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viernes, 17 de mayo de 2013

balwadis

(un alto en el camino)

Las cadenitas me caen fatal. Qué cantidad de bulos, estafas y tonterías se propagan a través de esa necesidad compulsiva de compartir en cadena contenidos cuya veracidad ni siquiera se ha comprobado. No me gustan las cadenitas. En la era de las redes sociales de "la Gran Red", las entiendo como la continuación del principio goebbelsiano "repetid una mentira miles de veces hasta que la convirtáis en una verdad". Una ayuda inestimable para confundir a cuantos más mejor. Cómo detesto las cadenitas.

Pero lo que se dice en general no tiene por qué aplicarse a todos los casos particulares. Y por eso, y después de informarme sobre el tema, ahora sí que me embarco en esta cadena especial. Es algo que me interesa mucho.

I Love Balwadis


Es fácil de explicar: Venta de pisos se ha comprometido a canjear 200 sellos (como el de arriba) por dinero, que donará a la ONG Sonrisas de Bombay en cantidad suficiente para financiar durante un año Balwadi Tiger. Solo se necesita que 200 blogs cumplan con esta propuesta.
Un balwadi es un centro preescolar de la India, situado en zonas rurales y en las áreas económicamente más pobres de la sociedad, y puesto en funcionamiento por el gobierno o por una ONG. Fueron desarrollados por Tarabai Modak, y el primer balwadi se inició en Bordi, un pueblo costero en el distrito de Thane de Maharashtra, por Nutan Bal Shikshan Sangh en 1945. El propósito de los balwadis es proveer instalaciones para el crecimiento físico y mental de los niños, como escuela y como hogar. De este modo, miles de balwadis se han creado en toda la India por los organismos gubernamentales y no gubernamentales. Los balwadis fueron desarrollados para la formación de niños pobres en las zonas rurales de la India como parte de un programa del gobierno de alivio de la pobreza en el país mediante la universalización de la educación.
El Balwadi Tiger está ubicado en un barrio marginal de Bombay.

Las bases de la propuesta son las siguientes:
1. Escribir un post explicando por qué te unes a la campaña.
        (en eso estoy)
2. Colocar en el post el sello de la campaña, «I love Balwadis».
        (¡hecho!)
3. Enviar un mail a ilovebalwadis@gmail.com con el enlace del post.
        (en cuanto termine el post)

Y mi motivo para unirme a la campaña es porque CREO en la educación como el método para conseguir una sociedad mejor, más libre, más rica en lo fundamental. CREO que la educación es el mejor antídoto frente al adoctrinamiento, los abusos y la miseria. Y también CREO que gracias a la educación se puede mantener la esperanza de un mundo más justo, más deseable.
Dedicar unos pocos minutos para poner una ducentésima parte de un esfuerzo tan noble (y que puede marcar la diferencia para muchas personas) me resulta extraordinariamente gratificante.
¿Por qué no te unes también y me cuentas tus motivos? Será un placer.

jueves, 16 de agosto de 2012

millones de rosas

(área de descanso nº 191)

Los artistas han sabido representar a la mujer como el epítome de la belleza y los poetas la han comparado con todo tipo de cosas hermosas y delicadas: con las flores, con las aves, con atardeceres y amaneceres, con valles y montañas, con nubes, ríos y mares... De hecho, las mujeres comparten muchas de las cualidades que son tan apreciadas y que tanto agrado producen a nivel sensible. Pero también muestran otras características, como la fuerza y la resistencia de las rocas, de los metales, o la dureza de los diamantes. Quizás por este motivo ellas son a veces codiciadas y temidas por sus semejantes masculinos.

Algo que he podido aprender acerca de las mujeres en mis años de vida es que ellas no están en la Tierra pretendiendo ser meros acompañantes o elementos decorativos. Todos tenemos que aprender que las mujeres no son objetos y, desde luego, no son el enemigo. Ellas pueden ser tan amables como para dedicarnos sus atenciones y pasar su tiempo con nosotros, pero siempre será cuando quieran y si así lo desean.
Durante siglos, las mujeres han dependido del sostenimiento y del cuidado y la provisión de los hombres en un mundo de hombres, al tiempo que han trabajado duro para seguir manteniendo ese mundo de hombres. Había millones de mujeres eclipsadas, escondidas sus identidades al amparo de pseudónimos masculinos, clandestinas, silenciadas, desposeídas de la obra de sus manos y de sus mentes. Había millones de Sherezades que noche tras noche tenían que inventar algo para su sultán privado, a fin de ganar un día más de vida.
Pero aquellos días han pasado, aquellas mujeres ya no pueden seguir existiendo así. Ahora es tiempo de alegrarse y celebrar que esta mujer de hoy ha decidido no ser más una esclava, sino que prefiere el rango que le corresponde, el de ser humano con la audacia y cultura y un proyecto de vida larga y fructífera, con una total ausencia de miedo a la soledad.

He tenido la suerte de relacionarme con muchas mujeres. No lo digo necesariamente en un sentido romántico, sino en otro sentido más amplio, que tiene que ver con relaciones familiares, de profunda amistad, de compañerismo laboral, y también de amor de pareja. No necesito un día especial del calendario ni una ocasión señalada para declarar que me siento así de afortunado y de agradecido por este hecho. Y es así porque cada día no podría estar más feliz por y con todas vosotras, mujeres.

Rosie the Riveter (Rosie "la remachadora"), según Norman Rockwell.
Rosie fue la representación de las mujeres de un país que, en días de grandes emergencias, trabajaron sustituyendo con eficacia a los hombres en los puestos que estos ocupaban tradicionalmente en las fábricas. Desde entonces, muchas decidieron seguir en esos puestos.
Un guiño de Rockwell: la pose de Rosie es idéntica a la del profeta Isaías en la Capilla Sixtina, obra de Michelangelo Buonarroti.

viernes, 29 de junio de 2012

las (buenas) intenciones

(área de descanso nº 185)

Al hilo de (¿quién no ha usado nunca esta típica-tópica coletilla cuando se va a seguir con más de lo mismo?) lo dicho y comentado en el post anterior, el tema quedaría muy incompleto si no se tratara el asunto de las intenciones. Sí, las intenciones.
Las buenas intenciones para uno mismo se convierten, una vez que nos vamos adentrando en el mes de enero, en una especie en grave peligro de extinción. Eso sí, las buenas intenciones para los demás (sobre todo) pueden ser la excusa perfecta para justificar cualquier fracaso. Y esgrimirlas deja una alegría en el cuerpo que no se puede aguantar.
- Oye, que todo se ha ido a la mie...
- Sí, ya lo sé, pero te aseguro que tenía las mejores intenciones cuando decidí echarte una mano.
- Ah, vale, infinitas gracias, ya me siento mejor. Es que no lo parecía, pero si tú lo dices...

¿Cómo dudar de las buenas intenciones de alguien? De ninguna manera, eso no se hace. Solo podemos conocer nuestros propios pensamientos. De los pensamientos ajenos no podemos saber nada. Y tampoco de sus intenciones. Hay que conceder el beneficio de la duda.
O no.

Recuerdo cuando estudié Ética en el instituto, que en una lección se hablaba de los actos moralmente buenos. Y se decía que para que un acto fuera moralmente bueno tanto las intenciones como los resultados deberían ser buenos. Con solo buenas intenciones, pero malos resultados, no se podía decir que el acto fuera moralmente bueno. Eso provocó cierta disputa entre los alumnos y el profe. Los alumnos éramos partidarios de que unas buenas intenciones ya convertían al acto en bueno. De unas buenas raíces no podía salir un mal árbol. Vaya, pero sí que salía. Hasta el rabo todo es toro (dicen) y hasta la rama más elevada todo es árbol. Y la rama podía estar reseca.
A partir de ese día ya no quisimos hablar más de actos morales. Qué decepción.
Pero pocos días después leí esa conocida frase: El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Uf, a ver... ¿alguien se había propuesto fastidiar eso de las buenas intenciones? ¿Es que es mejor tener malas intenciones que buenas intenciones?
Parece que no, que mejor las buenas intenciones. Pero habría que preguntarle a alguien que qué prefiere: si malas intenciones de una persona pero que le reportan buenos resultados o si buenas intenciones que acaban en malos resultados. Elige tú mismo.
Para colmo, también me topé con una historieta-fábula.
Resulta que iba una elefanta tan contenta por donde sea que van las elefantas y de repente, oh sorpresa, se encontró en el suelo con un nido abandonado. En el nido había cuatro huevos que aún no habían eclosionado. Y se estaban enfriando, pobrecitos, pensó la elefanta... Llamó a voces para ver si asomaba su cabeza la mamá de los huevos, esa irresponsable. Pero nada. ¿Y si algún depredador se la hubiera ventilado de segundo plato...? Pero entonces... de ser así (volvió a cavilar la elefanta), esos pobres pollos-de-la-especie-que-sea ya nunca llegarían a ver la luz del día.
Y me le da a la elefanta un instinto maternal de grado 8.7 en la escala en que se miden esas cosas y decide que va a ser ella la que incube a los huevos desvalidos hasta que salgan los pollos. Y con todas sus buenas intenciones sentó sus posaderas sobre el nido para darles calor...
Aquella noche, en casa elefanta, cenaron tortilla.

Está visto que hay muchas personas en el puerto de los hechos despidiendo con sus blancos pañuelos a todo barquito que se aventura en el océano proceloso, pero demasiadas veces faltan tripulantes que lleven la embarcación sana y salva hasta el anhelado puerto de destino.


domingo, 1 de abril de 2012

las cenizas y el fénix

(recordando un paisaje)
Sur ta si petite planète, il te suffisait de tirer ta chaise de quelques pas. Et tu regardais le crépuscule chaque fois que tu le desirais...
- Un jour, j'ai vu le soleil se coucher quarante-trois fois!
Et un peu plus tard tu ajoutais:
- Tu sais... quand on est tellement triste on aime les couchers de soleil...
- Le jour des quarante-trois fois tu étais donc tellement triste?
Mais le petit prince ne répondit pas.
(Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince, c.VI)


Aquello fue amor a primera vista, sin duda.
Era octubre de 1986. Aprovechando una fiesta local, un grupo de amigos pensamos que sería una gran idea pasar la jornada pegándonos una buena caminata en algún lugar lejos de la ciudad. El paraje elegido fue el de las fragas del Eume. Yo nunca había estado allí, ni siquiera había oído hablar del sitio antes de ese momento (prácticamente recién llegado al nuevo destino vital), y me pareció bien una aventura en terra incognita. Así que, en aquella mañana, tomamos un tren que nos llevó de Coruña hasta Pontedeume. Llegados a la estación de Pontedeume, comenzó nuestro día de caminar y caminar rumbo al monasterio de Caaveiro, situado en el corazón de aquellos bosques. Inolvidable excursión, con instantes de refrigerio (a base de bocatas) reposando en las ruinas del monasterio. Caminamos decenas de kilómetros, ida y vuelta, en que mi ser entero se fue impregnando con las esencias de un lugar realmente maravilloso.
Numerosas veces he vuelto a aquel locus amoenus, buscando paz, buscando sosiego, buscando reposo, buscando maravillarme una vez más. Y siempre he encontrado lo que buscaba. Me he hecho árbol, agua del río, puente, piedra de monasterio, roca en el camino, aire fresco. He leído páginas y páginas mientras recorría los senderos. He grabado en mi retina y en mi mente las singularidades de aquel paisaje, su personalidad, sus formas, su luz, sus sonidos. Incluso he plantado algún árbol en medio de aquellos otros árboles. En realidad, me acabé plantando a mí mismo en medio del fascinante bosque, me hice parte de todo aquello. Lo sé, porque en ocasiones sigo sintiendo la llamada desde lo lejano. Una vez que puse mi pie allí, ya nunca me fui del lugar. Algo de mí permanece ya para siempre en este verde hábitat.

Cada vez que el fuego ha incinerado parte de esos bosques, se retuercen mis tripas con el dolor abrasador de la hermandad calcinada y arde también dentro de mí una rabia incontenible contra la estúpida furia pirómana. Malditos intereses, maldita insensatez, maldita locura destructiva.
Ayer, volvieron las malas noticias. Muy malas. Un incendio de enormes proporciones está devastando las fragas del Eume. Un incendio provocado, otra vez. Las crónicas hablan de 750 hectáreas arrasadas, según las estimaciones provisionales. 750 hectáreas... Imagina la superficie de una vivienda de 100 m², y entonces estaremos hablando de 75.000 viviendas una a continuación de otra. Todas esas viviendas, llenas de recuerdos perennes, de experiencias atesoradas, de días espléndidos, de enormes deleites... todas ellas sacrificadas al fuego por la acción de un puñado de desaprensivos.

Hoy me faltan palabras y me sobra tristeza y enojo. Siento como si hubiera perdido para siempre una parte de mí mismo. Ese macroorganismo, aunque se comportara como un ser cambiante (como todo ser vivo, natural), llegó a ser familiar para mí, una presencia constante. Fui conociendo las cortezas de sus árboles, la altura de sus copas, el murmullo de sus aguas, el reflejo de la luz en la tierra, el musgo y los líquenes sobre las rocas, el olor del aire... Quizás todo eso ya solo sea un recuerdo.
Cuando solo veo cenizas, quiero creer que resurgirá el Fénix, pero ahora no soy capaz de verlo. Me nubla la humareda desprendida por un fuego que todo lo abrasa en su frenético avance, un fuego que no comprende que hay cosas sagradas que no debería atreverse a lamer con sus ardientes lenguas.
Hoy estoy muy triste. Ni cuarenta y tres puestas de sol servirían...

"Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida.
Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían".
Jonas Edward Salk (Nueva York, 28 de octubre de 1914 - La Jolla, 23 de junio de 1995)

lunes, 19 de diciembre de 2011

cuando la ambición supera los límites

(área de descanso nº 163)
"Lo llamaron 'alivio', pero era mucho más que eso. Le pusieron docenas de nombres: 'Ley de Recuperación Nacional', 'Administración de Obras Públicas', 'Cuerpo de Trabajos Civiles'... pero todo se resumía en una cosa: Por primera vez en mucho tiempo, alguien se preocupaba por los demás. Por primera vez en mucho tiempo, nadie estaba solo".
(narración en off, correspondiente a los años de recuperación económica posteriores a la crisis de 1929, en el film Seabiscuit)

Hace mucho tiempo que perdí contacto con un amigo. Ya no sé cuál es su paradero. Pero siempre lo recordaré por una anécdota que nos contó a su vuelta de África. Se marchó una temporada como voluntario en una ONG para trabajar en proyectos de desarrollo en Burkina Faso. Decía que había una cosa que le impresionaba cada día, día tras día: él dejaba por las noches su calzado deportivo en la ventana del lugar que le habían asignado como alojamiento y, cuando lo recogía por las mañanas, se encontraba a una nutrida tropa de niños de la aldea admirando aquel par de zapatillas.
No se volvió con ellas. No porque se las robaran o desaparecieran misteriosamente, sino porque decidió regalarlas antes de marchar. Por lo que lo conozco, sé que no fue un acto que sirviera para acallar su conciencia a la vez que resultara generoso. Él ya es muy generoso, no necesita andarse con demostraciones para la galería. Por su relato, se adivinaba que era más bien una consecuencia del desprendimiento.
"¿Para qué quiero yo tantas cosas? No las necesito", se le escapaba de cuando en cuando.
De vuelta al hogar, ahora parecía vivir incómodo en su propio país, hostigado por tantos objetos estrafalarios e innecesarios.

Y seguro que tenía (tiene) mucha razón. Absorbidos por el medio, es más difícil captar la verdadera medida de las cosas: Entre ricos, uno se siente indigente, que carece de todo, y convierte cada cosa superflua en esencial. Entre pobres, se valora cada pequeño detalle, se considera uno un magnate que flota sobre la abundancia, y tantas cosas que parecían básicas ahora se ven como lujos o prescindibles. Empero, suele faltar el equilibrio: la ambición en su justa medida, un motor para la prosperidad y el progreso de todos, nunca una fuerza oscura que empuja (aunque sea indirectamente) a la rapiña y el saqueo de los demás.
En muchas ocasiones, creo que Occidente (entiéndase la palabra: el estilo de vida de Occidente) tiene una venda en los ojos. Rodeado de pobres, se siente pobre. Pero porque no ve lo que le rodea, o no quiere verlo, o le parece que sus agobios y desvelos son provocados por descomunales problemas que debe resolver para su supervivencia. Y no es así. Pero es el precio de la ambición desmedida.

En el film La lista de Schindler, después de haber invertido toda su fortuna en proteger a un buen número de judíos del exterminio organizado por los nazis, se lamenta al final Oskar Schindler por el hecho de haber conservado un vehículo o una valiosa insignia que pudieran servir para el rescate de más vidas. Y es él mismo, ya despidiéndose y provocando cierto estupor en quienes acaba de rescatar (después de todo cuanto había hecho y arriesgado, ¿todavía estaba en situación de reprocharse algo?), Schindler en persona, quien reconoce que ha sido la vanidad lo que le impidió actuar incluso con mayor desprendimiento. Conmueve ver cómo alguien llega tan al límite. Y, sin embargo, acierta denunciando a la vanidad.
Comentaba Annie Leonard en su conocido vídeo (no me canso de enlazarlo en este blog) La historia de las cosas, The Story of Stuff, que esa flechita dorada del consumo (que es, a fin de cuentas, el motor de todo el sistema) se alimenta de nuestra vanidad, nuestro deseo o necesidad de mostrar a los demás una corteza que sea reveladora de un estatus lo más elevado posible, influencia, poder... También, la vanidad de la autogratificación, que nunca da satisfacción completa y nos tiene girando en una especie de rueda-de-jaula-de-roedores que nos desgasta sin proporcionar felicidad. Qué subidón nos da cada vez que estrenamos algo y qué poco dura. Podría decirse que es parecido al efecto de una droga. Nuevo coche, nuevos zapatos, nuevas ropas, nueva vivienda, nuevos muebles, nuevos electrodomésticos o equipos electrónicos... Y todo queda obsoleto en poco tiempo. Se esfuma la sensación y hay que volver a alimentarla, gastando en pequeñas tonterías lo mismo que podría alimentar a familias enteras durante mucho tiempo.

Vanitas vanitatum omnia vanitas... Y toda esa vanidad aprieta aún más la venda que llevamos puesta en los ojos. Para no ver.
Y las distancias siguen aumentando.
Aquí, nosotros hablamos de crisis y en lejanos lugares mueren por cientos de miles...
Y nosotros podremos seguir hablando indefinidamente de nuestras terribles crisis de niños ricos.



"El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos,
pero siempre será demasiado pequeño para satisfacer la avaricia de algunos".
(Mahatma Gandhi)

domingo, 1 de mayo de 2011

por una manzana

(área de descanso nº 127)
"(...) de igual forma que ni una sola hoja se torna amarilla sin el silente conocimiento del árbol todo,
tampoco el malvado puede hacer el mal sin la oculta voluntad de todos vosotros".
(Khalil Gibran, "El Profeta")


Esta mañana, al ver lo que había pasado en un cuenco con manzanas que tenía en la cocina, he recordado esas cosas que de niño me decían los mayores. Resulta que una de las manzanas (así, de repente, sin previo aviso) ha decidido suicidarse y en su afán autodestructivo se ha llevado a otras tres por delante. Hay quienes no saben quitarse de en medio sin salpicar al resto.
Supongo que hay manzanas camufladas entre las demás como lozanas piezas de fruta y que, valiéndose de ese disfraz, consiguen que las metamos en casa junto a las otras ignorando que son portadoras del maligno e invisible virus que altera los sufijos y que las lleva de tener una saludable personalidad a centrarse en su personalismo, transforman su integridad en integrismo y, no contentas con ello, piensan que su mejor actividad es dedicarse al feroz activismo de seguir extendiendo la plaga.

Pues eso. Arrojadas a la basura las cuatro bajas de la mañana, me quedé con los ecos de aquellos pensamientos lejanos (ya se sabe, el metafórico ¡ten cuidado: una sola manzana podrida estropeará a todas las del cesto! y otros por el estilo). A veces, me ha dado por pensar por qué no son las manzanas sanas las que recuperan a la enferma... y más estando en mayoría. Por qué resulta más fácil destruir que construir. Por qué la palabra "crítica" se aplica e interpreta mayoritariamente en forma negativa y no positiva. En definitiva, por qué (¡oh, momento friki!) el reverso tenebroso de la fuerza parece tener siempre más poder de convicción (e incluso de acción) que la propia fuerza.
Preguntas que se antojan de difícil respuesta.

Haciendo memoria, visualizo una conversación con un conocido, hace ya más de de una década. Hablábamos de las relaciones que se establecen en los grupos de personas y me decía este amigo que, básicamente, cuando se producen tensiones en el grupo, se manifiestan dos tipos de relaciones muy diferenciados: las de tipo cadena y las de tipo cuerda.
En las de tipo cadena, el fallo de un solo eslabón lleva al colapso de todo el conjunto. Si las tensiones hacen sucumbir a uno de los miembros del grupo, la reacción del resto es dividirse a ambos lados del que ha caído.
Por el contrario, en las de tipo cuerda, todos los miembros se comportan como fibras que, entrelazadas, actúan en equipo y responden conjuntamente arropándose unas a otras. Si las tensiones provocan el fallo de una de las fibras, esto no causa necesariamente la rotura de la cuerda puesto que las fibras están dispuestas paralelamente, en plan mosqueteros: todos para uno y uno para todos. Es más, en las relaciones tipo cuerda sí que se puede recuperar al miembro que ha fallado.
Me pareció una idea bien fundamentada, esta de mi amigo. Quizás es por eso que han pasado los años y todavía no he olvidado sus palabras.

Una cosa me resulta evidente: mis manzanas estaban en cadena. Y eso ha terminado con cuatro de ellas.

miércoles, 31 de marzo de 2010

vasos comunicantes

(90ª parada)
"Gran riqueza es la vida misericordiosa para quien sabe contentarse con lo que tiene".
(1ª carta de Pablo a Timoteo, cap. 6: 6)

Si hoy se me ocurriera ponerme un bañador, marcharme hasta una playa y meterme en el mar (¡ni loco estoy por la labor!), al ir metiéndome en el agua salada sentiría millones de microcuchillos introduciéndose a través de mi piel. En ocasiones, esto me pasa incluso en verano: la combinación de las aguas atlánticas con lo friolero que es uno no me deja otra opción. Es bastante normal, la constatación de un principio asumido. Por eso, cada cual tiene su estilazo al darse el bañito de turno: está el que remolonea zigzagueando, el que entra de puntillas, el que parece que se está electrocutando, el que da la sensación de amarse con locura (de tanto que se autoabraza), el que va mojándose en cómodos plazos, el que entra al galope tendido... ¡Todo un espectáculo! Sin embargo, si uno lo piensa bien, se dará cuenta de que la cantidad de calor que almacenan esas frígidas aguas sería tan grande como para hervirlo a uno ahí mismo. Todo el mar contra un ser humano: no hay color en cuanto al calor. Otra cosa es la temperatura que manifiestan unas aguas que almacenan tanta energía: hoy no sé si llegará a 10ºC frente a los (más-menos) 37ºC del cuerpo humano. Y ahí se pone de manifiesto el principio físico que dice que vamos a tratar de equilibrar las temperaturas, independientemente de quién tenga más o menos cantidad de calor.

Hay una ilustración que ayuda a comprender este fenómeno y que tiene un fundamento similar. Se trata de los vasos comunicantes. Es la forma visual de contemplar la ecuación fundamental de la hidrostática, de poner en evidencia este proceso que forma parte de la ley de Stevin. Sí, a todo le hemos puesto nombre... Pues bien, como se trata de equilibrar presiones (una manía de la Naturaleza, como otra cualquiera) y, al ser los recipientes abiertos por la parte superior, es la presión atmosférica la que manda (y resulta que es la misma sobre todos los recipientes, al estar uno al lado de otro, a similares altitudes sobre el nivel del mar), mientras que la presión ejercida por el líquido contenido en los vasos sólo depende de la aceleración de la gravedad (que será la misma en recipientes apenas separados por un conducto entre ellos), de su densidad (si se trata del mismo líquido es, por tanto, idéntica) y de la profundidad o altura que alcance el líquido en cada recipiente (no de su volumen total en él). Como lo único que puede variar es esa altura de la columna líquida y se trata de que la presión se equilibre, pues ¡zás! lo que sucederá es que en todos los recipientes comunicados la altura del líquido será la misma, independientemente de su capacidad. ¡Qué rollazo expresado así y qué fácil es verlo tratando de llenar un juguetito como el de la figura!

Y estaba pensando que, como parte de todo este entramado cósmico, sería extraño que el ser humano escapara a este equilibrado de presiones y temperaturas. Digamos que si se ponen en comunicación (como si de recipientes de líquido se tratara) a varias personas, lo que tiende a equipararse es el nivel del líquido y no su cantidad. Vale. Pues según los conceptos o valores que queramos asignarle al líquido, derivarían algunas conclusiones (más o menos válidas) que dejaré al desarrollo de cada cual.
Se me ocurre imaginar qué podría pasar si pongo en contacto a un rico amargado con un pobre feliz. Supongo que es posible encontrar a un espécimen de cada tipo. Bueno, no creo que tenga mucho mérito imaginar algo sobre lo que ya escribió Tolstoi años atrás. Refresquemos la memoria con una versión del cuento:

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha. Pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor.
Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
- Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor.
- Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra. Pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor. Y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
- ¡Qué bella es la vida!, Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que por fin habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
- Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante. Mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
- ¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
- Señor - contestaron apenados los mensajeros - ¡¡El hombre feliz no tiene camisa!!


En este caso, el nivel de líquido podría ser la felicidad y el volumen del líquido en el recipiente la cantidad de riqueza material. Así, se puede encontrar uno a un hombre pobre y muy feliz que, al ponerlo en contacto con uno rico pero triste, aún debería entregarle lo poco que tiene (en este caso que ni siquiera tiene) para tratar de subir el nivel de felicidad del rico.
En otros casos, por ejemplo después de una catástrofe natural, se encuentra uno (desde su cómoda butaca en que contempla las noticias del mundo) rechazando al dios-que-pudiera-existir-en-alguna-parte por permitir este tipo de desmanes de la Tierra, mientras que el damnificado, entre los escombros, todavía tiene alguna palabra para agradecer a ese ser invisible por haberlo mantenido con vida. ¡Extraña espiritualidad la que hemos desarrollado y más extraña todavía la sensibilidad de quien se queja de las desgracias que no padece, mientras el que las padece simplemente trata de sobrellevarlas sin culpar a otros!
Y más casos habría. Pero es siempre la misma historia. Cuando el tubito estrecho tiene el nivel muy alto, porque con poco líquido llena rápidamente un volumen tan reducido, resulta que al final tiene que ceder incluso una parte de su escaso líquido para que el recipiente ancho que nunca se llena pueda subir en algo su nivel. Sin embargo, tomemos visión panorámica de la situación: si quien más tiene se acostumbra a recibir aún más, quien menos tiene puede llegar a sucumbir por el bajo nivel que ofrecen las circunstancias. No hay más que darse cuenta de lo rápido que baja el nivel en los tubos estrechos para que pueda subir escasos milímetros en los muy anchos. Y, a pesar de todo, los infelices occidentales no dejaremos de protestar, patalear y mostrar nuestra desdicha ante otros habitantes de este globo errante a los que nuestro egoísmo insaciable está convirtiendo cada vez en más infelices.

Tengo la costumbre de hacer la compra una vez por semana en un supermercado próximo a mi casa. Aunque suelo salir bastante cargado de bolsas que tendré que llevar a pulso hasta mi nevera, prefiero ir caminando y no tener que ir en coche a otro más lejano. Normalmente, cuando estoy a punto de cruzar la puerta del local, todavía sigo pensando en algún asunto pendiente o repasando de memoria la lista de cosas con las que llenaré la cesta o divagando en qué sé yo qué historias... pero me adivino con el gesto serio y meditabundo. Al ir a cruzar esa puerta, una persona ya habitual en el lugar me transporta a otra realidad. Allí está, al abrigo de un acceso algo recogido contra vientos y lluvias (pero a la intemperie, a fin de cuentas), una señora que por apariencia y acento me parece extranjera, pero sin ser capaz de aventurar de qué país. Siempre con su sonrisa y un casi ininteligible "Dios le bendiga", me saluda a mí y supongo que a tantas personas como atraviesan ese umbral al cabo del día. Algunas veces (las menos, tengo que reconocerlo), he compartido algo de mi compra o algunas monedas. Pero caigan o no unas migajas de mi mano, ella siempre me regala una sonrisa y una bendición. Inevitablemente, su sonrisa me contagia algo que desde adentro acaba por hacer brotar otra sonrisa en mi rostro. No es que me dé ganas de sonreír el ver a esa señora en su puesto esperando la misericordia de quien pase por allí. No es agradable ni ver esto ni imaginar todas las situaciones similares (¡y muchísimo peores!) que se dan a diario en todo el mundo. Pero a veces pienso en los vasos comunicantes y me sorprende recibir de quien, a priori, tan poco podría esperar...
Qué gran conocimiento del género humano demostró el sabio maestro galileo que nos dejó aquella sencilla sentencia: "Más felicidad hay en dar que en recibir".
.

¡quién diría que está abierta la compuerta que mantiene ambos "vasos" comunicados!

domingo, 11 de enero de 2009

todos culpables

(63ª parada)
“De boca de niñitos y de lactantes has establecido tu fortaleza por causa de tus adversarios, para acallar al enemigo y al vengativo”.

(Salmo 8: 2)

En casa, cada vez que se tiraba algo de comida, mis padres siempre nos sermoneaban acerca de lo incorrecto que era tirar la comida cuando otros niños en el mundo se morían de hambre. Recuerdo la primera vez que vi en televisión a un niño esquelético africano, un auténtico cadáver viviente de vientre hinchado de parásitos y piernas tan delgadas que hacían destacar unas exageradamente nudosas rodillas. Quedé horrorizado y empecé a pensar que eso que me decían mis padres era algo más que un intento de que me comiera todo lo que tenía en el plato. Comiera yo o no comiera, algo tan horrible no dejaba de existir. Ni aunque cerrara los ojos. Esa imagen de la desnutrición extrema se había grabado incluso en la cara interna de mis párpados. No había forma de apagar tanto ruido. Con el tiempo, el recuerdo de ese horror constante me enseñaba que cada vez que me dedicara al despilfarro de los privilegios que la vida me ha querido ir concediendo, no hacía sino seguir participando en la perpetuación de un régimen terrible. Por acción o por omisión, como se quiera ver. Es una culpa de la que es difícil librarse. Hay formas, por supuesto: la insensibilización, la justificación, la apelación a lo inevitable, la desviación de responsabilidades o, incluso, la desviación de la mirada...
Hoy escribo con un verdadero nudo en las neuronas. Me resulta tan difícil hacerlo que incluso he tratado de eludir mi habitual cita con el blog. Y aunque escribirlo, a estas alturas, creo que sirve de muy poco, callarse indefinidamente tampoco arregla nada.

Empiezo a dudar seriamente de que un saludable sentimiento de culpa sobre la desastrosa forma en que los seres humanos manejamos los asuntos del planeta sea capaz de derrotar al monstruo interior que parece habitar en cada persona. Tan sólo se trataría de una cuestión de responsabilidad. Pero seguimos siendo capaces de lo peor. Y, peor aún, seguimos siendo capaces de quedarnos como si no pasara nada fuera de lo normal. Estos días no dejo de oír lamentos acerca de la situación en Gaza. Es natural que el sufrimiento de ancianos, hombres, mujeres y niños sea un desgarro en las conciencias. Pero ¿por qué llega tarde, mal y arrastro? Miramos hacia otro lado cuando es momento de solucionar las cosas y luego nos mesamos los cabellos y rasgamos las vestiduras ante los hechos consumados. Y aún hay más: padecemos de ceguera mediática. Quiero decir, que lo que no aparece en los medios es como si no existiera. Sólo somos capaces de ver a través de un miope ojo de cristal. Y es por eso que todos hablamos de lo mismo al mismo tiempo y nos olvidamos del resto. Es cierto que Oriente Medio acapara la atención informativa y no sé (bueno, en realidad sí sé) por qué. Incluso el pueblo palestino tiene su propio UNRWA (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East), mientras que el resto de refugiados del mundo entero tienen que compartir el saco común de UNHCR (o ACNUR en castellano). El conflicto palestino-israelí no ocuparía ni de lejos una posición en el top ten de los conflictos que se mantienen activos en la actualidad (por víctimas y desastres provocados) y, sin embargo, ocupa el indiscutible número uno en atención mediática. No se me puede olvidar que el día de Navidad una auténtica masacre en el Congo (más de 400 víctimas de un solo saque) fue mayoritariamente acallada en los medios de masas por los bombardeos israelíes, ni mucho menos tan mortíferos, al norte de la franja de Gaza. Así fue. Llego a pensar que, a los occidentales, los niños africanos nos importan un pimiento (o menos). Los niños congoleños se dejan la vida en las minas de coltan para que nosotros podamos tener nuestros equipos electrónicos y cambiar de móvil a ritmo frenético, renovar el ordenador cuando al anterior no le ha dado ni tiempo de empezar a envejecer, estrenar GPS... ¿Para qué? Incluso con GPS nos comportamos como si estuviéramos perdidos. Ganamos milisegundos en velocidad de procesado informático que gastamos mirando al techo. Hablamos a través de un móvil (entre sus múltiples funciones parece que aún sigue estando la de hablar) con gente lejana y pasamos de la más cercana... Hacemos muchas cosas al revés y no medimos el elevado coste que otros pagan para que mantengamos ese estilo de vida. Y desde nuestros ordenadores fabricados gracias al coltan apenas sí tenemos alguna palabra de consideración hacia quienes lo hicieron posible. Con sus vidas.

Pero hay interés en que África no crezca nunca, en que sus niños sigan portando armas desde que no levantan ni un palmo del suelo y que su tierra se siga desangrando mientras hacemos caja a su costa. Aquí seguiremos hablando de lo malo-malísimos que son los israelíes, seguiremos repitiendo consignas de la mejor tradición estalinista, seguiremos negándoles el derecho a la legítima defensa, seguiremos consintiendo cómo algunos piden la vuelta de las cámaras de gas o los hornos crematorios y lucen esvásticas en pancartas y banderolas (curiosa contradicción de quienes niegan el holocausto). Combatiendo terror con mucho más terror, apoyando a terroristas y haciéndonos enemigos de quienes defienden las libertades y los derechos humanos. ¿Todo porque en la lucha entre David y Goliat siempre tomamos partido por David? Y, en este símil, el que llegaría a ser rey judío no está representando a su propio pueblo. Quizás me haya perdido, sin GPS, pero he investigado acerca de dónde existen los índices más altos del planeta en violencia de género (dejaría las sangrantes estadísticas de nuestro país en mera anécdota), en ataques y desconsideración flagrante a los derechos humanos y, en especial, a los derechos de los niños de ser educados, cuidados y protegidos por sus adultos (en lugar de ser enseñados a odiar visceralmente y a desear inmolarse como bombas humanas en medio de los 'enemigos'). Y ese lugar no es Israel, ni de lejos. Cuando alguien grite “Palestina libre” yo estaré de acuerdo con esa persona, porque deseo el bienestar del pueblo palestino. Su sino parece haber sido servir a intereses ajenos aun en contra de los suyos propios: desde los tiempos de la Unión Soviética, que utilizó en bloque a todos los países árabes de la zona para tratar de extirpar el grano israelí (esa especie de sucursal del otro lado del 'telón de acero') que le salió en una región que podía tener sobradamente controlada, hasta el momento actual, en que el propósito de Hamás o Hizbullah sigue siendo el de machacar a los infieles (a propósito de 'infieles', el número de víctimas que se produce en enfrentamientos entre Fatah y Hamás suele ser muy superior al que dejan los israelíes, pero nunca se forma tanto revuelo mediático... se ve que entre palestinos no está tan mal visto zurrarse). Así que, de quien tiene que estar libre Palestina es de sus terroristas dirigentes, que son capaces de ver muerto a su propio pueblo con tal de satisfacer su odio anti-israelí. En el ideario de Hamás no hay mención a la creación de un estado palestino pero sí a la destrucción del estado israelí. Y no les importa utilizar a su propia gente como escudos humanos entre ellos y sus enemigos. No les importa haber destruido toda la infraestructura económica que Israel dejó en Gaza, y que serviría a los palestinos para no verse tan asfixiados. Tampoco les importa utilizar las instalaciones civiles (incluidas las donaciones de ONU) con fines militares. El culto a la muerte parece su forma de entender la vida. Irónico. Que no cuenten ni con un gramo de mi apoyo para esto.
No quiero pensar qué sucedería si una persona, parapetada detrás de un niño, disparara sin cesar sobre mi propio hijo y yo tuviera un arma para impedirlo. No puedo imaginarlo porque ni tengo hijos ni he empuñado un arma en ninguna ocasión (en los tiempos de la mili fui objetor). Espero no estar nunca en esa situación. Pero Israel ya ha pasado muchas veces por ahí en las últimas décadas y no puedo criticarles porque no sé lo que yo haría. Golda Meir, quien fue primera ministra de Israel entre 1969 y 1974, dejó una frase al respecto: Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. Pero nunca les vamos a perdonar el hacernos matar a los suyos.

Y, mientras discutimos electrónicamente sobre el tema, el precio de un kilo de coltan refinado seguirá siendo la vida de dos niños congoleños muertos en las minas. El mineral pasará a través de Rwanda, permitiendo que se armen todavía más las guerrillas locales, y daremos otra vuelta de tuerca a un horror silenciado y del que todos somos culpables.

La muerte debería ser siempre heroica, emocionante, fascinadora, por un fin grande y convincente. En realidad, ¿qué es? Es reventar, morir de hambre, de hielo, nada más que un hecho biológico como comer y beber. Caen como moscas y nadie piensa en ellos, nadie los entierra. Yacen por todas partes aquí en torno, sin brazos, sin piernas, sin ojos, con el vientre desgarrado. Se debería rodar una película para hacer imposible “la más bella muerte del mundo”. Es una muerte bestial que luego un día será glorificada en frisos de granito con “guerreros moribundos”, con la cabeza o el brazo vendados.
Fragmento de una carta escrita por un soldado alemán durante la batalla de Stalingrado (muchas cartas habían sido recogidas por la censura militar por considerarlas “derrotistas” y “desmoralizantes”, pero se recuperaron y publicaron al final de la guerra)

sábado, 12 de enero de 2008

tres monos

(23ª parada)
"Quien sabe hacer lo bueno, y no lo hace, está en el peor de los errores".
(Epístola de Santiago, cap. 4: 17)

En una talla de madera del santuario-mausoleo de Toshogu, en Nikko (Japón), están representados Kikazaru, Mizaru e Iwazaru, los tres monos sabios o místicos, que se tapan con las manos respectivamente oídos, ojos y boca.
Como no conocía los detalles de la leyenda que protagonizan estos simios, me informé sobre el asunto y encontré lo siguiente: Por un lado, el significado de sus nombres está en el juego de palabras que se origina en japonés entre el sustantivo “saru” (mono), y el adverbio homófono que produce la negación de la raíz a la que se asocia enclítico. Es decir, que las palabras compuestas “kikazaru”, “mizaru” e “iwazaru” significan (respectivamente) “no oye”, “no ve”, “no habla”. Y el mono ha pasado a ser un símbolo de la negación en abstracto. Por ello, otra interpretación indica que, para llegar a ser sabio, es preciso negarse a escuchar maldades, negarse a ver maldades y negarse a decir maldades. La leyenda en sí cuenta que los tres monos eran los mensajeros enviados por los dioses para delatar las malas acciones de los humanos con un conjuro mágico, por el cual cada uno tenía dos virtudes y un defecto. Se representaban en este orden: Primero, Kikazaru (el mono sordo) era el encargado de utilizar el sentido de la vista para observar a todo aquél que realizaba malas acciones y transmitírselo al segundo, Mizaru (el mono ciego) mediante la voz. Mizaru no necesitaba su sentido de la vista, puesto que se encargaba de llevar los mensajes que le contaba Kikazaru hasta el tercer mono, Iwazaru (el mono mudo). Éste escuchaba los mensajes transmitidos por Mizaru para decidir la pena que los dioses impondrían al desafortunado y velar por su cumplimiento. Es decir (y esto se me acaba de ocurrir), que está bien negarse a escuchar-ver-decir maldades, pero a la vez no está mal ser un cochino chivato (¡en fin...!). Prosigo: Estas tres lindezas de mono son los guardianes simbólicos del mausoleo de Toshogu (como ya dije más arriba), encargados de que las habladurías de los visitantes de la tumba del Shogun Tokugawa Ieyasu no interrumpan el sueño del yacente fundador del shogunato Tokugawa. Parece ser que este personaje fue considerado un hombre sabio al que debían de gustarle bastante las pocas palabras y bien acertadas, puesto que predicaba que había que conocer de lo que se hablaba o simplemente mirar el paso del río (mucho sentido común, la verdad, pero que no siempre se aplica: tendré que estar más tiempo mirando el paso del río).

Sin embargo, existe otra explicación distinta que justifica el tallado de "kikazaru", "mizaru", e "iwazaru": también se decía que correspondía a la representación del miedo absoluto, dado que son las primeras reacciones del ser humano ante una situación de peligro. Esta otra interpretación, menos pomposa que la primera, me ha parecido incluso más interesante porque también se asemeja a la reacción de pánico que surge en nosotros cuando sentimos la pavorosa llamada del compromiso.

Comprometer a una persona es ponerla en la necesidad de intervenir en un asunto en el que corre algún tipo de riesgo, o en la tesitura de hacerle decir o hacer algo que puede no convenirle. Lo normal es que, cuando uno se comprometa, esté contrayendo una obligación ante alguien. En una palabra, se le coloca en una situación apurada (no es extraño que haya gente que acabe echando humo cuando asume un compromiso). Algunos sinónimos muy clarificadores pueden ser: arriesgarse, aventurarse, darse, empeñarse... Cuando nos comprometemos, corremos (entre otros) el riesgo de que se nos tome la palabra y, entonces, nos sintamos obligados a cumplirla. Aunque también los hay expertos en comprometerse sólo de boquilla. Es decir, quienes le sacan el máximo partido a esa inclinación tan humana de escurrir el bulto (¡curioso: escurrir, lo contrario de mojarse!). No hay que pasar por alto que “comprometer” deriva de “comprimir” (“apretar”), lo que puede suponer meter a alguien en un aprieto al lanzarle al mundo de las responsabilidades. Este término está tan cerca del concepto de “obligación”, que más de uno puede sentirse incómodo. Porque una obligación llega a ser una exigencia moral que rige o limita el libre albedrío. A mí (supongo que a cualquiera) se me ocurre pensar que eso de regir y limitar mis libertades no es algo que me caiga muy bien. Pero el concepto de “obligación” tiene también acepciones muy liberadoras, porque estar obligado a algo o a alguien también es corresponder al beneficio que hemos recibido de él o de ello. Es decir, vivir con agradecimiento. Y si “obligar” deriva de “ligar” (es decir, atar a alguien), sería interesante pensar que voluntariamente podamos atarnos a hacer lo que haya que hacer o decir lo que haya que decir. Es más libre vivir en solidaridad y responsabilidad que estar esclavizados por el egoísmo, la indolencia o la insensibilidad.

Si, a pesar de todo, somos alérgicos al compromiso, sólo puedo dar un consejo: tapar ojos, oídos y boca (como los monos de Toshogu) para evitar cualquier tentación que pudiera comprometernos.
Tapemos los ojos para no tener que ver lo que sucede a nuestro alrededor (“ojos que no ven, corazón que no siente”) o pongamos ante ellos las gafas del color que más nos satisfaga y que nos permita creer que todo es como nosotros queremos. Tapemos los ojos para evitar contemplar los buenos ejemplos que pudieran inspirarnos y motivarnos, para no tener que ver las acuciantes necesidades en que viven nuestros semejantes. Con ojos tapados, conseguiremos no mirarnos ni siquiera a nosotros mismos tal como somos realmente, tan entregados a nuestras propias entelequias.
Tapemos los oídos, hagámonos los sordos, subamos a tope el volumen del mp3 en nuestros auriculares para no tener que escuchar ni los buenos consejos, ni los lamentos de los demás (¡qué fastidiosos y agobiantes!), ni siquiera a nuestra propia conciencia que, en definitiva, podría ser un agente de autocuestionamiento que llegara a comprometernos.
Pero tapemos nuestra boca también. Que no hable contra la injusticia, que no proponga remedios que tuviéramos que llevar a cabo, que no diga las fatídicas palabras: “me presento voluntario” o “yo lo haré”. No hablemos ni con nosotros mismos (aunque llegue a parecer que estoy enfadado con mi yo, a fuerza de no dirigirle la palabra), porque corremos el riesgo de sucumbir a una argumentación que desemboque en las garras del compromiso.
Y si conseguimos hacer todo esto, habremos alcanzado, además, otra meta importante: tener las manos ocupadas tapando ojos, oídos y boca, y (por tanto) incapaces de ayudar, inútiles para prestar servicio a nadie. Misión cumplida: compromiso cero.

Pero si, por el contrario, pensáramos que el camino del compromiso es uno de los mejores que se pueden recorrer en la vida, entonces creo que ya es hora de que nos dejemos de monerías.

domingo, 25 de noviembre de 2007

"monopoly": globalización de la pobreza

(17ª parada)
“Cuando hagas la siega de tus campos, no siegues hasta los últimos rincones ni recojas las espigas que queden en lo segado. Tampoco rebusques tus viñas, ni recojas los racimos que caigan en ellas. Deja todo esto para que sirva a los pobres y a los extranjeros”.

(Libro del Levítico, cap. 19: 9-10)

He jugado al ajedrez, me gusta el ajedrez. Es un juego de guerra, pero su reglamento proporciona partidas incruentas y, aunque llegues a asediar a tu adversario, nunca llegas a ensañarte contra él. Sólo tratas de realizar un bonito juego combinativo, poner belleza en sesenta y cuatro escaques, coordinar estrategia y táctica. Y una vez terminada la partida (como dice aquella frase), el rey y el peón vuelven a la misma caja. Si amas el ajedrez, ya ganes, ya pierdas, ya hagas tablas, puedes tener la sensación de que has ganado de todas formas. Te sientes bien después de una gran partida, independientemente del resultado.

He jugado al 'monopoly'. Éste no es un juego de guerra, pero casi. Tienes que conseguir arruinar o destrozar sin piedad a varios rivales. Hay que ser implacable... Te alegras de la desgracia de tus contrarios: si tienen la mala suerte de acabar en la cárcel, mejor para ti; si un imprevisto de la partida les deja maltrecha la economía, mejor para ti; si por casualidad caen en esa propiedad tuya tan cara y además con hotel (lo que llevas esperando que suceda varias vueltas al tablero), mucho mejor para ti... Cuando el juego termina, sólo puede quedar uno con toda la pasta del resto. Si ganas, hasta te puedes sentir bien; pero si pierdes, ¡maldita sea, necesitarás otra partida para resarcirte! Las reglas son más abiertas: puedes negociar, aliarte temporalmente con otro jugador... y esto sí que te permite ser todo lo cruel que te consientan las vísceras.

Estamos jugando al monopoly. Llevamos siglos jugando a este maldito juego, pero da la sensación de que la partida estuviera a punto de terminar. Los ricos son ya demasiado ricos y los pobres demasiado pobres. Se juega con mucha saña, las reglas permiten todo lo deshonesto, todo lo depravado, que se pueda llegar a ser. En este siglo, todos estamos ya operados de las vísceras (y de tripas hemos hecho corazón), así que no hay impedimentos para abonar el tablero con lo peor que pueda generar la Humanidad. A los países pobres los tenemos trincados por sus 'partes blandas' y pronto tendrán que abandonar y dejarnos (o malvendernos) sus propiedades a los más ricos... Pero, dentro de los países ricos, también habrá que ir desembarazándose de todos aquellos elementos que impidan ganar la partida. Incluso en los países ricos hay demasiados pobres y el lastre de la pobreza puede ser muy perjudicial si se piensa en la victoria: mucho gasto social y muchas gaitas, que es como tratar de llenar un saco sin fondo. Además, los pobres ya no son clientes y, por tanto, hay que ir echándolos del juego.

No sé si nos alegramos de las desgracias ajenas (¡quiero creer que NO!), pero podemos estar llegando a ser sus causantes, ¿y qué hacemos? Se me encoge el corazón al ver tantas catástrofes que asolan las zonas más pobres y subdesarrolladas del planeta, sin que sus habitantes puedan hacer gran cosa. En los últimos años, una gran parte de esas tragedias puede haber aumentado su intensidad como consecuencia del cambio climático. Y somos los países desarrollados los principales responsables de ese cambio: nuestro ritmo de vida está tan acelerado que hemos desequilibrado el orden natural de forma irreversible, según ya vaticinan los científicos. Esto es jugar al monopoly de la forma más brutal. Las soluciones que les estamos dando a los sufridores de estos males son las ayudas que los gobiernos de los países ricos envían a los países pobres. La manzana de la bruja del cuento de Blancanieves tenía menos peligro que estas ayudas... Éste es el asunto: A lo que llamamos “ayudas” de los gobiernos, deberíamos llamarles más exactamente “préstamos que vosotros, países pobres, deberéis devolvernos con sus intereses”, porque es lo que son en realidad. Y es muy triste tener que admitirlo, pero es así. Cuando uno de nuestros gobiernos está aprobando este tipo de ayudas lo hace en estos términos: es un préstamo que debe ser devuelto, nada de donación a fondo perdido. Esto está sirviendo para que la deuda externa de los más pobres aumente de forma muy alarmante. Y con ello se consigue que los campeones mundiales de la pobreza nos deban un montón de favores y tengan su futuro literalmente hipotecado, en muchos casos por los problemas que nosotros mismos les estamos causando. Interesante forma de extorsión, pero así nos las gastamos los ricos cuando jugamos al monopoly. No es de extrañar que, en ciertas ocasiones, el gobernador de turno de alguno de estos países se vea obligado a rechazar las supuestas ayudas de sus 'preocupados benefactores', sólo porque no quiere tener que estar pagando favores indefinidamente. También es cierto que es difícil obviar las críticas que semejante decisión en un caso de emergencia van a llover tanto desde dentro como desde fuera del país afectado. Y esto sirve para aumentar la inestabilidad en la zona.

Es una forma muy sucia de jugar, pero todos estamos implicados en ella. En el antiguo pueblo de Israel, había leyes que trataban de aliviar la situación de los pobres y de los extranjeros con necesidades, de una forma muy sencilla: ya que tú tienes de sobra, permite que otros tengan de lo que a ti te sobra. Más sencillo no puede ser. La trituradora capitalista (verdadera máquina de picar carne) en la que estamos metidos nos está haciendo creer que ya no tenemos de sobra: ¡Estamos endeudados! ¡Nos falta, no nos sobra!: hipotecas, pagos aplazados, créditos... Pero ésta es la mentira más ladina que nos ha vendido el capitalismo. Porque, en el fondo, para el capitalismo no somos más que la mano de obra de sus ganancias, sus clientes potenciales de donde obtendrán su riqueza los ya muy ricos. Así que: gastemos. Y a ser posible: gastemos sin freno, muy por encima de nuestras posibilidades reales y, por supuesto, de nuestras verdaderas necesidades. ¡Ojo!: las navidades están ahí al lado. Habrá dinero para gastar a mansalva (con ese dinero se pagaría la deuda externa de varios países) y se encenderán luces y más luces sin sentido, con un gasto energético desmesurado e incomprensible en la coyuntura ambiental en que vivimos. Pero se hará. Y esto me hace desconfiar de los gobiernos que tenemos (sean del tipo que sean, aquí no voy a entrar, porque compruebo que los resultados son siempre muy parecidos al tratar este asunto) y me hace pensar que los verdaderos remedios no consisten en delegar en estos gobiernos la solución de los problemas que ha causado “el monopoly”, sino en asumir como propia, de cada ciudadano, la tarea de reparar las desgracias ajenas.

Se dice que la unión hace la fuerza ...¡Y vaya si es verdad! Nuestro gobierno ha aprobado una ayuda (es decir, aunque no se dice, préstamo) de 750.000 euros para las víctimas del ciclón 'Sidr' en Bangladesh. Si hubiera 20 millones de españoles que apartáramos tan sólo 1 euro cada uno de las compras de navidad y lo donáramos para cubrir esta emergencia, tendríamos una verdadera ayuda (sin devoluciones) de 20 millones de euros. Los números no mienten. Alguien se hará la pregunta: Pero, ¿cómo hago llegar mi euro hasta Bangladesh? Pues habrá que darse el trabajo de investigar qué personas de confianza están llevando a cabo estas tareas con eficacia, sin avaricia y con transparencia. Para empezar a tirar del hilo, se me ocurre consultar, por ejemplo, a la Fundación Lealtad, que es una guía de la transparencia y buenas prácticas de las ONGs y ONGDs, ONGs de Desarrollo ...e insisto en lo de “No Gubernamental”, porque creo que de los gobiernos no vendrán las soluciones por iniciativa propia. En fin, que no hay excusa posible.

El mejor regalo que hoy (no esperemos a la navidad) podemos hacer a los países pobres es recoger las fichas, las casitas verdes, los hoteles rojos, los billetes de pega, plegar el tablero de cartón, meter todo en su caja y no volver a sacar más el dichoso monopoly del armario de los juegos.
Siempre nos quedará el ajedrez.