo que puede servir tanto a estudiantes como a arquitectos noveles e incluso a muchos veteranos. No lo dudo. Otros, en cambio, no podrán entenderlo: están demasiado ensimismados, endiosados y seguros en sus "métodos" como para aceptar nada de nadie (siempre me han parecido los peores, por más palmaditas en la espalda que se lleven). Nunca es tarde para seguir aprendiendo, si es que de verdad se quiere seguir aprendiendo. Maestros no faltan.
NO HAY MÉTODO. SE HACE CAMINO AL ANDAR.
Trato de enseñarles a mis alumnos a superar la hoja en blanco
tratando de olvidar las ideas conocidas y los prejuicios arraigados,
haciendo los primeros croquis de la obra sin tratar de acertar
y por eso, sin ningún temor a equivocarse.
Les enseño a fracasar contentos,
porque creo que una buena obra de arquitectura,
está hecha en un 99% de errores,
que se reconocen y se corrigen
si detrás de ella hay un salvaje domado,
que son nuestros egos y nosotros mismos.
Por eso digo que el error es bello.
La arruga es bella si se recibe como un bien inevitable.
Errar significa también vagar sin saber muy bien hacia dónde uno se dirige.
Derrota es el nombre que le dan los marinos
al rumbo apropiado de un barco en la mar,
y Derrotero es el libro que contiene las Derrotas.
Tal vez, no se puede pedir que los primeros pasos sean buenos
para encaminar un buen proyecto.
Porque un buen proyecto no es una suma de pasos correctos,
sino el fruto de una decisión correcta tomada a tiempo en cualquier momento,
a lo mejor en plena crisis del proyecto.
Y que es correcta,
si logra reunir todas las ideas buenas y malas sueltas,
en algo mayor que es el proyecto.
Tal vez, y como dice mi hermano Patricio,
..."no importa tanto que todo sea bueno,
como que sea bueno el todo"...
Y a ese todo se llega, si se llega,
pensando con libertad sin temor a equivocarse
y sin poner a prueba a cada rato el proyecto.
No conozco ningún método para hacer arquitectura,
que no sea lo que Machado llamó tan bellamente
...“se hace camino al andar”...
y en arquitectura se hace camino,
en la constante prueba y error.
Pruebas que no se hacen al tuntún,
sino con una intención clara,
y dedicándose al trabajo.
Trato de transmitir mi amor al oficio,
más que el oficio mismo.
Como dice León Felipe, otro gran poeta español,
“No sabiendo los oficios, los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos,
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero”.
Trato de enseñar a mis alumnos
a detenerse por lo menos cinco horas diarias;
a no confundir lo importante con lo urgente:
en un momento puede ser urgente ir al baño,
pero lo importante sigue ahí pendiente,
y no hay que distraerse,
hasta, como dice Alberto Cruz,
"arrear las vacas hasta el corral".
Es decir, les enseño a estar disponibles
a la hora que sea que se presente el espíritu
que alienta las cosas y les da vida,
que es para mí lo que persigue la arquitectura:
dar casas, calles y plazas con esa profundidad
que las hace fecundas para la vida,
tal vez porque muestra el esplendor de la condición humana
tal como es, con sus miserias y grandezas.
Para animar a los alumnos de arquitectura
a aventurarse mas allá de las obras conocidas y celebradas en revistas;
quizá haya que transmitirles la confianza absoluta
en que si observan bien
siempre descubrirán algo nuevo
entre las mismas cosas de siempre,
y aunque al principio el resultado de su trabajo sea malo
probando y probando se hará cada vez mejor.
Quizá así cada uno se enamora finalmente de su oficio,
y no está tan fácilmente dispuesto a hacer cualquier cosa
para ganarse bien la vida,
porque sabe exigirse a sí mismo
todo lo que puede dar,
como dicen los futbolistas.
Un abrazo
Germán del Sol
20 de Abril de 2007
Nunca se deja de ser alumno, aunque cada día se deje de serlo.
FOTO 1: Smiljan RADIC. Habitación para dos personas (1992-96, 1997); San Miguel, Isla de Chiloé.
FOTO 2: Mathias KLOTZ. Colegio Altamira (2000); Santiago de Chile.
FOTO 3: Germán DEL SOL. Hotel Remota (2005-06); Puerto Natales, Patagonia chilena.
"Tú que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?"
(Epístola de San Pablo a los Romanos, cap. 2: 21)
Desde que conozco la obra de arquitectos como Smiljan Radic (siento especial debilidad por su producción) o Mathias Klotz, ambos nacidos en el año 1965, soy un convencido de que merece la pena seguir la trayectoria de las nuevas generaciones que Chile está arrojando al panorama de la arquitectura. Y, curiosamente, esta frase introductoria no la digo ahora a propósito de los jóvenes arquitectos chilenos (que cada uno limite la juventud a la edad que le parezca), sino de otro, nacido en 1949, que también es interesante seguir bien de cerca. A Germán del Sol Guzmán es posible que el público español lo conozca por ser el autor del pabellón de Chile en la Expo-92 de Sevilla (¡qué lejos queda ya todo eso!). Su relación con España viene de mucho antes, pues cursó los tres últimos años de la carrera en la ETSAB (la escuela técnica superior de arquitectura de Barcelona) y estableció su propio estudio en la ciudad condal hasta 1979. Por su hotel Remota en la Patagonia chilena (excelente proyecto), recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 2006 ...y buscando información al respecto, me había topado con un blog que Germán escribe a modo de cartas. Ahí queda expuesta, de forma sencilla, su genialidad en pequeños trozos de gran valor, como diamantes o pepitas de oro.
En fin, cuento todo esto porque, en una de esas cartas suyas, trata un tema que puede llegar a ser obsesión para los artistas. Sobre todo para los que estamos abonados al perfeccionismo (y ni te cuento si lo es al perfeccionismo neurótico, tan paralizante). Creo que perseguimos la consecución de un método de trabajo propio y personal, un sello de identidad que garantice unos resultados inconfundibles sin lugar a dudas, como si de la piedra filosofal de los alquimistas se tratara. Pero las palabras que leí en ese blog me llenaron de tanta satisfacción y me sentí tan reconfortado por su diáfano magisterio, que me ha parecido conveniente reproducirlas. Igual que una montaña que convierte en eco lo que despierta sus entrañas. Y decido ser montaña repetidora en este caso porque realmente el texto de Germán del Sol me resultó extraordinario. La carta parece escrita pensando en sus alumnos... pero creo que puede servir tanto a estudiantes como a arquitectos noveles e incluso a muchos veteranos. No lo dudo. Otros, en cambio, no podrán entenderlo: están demasiado ensimismados, endiosados y seguros en sus "métodos" como para aceptar nada de nadie (siempre me han parecido los peores, por más palmaditas en la espalda que se lleven). Nunca es tarde para seguir aprendiendo, si es que de verdad se quiere seguir aprendiendo. Maestros no faltan.NO HAY MÉTODO. SE HACE CAMINO AL ANDAR.
Trato de enseñarles a mis alumnos a superar la hoja en blancotratando de olvidar las ideas conocidas y los prejuicios arraigados,
haciendo los primeros croquis de la obra sin tratar de acertar
y por eso, sin ningún temor a equivocarse.
Les enseño a fracasar contentos,
porque creo que una buena obra de arquitectura,
está hecha en un 99% de errores,
que se reconocen y se corrigen
si detrás de ella hay un salvaje domado,
que son nuestros egos y nosotros mismos.
Por eso digo que el error es bello.
La arruga es bella si se recibe como un bien inevitable.
Errar significa también vagar sin saber muy bien hacia dónde uno se dirige.
Derrota es el nombre que le dan los marinos
al rumbo apropiado de un barco en la mar,
y Derrotero es el libro que contiene las Derrotas.
Tal vez, no se puede pedir que los primeros pasos sean buenos
para encaminar un buen proyecto.
Porque un buen proyecto no es una suma de pasos correctos,
sino el fruto de una decisión correcta tomada a tiempo en cualquier momento,
a lo mejor en plena crisis del proyecto.
Y que es correcta,
si logra reunir todas las ideas buenas y malas sueltas,
en algo mayor que es el proyecto.
Tal vez, y como dice mi hermano Patricio,
..."no importa tanto que todo sea bueno,
como que sea bueno el todo"...
Y a ese todo se llega, si se llega,
pensando con libertad sin temor a equivocarse
y sin poner a prueba a cada rato el proyecto.
No conozco ningún método para hacer arquitectura,
que no sea lo que Machado llamó tan bellamente
...“se hace camino al andar”...
y en arquitectura se hace camino,
en la constante prueba y error.
Pruebas que no se hacen al tuntún,
sino con una intención clara,
y dedicándose al trabajo.
Trato de transmitir mi amor al oficio,
más que el oficio mismo.
Como dice León Felipe, otro gran poeta español,
“No sabiendo los oficios, los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos,
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero”.
Trato de enseñar a mis alumnos
a detenerse por lo menos cinco horas diarias;
a no confundir lo importante con lo urgente:
en un momento puede ser urgente ir al baño,
pero lo importante sigue ahí pendiente,
y no hay que distraerse,
hasta, como dice Alberto Cruz,
"arrear las vacas hasta el corral".
Es decir, les enseño a estar disponibles
a la hora que sea que se presente el espíritu
que alienta las cosas y les da vida,
que es para mí lo que persigue la arquitectura:
dar casas, calles y plazas con esa profundidad
que las hace fecundas para la vida,
tal vez porque muestra el esplendor de la condición humana
tal como es, con sus miserias y grandezas.
Para animar a los alumnos de arquitectura
a aventurarse mas allá de las obras conocidas y celebradas en revistas;
quizá haya que transmitirles la confianza absoluta
en que si observan bien
siempre descubrirán algo nuevo
entre las mismas cosas de siempre,
y aunque al principio el resultado de su trabajo sea malo
probando y probando se hará cada vez mejor.
Quizá así cada uno se enamora finalmente de su oficio,
y no está tan fácilmente dispuesto a hacer cualquier cosa
para ganarse bien la vida,
porque sabe exigirse a sí mismo
todo lo que puede dar,
como dicen los futbolistas.
Un abrazo
Germán del Sol
20 de Abril de 2007
Nunca se deja de ser alumno, aunque cada día se deje de serlo.
FOTO 1: Smiljan RADIC. Habitación para dos personas (1992-96, 1997); San Miguel, Isla de Chiloé.
FOTO 2: Mathias KLOTZ. Colegio Altamira (2000); Santiago de Chile.
FOTO 3: Germán DEL SOL. Hotel Remota (2005-06); Puerto Natales, Patagonia chilena.
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