(23ª parada)
"Quien sabe hacer lo bueno, y no lo hace, está en el peor de los errores".
(Epístola de Santiago, cap. 4: 17)
En una talla de madera del santuario-mausoleo de Toshogu, en Nikko (Japón), están representados Kikazaru, Mizaru e Iwazaru, los tres monos sabios o místicos, que se tapan con las manos respectivamente oídos, ojos y boca.

Como no conocía los detalles de la leyenda que protagonizan estos simios, me informé sobre el asunto y encontré lo siguiente: Por un lado, el significado de sus nombres está en el juego de palabras que se origina en japonés entre el sustantivo
“saru” (mono), y el adverbio homófono que produce la negación de la raíz a la que se asocia enclítico. Es decir, que las palabras compuestas
“kikazaru”, “mizaru” e
“iwazaru” significan (respectivamente)
“no oye”, “no ve”, “no habla”. Y el mono ha pasado a ser un símbolo de la negación en abstracto. Por ello, otra interpretación indica que, para llegar a ser sabio, es preciso
negarse a escuchar maldades, negarse a ver maldades y negarse a decir maldades. La leyenda en sí cuenta que los tres monos eran los mensajeros enviados por los dioses para delatar las malas acciones de los humanos con un conjuro mágico, por el cual cada uno tenía dos virtudes y un defecto. Se representaban en este orden: Primero,
Kikazaru (el mono sordo) era el encargado de utilizar el sentido de la vista para observar a todo aquél que realizaba malas acciones y transmitírselo al segundo,
Mizaru (el mono ciego) mediante la voz. Mizaru no necesitaba su sentido de la vista, puesto que se encargaba de llevar los mensajes que le contaba Kikazaru hasta el tercer mono,
Iwazaru (el mono mudo). Éste escuchaba los mensajes transmitidos por Mizaru para decidir la pena que los dioses impondrían al desafortunado y velar por su cumplimiento. Es decir
(y esto se me acaba de ocurrir), que está bien negarse a escuchar-ver-decir maldades, pero a la vez no está mal ser un cochino chivato
(¡en fin...!). Prosigo: Estas tres lindezas de mono son los guardianes simbólicos del mausoleo de Toshogu (como ya dije más arriba), encargados de que las habladurías de los visitantes de la tumba del Shogun
Tokugawa Ieyasu no interrumpan el sueño del yacente fundador del shogunato Tokugawa. Parece ser que este personaje fue considerado un hombre sabio al que debían de gustarle bastante las pocas palabras y bien acertadas, puesto que predicaba que había que conocer de lo que se hablaba o simplemente mirar el paso del río
(mucho sentido común, la verdad, pero que no siempre se aplica: tendré que estar más tiempo mirando el paso del río).
Sin embargo, existe otra explicación distinta que justifica el tallado de "kikazaru", "mizaru", e "iwazaru": también se decía que correspondía a la representación del miedo absoluto, dado que son las primeras reacciones del ser humano ante una situación de peligro. Esta otra interpretación, menos pomposa que la primera, me ha parecido incluso más interesante porque también se asemeja a la reacción de pánico que surge en nosotros cuando sentimos la pavorosa llamada del
compromiso.
Comprometer a una persona es ponerla en la necesidad de intervenir en un asunto en el que corre algún tipo de riesgo, o en la tesitura de hacerle decir o hacer algo que puede no convenirle. Lo normal es que, cuando uno se comprometa, esté contrayendo una
obligación ante alguien. En una palabra, se le coloca en una situación
apurada (no es extraño que haya gente que acabe echando humo cuando asume un compromiso). Algunos sinónimos muy clarificadores pueden ser: arriesgarse, aventurarse, darse, empeñarse... Cuando nos comprometemos, corremos (entre otros) el riesgo de que se nos tome la palabra y, entonces, nos sintamos obligados a cumplirla. Aunque también los hay expertos en comprometerse sólo
de boquilla. Es decir, quienes le sacan el máximo partido a esa inclinación tan humana de
escurrir el bulto (¡curioso: escurrir, lo contrario de mojarse!). No hay que pasar por alto que “comprometer” deriva de “comprimir” (“apretar”), lo que puede suponer meter a alguien en un aprieto al lanzarle al mundo de las responsabilidades. Este término está tan cerca del concepto de “obligación”, que más de uno puede sentirse incómodo. Porque una obligación llega a ser una exigencia moral que rige o limita el libre albedrío. A mí
(supongo que a cualquiera) se me ocurre pensar que eso de regir y limitar mis libertades no es algo que me caiga muy bien. Pero el concepto de “obligación” tiene también acepciones muy liberadoras, porque estar obligado a algo o a alguien también es corresponder al beneficio que hemos recibido de él o de ello. Es decir, vivir con
agradecimiento. Y si “obligar” deriva de “ligar” (es decir, atar a alguien), sería interesante pensar que voluntariamente podamos atarnos a hacer lo que haya que hacer o decir lo que haya que decir. Es más libre vivir en
solidaridad y
responsabilidad que estar esclavizados por el egoísmo, la indolencia o la insensibilidad.
Si, a pesar de todo, somos alérgicos al compromiso, sólo puedo dar un consejo: tapar ojos, oídos y boca (como los monos de Toshogu) para evitar cualquier tentación que pudiera comprometernos.
Tapemos los ojos para no tener que ver lo que sucede a nuestro alrededor
(“ojos que no ven, corazón que no siente”) o pongamos ante ellos las gafas del color que más nos satisfaga y que nos permita creer que todo es como nosotros queremos. Tapemos los ojos para evitar contemplar los buenos ejemplos que pudieran inspirarnos y motivarnos, para no tener que ver las acuciantes necesidades en que viven nuestros semejantes. Con ojos tapados, conseguiremos no mirarnos ni siquiera a nosotros mismos tal como somos realmente, tan entregados a nuestras propias entelequias.
Tapemos los oídos, hagámonos los sordos, subamos a tope el volumen del mp3 en nuestros auriculares para no tener que escuchar ni los buenos consejos, ni los lamentos de los demás
(¡qué fastidiosos y agobiantes!), ni siquiera a nuestra propia conciencia que, en definitiva, podría ser un agente de autocuestionamiento que llegara a comprometernos.
Pero
tapemos nuestra boca también. Que no hable contra la injusticia, que no proponga remedios que tuviéramos que llevar a cabo, que no diga las fatídicas palabras:
“me presento voluntario” o
“yo lo haré”. No hablemos ni con nosotros mismos
(aunque llegue a parecer que estoy enfadado con mi yo, a fuerza de no dirigirle la palabra), porque corremos el riesgo de sucumbir a una argumentación que desemboque en las garras del compromiso.
Y si conseguimos hacer todo esto, habremos alcanzado, además, otra meta importante: tener las manos ocupadas tapando ojos, oídos y boca, y (por tanto) incapaces de ayudar, inútiles para prestar servicio a nadie. Misión cumplida: compromiso cero.
Pero si, por el contrario, pensáramos que el camino del compromiso es uno de los mejores que se pueden recorrer en la vida, entonces creo que ya es hora de que nos dejemos de monerías.