viernes, 30 de abril de 2010

estacas

(sin parada, en el momento previo a recuperar el habitual ritmo de marcha)

Para ponerme otra vez a velocidad de crucero, me sirve como fuerza impulsora la que recibí con el mensaje de N. Nada nuevo. Pero la virtud de los grandes mensajes es ésa: que no necesitan ser nuevos para seguir manteniendo intacta y activa toda su capacidad de servir de estímulo. Lo único necesario es volver a tenerlos presentes y tratar de aplicarlos a la vida lo mejor posible.
La vida supone un cambio constante y, para crecer, hay que estar dispuesto a cambiar. No siempre es fácil: en el intento se presentan numerosos problemas que es difícil superar... En muchas ocasiones, estas dificultades son un reflejo de las estacas que no nos dejan avanzar. Generalmente, esas "estacas" no son otra cosa que barreras mentales con las cuales seguimos creciendo sin llegar a superarlas. Como dije, nada nuevo. Jorge Bucay escribió un cuento que ilustra a la perfección el poder de las estacas:
EL ELEFANTE ENCADENADO
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como mas tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
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Cuando tenia cinco o seis años, yo todavía confiaba el la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
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Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imagine que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…


Ese elefante se parece a muchos de nosotros que creamos estacas mentales: yo no puedo, yo no sirvo para eso, yo nunca lo lograré, nadie lo ha hecho, siempre lo hemos hecho así ...y podríamos llegar a elaborar una larguísima lista de estacas o barreras mentales que no nos permiten ir más allá. Son muchos hoy los que se sienten encadenados a relaciones disfuncionales, a trabajos o empleos que no les gustan, a adicciones que no pueden controlar, a malos hábitos que esclavizan, y esto genera insatisfacción, frustración, ira, enojo, tristeza, miedo... entre otras emociones y estados de ánimo.
Todo esto que se produce en el ser se debe, básicamente, al desconocimiento de su propósito en la vida. Cuando desconoces tu propósito, tu vida pierde significado, te sientes inútil. Hay una frase que se muestra muy reveladora en este sentido: "El propósito te mantiene motivado, con energía, listo y enfocado".

Cuando descubres tu propósito, te das cuenta de que eres capaz de hacer muchas cosas que pensabas que no podías hacer. Cuando descubres tu propósito, puedes fluir libremente en las capacidades y talentos que tienes. Cuando descubres tu propósito, puedes cambiar y vivir una vida más satisfactoria.
Es el camino de la LIBERTAD. Y hoy es el mejor día para cambiar, para soltar las estacas y comenzar a vivir, a soñar, a sentir el ser volando en libertad.

"Si hiciéramos todo lo que somos capaces de hacer, quedaríamos realmente sorprendidos".
(Thomas A. Edison)

cuando los ojos no ven ni los oídos oyen

(sin parada, en un momento en que reduzco el habitual ritmo de marcha)

Hay ocasiones en que el viaje pide una parada en condiciones para descansar, mientras que, en otras ocasiones, se puede tomar un breve respiro simplemente disminuyendo la velocidad a la que se viaja. Creo que éste es un buen momento para ello. Sobre todo, por un par de toques de atención recibidos de personas a las que les importo. Digo "toques de atención" aunque ellas no imaginan hasta qué punto sus mensajes eran necesarios (imprescindibles, incluso) en el momento de recibirlos. Pero se ve que hay quien tiene el don de la oportunidad aun sin ser plenamente consciente de ello... Ante esto sólo puedo decir: ¡Gracias por haberlo empleado en mi favor!
Y por este motivo, debo dejar claro que este post y el siguiente no van a ser de cosecha propia, sino un efecto espejo... es decir, un intento de reflejar el bien recibido por si pudiera servir del mismo modo a alguno de mis queridos compañeros de viaje.

Comenzaré con la historia que I ha querido compartir conmigo. Se trata de un hecho real, ocurrido en Washington en la mañana del 12 de enero de 2007. Un músico callejero se instala en la entrada L'Enfant Plaza del metro de la ciudad. Se trata de un violinista que durante 43 minutos interpreta un repertorio con una pieza de Bach, el Ave María de Schubert, música de Manuel Ponce, de Massenet y, de nuevo, Bach. Hacia las 8 de la mañana, la estación del metro bulle en plena actividad: es hora punta y pasan cientos de personas, casi todos camino a sus trabajos. A los 3 minutos, un hombre de avanzada edad reparó en el músico. Aminoró su paso, se paró por unos segundos y emprendió de nuevo su marcha. Un minuto más tarde, el músico recibió su primer dólar: sin parar, una mujer lanzó un billete en la caja del violín. Unos minutos más tarde, un individuo se detuvo por unos instantes a escuchar; pero al mirar su reloj empezó de nuevo a andar apresuradamente… se le estaba haciendo tarde. El que prestó mayor atención fue un pequeño de unos 3 años. Su madre lo cogió y tiró de él, pero el pequeño seguía escuchando al violinista. Finalmente, su madre lo agarró con más fuerza y siguieron andando. El pequeño, ya puesto en marcha, seguía mirando al músico con la cabeza vuelta. Durante los 43 minutos en que el músico estuvo tocando, tan sólo hubo 7 personas que se pararon para escucharlo brevemente. En total, logró reunir 32 dólares. Nadie prestó especial atención cuando el músico dejó de tocar. Nadie aplaudió. Entre las más de mil personas que pasaron por delante de él, nadie lo reconoció. Nadie pensó en que Joshua Bell (link aquí) era el violinista del metro. El mismo Joshua Bell que es reconocido como uno de los mejores violinistas del mundo. En los pasillos del metro interpretó partituras de gran belleza musical y lo hizo con su Stradivarius del 1713, valorado en 3 millones y medio de dólares. Dos días antes de este acontecimiento, ya no quedaban entradas a la venta para su concierto en el teatro de Boston. Y los tickets costaban casi 100 dólares. Sin embargo, nadie apreció en una medida proporcional la actuación gratuita en el metro de Washington.

Esta actuación realizada de incógnito en la estación de metro de Washington a cargo de Joshua Bell fue un experimento organizado por Washington Post para investigar la percepción, el gusto y las prioridades de la gente. Las preguntas que se habían planteado para el experimento eran éstas:
- ¿Podemos en un ambiente cotidiano, a una hora inusual, apreciar la belleza?
- ¿Nos pararíamos para apreciarla?
- ¿Podemos reconocer talento en un contexto inusual?
Está visto que cada vez más hemos desarrollado dependencia a luces de neón, sensacionalismos varios o focos dirigidos para "saber" a qué debemos prestar atención y a qué no.
Una de las posibles conclusiones después del experimento podría ser: Si no nos tomamos el tiempo necesario para detenernos y escuchar cuando uno de los mejores músicos del mundo está tocando una de las más bellas partituras, ¿cuántas otras cosas extraordinarias nos estamos perdiendo al no saber apreciarlas?

Cada cual deberemos reflexionar en ello...

Dejo a continuación el vídeo-resumen del evento.

domingo, 18 de abril de 2010

laberínticas perspectivas

(91ª parada)
"(...) Ahora sólo conozco en parte; pero llegará el momento en que conoceré perfectamente, de la misma forma en que también fui conocido".
(1ª Carta de Pablo a los Corintios, cap. 13: 12)

Permíteme que comience con un relato que seguro que ya conoces:
Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día, el hijo le dice:
- ¡Padre, qué desgracia! El caballo se ha soltado y ha escapado.
- ¿Por qué lo llamas desgracia? -respondió el padre- Veremos lo que trae el tiempo...
A los pocos días, el caballo regresó, acompañado de otro caballo.
- ¡Padre, qué suerte! -exclamó esta vez el muchacho- Nuestro caballo ha traído otro caballo.
- ¿Por qué lo llamas suerte? -repuso el padre- Veamos qué nos trae el tiempo...
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo. Y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se rompió una pierna en la caída.
- ¡Padre, qué desgracia! -exclamó ahora el muchacho- ¡Me he roto la pierna!
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
- ¿Por qué lo llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!
El muchacho no se convencía y se lamentaba mucho postrado en su cama. Y más que por el dolor, que se fue atenuando, por el hecho de no poder trabajar junto a su padre en el campo. Pocos días después, pasaron por la aldea los enviados del rey reclutando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
El joven entendió en ese momento que no podemos tener certeza absoluta en nuestra interpretación de los avatares de la vida, por evidente que parezca, pues carecemos del conocimiento de todos los elementos que los componen y tampoco sabemos qué sucederá en el futuro.


A veces me he preguntado dónde está la sabiduría de un padre que no es capaz de dar respuestas a las intuiciones (erróneas o ciertas) de su hijo. Luego, he querido comprender que su sabiduría debe de estar situada en un concepto más bien socrático de lo que es saber ("sólo sé que no sé nada"). Y tengo la impresión de que ese "nada" no es poca cosa. Es, al menos, tener asumida la propia ubicación en el interior de un laberinto de desconocidos recorridos. Y no es lo mismo posicionarse en la certeza del laberinto que posicionarse en un laberinto de certezas... Cuán difícil es dilucidar a priori la bondad o maldad, la oportunidad o inoportunidad, la sazón o desazón de las cosas que azarosamente suceden o incluso de las que voluntariamente se eligen. Y con qué frecuencia llega a ocurrir que ante una decisión que se cree bien pensada se topa uno ante un callejón sin salida en medio del laberinto y, al contrario, el más desesperado y desesperante de los itinerarios llega a ser premiado con un camino expedito que permite un avance dichoso. Contingencias de la vida... No hay forma de saber lo que nos concederá el futuro. Pero, a pesar de todo, lo más sabio que sí podemos hacer es utilizar toda la información que tenemos en nuestras manos para elegir el mejor camino que sea posible. No es una garantía de éxito, pero sigue siendo lo mejor que se puede hacer. Lo mejor, no siempre lo más sencillo: se precisa una gran dosis de entereza para seguir este camino cuando en el laberinto también se pueden escuchar numerosos cantos de sirenas (llámense prejuicios, llámense reticencia y resistencia al cambio, llámense miedos, llámense irracionalidades, llámense indolencias... llámense como se llamen).

Te voy a contar una experiencia literalmente laberíntica que recuerdo del último verano. Mi madre, mi hermana y sus hijos (mis sobrinos) vinieron a pasar unos días en la ciudad en que vivo. Aprovechamos la tarde de uno de estos días para visitar un parque coruñés a la orilla del mar. Cerca de una zona de juegos infantiles del parque hay un laberinto vegetal, una obra de jardinería que permite el paseo por su interior. En un momento de la tarde, vi que mi hermana y mi madre estaban sentadas a la puerta de acceso al laberinto y les pregunté por mis dos sobrinos a quienes no veía en la zona de juegos. Parece ser que se habían aventurado en el laberinto y llevaban algún tiempo sin asomar la cabeza. Bueno... habiéndose presentado tal oportunidad, cual ovillo rescatador de Ariadna, el tío salvador acude al socorro de sus perdidos sobrinuelos. Después de deambular un buen rato, me los encuentro en el interior casi asustados de tan perdidos. "Tranquilos, aquí está el supertío", creo yo que van a pensar en cuanto me ven. Sin embargo, la operación rescate no fue tan espectacular como yo había pretendido. Al cabo de un rato, la mano de mi sobrina (la mayor de ambos) aprieta la mía y me dice, bastante divertida a costa de mi ridículo: "Tío, ¿tú también te has perdido, verdad?". Difícil esconder, incluso a una niña de seis años, que pasar por el mismo lugar varias veces y cruzarse con las mismas personas otras cuantas no es síntoma de saber lo que se está haciendo si se trata de salir de un laberinto. En fin... recuerdo que le respondí algo así como: "Nooooo, ¿no ves que me voy fijando en la sombra y así sé por dónde vamos? Sólo estoy probando una cosa, por eso doy vueltas...". Creo que no se me ocurrió mejor tontería para tratar de tranquilizar a los dos peques, si bien el nerviosismo estaba empezando a ser todo mío y el jolgorio todo suyo. Pero, como bien está lo que bien acaba, puedo decir que ahora estoy aquí escribiendo esto, así que sí: ¡salí del laberinto! No sé cómo, pero encontramos la salida. Sí: la sombra algo ayudó, pero el azar puso su mayor parte en el éxito.

Peligrosos lugares, los laberintos, por lo fácil que es perderse en ellos. La literatura, las empresas humanas, los mitos en general han estado trufados de laberintos. Con sus héroes que se aventuran en ellos, sus arquitectos, sus minotauros y monstruos que hacen aún más difícil el recorrido; con sus trampas, sus bifurcaciones y enredos; con su abundante simbología, sus secretos y misterios, sus profundos significados, sus entradas y salidas, sus centros; también con quienes los resuelven y los desentrañan, con ovillos, teseos y ariadnas... Un universo encerrado en un amasijo de caminos entrecruzados, una red cósmica cuyos nudos son encrucijadas de un largo viaje...
Los laberintos pueden ser fáciles de resolver desde fuera, contemplándolos como quien contempla un mapa. Pero el problema es que estando inmersos en ellos, como es que estamos, la tarea es ardua y se torna complejo encontrar el método que dé una solución a la prueba. Una miradita a esa solución sería algo así como echar un vuelo que permitiera una panorámica más global y volver a sus pasadizos con una idea clara de propósito, un sentido, una regla de orientación. A la manera de Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. Quizás aquí esté la clave: la mirada amplia y la mente abierta, que serán siempre puestas a prueba en las circunstancias más difíciles.

Hace un tiempo leí un breve cuentito de Jorge Luis Borges titulado Los dos reyes. Cada rey tenía su laberinto y eran de dos tipos muy diferentes. El del rey babilonio era un laberinto construido por arquitectos y magos, un laberinto de muros y corredores intrincados. El del rey árabe era el mismo desierto, un laberinto donde el camino es la supervivencia. No importa qué apariencia tenga el que estamos recorriendo: los tortuosos meandros del río de la vida transcurren laberínticamente en una invitación a estar siempre vigilantes ante el juicio ligero del necio o la carrera loca del insensato.

miércoles, 31 de marzo de 2010

vasos comunicantes

(90ª parada)
"Gran riqueza es la vida misericordiosa para quien sabe contentarse con lo que tiene".
(1ª carta de Pablo a Timoteo, cap. 6: 6)

Si hoy se me ocurriera ponerme un bañador, marcharme hasta una playa y meterme en el mar (¡ni loco estoy por la labor!), al ir metiéndome en el agua salada sentiría millones de microcuchillos introduciéndose a través de mi piel. En ocasiones, esto me pasa incluso en verano: la combinación de las aguas atlánticas con lo friolero que es uno no me deja otra opción. Es bastante normal, la constatación de un principio asumido. Por eso, cada cual tiene su estilazo al darse el bañito de turno: está el que remolonea zigzagueando, el que entra de puntillas, el que parece que se está electrocutando, el que da la sensación de amarse con locura (de tanto que se autoabraza), el que va mojándose en cómodos plazos, el que entra al galope tendido... ¡Todo un espectáculo! Sin embargo, si uno lo piensa bien, se dará cuenta de que la cantidad de calor que almacenan esas frígidas aguas sería tan grande como para hervirlo a uno ahí mismo. Todo el mar contra un ser humano: no hay color en cuanto al calor. Otra cosa es la temperatura que manifiestan unas aguas que almacenan tanta energía: hoy no sé si llegará a 10ºC frente a los (más-menos) 37ºC del cuerpo humano. Y ahí se pone de manifiesto el principio físico que dice que vamos a tratar de equilibrar las temperaturas, independientemente de quién tenga más o menos cantidad de calor.

Hay una ilustración que ayuda a comprender este fenómeno y que tiene un fundamento similar. Se trata de los vasos comunicantes. Es la forma visual de contemplar la ecuación fundamental de la hidrostática, de poner en evidencia este proceso que forma parte de la ley de Stevin. Sí, a todo le hemos puesto nombre... Pues bien, como se trata de equilibrar presiones (una manía de la Naturaleza, como otra cualquiera) y, al ser los recipientes abiertos por la parte superior, es la presión atmosférica la que manda (y resulta que es la misma sobre todos los recipientes, al estar uno al lado de otro, a similares altitudes sobre el nivel del mar), mientras que la presión ejercida por el líquido contenido en los vasos sólo depende de la aceleración de la gravedad (que será la misma en recipientes apenas separados por un conducto entre ellos), de su densidad (si se trata del mismo líquido es, por tanto, idéntica) y de la profundidad o altura que alcance el líquido en cada recipiente (no de su volumen total en él). Como lo único que puede variar es esa altura de la columna líquida y se trata de que la presión se equilibre, pues ¡zás! lo que sucederá es que en todos los recipientes comunicados la altura del líquido será la misma, independientemente de su capacidad. ¡Qué rollazo expresado así y qué fácil es verlo tratando de llenar un juguetito como el de la figura!

Y estaba pensando que, como parte de todo este entramado cósmico, sería extraño que el ser humano escapara a este equilibrado de presiones y temperaturas. Digamos que si se ponen en comunicación (como si de recipientes de líquido se tratara) a varias personas, lo que tiende a equipararse es el nivel del líquido y no su cantidad. Vale. Pues según los conceptos o valores que queramos asignarle al líquido, derivarían algunas conclusiones (más o menos válidas) que dejaré al desarrollo de cada cual.
Se me ocurre imaginar qué podría pasar si pongo en contacto a un rico amargado con un pobre feliz. Supongo que es posible encontrar a un espécimen de cada tipo. Bueno, no creo que tenga mucho mérito imaginar algo sobre lo que ya escribió Tolstoi años atrás. Refresquemos la memoria con una versión del cuento:

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha. Pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor.
Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
- Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor.
- Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra. Pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor. Y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
- ¡Qué bella es la vida!, Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que por fin habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
- Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante. Mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
- ¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
- Señor - contestaron apenados los mensajeros - ¡¡El hombre feliz no tiene camisa!!


En este caso, el nivel de líquido podría ser la felicidad y el volumen del líquido en el recipiente la cantidad de riqueza material. Así, se puede encontrar uno a un hombre pobre y muy feliz que, al ponerlo en contacto con uno rico pero triste, aún debería entregarle lo poco que tiene (en este caso que ni siquiera tiene) para tratar de subir el nivel de felicidad del rico.
En otros casos, por ejemplo después de una catástrofe natural, se encuentra uno (desde su cómoda butaca en que contempla las noticias del mundo) rechazando al dios-que-pudiera-existir-en-alguna-parte por permitir este tipo de desmanes de la Tierra, mientras que el damnificado, entre los escombros, todavía tiene alguna palabra para agradecer a ese ser invisible por haberlo mantenido con vida. ¡Extraña espiritualidad la que hemos desarrollado y más extraña todavía la sensibilidad de quien se queja de las desgracias que no padece, mientras el que las padece simplemente trata de sobrellevarlas sin culpar a otros!
Y más casos habría. Pero es siempre la misma historia. Cuando el tubito estrecho tiene el nivel muy alto, porque con poco líquido llena rápidamente un volumen tan reducido, resulta que al final tiene que ceder incluso una parte de su escaso líquido para que el recipiente ancho que nunca se llena pueda subir en algo su nivel. Sin embargo, tomemos visión panorámica de la situación: si quien más tiene se acostumbra a recibir aún más, quien menos tiene puede llegar a sucumbir por el bajo nivel que ofrecen las circunstancias. No hay más que darse cuenta de lo rápido que baja el nivel en los tubos estrechos para que pueda subir escasos milímetros en los muy anchos. Y, a pesar de todo, los infelices occidentales no dejaremos de protestar, patalear y mostrar nuestra desdicha ante otros habitantes de este globo errante a los que nuestro egoísmo insaciable está convirtiendo cada vez en más infelices.

Tengo la costumbre de hacer la compra una vez por semana en un supermercado próximo a mi casa. Aunque suelo salir bastante cargado de bolsas que tendré que llevar a pulso hasta mi nevera, prefiero ir caminando y no tener que ir en coche a otro más lejano. Normalmente, cuando estoy a punto de cruzar la puerta del local, todavía sigo pensando en algún asunto pendiente o repasando de memoria la lista de cosas con las que llenaré la cesta o divagando en qué sé yo qué historias... pero me adivino con el gesto serio y meditabundo. Al ir a cruzar esa puerta, una persona ya habitual en el lugar me transporta a otra realidad. Allí está, al abrigo de un acceso algo recogido contra vientos y lluvias (pero a la intemperie, a fin de cuentas), una señora que por apariencia y acento me parece extranjera, pero sin ser capaz de aventurar de qué país. Siempre con su sonrisa y un casi ininteligible "Dios le bendiga", me saluda a mí y supongo que a tantas personas como atraviesan ese umbral al cabo del día. Algunas veces (las menos, tengo que reconocerlo), he compartido algo de mi compra o algunas monedas. Pero caigan o no unas migajas de mi mano, ella siempre me regala una sonrisa y una bendición. Inevitablemente, su sonrisa me contagia algo que desde adentro acaba por hacer brotar otra sonrisa en mi rostro. No es que me dé ganas de sonreír el ver a esa señora en su puesto esperando la misericordia de quien pase por allí. No es agradable ni ver esto ni imaginar todas las situaciones similares (¡y muchísimo peores!) que se dan a diario en todo el mundo. Pero a veces pienso en los vasos comunicantes y me sorprende recibir de quien, a priori, tan poco podría esperar...
Qué gran conocimiento del género humano demostró el sabio maestro galileo que nos dejó aquella sencilla sentencia: "Más felicidad hay en dar que en recibir".
.

¡quién diría que está abierta la compuerta que mantiene ambos "vasos" comunicados!

jueves, 18 de marzo de 2010

amici, diem perdidi

(89ª parada)
"Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa de azafrán".
(Libro de Isaías, cap. 35: 1)

Cuando se viaja por tierra a lugares lejanos, la sucesión de diferentes paisajes es una de las sorpresas más agradables que depara el camino. La transición de las montañas a las llanuras, de lo verde a lo ocre, de la costa al interior... Sucede así en los viajes geográficos, pero también en el gran viaje de la vida. En éste, los paisajes tienen los caracteres y los rostros de las personas que van apareciendo y acompañando en las etapas del viaje: las hay casi siempre presentes, como el cielo (aunque ofrezca una vista diferente a la del día cuando llega el momento de la noche, en ausencia del áureo astro), si bien la mayoría de paisajes, la mayoría de personas, permanecen más o menos tiempo, para acabar pasando definitivamente con el transcurrir del camino... Dejarán su lugar a nuevos paisajes con los que, en ocasiones, pueden llegar a coexistir fugazmente y se convertirán más en recuerdos que en presencias. Es ésta una de las grandes certezas del viaje.
En otras ocasiones, el cambio del paisaje no es tal. Aunque así se percibe, lo que cambia en realidad es el observador, el viajero. Quizás cuando cree atravesar un lugar delicioso es su inclinación a verlo así lo que lo hace tan apetecible para la vista. En otras ocasiones, la aridez del camino no es sino un reflejo de la aridez emocional del caminante en el tramo recorrido. Así sucede que personas extraordinarias que pasan ante nosotros no son debidamente apreciadas por nuestra indisposición del momento. Otras personas menos prometedoras a priori van ocupando, por la magia de un instante o de una circunstancia, lugares de relevancia en el transitar. Nunca se sabe. Como dije antes, la sucesión de paisajes es una de las sorpresas más agradables del camino y es imposible conocer de antemano qué aventuras deparará la ruta seguida.

Una vez más, la clave está en cada paso, en cada instante, y no en la obsesión por el destino. Pensándolo bien, sucede incluso en los relatos... ¡Cuántas veces no habrá pasado que la impaciencia nos lleva a hojear (y ojear) las últimas páginas del libro en que estamos enfrascados para tratar de resolver las incógnitas encerradas en las frases sobre las que aún corremos, alejadas del desenlace! Quizás algún día aprendamos que tal cosa no merece la pena. Lo pensaba estos días, siguiendo la última temporada de Lost, una serie a la que no me aficioné cuando nos la metieron por los ojos en el momento de su estreno, pero a la que sí me aficioné en un momento del viaje en que me reconocí bastante perdido. Ahora que termina el relato, los guionistas están empeñados en tratar de explicar o redondear una historia que nos iban narrando a través de las vidas de personajes que ya se explicaban a sí mismos de alguna manera. Y pienso que nada hay más chapucero que terminar una obra (un relato, en este caso) con la explicación de la obra (del relato), cerrando el paso al ingenio, la creatividad, la imaginación o incluso los escapismos legítimos de espectadores (y lectores). Hay modos mejores si se quiere obtener una obra de mayor calidad. Ya sé que es un recurso que viene de antiguo: típico de los filmes del género policial y de intriga era ver al malo de turno, pistola en ristre apuntando al prota, explicándole los cómos y los porqués de todo el cuento... y, de paso, dando tiempo a que llegara la providencial intervención que decantara un desenlace del lado del bien y la justicia. Todo muy redondo, tan redondo que resulta inalterable. También creo, por lo mismo, que lo peor de una película como El sexto sentido fue ese repasito final para los despistados que no hubieran ido pillando lo que se cocía (¿...acaso no queda la posibilidad de ver el film una vez más y obtener nuevas y diferentes lecturas del mismo?). Por todo lo contrario, la cinta de Kubrick 2001: Una odisea del espacio me resultó una tomadura de pelo (así lo reconozco) la primera vez que la vi hace ya muchos años, mientras que a día de hoy (después de varios visionados) pienso que es una obra imprescindible.
En fin, que no quiero enredarme con ejemplos. Simplemente, pretendo decir que la vida se explica a sí misma en cada aliento para quien es capaz de aprovechar y saborear la bocanada sin esperar que todo se resuelva al final (en especial, porque nunca se sabe cuál será la definitiva inspiración, la que precede a una espiración en que la 's' se convierte en una 'x'). O, en símil de colegiales, que es mejor estudiar un poquito cada día en lugar de dejar toda la materia para la víspera del examen final.
No sé si el paisaje que ahora contemplo con visión ciclotímica es el mejor posible. No me importa. Sé que es el que me quiere-y-puede contar quién soy y hacia dónde voy. Y con esto debería bastarme por el momento... aunque, a veces, como en un extraño déjà vu, me asalten preguntas sin respuesta: ¿Cómo se pueden tener añoranzas de sitios en los que no he estado, nostalgias de vidas que no he vivido y recuerdos de personas que no he conocido?

Debemos al escritor Suetonio, en De vita Caesarum (Las vidas de los doce césares) haciendo referencia a Tito Flavio Vespasiano, estas palabras:
En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día.

Teniendo en cuenta la trascendencia de los paisajes en nuestras vidas y la importancia de cuidarlos con esmero, es muy posible que este sentido del diem perdidi sea una de las mejores formas de complementar el manido carpe diem de Horacio.

Ilustración de este post: "El raigón", de Ricardo Supisiche (1912-1992)

domingo, 28 de febrero de 2010

la tormenta perfecta

(sin parada)


Así paso hoy por close2u: sin parada y raudo como el viento que sopló en algún momento de ayer en esta ciudad. La prometida "tormenta perfecta" fue decepcionante como tormenta, pero se lo disculpamos en aras de la seguridad personal y material (que, a fin de cuentas, es lo más importante en estos casos). Para haber estado pintados en rojo en el mapa de las alertas, lo que puedo decir es que, en la ciudad de A Coruña, el temporalazo se vivió como un día normal de viento y lluvia, pero un poco más fuerte... En otras partes, no lo sé. Quizás es que estemos ya muy acostumbrados a ser regados por todas las cisternas habidas y por haber en las capas bajas de la bóveda celeste y a ser azotados por la ira de Eolo y todos los Anemoi, y por eso la cosa podría haber transcurrido como un simple día más. Con mucha alarma, eso sí, que uno no las tenía todas consigo a la hora de poner un pie fuera de casa (no fuese a ser que...).
Le quedan a este que escribe algunas impresiones. Una de ellas es que los ¡que viene el lobo, que viene el lobo! suelen tener el efecto contraproducente de que, al final, el cánido siempre acaba devorando pantorrillas aprovechando el despiste del convertido en imprudente crónico y, otro día que avisen tanto, hará caso rita-la-cantaora y habrá que ir a recogerme del curuto de la Torre de Hércules (si no más lejos). Otra cosa para tener en el coco es visualizar el tremendo equipo de asesores de imagen que debe de trabajar para el servicio de meteorología. Yo nunca he entendido cómo un espacio en los telediarios como el de "el tiempo" le ha podido arrancar a mi madre tantos chsssssss ¡silencio, que van a echar "el tiempo"! (¡como si, en plan adivino, que es lo que a veces parece, fueran a "echar las cartas"...! pero ella tampoco entiende que yo le preste atención a la sección de deportes, así que estamos empatados a uno). Volviendo a los asesores de imagen, ya me dirás, si no, a quién se le habría ocurrido ponerle un nombre como *ciclogénesis explosiva* a la cosa esta. Cuanto más desconocido, más pavoroso. El miedo a lo incógnito, ya se sabe. Peroooo... un poco estrafalario sí que es, ¿no crees?

Pues nada, pasó la cosa. Ya se respira absoluta normalidad en otro insulso domingo más. Fue divertido recibir llamadas de mi madre para decirme, desde Castellón, el tiempo que me estaba haciendo en Coruña. Y discutiéndome lo que yo mismo veía con mis propios ojos desde la ventana de mi casa. ¡Qué poder de convicción tienen los meteorólogos, pardiez! ¡...más que los propios hijos! Lo mejor es saber que alguien desde lejos piensa en ti y se preocupa por ti. Enternecedor gesto, en cualquier caso.
Y también me queda en la memoria la sensación que tuve la víspera del temporalazo. Hubo un momento después de anochecer, con la amenaza pendiendo sobre nuestras cabezas, en que se hizo la calma absoluta: ni una brizna de aire, ni una hoja de los árboles que se moviera en absoluto, ni un ruidito por el viento... Parecía la calma que precede a la tormenta, el principio del fin, el preámbulo de la hecatombe... Con la angustia de que, cuanto mayor fuera la calma, más terrible se esperaría después a la tormenta, en matemática proporción inversa. Nunca una sensación que contenía tanta serenidad en sí misma me había parecido tan terrorífica. Esa calma era la mismísima negación de la calma.
Pero, en fin, como dicen nuestros vecinos franceses: bien está lo que bien acaba.

miércoles, 17 de febrero de 2010

blanco por dentro, verde por fuera...

(88ª parada)
"Nunca nos desanimamos. Porque, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día".
(2ª carta de Pablo a los Corintios, cap. 4: 16)

Me lío siempre con los parentescos... Si me quieres meter en un buen laberinto, dime que la prima del yerno de tu concuñada acaba de pillar un catarro y me tendrás en fuera de juego con cara de interesante (o de alelado, según se mire) durante un rato que se hará demasiado largo. Quizás sea así porque mi familia ha sido bien corta. Quitando a la jabata de mi bisabuela materna, que parió once hijos, el resto de la familia se queda en small-size: mi madre es hija única y mi padre era el pequeño de dos hermanos (la mayor era su hermana). Tanto me acostumbré a esta familia de bolsillo, que descuidé la generación anterior, por considerarla (fuera de los abuelos) de complicación memorística excesiva... En el caso de mi familia paterna, la distancia geográfica ayudó también al descuido. Por eso, creo que mi querido *** era un primo de mi abuelo paterno, pero es un dato por cuya certeza nunca pondría una mano en el fuego. Y me resulta extraño tener a *** tan desubicado, habiendo sentido por él el gran aprecio que recuerdo. Fue una admiración silenciosa, casi secreta, vivida desde la visión particular e incompleta de mis ojos de adolescente... lo digo porque poco era lo que conocía de ***. Recuerdo, siendo yo muy chavalito, su porte distinguido, casi señorial, y a la vez sencillo. Pero, sobre todo, su constante sonrisa de labios carnosos y su mirada llena de pasión, tanto que parecía capaz de incendiar un buen trozo del mundo con aquellas brasas ardientes que tenía por ojos. Me acuerdo, acompañado de mi padre, cuando *** (que siempre me miraba con aquellos ojos radiantes y llenos de simpatía, acordes con su sonrisa) le decía: "Este muchacho sería un buen diplomático. Yo lo veo de diplomático". Pasados los años, creo que ahora la sonrisa es la mía, pero más bien sarcástica, al constatar una realidad bien distinta. Sin embargo, en aquellos años mozos, uno contemplaba a estos mayores como *** con el deleite de saberse en grata presencia y tragaba con devoción las palabras que salían de personas tan queridas. Palabras, que (poco en serio y mucho en broma) delineaban futuros preñados de expectativas... Y yo seguía sin comprender por qué *** me ubicaba en los mundos de la diplomacia, cuando otros me resultaban mucho más interesantes.
El tiempo le quitó la razón por completo: en la vida no me he desempeñado con grandes habilidades diplomáticas... Bonita palabra, diplomacia, para un contenido tan ambiguo, a veces incluso retorcido. Pienso que, en un rizar el rizo, hasta la propia palabra es muy diplomática consigo misma. Es cierto que antes que la mejor guerra es incluso preferible la peor diplomacia, pero en tantísimas ocasiones "diplomacia" ha sido sinónimo de "persuasión impuesta por una parte con grave desventaja para la otra parte", que hace pensar si esta diplomacia abusiva (lamentablemente, tan en uso) no será también un "paz para hoy y guerra para mañana"...
Detesto la hipocresía en todas sus formas, así que no creo que hubiera sido muy feliz siguiendo el consejo de mi buen ***. Me resulta difícil traficar con sentimientos e impresiones, propios o ajenos. Soy mal mentiroso de interioridades: se me notaría demasiado si lo que digo no es lo que siento. Como a aquel perrito, mal jugador de póker, que nunca podía marcarse un farol ni disimular su buen juego porque el movimiento del rabito lo delataba. Con esta madera, ¿cómo fabricar un diplomático como mandan los cánones?

Para lidiar con estas tareas hay que conocer el fondo y la forma de las personas. Y en los seres humanos convive lo mejor y lo peor. Donde hay personas encontrarás traiciones, maledicencias, conflictos, envidias, mezquindades, rencillas, falsedad, abusos, odios viscerales, mediocridad, egoísmos de todo tipo, luchas por la supremacía, opresión, violencias, destrucción, actos desconsiderados... Pero donde hay personas también encontrarás altruismo, bondad, solidaridad, actos de amor, demostraciones de cariño, perdón, abnegación, artes y ciencias, confianza, amistad, heroicidades varias, afán de superación, progreso, manos ayudadoras, voces de aliento, hombros en que reposar, deseos de paz y armonía... Todo esto encontrarás mezclado a partes iguales o desiguales, por dentro, por fuera, en diferentes concentraciones dependiendo del cómo, el cuándo, el dónde y el con quién...
Y se darán las paradojas de encontrar a personas amables y cálidas por fuera, pero con interiores sombríos, llenos de odio y rencor. También podrás encontrar a personas ásperas en su corteza, pero que albergan gracia y dulzura en su interior. Y deberás elegir, si no queda más remedio, qué prefieres: las formas o los contenidos. Porque, aunque lo deseable es que ambos compartan rasgos de bondad, no siempre lo bueno está recubierto con un envoltorio a juego. Me recordaba N, a la vuelta de su prolongada estancia en Jerusalén, el significado de la palabra tzabar ("sabra") en aquella tierra. Los israelíes llaman así a los nacidos en Palestina antes de 1948 y a sus descendientes (por extensión, se les llama "sabra" a todos los nacidos en el Estado de Israel). El nombre es el mismo que el de la opuntia o chumbera, plantas que (como todos los cactus) dentro de una piel espinosa albergan un contenido tierno y jugoso. Al margen de consideraciones nacionales o de pueblo (que ahora no vienen al caso), me siento identificado con ese concepto de espinoso por fuera y apacible por dentro. Y creo que es por eso por lo que alguien exteriormente áspero como yo se fue desencantando de la opción diplomática en la que *** me veía embarcado en sus sueños poco realistas.

Hace ya unas cuantas noches, entrada la madrugada, salía del edificio en que vivían mis padres para irme a dormir a mi casa. La calle estaba irreconociblemente desierta. Todo en silencio: ni un vehículo, ni un paseante, ni un perro tirando de su amo en una última escapada nocturna. Paré un momento a respirar hondo el fresco aire de la noche coruñesa y a dejarme bañar por la débil luz de luna y estrellas insólitamente desvestidas de nubes, antes de meterme en el coche. Por un instante, dejé volar la imaginación para sentirme como en aquellas películas en que la humanidad se había extinguido y yo era el último habitante del planeta. Teniendo en cuenta la soledad que transportaba el aire, bien pudiera haber sido así. Y mi primer pensamiento en ese instante fue el de una necesidad imperiosa de encontrar a otra persona en medio de ese vacío de gentes... A alguien. Al otro que habitase en semejante desierto.
Y tuve una tonta ilusión: hasta llegué a pensar que, en un nuevo comienzo, quizás fuera más fácil dejar a un lado lo malo y caminar sólo con lo bueno. Sin diplomacias, sin dobleces, sin medias tintas. Con sinceridad, siendo auténticos, de corazón. Aunque fuera con corazón de sabra.