Mostrando entradas con la etiqueta invierno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta invierno. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de febrero de 2013

febrero

(etapa 07.13)
Mientras haya
quien entienda la hoja seca,
falsa elegía, preludio
distante a la primavera.
(Pedro Salinas, "Confianza")

Los azotes del viento han disuadido a enero de seguir aferrado al calendario. Abandona. Literalmente desgajado, desprendido hoja a hoja del almanaque. ¿O quizás han sido las copiosas lluvias las que han arrastrado toda su voluntad de permanencia? El resultado es el mismo. Al fin, un mes deja paso a otro mes.
Febrero entenderá el viento como energía para el cambio, escoba que barrerá las hojas muertas. El agua de la lluvia será el elemento que lave su camino. Lo que mató al pasado será la fuerza del futuro.
Deseos, deseos... Él lo espera así, aunque no sabe qué sucederá.

En estos días de viento y de lluvia, pasear por la ciudad es como vivir en una metáfora. Todo es arrastrado, sin ahondar en motivos ni en maneras. Todo se remueve, lo que se va y lo que viene.
En la esquina acristalada de siempre, a modo de escaparate, aquel establecimiento suntuoso ya no existe. Ahora, la vitrina está polvorienta y revela un interior vacío y abandonado. Ya no están las cortinas aterciopeladas, ni la mesa de madera noble ni las butacas lujosas. Empero, otra ausencia se hace aún más notable. Ya no está la hermosa mujer que era el alma del local, la vida entre lo inerte. La mujer que regalaba su belleza al viandante distraído, una belleza que no puedo llegar a describir, porque hay que ver para entender y para sentir. Sentir la calma, la serenidad, a la vez que la desazón de una mirada inalcanzable, la inquietud de lo imposible. El poder de detener el tiempo... Ya no. Ha vuelto a correr el tiempo y, mirando hacia el interior del local, hacia el vacío difuminado por la capa de polvo en los cristales, apenas se intuye la figura fantasmal que los ojos todavía quieren ver. Pero la sensación es desoladora. Destierro, nostalgia, viento y lluvia.
Los que han venido han sido los estorninos. Vuelven a su cita, como cada año. Invaden el cielo de la ciudad y los árboles de sus parques. Forman nubes de puntos diminutos, nubes que no pierden la redondez del contorno, por más que se muevan velozmente y con gran agitación, simulando ser extraños microorganismos (quizás paramecios, quizás amebas) que fueran examinados con lentes de mucho aumento sobre el tapiz gris del cielo. El frenético vuelo termina para algunos cuando encuentran un árbol en que posarse. Allí encaramados, empiezan una especie de twitter en miniatura, igual de frenético, con docenas y docenas de pájaros en uniforme luctuoso, que no azul, compitiendo para hacer oír su gorjeo por encima de la cacofonía general. La ciudad se rinde a ese murmullo, incluso el viento no lo puede ahogar.
Y sigue lloviendo.

La lluvia limpiará y el viento barrerá. Febrero así lo espera. El sol quizás aparezca de pronto y derrita algunas nostalgias.
Ya se verá...
Mientras tanto, entre los que se fueron y los que vinieron, el tiempo sigue corriendo. Viene un mes nuevo y todo lo hace nuevo, invitando a comenzar de cero. Una vez más.


lunes, 21 de enero de 2013

crónicas esquimales

(etapa 04.13)
El frío,
¿de dónde viene,
oh, espantapájaros?
(Kobayashi Issa, 1763-1827)

¿Te has dado cuenta? Desfallecen las alegrías y las aflicciones, se agotan las ilusiones y las amarguras, hasta que no queda nada. Los sentimientos han decidido retirarse a los cuarteles de invierno, ahora que arrecia este frío glacial. Estoy seguro de que ha sido a causa del frío. Sí, es el sello de la frialdad, perdida toda sensación en el cuerpo y entumecido todo nervio. Ni siquiera el dolor se ha quedado. Ya solo permanece el frío.
El frío, nuestro frío, está hecho de una mezcla de abandono, de vacíos, de incomprensión y de fatiga.

Dijo Paul Valéry que una obra de arte no se termina nunca, sino que se abandona. Tú y yo teníamos dos opciones: renunciar a la obra de arte o abandonarla una vez que sospecháramos que empezaba a desnaturalizarse. En nuestra insistencia por autoengañarnos, hemos sido muy tercos para lo primero y reacios a lo segundo. Pero el frío nos ha sorprendido en la duda. La desnaturalización provocó la muerte y la muerte trajo el frío. Qué mal se me dan los finales. Como a ti, lo sé.
Cuando hay que terminar algo, escribes un punto. Punto y final. Empero, la duda (¡otra vez!) puede contigo y añades un par de puntos más, en hilera. Y transformas el punto final en puntos suspensivos. ¿Por qué me haces esto? Ahora permaneceré vagando en el vacío inmenso que separa un punto de otro punto... de otro punto... inalcanzables... soñando que quizás no es un final, sospechando que queda un resquicio para la esperanza. Pero no.

Empecé a enviar mensajes en botellas. Era divertido. Imaginaba los destinos, la sonrisa en tu cara al recibirlos, allá donde te encontraras. La corriente marina, caprichosa, llevaría esos mensajes hasta ti, no sé cómo, aunque tampoco me preocupaba mucho el misterio. Y llegó de nuevo el vacío...
Entonces pensé que te habías alejado tanto que las botellas ya no eran capaces de llegar hasta ti. A partir de entonces me fui especializando en el diseño de las botellas. Me convertí en un experto en botellas. Cuidé muy bien la composición del vidrio, las formas, la resistencia para soportar un viaje tan largo, las embestidas de las olas o incluso los choques contra los arrecifes. Ahora las botellas llegarían lo más lejos posible y ya no habría un lugar tan lejano al que pudieras ir sin que mis botellas lograran alcanzarlo. Insensato de mí... El tiempo dedicado a las botellas consumió el tiempo que dedicaba a los mensajes. Las últimas botellas partieron vacías.

En el mismo instante en que empezaba todo, comprendí cómo empezó todo. Todo empieza con un puñado de nada. Parece un juego de palabras, pero es real. Lo comprendí aquel día en que nos mirábamos a los ojos mientras conversábamos y toda la energía del cosmos, y toda su materia hecha invisible, se concentró en el espacio entre tú y yo. Todo lo que existía a nuestro alrededor, hasta el confín del universo, fue devorado por la atractiva fuerza gravitatoria de esa supermasa que generamos en medio de nosotros. Se desvaneció el resto del mundo y de los demás mundos, aun los desconocidos. Fue entonces cuando comprendí cómo empezó todo. Igual que un big-crunch que da paso a un big-bang, gracias a esa partícula infinitesimal que sirve como singularidad, como punto de inflexión. Tú también la viste, tú también estabas allí contemplando el prodigio.
Pero ahora ya no estás aquí para volver a explicármelo. Y yo he dejado de comprender los secretos de la materia y la energía. La nada actual es un sinónimo de incomprensión.

Estoy cansado. Me parece escuchar un eco fastidioso. Cada uno repite lo que todo el mundo dice. Y, sin embargo, se creen que son originales. Una y otra vez las mismas cosas afuera y el mismo hastío adentro.
Necesito proseguir mi viaje. No es una huida, no se trata de hacer kilómetros... Se trata de vivir en movimiento, para que no me alcance el eco de las cosas vanas. Moverse, recuperar la energía, reconquistar el calor suficiente para poner fin a esta etapa invernal.
El recuerdo de tu soplo gélido se desvanecerá un día y dejarás de ser mi reina de las nieves.
Y lo peor ya habrá pasado.

domingo, 2 de enero de 2011

eso es vivir

(área de descanso nº 110)

"...pongo delante de ti la vida y la muerte (...); ahora, escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia".
(Deuteronomio, cap. 30: 19)



Algo contradictorio del invierno: a su paso deja esqueléticos árboles, a veces licuados, casi siempre pálidos, ateridos, frágiles en su desnudez; pero en ellos deja también -como más preciado vestido- las yemas que son la promesa de futuros brotes en primavera. La perpetuación de la vida, la continuación de un ciclo que sólo otros podrían interrumpir... La misma nieve, en la semejanza de un manto helado, severo azote invernal, es la forma dulce de llevar vida líquida al suelo del que se nutren los señores de los bosques.

Hay quien verá en esta dualidad el sentido del yin y el yang, aunque es un concepto que me resulta extraño en un contexto como este. Lo entiendo en otros casos de principios duales en los que se trata de buscar un equilibrio, y los opuestos coexisten entremezclados. Sin embargo, no lo entiendo cuando se habla de vida y muerte. Simplemente, porque creo en el triunfo de la vida, que sabe abrirse camino mucho más allá de cualquier forma de muerte. Una vida puede ser segada para siempre por la muerte, rompiendo definitivamente el equilibrio; pero como un hilo continuo que la muerte sólo es capaz de arañar, sin lograr nunca seccionarlo, así es la vida.