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miércoles, 31 de marzo de 2010

vasos comunicantes

(90ª parada)
"Gran riqueza es la vida misericordiosa para quien sabe contentarse con lo que tiene".
(1ª carta de Pablo a Timoteo, cap. 6: 6)

Si hoy se me ocurriera ponerme un bañador, marcharme hasta una playa y meterme en el mar (¡ni loco estoy por la labor!), al ir metiéndome en el agua salada sentiría millones de microcuchillos introduciéndose a través de mi piel. En ocasiones, esto me pasa incluso en verano: la combinación de las aguas atlánticas con lo friolero que es uno no me deja otra opción. Es bastante normal, la constatación de un principio asumido. Por eso, cada cual tiene su estilazo al darse el bañito de turno: está el que remolonea zigzagueando, el que entra de puntillas, el que parece que se está electrocutando, el que da la sensación de amarse con locura (de tanto que se autoabraza), el que va mojándose en cómodos plazos, el que entra al galope tendido... ¡Todo un espectáculo! Sin embargo, si uno lo piensa bien, se dará cuenta de que la cantidad de calor que almacenan esas frígidas aguas sería tan grande como para hervirlo a uno ahí mismo. Todo el mar contra un ser humano: no hay color en cuanto al calor. Otra cosa es la temperatura que manifiestan unas aguas que almacenan tanta energía: hoy no sé si llegará a 10ºC frente a los (más-menos) 37ºC del cuerpo humano. Y ahí se pone de manifiesto el principio físico que dice que vamos a tratar de equilibrar las temperaturas, independientemente de quién tenga más o menos cantidad de calor.

Hay una ilustración que ayuda a comprender este fenómeno y que tiene un fundamento similar. Se trata de los vasos comunicantes. Es la forma visual de contemplar la ecuación fundamental de la hidrostática, de poner en evidencia este proceso que forma parte de la ley de Stevin. Sí, a todo le hemos puesto nombre... Pues bien, como se trata de equilibrar presiones (una manía de la Naturaleza, como otra cualquiera) y, al ser los recipientes abiertos por la parte superior, es la presión atmosférica la que manda (y resulta que es la misma sobre todos los recipientes, al estar uno al lado de otro, a similares altitudes sobre el nivel del mar), mientras que la presión ejercida por el líquido contenido en los vasos sólo depende de la aceleración de la gravedad (que será la misma en recipientes apenas separados por un conducto entre ellos), de su densidad (si se trata del mismo líquido es, por tanto, idéntica) y de la profundidad o altura que alcance el líquido en cada recipiente (no de su volumen total en él). Como lo único que puede variar es esa altura de la columna líquida y se trata de que la presión se equilibre, pues ¡zás! lo que sucederá es que en todos los recipientes comunicados la altura del líquido será la misma, independientemente de su capacidad. ¡Qué rollazo expresado así y qué fácil es verlo tratando de llenar un juguetito como el de la figura!

Y estaba pensando que, como parte de todo este entramado cósmico, sería extraño que el ser humano escapara a este equilibrado de presiones y temperaturas. Digamos que si se ponen en comunicación (como si de recipientes de líquido se tratara) a varias personas, lo que tiende a equipararse es el nivel del líquido y no su cantidad. Vale. Pues según los conceptos o valores que queramos asignarle al líquido, derivarían algunas conclusiones (más o menos válidas) que dejaré al desarrollo de cada cual.
Se me ocurre imaginar qué podría pasar si pongo en contacto a un rico amargado con un pobre feliz. Supongo que es posible encontrar a un espécimen de cada tipo. Bueno, no creo que tenga mucho mérito imaginar algo sobre lo que ya escribió Tolstoi años atrás. Refresquemos la memoria con una versión del cuento:

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha. Pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor.
Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.
El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció:
- Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor.
- Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra. Pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor. Y quien lo tenía se quejaba de los hijos.
Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:
- ¡Qué bella es la vida!, Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?
Al enterarse en palacio de que por fin habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:
- Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.
Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante. Mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:
- ¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
- Señor - contestaron apenados los mensajeros - ¡¡El hombre feliz no tiene camisa!!


En este caso, el nivel de líquido podría ser la felicidad y el volumen del líquido en el recipiente la cantidad de riqueza material. Así, se puede encontrar uno a un hombre pobre y muy feliz que, al ponerlo en contacto con uno rico pero triste, aún debería entregarle lo poco que tiene (en este caso que ni siquiera tiene) para tratar de subir el nivel de felicidad del rico.
En otros casos, por ejemplo después de una catástrofe natural, se encuentra uno (desde su cómoda butaca en que contempla las noticias del mundo) rechazando al dios-que-pudiera-existir-en-alguna-parte por permitir este tipo de desmanes de la Tierra, mientras que el damnificado, entre los escombros, todavía tiene alguna palabra para agradecer a ese ser invisible por haberlo mantenido con vida. ¡Extraña espiritualidad la que hemos desarrollado y más extraña todavía la sensibilidad de quien se queja de las desgracias que no padece, mientras el que las padece simplemente trata de sobrellevarlas sin culpar a otros!
Y más casos habría. Pero es siempre la misma historia. Cuando el tubito estrecho tiene el nivel muy alto, porque con poco líquido llena rápidamente un volumen tan reducido, resulta que al final tiene que ceder incluso una parte de su escaso líquido para que el recipiente ancho que nunca se llena pueda subir en algo su nivel. Sin embargo, tomemos visión panorámica de la situación: si quien más tiene se acostumbra a recibir aún más, quien menos tiene puede llegar a sucumbir por el bajo nivel que ofrecen las circunstancias. No hay más que darse cuenta de lo rápido que baja el nivel en los tubos estrechos para que pueda subir escasos milímetros en los muy anchos. Y, a pesar de todo, los infelices occidentales no dejaremos de protestar, patalear y mostrar nuestra desdicha ante otros habitantes de este globo errante a los que nuestro egoísmo insaciable está convirtiendo cada vez en más infelices.

Tengo la costumbre de hacer la compra una vez por semana en un supermercado próximo a mi casa. Aunque suelo salir bastante cargado de bolsas que tendré que llevar a pulso hasta mi nevera, prefiero ir caminando y no tener que ir en coche a otro más lejano. Normalmente, cuando estoy a punto de cruzar la puerta del local, todavía sigo pensando en algún asunto pendiente o repasando de memoria la lista de cosas con las que llenaré la cesta o divagando en qué sé yo qué historias... pero me adivino con el gesto serio y meditabundo. Al ir a cruzar esa puerta, una persona ya habitual en el lugar me transporta a otra realidad. Allí está, al abrigo de un acceso algo recogido contra vientos y lluvias (pero a la intemperie, a fin de cuentas), una señora que por apariencia y acento me parece extranjera, pero sin ser capaz de aventurar de qué país. Siempre con su sonrisa y un casi ininteligible "Dios le bendiga", me saluda a mí y supongo que a tantas personas como atraviesan ese umbral al cabo del día. Algunas veces (las menos, tengo que reconocerlo), he compartido algo de mi compra o algunas monedas. Pero caigan o no unas migajas de mi mano, ella siempre me regala una sonrisa y una bendición. Inevitablemente, su sonrisa me contagia algo que desde adentro acaba por hacer brotar otra sonrisa en mi rostro. No es que me dé ganas de sonreír el ver a esa señora en su puesto esperando la misericordia de quien pase por allí. No es agradable ni ver esto ni imaginar todas las situaciones similares (¡y muchísimo peores!) que se dan a diario en todo el mundo. Pero a veces pienso en los vasos comunicantes y me sorprende recibir de quien, a priori, tan poco podría esperar...
Qué gran conocimiento del género humano demostró el sabio maestro galileo que nos dejó aquella sencilla sentencia: "Más felicidad hay en dar que en recibir".
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¡quién diría que está abierta la compuerta que mantiene ambos "vasos" comunicados!

domingo, 25 de noviembre de 2007

"monopoly": globalización de la pobreza

(17ª parada)
“Cuando hagas la siega de tus campos, no siegues hasta los últimos rincones ni recojas las espigas que queden en lo segado. Tampoco rebusques tus viñas, ni recojas los racimos que caigan en ellas. Deja todo esto para que sirva a los pobres y a los extranjeros”.

(Libro del Levítico, cap. 19: 9-10)

He jugado al ajedrez, me gusta el ajedrez. Es un juego de guerra, pero su reglamento proporciona partidas incruentas y, aunque llegues a asediar a tu adversario, nunca llegas a ensañarte contra él. Sólo tratas de realizar un bonito juego combinativo, poner belleza en sesenta y cuatro escaques, coordinar estrategia y táctica. Y una vez terminada la partida (como dice aquella frase), el rey y el peón vuelven a la misma caja. Si amas el ajedrez, ya ganes, ya pierdas, ya hagas tablas, puedes tener la sensación de que has ganado de todas formas. Te sientes bien después de una gran partida, independientemente del resultado.

He jugado al 'monopoly'. Éste no es un juego de guerra, pero casi. Tienes que conseguir arruinar o destrozar sin piedad a varios rivales. Hay que ser implacable... Te alegras de la desgracia de tus contrarios: si tienen la mala suerte de acabar en la cárcel, mejor para ti; si un imprevisto de la partida les deja maltrecha la economía, mejor para ti; si por casualidad caen en esa propiedad tuya tan cara y además con hotel (lo que llevas esperando que suceda varias vueltas al tablero), mucho mejor para ti... Cuando el juego termina, sólo puede quedar uno con toda la pasta del resto. Si ganas, hasta te puedes sentir bien; pero si pierdes, ¡maldita sea, necesitarás otra partida para resarcirte! Las reglas son más abiertas: puedes negociar, aliarte temporalmente con otro jugador... y esto sí que te permite ser todo lo cruel que te consientan las vísceras.

Estamos jugando al monopoly. Llevamos siglos jugando a este maldito juego, pero da la sensación de que la partida estuviera a punto de terminar. Los ricos son ya demasiado ricos y los pobres demasiado pobres. Se juega con mucha saña, las reglas permiten todo lo deshonesto, todo lo depravado, que se pueda llegar a ser. En este siglo, todos estamos ya operados de las vísceras (y de tripas hemos hecho corazón), así que no hay impedimentos para abonar el tablero con lo peor que pueda generar la Humanidad. A los países pobres los tenemos trincados por sus 'partes blandas' y pronto tendrán que abandonar y dejarnos (o malvendernos) sus propiedades a los más ricos... Pero, dentro de los países ricos, también habrá que ir desembarazándose de todos aquellos elementos que impidan ganar la partida. Incluso en los países ricos hay demasiados pobres y el lastre de la pobreza puede ser muy perjudicial si se piensa en la victoria: mucho gasto social y muchas gaitas, que es como tratar de llenar un saco sin fondo. Además, los pobres ya no son clientes y, por tanto, hay que ir echándolos del juego.

No sé si nos alegramos de las desgracias ajenas (¡quiero creer que NO!), pero podemos estar llegando a ser sus causantes, ¿y qué hacemos? Se me encoge el corazón al ver tantas catástrofes que asolan las zonas más pobres y subdesarrolladas del planeta, sin que sus habitantes puedan hacer gran cosa. En los últimos años, una gran parte de esas tragedias puede haber aumentado su intensidad como consecuencia del cambio climático. Y somos los países desarrollados los principales responsables de ese cambio: nuestro ritmo de vida está tan acelerado que hemos desequilibrado el orden natural de forma irreversible, según ya vaticinan los científicos. Esto es jugar al monopoly de la forma más brutal. Las soluciones que les estamos dando a los sufridores de estos males son las ayudas que los gobiernos de los países ricos envían a los países pobres. La manzana de la bruja del cuento de Blancanieves tenía menos peligro que estas ayudas... Éste es el asunto: A lo que llamamos “ayudas” de los gobiernos, deberíamos llamarles más exactamente “préstamos que vosotros, países pobres, deberéis devolvernos con sus intereses”, porque es lo que son en realidad. Y es muy triste tener que admitirlo, pero es así. Cuando uno de nuestros gobiernos está aprobando este tipo de ayudas lo hace en estos términos: es un préstamo que debe ser devuelto, nada de donación a fondo perdido. Esto está sirviendo para que la deuda externa de los más pobres aumente de forma muy alarmante. Y con ello se consigue que los campeones mundiales de la pobreza nos deban un montón de favores y tengan su futuro literalmente hipotecado, en muchos casos por los problemas que nosotros mismos les estamos causando. Interesante forma de extorsión, pero así nos las gastamos los ricos cuando jugamos al monopoly. No es de extrañar que, en ciertas ocasiones, el gobernador de turno de alguno de estos países se vea obligado a rechazar las supuestas ayudas de sus 'preocupados benefactores', sólo porque no quiere tener que estar pagando favores indefinidamente. También es cierto que es difícil obviar las críticas que semejante decisión en un caso de emergencia van a llover tanto desde dentro como desde fuera del país afectado. Y esto sirve para aumentar la inestabilidad en la zona.

Es una forma muy sucia de jugar, pero todos estamos implicados en ella. En el antiguo pueblo de Israel, había leyes que trataban de aliviar la situación de los pobres y de los extranjeros con necesidades, de una forma muy sencilla: ya que tú tienes de sobra, permite que otros tengan de lo que a ti te sobra. Más sencillo no puede ser. La trituradora capitalista (verdadera máquina de picar carne) en la que estamos metidos nos está haciendo creer que ya no tenemos de sobra: ¡Estamos endeudados! ¡Nos falta, no nos sobra!: hipotecas, pagos aplazados, créditos... Pero ésta es la mentira más ladina que nos ha vendido el capitalismo. Porque, en el fondo, para el capitalismo no somos más que la mano de obra de sus ganancias, sus clientes potenciales de donde obtendrán su riqueza los ya muy ricos. Así que: gastemos. Y a ser posible: gastemos sin freno, muy por encima de nuestras posibilidades reales y, por supuesto, de nuestras verdaderas necesidades. ¡Ojo!: las navidades están ahí al lado. Habrá dinero para gastar a mansalva (con ese dinero se pagaría la deuda externa de varios países) y se encenderán luces y más luces sin sentido, con un gasto energético desmesurado e incomprensible en la coyuntura ambiental en que vivimos. Pero se hará. Y esto me hace desconfiar de los gobiernos que tenemos (sean del tipo que sean, aquí no voy a entrar, porque compruebo que los resultados son siempre muy parecidos al tratar este asunto) y me hace pensar que los verdaderos remedios no consisten en delegar en estos gobiernos la solución de los problemas que ha causado “el monopoly”, sino en asumir como propia, de cada ciudadano, la tarea de reparar las desgracias ajenas.

Se dice que la unión hace la fuerza ...¡Y vaya si es verdad! Nuestro gobierno ha aprobado una ayuda (es decir, aunque no se dice, préstamo) de 750.000 euros para las víctimas del ciclón 'Sidr' en Bangladesh. Si hubiera 20 millones de españoles que apartáramos tan sólo 1 euro cada uno de las compras de navidad y lo donáramos para cubrir esta emergencia, tendríamos una verdadera ayuda (sin devoluciones) de 20 millones de euros. Los números no mienten. Alguien se hará la pregunta: Pero, ¿cómo hago llegar mi euro hasta Bangladesh? Pues habrá que darse el trabajo de investigar qué personas de confianza están llevando a cabo estas tareas con eficacia, sin avaricia y con transparencia. Para empezar a tirar del hilo, se me ocurre consultar, por ejemplo, a la Fundación Lealtad, que es una guía de la transparencia y buenas prácticas de las ONGs y ONGDs, ONGs de Desarrollo ...e insisto en lo de “No Gubernamental”, porque creo que de los gobiernos no vendrán las soluciones por iniciativa propia. En fin, que no hay excusa posible.

El mejor regalo que hoy (no esperemos a la navidad) podemos hacer a los países pobres es recoger las fichas, las casitas verdes, los hoteles rojos, los billetes de pega, plegar el tablero de cartón, meter todo en su caja y no volver a sacar más el dichoso monopoly del armario de los juegos.
Siempre nos quedará el ajedrez.