miércoles, 30 de junio de 2010

alea iacta est

(94ª parada)
"Jesús le dijo: Nadie que haya puesto su mano en el arado y mira hacia las cosas de atrás, es idóneo para el reino de Dios".
(Evangelio de Lucas, cap. 9: 62)

El dado ha sido lanzado. Suetonio nos cuenta que éstas fueron las palabras que Julio César les soltó a sus tropas en el momento de cruzar el río Rubicón. Era un antes y un después. El después suponía la rebelión contra la autoridad del Senado Romano y el estallido de la guerra civil contra los pompeyanos.
Evitando los latines, en castellano tenemos otra expresión similar: Quemar las naves. No es necesaria explicación, todo el mundo entiende lo que quiere decir. En su sentido más literal, se trata de la eliminación de cualquier medio que permita una deserción o una retirada. Al parecer, en el año 335 aC, Alejandro Magno arribó a las costas de Fenicia con un potente ejército; pero se vio en la situación de tener que enfrentarse a un enemigo que lo triplicaba en número. Ante la desmotivación de sus tropas y la prematura derrota psicológica, Alejandro tuvo la ocurrencia de pegar fuego a todos los barcos una vez que los soldados hubieron desembarcado. Mientras sus hombres contemplaban la cremación de la flota, supongo que Alejandro los arengó con palabras tan calientes como el fuego que consumía madera y velámenes, y les aseguró que la única forma de volver a casa sería a bordo de los barcos capturados a sus enemigos.
Hay otros sucesos que también se vinculan a esta afición pirómana contra las propias naves. El más famoso de ellos es el ocurrido en la playa de San Juan de Ulúa. Corría el año 1519 y se cuenta que Hernán Cortés, en su aventura mejicana, ordenó quemar sus barcos para que sus hombres no pudieran volverse a Cuba. En realidad, no fue esto lo que sucedió, sino que Cortés hizo hundir las naves barrenándolas para que se escoraran. Diferente método, pero el mismo resultado.

Quemar las naves es la forma de apaciguar la tormenta que ruge en la mente cuando hay un sinfín de posibilidades disponibles y la capacidad de elección se agota en un interminable devanar el ovillo. Es forzar una escapada hacia adelante. Es atravesar un puente que sólo se puede cruzar una única vez, por ser puente unidireccional: de ida pero no de vuelta. Es una forma de pasar a través de un espejo: aquí se ve el reflejo, pero más allá ya no existe ningún reflejo. Es reducir el camino a una sola posibilidad: victoria o derrota, en una valiente (a veces temeraria) caída al abismo. Con un paracaídas como todo equipaje, se da el salto del que ya no hay posibilidad de marcha atrás.
Como si se tratara de una partida de naipes, es el momento de poner las cartas sobre la mesa y revelar el juego. Mostrarlo sin tapujos ni medias tintas. Es el acceso a una realidad diferente, donde se conoce de forma diferente, donde la palabra pronunciada ya no puede volver a la boca de la que salió, donde la marca de las nuevas huellas se torna indeleble, donde los hechos tienen repercusiones decisivas. Una realidad a la que se llega apostando todo un presente para conseguir un futuro de todo o nada. Sin la posibilidad de retroceder al sosiego de una posición segura, a la trinchera excavada en el tiempo de la indecisión.
Quemar las naves es la aventura cotidiana en el viaje de la vida. Es la materia con la que se acaban construyendo las relaciones entre las personas...

Y a propósito de quemar y de relaciones humanas, pensaba hace unos días, mientras terminaba mi comida al aire libre en un radiante mediodía de comienzo de verano, que he conocido a mujeres que son como el sol. Es una delicia quedar expuesto a sus caloríficos rayos, contemplar cómo iluminan el día de forma apacible y recibir con agrado su energía. Pero también compruebas que si te acercas demasiado te acabarás quemando y llegas a adivinar que sus llamaradas tienen el poder de destruir tus propias naves.

lunes, 31 de mayo de 2010

un final es otro comienzo

(93ª parada)
"(...) era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque tu hermano, que había extraviado su vida, la ha recuperado;
se había perdido, y lo hemos encontrado".
(Evangelio de Lucas, cap. 15: 32)


El fin de cada historia tiene su momento, se cumplan o no las expectativas acumuladas con el tiempo. Y LOST no podía ser la excepción. Ya los responsables de la serie habían advertido hace varios años de este hecho: la sexta temporada sería la última, la conclusiva, y a su finalización todo quedaría resuelto (...de alguna manera).
Quizás haya sido la forma de resolverlo lo que ha generado numerosos comentarios de decepción entre los aficionados a esta historia que se ha desarrollado desde 2004 hasta su remate la semana pasada. Supongo que siempre es difícil conseguir contentar a un público heterogéneo, más allá del lugar común que es su locura por seguir con fanática fidelidad esta serie aparentemente inextricable. Era sabido que, fuera el final que fuera, habría decepciones. El asunto era comprobar si las decepciones serían más numerosas que las satisfacciones, o al revés. En fin... ahora sólo pretendo hablar por mí. No quiero ser portavoz de nadie, ni me interesa conocer el pensamiento del seguidor estándar de Perdidos, si es que tal espécimen existe (que lo dudo). Creo que son importantes las visiones particulares de cada cual y, como siempre, sigo pensando que lo que termina de enriquecer a cualquier obra (de la categoría que sea) es la aportación personal del espectador.

Lo primero en que pienso es que el tan ansiado final estaba destinado a ser un mero accidente, algo accesorio. En aquello en que se vuelcan tantas expectativas al comenzar (el alcance de la esquiva y lejana meta), es el devenir de la ruta lo que acaba difuminándolo, haciendo que el caminar sea más grato que el arribar. Llega un momento en que parece tan improbable obtener las respuestas a tantos misterios de la vida, que sólo queda dejarse arrastrar por el curso de un torrente que lleve a cualquier destino, a uno, tan incierto como sus enigmas. Y en este abandono, son los personajes que habitan el río de la vida (con sus historias, sus tormentas personales, sus aspiraciones, sus realidades y proyecciones) quienes cobran el protagonismo en exclusiva. La que fuera la gran protagonista, la isla y sus misterios, va quedando relegada a un plano secundario.

Quizás la clave de una buena novela está en la profundidad de sus personajes, en el nivel de desarrollo que el autor les otorga. Y la vida misma, como la mejor de las novelas, nos enseña que sus personajes no somos estancos. Al contrario: somos permeables, evolucionamos al interactuar y devenimos en personas más completas y complejas, con este trasiego de energías. Así como en El Quijote se percibe (en palabras de Salvador de Madariaga) una quijotización de Sancho y una sanchificación de don Quijote, podría decirse (y salvando todas las distancias) que en LOST también puede adivinarse un proceso de Jackización de Locke y de Lockización de Jack. Durante mucho tiempo, el enfrentamiento entre John Locke y Jack Shephard es el enfrentamiento (en un entorno desconcertante, de ignorancia de lo que sucede o puede llegar a suceder) entre la fe y la ciencia, entre lo espiritual y lo material, entre la creencia en lo que se intuye, se espera, pero no se ve, y la racionalización a través del método científico. Pero estas visiones extremas se van complementando y fundiendo, hasta seguir el ejemplo de Alicia y llegar a atravesar el espejo.

No menos interesante me ha parecido el desenlace final... más allá de las anécdotas, de las dimensiones de purgatorio que algunos han querido ver en la última realidad alternativa, en esa otra faceta del multiverso. Quizás porque, suavemente, casi sin que fuéramos conscientes de ello, huyendo de brusquedades y de redoble de tambores, se ha dado la respuesta que ya estaba impregnada en toda la trama. No la respuesta que era el objeto de deseo de los curiosos compulsivos (la respuesta de quien esperaba impaciente las páginas finales del libro como las más reveladoras, aun a costa de saltarse otras previas todavía más importantes para conocer la esencia del viaje), sino la mejor respuesta, la realmente trascendente. Porque, ¿qué hacíamos todos en esa isla?
El adjetivo "perdidos" se les da a los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic Airlines después de estrellarse en la isla. Pero ¿no estaban ya perdidos antes de llegar allí? Un análisis sereno de la propia existencia les llevará a cada uno a esa certeza: llegaron perdidos a la isla. Y es en la isla donde terminarán por encontrarse consigo mismos. Fue esa experiencia conjunta lo que marcó la diferencia, lo que les hizo llegar a la conclusión final de que aquélla fue la mejor parte de sus vidas. En definitiva, seguimos progresando en ese camino en que nos vamos encontrando unos con otros. Y el primer objetivo de la isla era revelarles que se habían quedado estancados en su caminar.
Descubrieron la riqueza de las múltiples visiones. Aprendieron la maravilla de que todos, amigos o enemigos, semejantes o dispares, hemos sido oportunidad de crecimiento unos para otros. Vivieron la experiencia de comprobar que en las dificultades, en las crisis, podemos sacar lo mejor o lo peor de nosotros mismos, pero siempre tenemos la oportunidad de que sea lo mejor. Y está en nosotros elegir que las pruebas nos vayan refinando igual que sucede con los metales preciosos en el crisol.

Finalmente, con alguna lagrimilla (inevitable, al menos para mí) pero también con mucho regocijo, llegará el momento de despedirnos de unos compañeros de aventura a quienes, tal vez, el viaje de la vida nos vuelva a unir en otras circunstancias...

Y la historia termina donde un día empezó. Para que, una vez más, todo vuelva a tener un nuevo inicio.

domingo, 23 de mayo de 2010

il était un petit navire...

(sin parada)

Sin contar con mi intervención consciente, mi cuerpo se hizo diestro. Todo lo contrario que mi mente que, plena de convicciones, se hizo siniestra. Fue el gusto por el progreso bien entendido, el ansia de ver conseguidas condiciones de igualdad de oportunidades para todos, la devoción por la democracia y los derechos civiles, la visión de la sociedad como un colectivo donde todos dependen de todos y cada uno debe cuidar de los demás, sobre todo de los más desfavorecidos... las cosas que pueden hacer del mundo un mejor lugar para vivir, al resguardo de ambiciosos egoísmos. Ideales que he visto, vez tras vez, ser pisoteados por lobos vestidos de corderos, ambiciosos egoístas recubiertos con una capa de interés social. Será que somos así y que el principal obstáculo para realizar aquellos buenos ideales radica en nosotros mismos. No sé.
La burguesía ocupa el lugar de la aristocracia cuando surge el proletariado, tanto como éste está dispuesto a ocupar el lugar de la burguesía cuando surge un quinto estado. Y así ad infinítum... Es una forma de corrupción del poder y por el poder.
En el lado izquierdo de la Assemblée Nationale estaban sentados los jacobinos. Eran otros tiempos y quedaban muchos episodios de corrimiento a la diestra. Pero aquellos miembros del Club Bretón plantaron la semilla, utópica o realista en proporciones variables, de una profunda renovación de la sociedad.

Llegado a este momento, sólo se me ocurre proponer que los nuevos Parlamentos sean más parecidos a los barcos que surcan los mares. Sin izquierdas ni derechas. Con babor y estribor. Y quiero imaginar a todos esos representantes de la soberanía popular remando a brazo partido, en el costado de la embarcación que tengan asignado. Y sin olvidar que es importante el ritmo y que no hay que dejar todo el esfuerzo para los del otro costado, si no se quiere navegar en círculos.
¿Capricho mío para dejar todo como está? Puede. Los egoísmos particulares seguirán siendo los enemigos del sistema. Pero es que, al final, el binomio izquierda-derecha no parece dar muy buenos resultados si de progresar se trata. Quizás lo sea por la confusión de no saber hacia dónde se va: aparte de un lado y otro, poco más queda, ninguna otra referencia... En los barcos, por el contrario, los costados de babor y estribor encuadran el eje principal de la nave que, de la popa a la proa, señala el sentido del avance.

lunes, 17 de mayo de 2010

recordando...

(92ª parada)
"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora".
(Sefer Kohelet, cap. 3: 1)

TIEMPO SIN TIEMPO

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

(Mario Benedetti)


Recordar es lo contrario de olvidar. Perogrullesca afirmación, lo sé. El caso es que a veces se olvida uno de recordar y puede ser esto motivo de incomodidades, todo depende de en qué circunstancia suceda tal descuido... El paso de instantes, las acumulación de jornadas, las nuevas experiencias que se van amontonando ejercen su efecto capa-de-polvo que más bien es una capa-de-olvido sobre lo que otrora fue fresca memoria. Y nos olvidamos hasta de que hay que limpiar ese polvo acumulado, si tal cosa fuera necesaria. Parece inevitable. También es un mecanismo del señor encéfalo para protegernos de quién sabe qué...

El viernes pasado recordé que no quería olvidar. No quería olvidar que pasaron los días hasta hacer hoy (17 de mayo) ya un año, el primer año transcurrido desde que Mario Benedetti se despidió de su pluma y completó su legado. El mismo Benedetti que pidió (precisó, necesitó) tiempo sin tiempo vio su tiempo agotado. El día de ayer o el de mañana es tan bueno para recordar como el de hoy. Y no son pocos los días en que no dejo de recordarlo a través de sus poemas, sus escritos, su voz, sus imágenes. Pero la capacidad de concentrar atenciones que tienen las efemérides no es algo que deba desaprovecharse. Quizás fue por eso que el zorro le dijo al Principito: "Si tú vienes sin importar el cuándo, no sabré nunca a qué hora preparar mi corazón... Son necesarios los ritos. (...) Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas".

Por eso, hoy tampoco es mal día para recordar que no quiero olvidar.

viernes, 30 de abril de 2010

estacas

(sin parada, en el momento previo a recuperar el habitual ritmo de marcha)

Para ponerme otra vez a velocidad de crucero, me sirve como fuerza impulsora la que recibí con el mensaje de N. Nada nuevo. Pero la virtud de los grandes mensajes es ésa: que no necesitan ser nuevos para seguir manteniendo intacta y activa toda su capacidad de servir de estímulo. Lo único necesario es volver a tenerlos presentes y tratar de aplicarlos a la vida lo mejor posible.
La vida supone un cambio constante y, para crecer, hay que estar dispuesto a cambiar. No siempre es fácil: en el intento se presentan numerosos problemas que es difícil superar... En muchas ocasiones, estas dificultades son un reflejo de las estacas que no nos dejan avanzar. Generalmente, esas "estacas" no son otra cosa que barreras mentales con las cuales seguimos creciendo sin llegar a superarlas. Como dije, nada nuevo. Jorge Bucay escribió un cuento que ilustra a la perfección el poder de las estacas:
EL ELEFANTE ENCADENADO
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como mas tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
.
Cuando tenia cinco o seis años, yo todavía confiaba el la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imagine que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…


Ese elefante se parece a muchos de nosotros que creamos estacas mentales: yo no puedo, yo no sirvo para eso, yo nunca lo lograré, nadie lo ha hecho, siempre lo hemos hecho así ...y podríamos llegar a elaborar una larguísima lista de estacas o barreras mentales que no nos permiten ir más allá. Son muchos hoy los que se sienten encadenados a relaciones disfuncionales, a trabajos o empleos que no les gustan, a adicciones que no pueden controlar, a malos hábitos que esclavizan, y esto genera insatisfacción, frustración, ira, enojo, tristeza, miedo... entre otras emociones y estados de ánimo.
Todo esto que se produce en el ser se debe, básicamente, al desconocimiento de su propósito en la vida. Cuando desconoces tu propósito, tu vida pierde significado, te sientes inútil. Hay una frase que se muestra muy reveladora en este sentido: "El propósito te mantiene motivado, con energía, listo y enfocado".

Cuando descubres tu propósito, te das cuenta de que eres capaz de hacer muchas cosas que pensabas que no podías hacer. Cuando descubres tu propósito, puedes fluir libremente en las capacidades y talentos que tienes. Cuando descubres tu propósito, puedes cambiar y vivir una vida más satisfactoria.
Es el camino de la LIBERTAD. Y hoy es el mejor día para cambiar, para soltar las estacas y comenzar a vivir, a soñar, a sentir el ser volando en libertad.

"Si hiciéramos todo lo que somos capaces de hacer, quedaríamos realmente sorprendidos".
(Thomas A. Edison)

cuando los ojos no ven ni los oídos oyen

(sin parada, en un momento en que reduzco el habitual ritmo de marcha)

Hay ocasiones en que el viaje pide una parada en condiciones para descansar, mientras que, en otras ocasiones, se puede tomar un breve respiro simplemente disminuyendo la velocidad a la que se viaja. Creo que éste es un buen momento para ello. Sobre todo, por un par de toques de atención recibidos de personas a las que les importo. Digo "toques de atención" aunque ellas no imaginan hasta qué punto sus mensajes eran necesarios (imprescindibles, incluso) en el momento de recibirlos. Pero se ve que hay quien tiene el don de la oportunidad aun sin ser plenamente consciente de ello... Ante esto sólo puedo decir: ¡Gracias por haberlo empleado en mi favor!
Y por este motivo, debo dejar claro que este post y el siguiente no van a ser de cosecha propia, sino un efecto espejo... es decir, un intento de reflejar el bien recibido por si pudiera servir del mismo modo a alguno de mis queridos compañeros de viaje.

Comenzaré con la historia que I ha querido compartir conmigo. Se trata de un hecho real, ocurrido en Washington en la mañana del 12 de enero de 2007. Un músico callejero se instala en la entrada L'Enfant Plaza del metro de la ciudad. Se trata de un violinista que durante 43 minutos interpreta un repertorio con una pieza de Bach, el Ave María de Schubert, música de Manuel Ponce, de Massenet y, de nuevo, Bach. Hacia las 8 de la mañana, la estación del metro bulle en plena actividad: es hora punta y pasan cientos de personas, casi todos camino a sus trabajos. A los 3 minutos, un hombre de avanzada edad reparó en el músico. Aminoró su paso, se paró por unos segundos y emprendió de nuevo su marcha. Un minuto más tarde, el músico recibió su primer dólar: sin parar, una mujer lanzó un billete en la caja del violín. Unos minutos más tarde, un individuo se detuvo por unos instantes a escuchar; pero al mirar su reloj empezó de nuevo a andar apresuradamente… se le estaba haciendo tarde. El que prestó mayor atención fue un pequeño de unos 3 años. Su madre lo cogió y tiró de él, pero el pequeño seguía escuchando al violinista. Finalmente, su madre lo agarró con más fuerza y siguieron andando. El pequeño, ya puesto en marcha, seguía mirando al músico con la cabeza vuelta. Durante los 43 minutos en que el músico estuvo tocando, tan sólo hubo 7 personas que se pararon para escucharlo brevemente. En total, logró reunir 32 dólares. Nadie prestó especial atención cuando el músico dejó de tocar. Nadie aplaudió. Entre las más de mil personas que pasaron por delante de él, nadie lo reconoció. Nadie pensó en que Joshua Bell (link aquí) era el violinista del metro. El mismo Joshua Bell que es reconocido como uno de los mejores violinistas del mundo. En los pasillos del metro interpretó partituras de gran belleza musical y lo hizo con su Stradivarius del 1713, valorado en 3 millones y medio de dólares. Dos días antes de este acontecimiento, ya no quedaban entradas a la venta para su concierto en el teatro de Boston. Y los tickets costaban casi 100 dólares. Sin embargo, nadie apreció en una medida proporcional la actuación gratuita en el metro de Washington.

Esta actuación realizada de incógnito en la estación de metro de Washington a cargo de Joshua Bell fue un experimento organizado por Washington Post para investigar la percepción, el gusto y las prioridades de la gente. Las preguntas que se habían planteado para el experimento eran éstas:
- ¿Podemos en un ambiente cotidiano, a una hora inusual, apreciar la belleza?
- ¿Nos pararíamos para apreciarla?
- ¿Podemos reconocer talento en un contexto inusual?
Está visto que cada vez más hemos desarrollado dependencia a luces de neón, sensacionalismos varios o focos dirigidos para "saber" a qué debemos prestar atención y a qué no.
Una de las posibles conclusiones después del experimento podría ser: Si no nos tomamos el tiempo necesario para detenernos y escuchar cuando uno de los mejores músicos del mundo está tocando una de las más bellas partituras, ¿cuántas otras cosas extraordinarias nos estamos perdiendo al no saber apreciarlas?

Cada cual deberemos reflexionar en ello...

Dejo a continuación el vídeo-resumen del evento.

domingo, 18 de abril de 2010

laberínticas perspectivas

(91ª parada)
"(...) Ahora sólo conozco en parte; pero llegará el momento en que conoceré perfectamente, de la misma forma en que también fui conocido".
(1ª Carta de Pablo a los Corintios, cap. 13: 12)

Permíteme que comience con un relato que seguro que ya conoces:
Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día, el hijo le dice:
- ¡Padre, qué desgracia! El caballo se ha soltado y ha escapado.
- ¿Por qué lo llamas desgracia? -respondió el padre- Veremos lo que trae el tiempo...
A los pocos días, el caballo regresó, acompañado de otro caballo.
- ¡Padre, qué suerte! -exclamó esta vez el muchacho- Nuestro caballo ha traído otro caballo.
- ¿Por qué lo llamas suerte? -repuso el padre- Veamos qué nos trae el tiempo...
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo. Y éste, no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se rompió una pierna en la caída.
- ¡Padre, qué desgracia! -exclamó ahora el muchacho- ¡Me he roto la pierna!
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
- ¿Por qué lo llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!
El muchacho no se convencía y se lamentaba mucho postrado en su cama. Y más que por el dolor, que se fue atenuando, por el hecho de no poder trabajar junto a su padre en el campo. Pocos días después, pasaron por la aldea los enviados del rey reclutando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo.
El joven entendió en ese momento que no podemos tener certeza absoluta en nuestra interpretación de los avatares de la vida, por evidente que parezca, pues carecemos del conocimiento de todos los elementos que los componen y tampoco sabemos qué sucederá en el futuro.


A veces me he preguntado dónde está la sabiduría de un padre que no es capaz de dar respuestas a las intuiciones (erróneas o ciertas) de su hijo. Luego, he querido comprender que su sabiduría debe de estar situada en un concepto más bien socrático de lo que es saber ("sólo sé que no sé nada"). Y tengo la impresión de que ese "nada" no es poca cosa. Es, al menos, tener asumida la propia ubicación en el interior de un laberinto de desconocidos recorridos. Y no es lo mismo posicionarse en la certeza del laberinto que posicionarse en un laberinto de certezas... Cuán difícil es dilucidar a priori la bondad o maldad, la oportunidad o inoportunidad, la sazón o desazón de las cosas que azarosamente suceden o incluso de las que voluntariamente se eligen. Y con qué frecuencia llega a ocurrir que ante una decisión que se cree bien pensada se topa uno ante un callejón sin salida en medio del laberinto y, al contrario, el más desesperado y desesperante de los itinerarios llega a ser premiado con un camino expedito que permite un avance dichoso. Contingencias de la vida... No hay forma de saber lo que nos concederá el futuro. Pero, a pesar de todo, lo más sabio que sí podemos hacer es utilizar toda la información que tenemos en nuestras manos para elegir el mejor camino que sea posible. No es una garantía de éxito, pero sigue siendo lo mejor que se puede hacer. Lo mejor, no siempre lo más sencillo: se precisa una gran dosis de entereza para seguir este camino cuando en el laberinto también se pueden escuchar numerosos cantos de sirenas (llámense prejuicios, llámense reticencia y resistencia al cambio, llámense miedos, llámense irracionalidades, llámense indolencias... llámense como se llamen).

Te voy a contar una experiencia literalmente laberíntica que recuerdo del último verano. Mi madre, mi hermana y sus hijos (mis sobrinos) vinieron a pasar unos días en la ciudad en que vivo. Aprovechamos la tarde de uno de estos días para visitar un parque coruñés a la orilla del mar. Cerca de una zona de juegos infantiles del parque hay un laberinto vegetal, una obra de jardinería que permite el paseo por su interior. En un momento de la tarde, vi que mi hermana y mi madre estaban sentadas a la puerta de acceso al laberinto y les pregunté por mis dos sobrinos a quienes no veía en la zona de juegos. Parece ser que se habían aventurado en el laberinto y llevaban algún tiempo sin asomar la cabeza. Bueno... habiéndose presentado tal oportunidad, cual ovillo rescatador de Ariadna, el tío salvador acude al socorro de sus perdidos sobrinuelos. Después de deambular un buen rato, me los encuentro en el interior casi asustados de tan perdidos. "Tranquilos, aquí está el supertío", creo yo que van a pensar en cuanto me ven. Sin embargo, la operación rescate no fue tan espectacular como yo había pretendido. Al cabo de un rato, la mano de mi sobrina (la mayor de ambos) aprieta la mía y me dice, bastante divertida a costa de mi ridículo: "Tío, ¿tú también te has perdido, verdad?". Difícil esconder, incluso a una niña de seis años, que pasar por el mismo lugar varias veces y cruzarse con las mismas personas otras cuantas no es síntoma de saber lo que se está haciendo si se trata de salir de un laberinto. En fin... recuerdo que le respondí algo así como: "Nooooo, ¿no ves que me voy fijando en la sombra y así sé por dónde vamos? Sólo estoy probando una cosa, por eso doy vueltas...". Creo que no se me ocurrió mejor tontería para tratar de tranquilizar a los dos peques, si bien el nerviosismo estaba empezando a ser todo mío y el jolgorio todo suyo. Pero, como bien está lo que bien acaba, puedo decir que ahora estoy aquí escribiendo esto, así que sí: ¡salí del laberinto! No sé cómo, pero encontramos la salida. Sí: la sombra algo ayudó, pero el azar puso su mayor parte en el éxito.

Peligrosos lugares, los laberintos, por lo fácil que es perderse en ellos. La literatura, las empresas humanas, los mitos en general han estado trufados de laberintos. Con sus héroes que se aventuran en ellos, sus arquitectos, sus minotauros y monstruos que hacen aún más difícil el recorrido; con sus trampas, sus bifurcaciones y enredos; con su abundante simbología, sus secretos y misterios, sus profundos significados, sus entradas y salidas, sus centros; también con quienes los resuelven y los desentrañan, con ovillos, teseos y ariadnas... Un universo encerrado en un amasijo de caminos entrecruzados, una red cósmica cuyos nudos son encrucijadas de un largo viaje...
Los laberintos pueden ser fáciles de resolver desde fuera, contemplándolos como quien contempla un mapa. Pero el problema es que estando inmersos en ellos, como es que estamos, la tarea es ardua y se torna complejo encontrar el método que dé una solución a la prueba. Una miradita a esa solución sería algo así como echar un vuelo que permitiera una panorámica más global y volver a sus pasadizos con una idea clara de propósito, un sentido, una regla de orientación. A la manera de Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa. Quizás aquí esté la clave: la mirada amplia y la mente abierta, que serán siempre puestas a prueba en las circunstancias más difíciles.

Hace un tiempo leí un breve cuentito de Jorge Luis Borges titulado Los dos reyes. Cada rey tenía su laberinto y eran de dos tipos muy diferentes. El del rey babilonio era un laberinto construido por arquitectos y magos, un laberinto de muros y corredores intrincados. El del rey árabe era el mismo desierto, un laberinto donde el camino es la supervivencia. No importa qué apariencia tenga el que estamos recorriendo: los tortuosos meandros del río de la vida transcurren laberínticamente en una invitación a estar siempre vigilantes ante el juicio ligero del necio o la carrera loca del insensato.