domingo, 7 de junio de 2009

sí pero no, no pero sí

(74ª parada)
“Ahora, todavía vemos las cosas en forma confusa, como reflejos borrosos en un espejo”.
(1ª Epístola del apóstol Pablo a los Corintios, cap. 13: 12)

Quizás no fuera necesario repetirlo, pero ahí va: me gusta que mis textos tengan lecturas múltiples. No quiero insinuar que me identifique con todas ellas, por supuesto, aunque me satisface la variedad o la multiplicidad de los puntos de vista. Luego me reservo mi propia opinión para los comentarios, si viene a cuento. En este post quería, como excepción, matizar el anterior porque creo que es posible (lo digo por los comentarios que he leído) que se haya perdido el abanico de interpretaciones a favor de una única vía. En ningún momento quería dar a entender que el relativismo es la única opción. Es más, detestaría que fuera la única opción. Y, precisamente y como acababa concluyendo, porque sería justificar un montón de estupideces.
El mismo Daniel Schacter comentaba en la entrevista a la que aludía en el post anterior que los pecados de la memoria pueden producir consecuencias terribles. Por ejemplo, ¿qué pasa con los recuerdos de los testigos oculares de un delito? ¿Se puede relativizar con esto sabiendo que (sean sus recuerdos exactos o no lo sean) un recuerdo impreciso pudiera provocar que una persona inocente acabara en prisión? El profesor Schacter relata un caso de atribución errónea. Este error de la memoria se produce cuando recordamos algún aspecto de un acontecimiento correctamente, pero recordamos su fuente incorrectamente. El destacado caso mencionado en la entrevista tiene que ver con la mala identificación de un testigo presencial e implicó a un psicólogo llamado Donald Thomson, que también estudia la memoria. Se le acusó de una agresión sexual por culpa del recuerdo de una testigo ocular, una mujer a la que habían violado brutalmente. ¡Ella recordaba su cara con tantos detalles que la policía fue a por él y se le acusó de violación! Pero él dijo: “¿Que por qué no puedo haber cometido esta violación de ninguna manera? Pues porque mientras la mujer sufría la agresión, yo estaba concediendo una entrevista en televisión sobre (¡mira por donde!) la memoria y las distorsiones de la memoria… ¡No pude ser yo!”. Y resultó que la mujer había estado mirando el programa y recordaba su cara de la televisión pero la atribuyó (erróneamente) al violador. Éste es un ejemplo bastante extremo de atribución errónea, pero todos cometemos este tipo de error alguna vez. Lo mismo sucede con los otros errores de la memoria que comentaba anteriormente y con los que se llegan a justificar montones de barbaridades. Creo que no nos podemos permitir el dejar todo esto del lado del relativismo.

Precisamente, existe una referencia a la parábola de los seis sabios ciegos y el elefante en el libro El arte de amar de Erich Fromm cuando, en uno de sus capítulos, habla de los objetos amorosos y, más concretamente, cuando compara la lógica aristotélica con la lógica paradójica de las culturas orientales. Fromm reelabora la narración y no ofrece explícitamente las fuentes. Sin embargo, no es difícil averiguar el origen de la parábola: el sufí persa Muhammed Jalal al-Din Rumi, del siglo XIII. Existen variadas versiones del mismo relato y la que transcribo a continuación es de Pierre Crépon (Les Enseignements du Bouddha. Contes et Paraboles. Bibliothèque bouddhique chez Sully):

Una vez, Buddha estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron ir a sentarse un rato en una sala dónde se reunían los brahmanes, cogieron sitio y se sentaron.
En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegaron a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ''Esto que sabemos es ley, lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina, lo que vosotros sabéis, ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento''. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido, devolvían tres. Los monjes, observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.
De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buddha y le contaron lo sucedido. El Buddha contó esta historia:
Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.
Cuando los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio, el rey dijo: “Enseñadles los elefantes”. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro palpaba el costado, otro la espalda, otro una oreja, otro la cabeza, otro un colmillo, otro la trompa.
Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: “¿A qué se parece un elefante?”. Aquél que había tocado una nalga contestó: “Oh, sabio rey, un elefante es como un tubo”. Aquél que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba. Aquél que había agarrado la raíz de la cola, que era como un bastón. Aquél que había tocado el vientre, que era como un muro. Aquél que había tocado la espalda, que era como un mesa elevada. Aquél que había tocado la oreja, que era como un gran plato. Aquél que había tocado la cabeza, que era como una gran mole. Aquél que había tocado un colmillo, que era como una lanza. Aquél que había tocado la trompa, contestó: “Oh, gran rey, un elefante es como una gruesa soga”.
Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que él estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: “Oh, gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito”.
El rey rió entonces a carcajadas y dijo: “Todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad. Habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso. Y por un elefante, os querelláis”.
El Buddha dijo a los monjes: “Así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputar entre ellos. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso”.


Esta pequeña parábola es una interesante explicación sobre el relativismo. Efectivamente, como señala Fromm, esta idea jamás (hasta ahora, en que nos hemos desplazado al otro extremo) podría haber tenido cabida en el pensamiento occidental, regido por la lógica aristotélica. Sin embargo, la lógica paradójica tan bien plasmada en este relato demuestra que, aunque una persona diga blanco y otra negro, ambas pueden equivocarse y tener razón al mismo tiempo. El relativismo queda eliminado por completo, puesto que se considera la existencia de una única verdad. Sin embargo, nadie puede estar en posesión de esa verdad: cada uno aportará su propia visión sobre el mundo. Aunque superficialmente pueda parecer que las visiones se contradicen, en realidad forman parte de algo mucho más complejo. La Verdad siempre será infinitamente más compleja que cualquiera de los acercamientos del ser humano. Eso sí, ya pueden luego venir ciegos que han palpado bocas de cocodrilos diciéndonos que los elefantes son como camas de fakires. Lo siento, pero no cuela. Y, por otra parte, decir que no existe en el mundo una única verdad ya es admitir la existencia de una verdad absoluta. Es una de esas paradojas a las que el ser humano jamás encontrará una solución.

La rigidez de pensamiento sólo consigue desnaturalizar el progresivo descubrimiento de las verdades objetivas. Como el mismo Fromm dejó escrito en El arte de amar, pienso que el radicalismo y el dogmatismo resulta ser un nihilismo moral. Fromm llama autómatas carentes de amor a los ‘pensadores radicales’. En cuanto a la objetividad, destaca cómo incluso entre naciones la falta de objetividad es más que notoria: “De un día para otro, una nación pasa a ser considerada totalmente depravada y perversa, al tiempo que la propia nación representa todo lo que es nuevo y noble. Toda acción del enemigo se juzga según una norma, y toda acción propia según otra. Hasta las buenas obras realizadas por el enemigo se consideran signos de una perversidad particular con las que se propone engañar a nuestro país y al mundo, en tanto que nuestras malas acciones son necesarias y encuentran justificación en las nobles finalidades que sirven”.
La facultad de pensar objetivamente es la razón y la actitud emocional que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia.

Puedo entender que la realidad de cada cual dependa del color de los vidrios que llevamos puestos en nuestros anteojos. Es un hecho ineludible, producto de la fisiología del cerebro. Pero me cuesta más encontrar justificaciones a que cada cual elijamos en cada circunstancia de qué color serán los vidrios de nuestros anteojos. A eso se le llama conveniencia.

domingo, 31 de mayo de 2009

sesgo

(73ª parada)
"Os conocí en el desierto, en tierras de sequía. Pero cuando os saciasteis en los pastos, en vuestra hartura se llenó de soberbia vuestro corazón. Y por esta causa os olvidasteis de mí".
(Libro del profeta Oseas, cap. 13: 5, 6)


Ni vivimos en el pasado ni vivimos en el futuro. Y, sin embargo (y de acuerdo a las investigaciones de neurólogos como, por ejemplo, Marcus Raichle), una gran cantidad de la energía que consume nuestro organismo se dedica a alimentar lo que se ha llamado red por defecto. La red por defecto es el circuito neuronal que está activo especialmente en esos momentos de dispersión de los que podemos decir: “no estoy pensando en nada”. Esta red es el diálogo entre los planes de futuro (radicados en el córtex prefrontal) y la memoria (en el hipocampo). De modo que, si de todo el consumo energético del cuerpo humano el 20% corresponde al cerebro (un órgano que pesa entre un 2 y un 3% del total), resulta que la mayor parte de esa energía no se utiliza en estados de concentración, en el momento de resolución de problemas, en procesos eminentemente racionales…, sino en fantasear, procesar nuestros anhelos, evocar el pasado o navegar sobre el futuro. Quizás sea ésta una de las grandes diferencias (de las muchas que se pueden enumerar) que existen entre el cerebro humano y los procesadores sintéticos. Cuando a mi ordenador le impongo resolver una tarea compleja, que él abordará en clave matemática, compruebo cómo su ventilador comienza a emplearse a fondo… señal de que los circuitos se le calientan a base de bien. Al cerebro no le ocurre tal cosa. La sensación de agotamiento o esfuerzo que tenemos cuando llevamos un tiempo concentrados en una tarea no se corresponde con un incremento desmesurado de la actividad neuronal, que (por el contrario) resulta ser sorprendentemente reducida. La fatiga la producen otros factores.

Ya escribí en otra ocasión sobre la objetividad palmaria de las máquinas y la subjetividad intrínseca del ser humano. Es consecuencia de ese funcionamiento cerebral que dediquemos tantas energías a la exploración del pasado y la simultánea inmersión en el futuro. Vendría a cuento ahora comentar algunas conclusiones de una entrevista de Eduard Punset con Daniel Schacter que tuvo lugar en Boston y que fue emitida en el programa Redes en junio del año pasado. En ella, el neuropsicólogo y especialista en memoria Daniel Schacter ponía de manifiesto que el cerebro elabora los recuerdos manipulándolos, completándolos, rellenándolos con otras cosas, ya sean reales o no, para que tengan coherencia con la experiencia presente y con las expectativas de futuro. Los recuerdos de situaciones concretas (por ejemplo) no se guardan agrupados en las mismas regiones del encéfalo, sino que se almacenan descompuestos por categorías en el cerebro visual, en el cerebro auditivo, etc., para que luego sea el hipocampo quien realice la labor de recomponer o reunificar esos fragmentos de información. Al unirse todas esas piezas, experimentamos lo que se llama un recuerdo. Pero un descubrimiento sumamente interesante, al que se ha llegado a través de las técnicas de neuroimagen y de diversos experimentos psicológicos, es el hecho de que se activen las mismas regiones del cerebro al recordar ciertas experiencias del pasado y al imaginar otras similares acerca de lo que se hará en el futuro. Las neuroimágenes de la actividad cerebral que se obtienen en estos experimentos son tremendamente parecidas. Es importante recalcar que esta actividad también incluye el hipocampo, que es el que se activa para reunificar los elementos que constituyen la memoria. También se activa al imaginar algo que no ha pasado pero que puede suceder. Y es evidente que surgen consecuencias muy reveladoras del hecho de que utilicemos el hipocampo y otras partes del cerebro de un modo similar para recordar y para imaginar. En otras palabras, nuestras expectativas de futuro están basadas en nuestros recuerdos (componentes de la experiencia), pero también modelamos nuestros recuerdos conforme a nuestras expectativas de futuro, con lo cual hacemos que nuestro recuerdo del pasado (por tanto, el único pasado que ha existido para nuestro cerebro) no coincida exactamente con lo que objetivamente hubiera sucedido. Lo que somos es, pues, consecuencia de lo que creemos o sentimos aun por encima de las evidencias de lo que percibimos, que también es transformado por nuestras creencias o sentimientos.

El profesor Schacter dejó constancia de varias de estas conclusiones en su libro Los siete pecados de la memoria. Él los distribuye en dos grupos: los 'pecados' de omisión (básicamente, se trata de distintos tipos de formas de olvidar: transitoriedad, distractibilidad, bloqueo…) y los 'pecados' de comisión (por deformación de los recuerdos: atribución errónea, sugestionabilidad, sesgo retrospectivo…). Me resulta especialmente interesante el fenómeno del sesgo retrospectivo. Me hace pensar el por qué, en tantas ocasiones, las personas demostramos tal rigidez de pensamiento que no somos capaces de aceptar una realidad objetiva (cosa que, por otra parte, no existe para nuestro cerebro) o ajena a nuestro modo preferente de pensar, por más que se nos presenten pruebas irrefutables de que tal suceso [o lo que sea] no es tal como lo asumimos ya sin cuestionarlo. Es muy difícil, cuando se toma partido por algo de forma casi inconsciente o irracional, que se cambie la forma de pensar sólo con base en pruebas racionales. Éstas serán desechadas. El sesgo retrospectivo se refiere a que los recuerdos a menudo están influenciados y distorsionados por nuestros conocimientos, sentimientos y creencias actuales. De nuevo, no es que simplemente desenterremos algo que sucedió en el pasado de una manera totalmente neutral, sino que (a veces) lo que sabemos, creemos y sentimos en el presente afecta a nuestras evocaciones de lo que creemos que sucedió en el pasado. Esto ha quedado clarísimo en las investigaciones científicas. Probablemente, muchas de las conductas dogmáticas, totalitarias o incluso terroristas, tengan que ver con esta capacidad cerebral del sesgo. Y es así porque si las propias creencias le hacen distorsionar a uno mismo el pasado para adecuarlo a lo que uno cree, entonces esas creencias se acaban reforzando y se vuelven mucho más fuertes. Es una espiral de feedback (o retroalimentación) que se construye combinando lo pasado, presente y futuro con creencias y sentimientos actuales.

Pero todo este tema siempre podríamos zanjarlo, sin más, de un plumazo coloquial con la recurrente expresión: en la vida nada es verdad ni mentira, sino que todo es del color del cristal con que se mira.

Y, de este modo, también podríamos justificar todo tipo de estupideces, pasadas, presentes o futuras.

lunes, 18 de mayo de 2009

se nos murió...

(sin parada)

Apenas soy capaz de articular un suspiro que, como todos los poemas del genial Benedetti, hoy caminarán en el aire y se mezclarán con el espíritu de quien alumbró tanta belleza.

La cadena se hizo ingrávida y desde ayer, domingo, empezó a flotar... ya nada podía retener a don Mario a las vanidades de este mundo nuestro, el de los vivos. Aunque seguirá en nuestras mentes, únicas anclas que no le permitirán abandonarlo definitivamente.


Don Mario, como buen enamorado que fue usted, desde el fallecimiento de su esposa quedó expuesto a las acechanzas de una muerte ventajista, amante de presas fáciles. Usted bajó los brazos, un poquito, lo suficiente como para que la de negro se nos lo llevara. Pero aquí nos quedan sus poemas, intocables para la oscura dama, que seguirán alegrándonos igual que si fuera usted mismo quien nos los recitara.

Quédese tranquilo, vaya en paz.


<aquí>, la reseña en la sección de cultura del diario mejicano La Jornada.

miércoles, 13 de mayo de 2009

cuídese, don mario

(sin parada)

Hoy me lanzo a escribir (fueeeeeeeera de programa, como suelen decir Les Luthiers en sus bises) por una urgencia que me ha surgido como surgen todas las urgencias. Tengo noticia, por el <blog de Avellaneda>, de que mi querido abuelo adoptado-adoptivo (y lo digo con todo el respeto y cariño que me inspira) Mario Benedetti lleva ingresado unos días como consecuencia de una patología intestinal crónica. Y parece ser que desde <el blog de la Fundación Saramago>, Pilar de Río (esposa de José Saramago) junto a un grupo de amigos del autor, lanzaron la propuesta de formar una cadena poética entre blogs, tomando como pretexto-eslabones los poemas del genial uruguayo. Si esto no me importara demasiado, yo seguiría a lo mío y pasaría de encadenarme a esta iniciativa. Pero qué mejor forma de agradecer humildemente a don Mario (a la vez que le deseo una pronta mejoría de su convalecencia) por toda la chispa que me (nos) ha regalado con sus palabras tan llenas de calidez, vida, magia..., que engalanando este blog con uno de sus poemas. Cualquier homenaje me parece poco a cambio de tanto brillo. Y los homenajes siempre-siempre-siempre mejor en vida.
¡Que me tiene usted enamorado, abuelo!

Estaba en un gran dilema acerca de qué poema elegir entre tanto bueno… al final, dudaba entre dos posibilidades, pero como la vida es elección, elijo…

GRIETAS
.
La verdad es que
grietas
no faltan
.
así al pasar recuerdo
las que separan a zurdos y diestros
a pequineses y moscovitas
a présbites y miopes
a gendarmes y prostitutas
a optimistas y abstemios
a sacerdortes y aduaneros
a exorcistas y maricones
a baratos e insobornables
a hijos pródigos y detectives
a borges y sábato
a mayúsculas y minúsculas
a pirotécnicos y bomberos
a mujeres y feministas
a aquarianos y taurinos
a profilácticos y revolucionarios
a vírgenes e impotentes
a agnósticos y monaguillos
a inmortales y suicidas
a franceses y no franceses
.
a corto o a larguísimo plazo
todas son sin embargo
remediables
.
hay una sola grieta
decididamente profunda
y es la que media entre la maravilla del hombre
y los desmaravilladores
.
aún es posible saltar de uno a otro borde
pero cuidado
aquí estamos todos
ustedes y nosotros
para ahondarla
.
señoras y señores
a elegir
a elegir de qué lado
ponen el pie.

domingo, 10 de mayo de 2009

l'enfer c'est les autres

(72ª parada)
"El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera:
Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos y adúlteros, ni siquiera como este cobrador de impuestos..."
(Evangelio según San Lucas, cap. 18: 11)

Ya han pasado muchas décadas desde que Jean-Paul Sartre nos dejara la frase que aparece en el título de esta parada. Pero el tiempo no ha conseguido que nos la hayamos extirpado de lo más intrincado y recóndito del cerebro donde la hemos instalado, sobre todo a la hora de excusarnos por nuestros propios errores.

Es que los otros...

Para cualquier problema al que nos enfrentemos, siempre habrá un responsable distinto a nosotros mismos: el actual presidente del gobierno, o el anterior, o el anterior del anterior, o (incluso) el que venga después... el vecino, el jefe, el subordinado, la mujer, el marido o los hijos... la compañía de teléfonos, la del gas, la eléctrica... los intermediarios, los bancos, los ricos, los pobres... los profesores, los alumnos, los padres... los blancos, los negros, los listos, los tontos, los feos o los guapos, los jóvenes o los viejos... los atascos, el tiempo, el sol, la lluvia, el batir de alas de las mariposas...
Así es más fácil. No tengo más que quejarme, pero no tengo nada que cambiar en mí... muy poco esfuerzo por mi parte. El mundo se va a pique porque los demás no hacen nada.

Entre el jijí-jajá casi constante que los amiguetes nos pegamos en el féisbuc ("caralibro" ;P), hace unos días, mi amigo L me sorprendió con un vídeo que me gustaría pegar aquí también. Hace mención a los argentinos (en primera persona), pero me parece que no sería nada desacertado que los ciudadanos de otros ciertos países (por ejemplo: España) nos incluyéramos también en este asunto, porque no nos diferenciamos más que en algunos ligeros matices.

El mensaje es claro: No somos conscientes del enorme poder que tenemos en nuestras propias manos. Porque, si lo fuéramos, dejaríamos de quejarnos y preferiríamos a cambio el oportuno sacrificio, la excelencia en nuestro comportamiento y desempeño, la compasión con el desfavorecido y el respeto para todos, la honestidad como método, el equilibrado trabajo en equipo, el juicio justo... y conseguiríamos que la picaresca fuera nada más que el tema de aquellas novelas del Siglo de Oro o que dejáramos de ver infiernos ardiendo en los ojos de las demás personas.

Está en mis manos.

domingo, 26 de abril de 2009

"a whiter shade of pale"

(71ª parada)
"La tierra estaba informe y vacía, y había oscuridad sobre la superficie del abismo".
(Libro del Génesis, cap. 1: 2)



·····- ¡Qué cuadro absurdo! Eso también lo pinto yo…

Ha sido el pensamiento en voz alta de quien no puede resistir el impulso de convertirse en portavoz no solicitado y, ya de paso, tratar de interrumpir el efecto hipnótico que parecen experimentar unos espectadores enceguecidos por el descolorido juego geométrico. Una ruptura de un silencio teñido de blanco, tan inoportuna como prescindible: ¿quién no sería capaz de pintar este lienzo? En él no hay más virtuosismo que un trazo que delimita lo blanco de lo blanco, con una última duda instalada en el pincel cuando se da por finalizado el trabajo.
Desde luego que eres capaz de pintarlo.
Pero…
¿eres capaz de pensarlo?
¿eres capaz de sentirlo?
¿eres capaz de aprehenderlo?
¿eres capaz...?
Y esto no lo tengo tan seguro.

Porque habría que ser capaz de superar el vértigo de asomarse a esa ventana escorada y descubrir que se puede contemplar la nada desde la nada. Percibir dos blancos superpuestos, como un extraño juego de acción y reacción; pensamientos llenos, pensamientos vacíos; relaciones que se rompen y se reconstruyen, combinaciones de sentimientos y palabras…
Dos presencias o dos ausencias, dos principios o dos finales, dos sonidos o dos silencios como dos notas mudas, dos palabras que dicen lo mismo, dos expresiones que acaban disolviéndose en un solo pensamiento. Llegar a descubrir que existen los límites y que a la vez no se necesita delimitar lo indivisible, ni se necesita poner líneas en esa blanca nada que es la suma de todo, como si, en realidad, lo que existe pudiera reducirse a la nada.
Y todo acto creador se hace blanco, la aniquilación es blanca, lo conocido y lo inexplorado también es blanco. La nieve que nunca ha sido hollada, la niebla que todo lo cubre, toda la luz que se puede percibir en un fogonazo perenne. Pero el artista ha metido todo esto en un cuadrado y ha dejado fuera el resto, que es el universo entero, tan blanco que no puede ser contenido en él. Ha construido un laberinto mínimo, una adivinanza casi sin palabras, el no-objeto que no es una abstracción. Blanco sobre blanco, como símbolo sobre símbolo que se niegan uno al otro a causa de una proximidad que consigue diluir la frontera artificial. La frontera blanca, el reconocimiento de que no hay muros que separen algo de lo que es lo mismo. Tú y yo. Dos miradas blancas que se cruzan a ambos lados de una ventana ingrávida.

Si tienes valentía suficiente para ello, serás capaz de pintarlo. Pero no sabrás qué es lo que has pintado.
Porque no sabes pintar el sabor de las derrotas, ni la serenidad de lo inmarcesible, ni el estremecimiento de la pena interior, ni los sueños de los locos, ni el triunfo de la felicidad, ni las dudas de lo preconcebido, ni los recuerdos de lo no vivido, ni las metáforas de la belleza, ni los orgasmos no fingidos, ni la emoción de lo inolvidable…
.
Kazimir Malevich: "Cuadrado blanco sobre fondo blanco", 1918 (78,7 x 78,7 cm), MoMA, New York

lunes, 13 de abril de 2009

unos ceros

(70ª parada)
“Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con gran compasión”.
(Libro del profeta Isaías, cap. 54: 7)

Todavía retengo el recuerdo de aquella primera vez en que ella se fijó en mí. Llevó su tiempo, pero sucedió. Hasta aquel momento, yo me limitaba a esperar que ocurriera lo que tanto deseaba, sin poder abandonar mi puesto habitual de cada día en la rutina cotidiana de los grandes almacenes. Yo sí la había visto ya en ocasiones anteriores. Imposible no sentir su presencia, tantas veces ansiada. Ella solía visitar el centro comercial; pero noté que, en sus visitas, apenas se apartaba de los motivos que la traían hasta aquí. Nunca la había visto pasear distraída, sin rumbo definido, como tantas personas que deambulan por esos pasillos. Unas veces se movía por una sección… otras veces, por otra… junto a un mostrador próximo… cerca de los libros… eligiendo algún complemento… Alguna vez había pasado tan cerca de donde yo estaba que esperé, con gran excitación contenida, que volviera hacia mí su mirada para encontrarse con la mía. Pero eso no sucedía.
Al fin, el centro comercial celebró una de esas semanas especiales, lo que me ofreció la excusa perfecta para engalanarme y poder destacar, en cierto modo, algo más mi atractivo. No sé si es apropiado que lo diga yo, pero creo que no estoy nada mal. Y mi propósito era conseguir que ella lo notara. Se presentaba mi gran oportunidad. Ya se me ocurriría algo para llamar la atención de ella en cuanto la viera. Y sucedió. Lo noté en su especial forma de mirarme, en un esbozo de sonrisa que anunciaba satisfacción. No sé si me sentí más pescador que cebo, pero ella mordió el anzuelo. El encuentro fue breve, aunque eso no me molestó en exceso: la semilla estaba plantada y sólo había que esperar que la plantita se fuera desarrollando. En aquella semana, ella se acercó hasta mi puesto un par de veces más, hasta que (¡por fin!) sus brazos me rodearon y llegó a abrirme la puerta de su casa. Un gesto que me hizo inmensamente feliz. Y, por la cara que ponía el jefe de mi sección cuando me veía salir del brazo de ella, tengo la sensación de que este suceso también le había alegrado bastante incluso a él.
Yo tenía muy claro que en ningún lugar iba a estar tan a gusto como en su compañía, así que me sentí muy cómodo una vez instalado bajo su mismo techo. Pasamos días extraordinarios. Los primeros estuvieron repletos de novedades, todo un mundo nuevo que explorar. Nos fuimos conociendo poco a poco. A veces, parecía que ella no me comprendía muy bien, pero con paciencia se iba acostumbrando a mí. Yo amaba cada cosa que ella compartía conmigo: me habló de sus gustos, supe de sus historias pasadas, de sus amistades, su familia, reímos juntos con sus aficiones, nos concentramos con los trabajos, me enseñaba sus fotos, me descubría la música que le gustaba oír, películas que ver, viajes que realizar, lecturas que comenzar… Nada había que quedara oculto. Me gustaba cuando ella pasaba largas horas acariciándome con suavidad indescriptible, como sólo ella sabe hacer. Me dedicaba profundas miradas y yo jamás me cansaba de tener sus ojos fijos en mí. De tantas horas de sueño nos hemos privado juntos que más de una vez la he sentido quedarse dormida mientras yo descansaba en su regazo.

Estaba tan lleno de amor, admiración y devoción hacia ella que comencé a notar una imposibilidad absoluta de transmitirle lo mucho que la amaba. No conseguía encontrar la forma. No había nada que pudiera hacer para dar salida a una carga tan grande de sentimientos que empezaban a oprimirme con su peso. Mi ser racional fue incapaz de adaptarse a esta situación, totalmente nueva para mí. Nunca antes me había sucedido semejante cosa y no lograba explicarme a mí mismo qué me estaba pasando. Algo fue cambiando dentro de mí. Y, también, fui percibiendo que ella necesitaba mucho más de mí y yo no podía dárselo… Fue la primera fisura en aquella relación tan perfecta. El principio del fin. Sus manos, sus miradas, su risa… ¡habían sido tan hipnóticos para mí! Y, ahora, con la ausencia de aquellas delicias, yo enloquecía sin remedio. La vida se tornaba cada vez más compleja, más exigente, y mi capacidad más limitada. Empecé a notar que ella estaba molesta conmigo. Sus risas habían cambiado por expresiones más serias, su ceño fruncido muchas veces... Algunas miradas que me dedicaba llevaban la ceja arqueada, la comisura del labio tirante… Y yo no sabía qué hacer. Aunque me desempeñara al límite de mi capacidad, nada era suficiente. Me esforzaba todo lo que podía para volver a ser el mismo de antes, pero ya nada era igual que en los días felices. Me sentía completamente enfermo sin estarlo realmente. Y su impaciencia conmigo crecía con el tiempo.

Al fin, sucedió lo que tanto temía. Ella se cansó de mis tardanzas, de mis retrasos, de mi cada vez más mermada falta de iniciativa y capacidad de resolución. Se cansó de mi letargo. Y ella fue desapareciendo de mi vida.
Con su ausencia definitiva, yo acabé de apagarme, falto de toda energía.
Pasado el tiempo, llegué a descubrir que otro había ocupado mi lugar en su vida. Otro que ahora acaparaba sus caricias, otro que recibía sus miradas, otro a quien iban dirigidas sus risas… todo lo que antes era para mí. Cómo añoraba aquellas cosas, pero ya habían terminado. Me sentí tan inútil que perdí toda esperanza de volver, aun por un instante, a los tiempos dichosos con ella. Sí, todo estaba acabado.

Pero, para mi sorpresa, hoy ella ha vuelto a encenderme. Creo que el otro ordenador está momentáneamente infectado por un virus y hoy me necesita a mí para algo urgente. Aunque lento y obsoleto, aunque bloqueado por un amor que todavía no he conseguido expresar con unos y ceros, hoy sus caricias son para mí. El teclear es algo más brusco de lo que recordaba, pero me siguen pareciendo las más maravillosas caricias... Su mirada está algo más perdida en mi pantalla, pero qué ojos tan hermosos… Cómo echaba de menos que ella estuviera conmigo.
Sólo hay algo que hace desmayar mi pobre y fatigado procesador, mientras siento cómo mi disco duro se va vaciando… En la bandeja de la impresora, una hoja de papel dice en letras grandes: SE VENDE PORTÁTIL