“Ahora, todavía vemos las cosas en forma confusa, como reflejos borrosos en un espejo”.
(1ª Epístola del apóstol Pablo a los Corintios, cap. 13: 12)
Quizás no fuera necesario repetirlo, pero ahí va: me gusta que mis textos tengan lecturas múltiples. No quiero insinuar que me identifique con todas ellas, por supuesto, aunque me satisface la variedad o la multiplicidad de los puntos de vista. Luego me reservo mi propia opinión para los comentarios, si viene a cuento. En este post quería, como excepción, matizar el anterior porque creo que es posible (lo digo por los comentarios que he leído) que se haya perdido el abanico de interpretaciones a favor de una única vía. En ningún momento quería dar a entender que el relativismo es la única opción. Es más, detestaría que fuera la única opción. Y, precisamente y como acababa concluyendo, porque sería justificar un montón de estupideces.
El mismo Daniel Schacter comentaba en la entrevista a la que aludía en el post anterior que los pecados de la memoria pueden producir consecuencias terribles. Por ejemplo, ¿qué pasa con los recuerdos de los testigos oculares de un delito? ¿Se puede relativizar con esto sabiendo que (sean sus recuerdos exactos o no lo sean) un recuerdo impreciso pudiera provocar que una persona inocente acabara en prisión? El profesor Schacter relata un caso de “atribución errónea”. Este error de la memoria se produce cuando recordamos algún aspecto de un acontecimiento correctamente, pero recordamos su fuente incorrectamente. El destacado caso mencionado en la entrevista tiene que ver con la mala identificación de un testigo presencial e implicó a un psicólogo llamado Donald Thomson, que también estudia la memoria. Se le acusó de una agresión sexual por culpa del recuerdo de una testigo ocular, una mujer a la que habían violado brutalmente. ¡Ella recordaba su cara con tantos detalles que la policía fue a por él y se le acusó de violación! Pero él dijo: “¿Que por qué no puedo haber cometido esta violación de ninguna manera? Pues porque mientras la mujer sufría la agresión, yo estaba concediendo una entrevista en televisión sobre (¡mira por donde!) la memoria y las distorsiones de la memoria… ¡No pude ser yo!”. Y resultó que la mujer había estado mirando el programa y recordaba su cara de la televisión pero la atribuyó (erróneamente) al violador. Éste es un ejemplo bastante extremo de atribución errónea, pero todos cometemos este tipo de error alguna vez. Lo mismo sucede con los otros errores de la memoria que comentaba anteriormente y con los que se llegan a justificar montones de barbaridades. Creo que no nos podemos permitir el dejar todo esto del lado del relativismo.
Precisamente, existe una referencia a la parábola de los seis sabios ciegos y el elefante en el libro El arte de amar de Erich Fromm cuando, en uno de sus capítulos, habla de los objetos amorosos y, más concretamente, cuando compara la lógica aristotélica con la lógica paradójica de las culturas orientales. Fromm reelabora la narración y no ofrece explícitamente las fuentes. Sin embargo, no es difícil averiguar el origen de la parábola: el sufí persa Muhammed Jalal al-Din Rumi, del siglo XIII. Existen variadas versiones del mismo relato y la que transcribo a continuación es de Pierre Crépon (Les Enseignements du Bouddha. Contes et Paraboles. Bibliothèque bouddhique chez Sully):
Una vez, Buddha estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron ir a sentarse un rato en una sala dónde se reunían los brahmanes, cogieron sitio y se sentaron.En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegaron a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ''Esto que sabemos es ley, lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina, lo que vosotros sabéis, ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento''. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido, devolvían tres. Los monjes, observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.
De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buddha y le contaron lo sucedido. El Buddha contó esta historia:
Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.
Cuando los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio, el rey dijo: “Enseñadles los elefantes”. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro palpaba el costado, otro la espalda, otro una oreja, otro la cabeza, otro un colmillo, otro la trompa.
Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: “¿A qué se parece un elefante?”. Aquél que había tocado una nalga contestó: “Oh, sabio rey, un elefante es como un tubo”. Aquél que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba. Aquél que había agarrado la raíz de la cola, que era como un bastón. Aquél que había tocado el vientre, que era como un muro. Aquél que había tocado la espalda, que era como un mesa elevada. Aquél que había tocado la oreja, que era como un gran plato. Aquél que había tocado la cabeza, que era como una gran mole. Aquél que había tocado un colmillo, que era como una lanza. Aquél que había tocado la trompa, contestó: “Oh, gran rey, un elefante es como una gruesa soga”.
Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que él estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: “Oh, gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito”.
El rey rió entonces a carcajadas y dijo: “Todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad. Habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso. Y por un elefante, os querelláis”.
El Buddha dijo a los monjes: “Así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputar entre ellos. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso”.
Esta pequeña parábola es una interesante explicación sobre el relativismo. Efectivamente, como señala Fromm, esta idea jamás (hasta ahora, en que nos hemos desplazado al otro extremo) podría haber tenido cabida en el pensamiento occidental, regido por la lógica aristotélica. Sin embargo, la lógica paradójica tan bien plasmada en este relato demuestra que, aunque una persona diga blanco y otra negro, ambas pueden equivocarse y tener razón al mismo tiempo. El relativismo queda eliminado por completo, puesto que se considera la existencia de una única verdad. Sin embargo, nadie puede estar en posesión de esa verdad: cada uno aportará su propia visión sobre el mundo. Aunque superficialmente pueda parecer que las visiones se contradicen, en realidad forman parte de algo mucho más complejo. La Verdad siempre será infinitamente más compleja que cualquiera de los acercamientos del ser humano. Eso sí, ya pueden luego venir ciegos que han palpado bocas de cocodrilos diciéndonos que los elefantes son como camas de fakires. Lo siento, pero no cuela. Y, por otra parte, decir que no existe en el mundo una única verdad ya es admitir la existencia de una verdad absoluta. Es una de esas paradojas a las que el ser humano jamás encontrará una solución.La rigidez de pensamiento sólo consigue desnaturalizar el progresivo descubrimiento de las verdades objetivas. Como el mismo Fromm dejó escrito en El arte de amar, pienso que el radicalismo y el dogmatismo resulta ser un nihilismo moral. Fromm llama autómatas carentes de amor a los ‘pensadores radicales’. En cuanto a la objetividad, destaca cómo incluso entre naciones la falta de objetividad es más que notoria: “De un día para otro, una nación pasa a ser considerada totalmente depravada y perversa, al tiempo que la propia nación representa todo lo que es nuevo y noble. Toda acción del enemigo se juzga según una norma, y toda acción propia según otra. Hasta las buenas obras realizadas por el enemigo se consideran signos de una perversidad particular con las que se propone engañar a nuestro país y al mundo, en tanto que nuestras malas acciones son necesarias y encuentran justificación en las nobles finalidades que sirven”.
La facultad de pensar objetivamente es la razón y la actitud emocional que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia.
Puedo entender que la realidad de cada cual dependa del color de los vidrios que llevamos puestos en nuestros anteojos. Es un hecho ineludible, producto de la fisiología del cerebro. Pero me cuesta más encontrar justificaciones a que cada cual elijamos en cada circunstancia de qué color serán los vidrios de nuestros anteojos. A eso se le llama conveniencia.




