domingo, 28 de febrero de 2010

la tormenta perfecta

(sin parada)


Así paso hoy por close2u: sin parada y raudo como el viento que sopló en algún momento de ayer en esta ciudad. La prometida "tormenta perfecta" fue decepcionante como tormenta, pero se lo disculpamos en aras de la seguridad personal y material (que, a fin de cuentas, es lo más importante en estos casos). Para haber estado pintados en rojo en el mapa de las alertas, lo que puedo decir es que, en la ciudad de A Coruña, el temporalazo se vivió como un día normal de viento y lluvia, pero un poco más fuerte... En otras partes, no lo sé. Quizás es que estemos ya muy acostumbrados a ser regados por todas las cisternas habidas y por haber en las capas bajas de la bóveda celeste y a ser azotados por la ira de Eolo y todos los Anemoi, y por eso la cosa podría haber transcurrido como un simple día más. Con mucha alarma, eso sí, que uno no las tenía todas consigo a la hora de poner un pie fuera de casa (no fuese a ser que...).
Le quedan a este que escribe algunas impresiones. Una de ellas es que los ¡que viene el lobo, que viene el lobo! suelen tener el efecto contraproducente de que, al final, el cánido siempre acaba devorando pantorrillas aprovechando el despiste del convertido en imprudente crónico y, otro día que avisen tanto, hará caso rita-la-cantaora y habrá que ir a recogerme del curuto de la Torre de Hércules (si no más lejos). Otra cosa para tener en el coco es visualizar el tremendo equipo de asesores de imagen que debe de trabajar para el servicio de meteorología. Yo nunca he entendido cómo un espacio en los telediarios como el de "el tiempo" le ha podido arrancar a mi madre tantos chsssssss ¡silencio, que van a echar "el tiempo"! (¡como si, en plan adivino, que es lo que a veces parece, fueran a "echar las cartas"...! pero ella tampoco entiende que yo le preste atención a la sección de deportes, así que estamos empatados a uno). Volviendo a los asesores de imagen, ya me dirás, si no, a quién se le habría ocurrido ponerle un nombre como *ciclogénesis explosiva* a la cosa esta. Cuanto más desconocido, más pavoroso. El miedo a lo incógnito, ya se sabe. Peroooo... un poco estrafalario sí que es, ¿no crees?

Pues nada, pasó la cosa. Ya se respira absoluta normalidad en otro insulso domingo más. Fue divertido recibir llamadas de mi madre para decirme, desde Castellón, el tiempo que me estaba haciendo en Coruña. Y discutiéndome lo que yo mismo veía con mis propios ojos desde la ventana de mi casa. ¡Qué poder de convicción tienen los meteorólogos, pardiez! ¡...más que los propios hijos! Lo mejor es saber que alguien desde lejos piensa en ti y se preocupa por ti. Enternecedor gesto, en cualquier caso.
Y también me queda en la memoria la sensación que tuve la víspera del temporalazo. Hubo un momento después de anochecer, con la amenaza pendiendo sobre nuestras cabezas, en que se hizo la calma absoluta: ni una brizna de aire, ni una hoja de los árboles que se moviera en absoluto, ni un ruidito por el viento... Parecía la calma que precede a la tormenta, el principio del fin, el preámbulo de la hecatombe... Con la angustia de que, cuanto mayor fuera la calma, más terrible se esperaría después a la tormenta, en matemática proporción inversa. Nunca una sensación que contenía tanta serenidad en sí misma me había parecido tan terrorífica. Esa calma era la mismísima negación de la calma.
Pero, en fin, como dicen nuestros vecinos franceses: bien está lo que bien acaba.

miércoles, 17 de febrero de 2010

blanco por dentro, verde por fuera...

(88ª parada)
"Nunca nos desanimamos. Porque, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día".
(2ª carta de Pablo a los Corintios, cap. 4: 16)

Me lío siempre con los parentescos... Si me quieres meter en un buen laberinto, dime que la prima del yerno de tu concuñada acaba de pillar un catarro y me tendrás en fuera de juego con cara de interesante (o de alelado, según se mire) durante un rato que se hará demasiado largo. Quizás sea así porque mi familia ha sido bien corta. Quitando a la jabata de mi bisabuela materna, que parió once hijos, el resto de la familia se queda en small-size: mi madre es hija única y mi padre era el pequeño de dos hermanos (la mayor era su hermana). Tanto me acostumbré a esta familia de bolsillo, que descuidé la generación anterior, por considerarla (fuera de los abuelos) de complicación memorística excesiva... En el caso de mi familia paterna, la distancia geográfica ayudó también al descuido. Por eso, creo que mi querido *** era un primo de mi abuelo paterno, pero es un dato por cuya certeza nunca pondría una mano en el fuego. Y me resulta extraño tener a *** tan desubicado, habiendo sentido por él el gran aprecio que recuerdo. Fue una admiración silenciosa, casi secreta, vivida desde la visión particular e incompleta de mis ojos de adolescente... lo digo porque poco era lo que conocía de ***. Recuerdo, siendo yo muy chavalito, su porte distinguido, casi señorial, y a la vez sencillo. Pero, sobre todo, su constante sonrisa de labios carnosos y su mirada llena de pasión, tanto que parecía capaz de incendiar un buen trozo del mundo con aquellas brasas ardientes que tenía por ojos. Me acuerdo, acompañado de mi padre, cuando *** (que siempre me miraba con aquellos ojos radiantes y llenos de simpatía, acordes con su sonrisa) le decía: "Este muchacho sería un buen diplomático. Yo lo veo de diplomático". Pasados los años, creo que ahora la sonrisa es la mía, pero más bien sarcástica, al constatar una realidad bien distinta. Sin embargo, en aquellos años mozos, uno contemplaba a estos mayores como *** con el deleite de saberse en grata presencia y tragaba con devoción las palabras que salían de personas tan queridas. Palabras, que (poco en serio y mucho en broma) delineaban futuros preñados de expectativas... Y yo seguía sin comprender por qué *** me ubicaba en los mundos de la diplomacia, cuando otros me resultaban mucho más interesantes.
El tiempo le quitó la razón por completo: en la vida no me he desempeñado con grandes habilidades diplomáticas... Bonita palabra, diplomacia, para un contenido tan ambiguo, a veces incluso retorcido. Pienso que, en un rizar el rizo, hasta la propia palabra es muy diplomática consigo misma. Es cierto que antes que la mejor guerra es incluso preferible la peor diplomacia, pero en tantísimas ocasiones "diplomacia" ha sido sinónimo de "persuasión impuesta por una parte con grave desventaja para la otra parte", que hace pensar si esta diplomacia abusiva (lamentablemente, tan en uso) no será también un "paz para hoy y guerra para mañana"...
Detesto la hipocresía en todas sus formas, así que no creo que hubiera sido muy feliz siguiendo el consejo de mi buen ***. Me resulta difícil traficar con sentimientos e impresiones, propios o ajenos. Soy mal mentiroso de interioridades: se me notaría demasiado si lo que digo no es lo que siento. Como a aquel perrito, mal jugador de póker, que nunca podía marcarse un farol ni disimular su buen juego porque el movimiento del rabito lo delataba. Con esta madera, ¿cómo fabricar un diplomático como mandan los cánones?

Para lidiar con estas tareas hay que conocer el fondo y la forma de las personas. Y en los seres humanos convive lo mejor y lo peor. Donde hay personas encontrarás traiciones, maledicencias, conflictos, envidias, mezquindades, rencillas, falsedad, abusos, odios viscerales, mediocridad, egoísmos de todo tipo, luchas por la supremacía, opresión, violencias, destrucción, actos desconsiderados... Pero donde hay personas también encontrarás altruismo, bondad, solidaridad, actos de amor, demostraciones de cariño, perdón, abnegación, artes y ciencias, confianza, amistad, heroicidades varias, afán de superación, progreso, manos ayudadoras, voces de aliento, hombros en que reposar, deseos de paz y armonía... Todo esto encontrarás mezclado a partes iguales o desiguales, por dentro, por fuera, en diferentes concentraciones dependiendo del cómo, el cuándo, el dónde y el con quién...
Y se darán las paradojas de encontrar a personas amables y cálidas por fuera, pero con interiores sombríos, llenos de odio y rencor. También podrás encontrar a personas ásperas en su corteza, pero que albergan gracia y dulzura en su interior. Y deberás elegir, si no queda más remedio, qué prefieres: las formas o los contenidos. Porque, aunque lo deseable es que ambos compartan rasgos de bondad, no siempre lo bueno está recubierto con un envoltorio a juego. Me recordaba N, a la vuelta de su prolongada estancia en Jerusalén, el significado de la palabra tzabar ("sabra") en aquella tierra. Los israelíes llaman así a los nacidos en Palestina antes de 1948 y a sus descendientes (por extensión, se les llama "sabra" a todos los nacidos en el Estado de Israel). El nombre es el mismo que el de la opuntia o chumbera, plantas que (como todos los cactus) dentro de una piel espinosa albergan un contenido tierno y jugoso. Al margen de consideraciones nacionales o de pueblo (que ahora no vienen al caso), me siento identificado con ese concepto de espinoso por fuera y apacible por dentro. Y creo que es por eso por lo que alguien exteriormente áspero como yo se fue desencantando de la opción diplomática en la que *** me veía embarcado en sus sueños poco realistas.

Hace ya unas cuantas noches, entrada la madrugada, salía del edificio en que vivían mis padres para irme a dormir a mi casa. La calle estaba irreconociblemente desierta. Todo en silencio: ni un vehículo, ni un paseante, ni un perro tirando de su amo en una última escapada nocturna. Paré un momento a respirar hondo el fresco aire de la noche coruñesa y a dejarme bañar por la débil luz de luna y estrellas insólitamente desvestidas de nubes, antes de meterme en el coche. Por un instante, dejé volar la imaginación para sentirme como en aquellas películas en que la humanidad se había extinguido y yo era el último habitante del planeta. Teniendo en cuenta la soledad que transportaba el aire, bien pudiera haber sido así. Y mi primer pensamiento en ese instante fue el de una necesidad imperiosa de encontrar a otra persona en medio de ese vacío de gentes... A alguien. Al otro que habitase en semejante desierto.
Y tuve una tonta ilusión: hasta llegué a pensar que, en un nuevo comienzo, quizás fuera más fácil dejar a un lado lo malo y caminar sólo con lo bueno. Sin diplomacias, sin dobleces, sin medias tintas. Con sinceridad, siendo auténticos, de corazón. Aunque fuera con corazón de sabra.

miércoles, 20 de enero de 2010

una puerta se cierra

(87ª parada)
"(...) De todo árbol del huerto comerás; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás".
(Libro del Génesis, cap. 2: 16-17)

Si tuviera que decidir qué apartado fue, en mi opinión, el más sencillo del temario de estudio para el examen teórico del permiso de conducir (¡qué tiempos, aquéllos!), no tengo ninguna duda de que el capítulo de las señales de tráfico me resultó de lo más fácil. Sin embargo, lo tendría muy complicado para explicar por qué siempre me han provocado más tirria las señales de prohibición (esas redonditas con el borde en rojo) que las de obligatoriedad (las redonditas azules). A fin de cuentas, una prohibición impide hacer una sola cosa pero permite el resto, mientras que una obligación permite una sola cosa y, por tanto, implícitamente prohíbe el resto. Dicho con un sencillo ejemplo: si en un cruce al que convergen seis calles (además de la que me lleva hasta él) una señal de las circulares rojas me prohíbe tomar una de las salidas, quiere decir que me quedan otras cinco para elegir. Pero si me ponen la señal azul que me obliga a seguir, sí o sí, sólo por una de las calles, entonces es que tengo prohibidas las otras cinco opciones y no queda más tutía que tirar pa'lante por la de la flechita blanca en fondo azul. Está claro.

Se me ocurría esto a propósito de las señales que nosotros mismos nos vamos poniendo en el viaje de la vida. Y que, en este transitar, no sé por qué, también solemos preferir las obligaciones a las prohibiciones. No es que las obligaciones nos parezcan algo excelso, que no es así. Por el contrario, es seguro que las palabras obligación y prohibición no están en el top-thousand (así, sin exagerar) de ninguna lista de palabras predilectas. Supongo que esa ventaja que lo obligatorio le lleva a lo prohibitivo en nuestras preferencias será algún tipo de instinto muy bien incrustado en las neuronas humanas o algo por el estilo. Lo que parece cierto es que nos suele fastidiar mucho la palabra NO y todo lo que se le parezca. A veces basta un NO para que nos empeñemos en insistir en aquello que se nos niega...

¿Qué pensar, entonces, cuando se cierra una puerta?
Bueno. El tiempo, por ejemplo, no hace más que cerrarnos puertas. Puertas al pasado. Se cerró la puerta del 2-mil-9. Si algo quedó por realizar, si algo hubiera que rectificar en él, si algo se deseara recomponer... esa puerta ya se cerró. Nada hay que hacer. Las puertas abiertas, de existir, siempre están hacia delante pero nunca hacia atrás.

Por otra parte, pienso que no es tan mala cosa que se vayan cerrando puertas. En ocasiones, coceando contra aguijones, nos obcecamos como borriquillos frente a una hoja entreabierta, que permite ver algo más allá, pero cuyo umbral no somos capaces de atravesar, por más que lo intentamos... Puede ser una buena noticia sentir el portazo definitivo que apague el brillo de esa ilusión insensata. Y, a medida que los ojos se van acostumbrando a la nueva oscuridad, tal como si el sol repentinamente hubiera perdido su fulgor, comienza a vislumbrarse un tenue titilar, cada vez más nítido, de multitud de estrellas de oportunidad. Multitud de puertas abiertas que habían sido eclipsadas por la luz del día de la elegida obligatoriedad, pero que en la noche de la prohibición, quizás autoimpuesta, forman maravillosas constelaciones de futuros venturosos.
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martes, 22 de diciembre de 2009

weltschmerz

(86ª parada)
"La esperanza que se demora es tormento del corazón;
Pero árbol de vida es el deseo cumplido".
(Libro de los Proverbios, cap. 13: 12)

En la película Matrix reloaded (la segunda parte de la trilogía futurista de los Wachowski) se puede presenciar un diálogo delirante entre el Arquitecto (el malo-malísimo, ¡como no podía ser de otra forma!) y Neo (el 'elegido' y esas gaitas). Más que un diálogo es casi un monólogo del colega, que no para de largar una cantidad de cosas... Monólogo que, aunque pretende explicar el sentido de todo ese montaje, parece elaborado para tener que tragárselo unas cuantas veces si se quiere entender el meollo del asunto. Se puede intentar hacer una prueba de concentración pinchando AQUÍ. Avisado estás.
En fin, que hay un momento en que el Arquitecto plantea un serio dilema a Neo: deberá elegir entre Zion (la ciudad de los humanos que quedan) y Trinity (la chica por la que Neo anda enchochadito). ¿A quién rescatará el elegido? Después de un instante de duda, Neo se lanza hacia la puerta que le llevará a salvar (o intentarlo, al menos) a Trinity... ante lo cual, el Arquitecto no puede contener una frase muy interesante:
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La esperanza: la quintaesencia del engaño humano que es, al tiempo,

la fuente de vuestro mayor poder y de vuestra mayor debilidad.
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Razón no le falta al tipo. Por ejemplo, ahora que termina el año, habrá un montón de gente haciendo cábalas sobre cómo será 2-mil-10, sobre qué se podrá esperar de él, si será mejor o peor que el anterior... y un largo etcétera. Esperanzas...
Imaginamos un mundo en que se cumplen nuestras esperanzas y despertamos a un mundo en que estas expectativas no están cumplidas. Quizás una solución esté en esa sentencia acuñada por Audrey Hepburn: "La vida no puede defraudarme, porque no espero nada de ella". Quizás sí o quizás no, porque también es cierto que la esperanza es la fuente de nuestro mayor poder y es una pena privarse de un motor tan potente.

No lo sé. Cada uno decidirá cómo quiere afrontar el nuevo año: esperando o sin esperar nada. En cualquier caso, lo más sensato (ya se espere o no se espere) es salir al encuentro de lo que pueda venir. Porque esperar no sólo es quedarse sentado en una silla a ver qué pasa ...que también es una forma de esperar, pero bastante inconsciente. Mejor será esperar (si es que se decide mantener la esperanza) o no esperar (en caso contrario) en actitud de búsqueda activa.

Decidas lo que decidas: no caigas en weltschmerz. Es un término alemán (parece que estos palabros teutones son muy del gusto de la Psicología) que, en el compacto estilo de esta lengua, podría traducirse literalmente como "mundo-dolor". Describe un estado de ánimo de abatimiento o tristeza que se experimenta cuando se compara el mundo real tal y como es con el hipotético mundo idealizado. Una visión pesimista que puede instalarse en nuestra mente sólo con ver los informativos, por ejemplo. ¡Qué difícil es que el mundo real pueda equipararse al mundo tal como lo deseamos en nuestra imaginación! El camino de esta tristeza podría llevar a una depresión y resignación nada beneficiosa, desde luego.
Y ahí estamos: debatiéndonos entre ese positivismo que nos lleva a esperar que una situación se resuelva de la mejor forma posible (¡maloserá! decimos en Galicia) y la maldita Ley de Murphy que nos hace temer lo peor en cada caso.

Bueno. Hasta aquí ha dado de sí close2u en este 2-mil-9. Ahora me despido hasta el año que viene. Cosas del calendario... si dividiéramos los años de otra forma (por ejemplo, en los solsticios o equinoccios) no diría esto hoy; pero tenemos la costumbre de separarlos entre el 31 de diciembre y el 1 de enero ...un capricho como cualquier otro. Estaré de viaje y desconectado de la red de redes en los próximos días, visitando a mi familia en Castellón. A la vuelta, leeré tus posts, responderé a tus comentarios: ¡prometido queda! De momento, con una mano al teclado y la otra cerrando la maleta, no tengo el sosiego necesario para deleitarme con tranquilidad en lo que has escrito. Cuando vuelva a casa, sí podré leerte con calma.
Mientras tanto, ahí tienes el mundo: déjalo tal como está, si te parece bien así, o haz lo posible por mejorarlo, si lo crees necesario. Haz lo que esperas. Y hazlo sabiendo que el mundo ideal que imaginas nunca existirá, pero sí que puedes acercarte hacia él aunque sólo sea un palmo más allá desde esta misma realidad. Está en tus manos.

Que pases estos días lo mejor posible, vestido con la más auténtica y encatadora de tus sonrisas.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

batallas en blanco y negro

(85ª parada)
"Ten buena disposición hacia tu adversario y hazlo pronto, mientras que estás con él en el camino".
(Evangelio de Mateo, cap. 5: 25)


No deja de ser asombroso el filtro de la memoria. Si me pongo a recordar acerca de un profesor de estructuras (ya fallecido) que tuve en el 5º curso de la carrera, un tipo con aspecto de viejo lobo de mar, de sotabarba blanca, y con cierto problema de sordera (no paraba de llevarse la mano haciendo bocina detrás de la oreja), lo único que posiblemente me venga a la cabeza será un par de cosas:
Una es la sensación de curso perdido. Después de habernos pasado el año anterior calculando estructuras por método matricial y utilizando ordenadores (que, si bien es lo normal en estos momentos, en aquellos años se iban incorporando al cálculo de estructuras), ese curso nos dedicábamos a calcular cerchas a mano por el método de Cross.
La otra, que es la que me lleva a escribir este post, es una anécdota que no recuerdo en absoluto a cuento de qué nos la relató en una de sus clases.

La historia en cuestión, de la que nunca he comprobado su veracidad, tuvo lugar en el año 1894 en la ciudad de Filadelfia. En aquel año, entre los meses de marzo a mayo, se estaba celebrando el torneo para el campeonato del mundo de ajedrez entre el alemán Emanuel Lasker y el austriaco Wilhelm Steinitz. El match, que terminó en Montreal con victoria de Lasker sobre Steinitz, había comenzado en la ciudad de New York (curiosamente, la misma ciudad donde fallecerían ambos ajedrecistas, en 1941 y en 1900, respectivamente), pero se trasladó a Filadelfia antes de su conclusión en Canadá.
Sucedió (así nos lo relató el viejo profesor de estructuras) que en la ciudad del amor fraternal, Lasker estaba alojado en un hotel en que recibía la asistencia de un camarero de raza negra. Este hombre, ya mayor, propuso a Lasker un reto interesante: el sobrino del camarero, también negro, tenía un gran talento para el ajedrez, al menos en opinión de su tío; pero como no le era posible acceder al hotel por motivos de segregación racial, el camarero propuso a Lasker entablar una partida entre ambos utilizando este sistema: cada mañana y cada tarde, cuando el camarero acudiera para el servicio de la habitación, llevaría en un trozo de papel la jugada de su sobrino y, a su vez, llevaría la jugada del campeón hasta el muchacho. Algo similar al ajedrez por correspondencia. Para mayor emoción (y como era costumbre), propuso que apostaran, incentivando así un juego más brillante. Y puesto que Lasker era un maestro consagrado y el joven sobrino apenas un principiante, lo justo es que los premios también reflejaran esa desventaja. Así que una victoria de Lasker sería recompensada con 50 dólares por parte del retador, unas tablas supondrían 50 dólares para el ajedrecista novel y una victoria del sobrino llevarían 200 dólares desde la cartera de Lasker hasta el bolsillo del mozo. Lasker aceptó: hubo acuerdo y así comenzó esta interesante partida. Por supuesto, no por el dinero en juego, sino (sobre todo) por la intriga de comprobar cuál sería el nivel de este joven aficionado.
¡Y vaya con su nivel! En unos días, Lasker comprobó que la afirmación del camarero negro no era un farol: el muchacho era realmente muy bueno y estaba poniendo en serios apuros al ajedrecista consagrado. Así, durante unos días, el gran maestro alemán no encontraba la manera de vencer a su adversario...
Un día, deambulando por el vestíbulo del hotel, con la mente perdida en tácticas y combinaciones de jugadas que le permitieran zanjar aquella partida que se había convertido en todo un quebradero de cabeza, Lasker se topó con un preocupado Steinitz. Ninguno de los dos sabía que su oponente se alojaba en el mismo hotel, así que hubo un instante de sorpresa. Volviendo en sí mismo, Lasker se fija en la expresión tensa de Steinitz y le pregunta por el motivo de tanta preocupación. Steinitz, simplemente, le responde:
----- ¡Es que no consigo comprender cómo el sobrino de mi camarero es capaz de jugar tan bien al ajedrez!

En fin. Me resisto a no poner una de las conclusiones a la que cualquier lector ha llegado en este momento: Sí, el muy jeta del camarero se embolsaba, como mínimo, 100 dólares seguros en caso de empate, que podrían ser 150 si alguno de los campeones ganaba la partida.
Y así sucedió (siempre según el viejo profesor) que aquel match no tuvo sólo 19 partidas, sino 20. Aunque no tengo ni idea de quién puede conocer el resultado de aquella vigésima partida entre Lasker y Steinitz, que ellos mismos jugaron sin saber a quién se estaban enfrentando en realidad.

Ésta es la conclusión última que quería traer a colación a propósito de esta divertida anécdota. ¿Cuántas de nuestras batallitas suceden contra adversarios identificables? ¿Cuántas entablamos contra adversarios ocultos o, incluso, contra nosotros mismos, aun sin saberlo? ¿Cuántas veces mi némesis soy yo mismo? Sería el extremo de aquella frase de Borges que dice así: "Elige con cuidado a tus enemigos, porque terminarás por parecerte a ellos".
El rival oculto… que nadie olvide que una de las estrategias para vencer una confrontación puede ser hacer creer al rival que su oponente no es un adversario de talla. Practicar la ocultación o la simulación. Algo habitual en el mundo natural, por otra parte. Y de ahí, para quien se cree en ventaja, deriva un sentimiento de falsa seguridad en una victoria fácil (aunque, en verdad incierta) que puede hacer que se baje la guardia cuando lo necesario es poner más empeño en el triunfo. Y es así como se hace realidad otra de las máximas en ajedrez:
La partida más difícil de ganar es la que ya se da por ganada.

A veces, cuando me miro al espejo, me acuerdo de Lasker y de Steinitz ...y del viejo profesor de estructuras.

lunes, 30 de noviembre de 2009

derroteros

(sin parada)

Entendido este blog como un viaje (o este viaje como un blog, que aún no acabo de tenerlo muy claro...), es muy oportuna una frase que, gratamente, me encontré en un libro recomendado por un amigo muy querido y que he convertido en una cita recurrente en multitud de circunstancias:

Si no cambias de dirección,
acabarás en el lugar exacto al que te diriges.
(antiguo proverbio chino)

Gran parte de la fascinación que me produce esta frase la encuentro en su doble lectura. Una doble lectura que depende del análisis que se haga de la propia situación en que cada cual se halle inmerso: Si tengo muy claro cuál es el lugar al que deseo dirigirme y estoy siguiendo la ruta que me lleva hasta él, entonces no debo permitir que nada me aparte del rumbo correcto. Por el contrario, si soy capaz de pronosticar que el itinerario actual no me llevará al lugar pretendido, sólo un cambio en la orientación hará posible alcanzar el éxito en la empresa.
Es así de sencillo y se cumple en todos los casos.

Aunque una última posibilidad es la del que viaja sin rumbo definido, sin un destino concreto. A éste, cualquier viento le es favorable.

domingo, 22 de noviembre de 2009

exceptio probat regulam in casibus non exceptis

(84ª parada)
"[...] estamos persuadidos de cosas mejores".
(Carta a los Hebreos, cap. 6: 9)

Es apenas un principio jurídico que nos ha llegado de la época medieval y que quiere decir algo así como que si existe una excepción, entonces es que también debe existir una regla para la que se aplica dicha excepción. Me refiero al título del post de hoy, por supuesto. En castellano, solemos decir eso de "la excepción que confirma la regla", una frase que siempre me pareció el pretexto perfecto para apoyar la inexorable tendencia humana a torpedear cualquier principio propuesto. Siempre hay más excepciones que leyes. Y tiene su razón de ser: Nos hemos fabricado leyes tan imperfectas que nos atribuimos pleno derecho para también fabricar interminables excepciones para las mismas. Más que la legislación, nos va la casuística. Y esto no deja de ser arma de doble filo. Sobre todo, por la eterna cuestión: ¿Y quién legisla y cómo se legisla acerca de las excepciones? Y, como consecuencia, ¿quién se beneficia de las excepciones o quién nunca se beneficia de ellas? Peliagudo asunto, éste. A veces, simplemente una elevada capacidad económica constituye la excepción para el cumplimiento de una ley. Pero... ¡cuán cerca están del cohecho, del clientelismo o de otros conceptos similares, propios del terreno de lo inmoral, todo este tipo de consideraciones! Entonces... ¿excepción es ilegalidad, conveniencia, superación, mejora... o qué?

No llego a entender cómo el que hervir, servir y vivir se escriban con 'v' antes de la desinencia del infinitivo, esto sea la confirmación de que todos los demás verbos terminados en –bir se escriban con 'b'. Pero es posible que entienda que la renuencia de alguien a hacer con los demás de la misma forma que le gustaría que los otros hicieran consigo mismo confirme lo gratificante de una regla de oro. Tampoco entiendo que la ley del talión se vea confirmada por todos aquellos casos en que se decide perdonar sin más revancha. Pero sí entiendo cómo el conductor ebrio crea la necesidad de que exista una norma acerca de la tasa de alcoholemia... No entiendo cómo, en general, una regla estúpida encuentra su razón de existir basándose en todos los casos en que no se cumple. Más bien, entiendo que hay leyes que sería deseable que se cumplieran siempre, sin excepciones, y que hay leyes que son muy inferiores a algunas de sus excepciones, mucho más deseables que las propias leyes que infringen. Sin embargo, ¡qué difícil es trazar la línea divisoria entre leyes sin excepciones y leyes con excepciones! Es una tarea que exige una visión de mucho alcance...

Comentaré, a propósito, el caso de Villa Malaparte. Se trata de una vivienda localizada en Cabo Massullo, sobre un promontorio en el golfo de Salerno, en la isla de Capri, en Italia. El proyecto es de 1937, del arquitecto italiano Adalberto Libera, para el escritor Curzio Malaparte. Aunque lo que sucedió fue que Malaparte rechazó el proyecto inicial de Libera y terminó construyendo él mismo la casa con la ayuda de albañiles locales. Primera excepción a una "regla". Hoy en día, hablaríamos de intrusismo profesional.
Pero hay una segunda excepción que afecta a otra "regla": El Convenio del Paisaje de 1923. Tal fue el poético nombre que se dio a una de las primeras leyes diseñadas para proteger un ambiente y su arquitectura. En este caso, para preservar la escénica isla de Capri. Se consideraba tan magistral el Master Plan de Capri que también se lo llamó Manifiesto de la Belleza de Capri. Así que, con semejante documento planeando sobre cualquier proyecto que se pretendiera realizar, no quedó más remedio para llevar a cabo la excepción que fusionar un par de ingredientes igualmente excepcionales y así conseguir quebrantar lo que hubiera de justo en el plan e incluso cuestionando su misma legalidad. Esos ingredientes fueron la personalidad avasalladora y políticamente influyente del escritor Curzio Malaparte, por un lado, y, por otro, su deseo de apoderarse como fuera del enclave más salvajemente romántico de toda la isla (cabo Massullo, que, de acuerdo al Master Plan, era un lugar sobre el cual estaba prohibido construir). Pero Malaparte quería ser el autor de algo único en sitio igualmente único, "el más bello paisaje en el mundo". Y, así las cosas, la construcción de esta vivienda supuso la ruptura entre el escritor (adherido a postulados del romanticismo, el surrealismo y el clasicismo) y el arquitecto (que se movía en una estética racionalista, funcionalista y más abstracta), incapaces de reconciliar tan profundas diferencias acerca de cómo debería ser la casa que transgrediera las directrices del Convenio.

Con la idea de que "el mundo que la fantasía evoca es el mismo, alto y puro", el egocéntrico, obsesivo y romántico Malaparte no pudo soportar por mucho tiempo el riguroso racionalismo moderno del arquitecto que había seleccionado para el proyecto de la villa ("...el día que comencé a construir una casa, no sabía que dibujaría una pintura de mí mismo; la mejor de todas las que he dibujado hasta ahora en literatura"). Por eso, ayudado por un constructor local, Malaparte fue transformando el paralelepípedo original en la estructura híbrida que hoy ocupa cabo Massullo. Se decidió que todo signo funcionalista desapareciera del diseño, al percibir que tan sólo una completa indiferencia a las demandas del uso diario permitiría a la arquitectura tomar el aspecto mítico que el escritor estaba buscando y que el paisaje demandaba. A tal extremo llevó este gesto que ni siquiera dejó las barandillas de la terraza sobre el acantilado, porque pensó que los finos tubos se hubieran visto demasiado funcionalistas. Otra excepción más para una "regla" de seguridad. Lo que fue un eslabón en la saga recitilínea de la arquitectura de Libera, un gesto simplista y, seguramente, una solución torpe para un paraje tan especial, fue convirtiéndose en un inquietante museo de imágenes de la poética personal del escritor: las escaleras de la iglesia de la Annunziata en Lipari, donde estuvo exilado; el rojo pompeyano de las tumbas romanas en el mediterráneo; un atrio cubierto; la fenestración de su toscana natal; un mausoleo; un teatro en la montaña; una pista para montar en bicicleta o para dar un final salto suicida.
De la villa insignificante e insensible con el lugar que había imaginado Libera, Malaparte hizo un monumento a sí mismo, un retrato de piedra, una "casa come me". Puede que no alcance las cotas de interacción con la naturaleza de los proyectos de Frank Lloyd Wright, pero logra trocar ese pedazo de costa caprense, ese salvaje promontorio entre los farallones que el mar le roba a la isla, en uno de sus lugares más memorables y, a la vez, visitados. Que es, por lo demás, lo último que hubiéramos esperado que hiciera con la naturaleza un ser amoral y lo primero que esperamos que haga un arquitecto cuando interviene en el paisaje. Montada en su promontorio rocoso, la villa de cabo Massullo continúa desafiante y solitaria mostrando, a quien la evoca desde el mar, sus dos caras frente al paisaje: a veces mala parte y a veces malapartiana.

Excepciones que confirman reglas... Como resultado del acto de corrupción de un poeta, nació una singular obra de arquitectura: la Villa Malaparte, la cual fue elegida por los arquitectos italianos en la década de los 80, tras una encuesta nacional, como "la más admirada obra de arquitectura". La villa destaca así, entre otras famosas, por ser la excepción deshonrosa a una regla brillante, el Convenio del Paisaje, que había sido uno de los primeros manifiestos ambientales-estéticos del siglo y que buscaba preservar el paisaje natural de la isla de Capri. Paradójicamente a esta violación del bien común, el mismo proceso de creación de la villa va a situarla en el campo de la reflexión sobre arquitectura y paisaje.

Para terminar, un vídeo de fragmentos de la película "Le Mépris" (1963), del director de cine Jean-Luc Godard y protagonizada por Brigitte Bardot y Michel Piccoli, donde se puede contemplar la Villa Malaparte.