Sur ta si petite planète, il te suffisait de tirer ta chaise de quelques pas. Et tu regardais le crépuscule chaque fois que tu le desirais...
- Un jour, j'ai vu le soleil se coucher quarante-trois fois!
Et un peu plus tard tu ajoutais:
- Tu sais... quand on est tellement triste on aime les couchers de soleil...
- Le jour des quarante-trois fois tu étais donc tellement triste?
Mais le petit prince ne répondit pas.
(Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince, c.VI)
Aquello fue amor a primera vista, sin duda.
Era octubre de 1986. Aprovechando una fiesta local, un grupo de amigos pensamos que sería una gran idea pasar la jornada pegándonos una buena caminata en algún lugar lejos de la ciudad. El paraje elegido fue el de las fragas del Eume. Yo nunca había estado allí, ni siquiera había oído hablar del sitio antes de ese momento (prácticamente recién llegado al nuevo destino vital), y me pareció bien una aventura en terra incognita. Así que, en aquella mañana, tomamos un tren que nos llevó de Coruña hasta Pontedeume. Llegados a la estación de Pontedeume, comenzó nuestro día de caminar y caminar rumbo al monasterio de Caaveiro, situado en el corazón de aquellos bosques. Inolvidable excursión, con instantes de refrigerio (a base de bocatas) reposando en las ruinas del monasterio. Caminamos decenas de kilómetros, ida y vuelta, en que mi ser entero se fue impregnando con las esencias de un lugar realmente maravilloso.
Numerosas veces he vuelto a aquel locus amoenus, buscando paz, buscando sosiego, buscando reposo, buscando maravillarme una vez más. Y siempre he encontrado lo que buscaba. Me he hecho árbol, agua del río, puente, piedra de monasterio, roca en el camino, aire fresco. He leído páginas y páginas mientras recorría los senderos. He grabado en mi retina y en mi mente las singularidades de aquel paisaje, su personalidad, sus formas, su luz, sus sonidos. Incluso he plantado algún árbol en medio de aquellos otros árboles. En realidad, me acabé plantando a mí mismo en medio del fascinante bosque, me hice parte de todo aquello. Lo sé, porque en ocasiones sigo sintiendo la llamada desde lo lejano. Una vez que puse mi pie allí, ya nunca me fui del lugar. Algo de mí permanece ya para siempre en este verde hábitat.
Cada vez que el fuego ha incinerado parte de esos bosques, se retuercen mis tripas con el dolor abrasador de la hermandad calcinada y arde también dentro de mí una rabia incontenible contra la estúpida furia pirómana. Malditos intereses, maldita insensatez, maldita locura destructiva.
Ayer, volvieron las malas noticias. Muy malas. Un incendio de enormes proporciones está devastando las fragas del Eume. Un incendio provocado, otra vez. Las crónicas hablan de 750 hectáreas arrasadas, según las estimaciones provisionales. 750 hectáreas... Imagina la superficie de una vivienda de 100 m², y entonces estaremos hablando de 75.000 viviendas una a continuación de otra. Todas esas viviendas, llenas de recuerdos perennes, de experiencias atesoradas, de días espléndidos, de enormes deleites... todas ellas sacrificadas al fuego por la acción de un puñado de desaprensivos.
Hoy me faltan palabras y me sobra tristeza y enojo. Siento como si hubiera perdido para siempre una parte de mí mismo. Ese macroorganismo, aunque se comportara como un ser cambiante (como todo ser vivo, natural), llegó a ser familiar para mí, una presencia constante. Fui conociendo las cortezas de sus árboles, la altura de sus copas, el murmullo de sus aguas, el reflejo de la luz en la tierra, el musgo y los líquenes sobre las rocas, el olor del aire... Quizás todo eso ya solo sea un recuerdo.
Cuando solo veo cenizas, quiero creer que resurgirá el Fénix, pero ahora no soy capaz de verlo. Me nubla la humareda desprendida por un fuego que todo lo abrasa en su frenético avance, un fuego que no comprende que hay cosas sagradas que no debería atreverse a lamer con sus ardientes lenguas.
Hoy estoy muy triste. Ni cuarenta y tres puestas de sol servirían...
"Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida.
Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían".
Jonas Edward Salk (Nueva York, 28 de octubre de 1914 - La Jolla, 23 de junio de 1995)







