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Son las típicas cosas del anfitrión. Me lo tendría que haber esperado, si ya sé cómo es él...
Organiza una reunión en su casa, invita a gente que solo él conoce y te encuentras con que estás asistiendo a un evento en que solo te suena la cara de quien te dijo por teléfono el jueves:
Este sábado por la noche te espero en mi casa a eso de las diez. Solo hace falta que te traigas las ganas de pasarlo bien. No puedes faltar.
Después de unos segundos sin reacción, mucho más largos para el que aguarda respuesta que para el que tiene que elaborarla (tienes que transportarte a otro lugar lejos de lo que estabas haciendo, debes revisar una agenda mental y desplazar alguna cosa en la programación, luego volver a recuperar el don del habla), se acaba dando la respuesta afirmativa.
Y aquí estoy ahora. Los presentes hemos intercambiado saludos con sonrisas exageradas y mi amigo me ha ofrecido algo de beber. Con una mano sostengo un vaso y la otra no sabe dónde meterse. Me siento incómodo. O ridículo. O ambos. Menos mal que suena una canción muy agradable. De momento, somos cuatro personas en el salón. Nunca me gustaron estas reuniones de desconocidos en que no sé de qué hablar ni con quién. A ver qué sucede hoy. Así que me he quedado clavado junto a mi amigo (los otros tres invitados han hecho lo mismo), mientras me voy aclimatando.
Él sabe lo muy tímido que soy y todo esto suena a encerrona.
Es como si me oliera otra de las suyas. Cuestión de olfato.
Si se es tímido (a quienes no lo son, todas estas consideraciones les resultarán incomprensibles), lo mejor en estas fiestecillas, desde un enfoque puramente estratégico, es no llegar puntual. Hay que demorarse. Pero nunca me acuerdo de aplicar la táctica y termino llegando a la hora.
Cuando llegas puntual, sueles ser el primero (aparte del anfitrión) y vas a poder ir conociendo a los demás invitados, que llegarán en constante goteo. Es una forma de estar en el centro, como los maniquís en un escaparate. Y el problema es que corres el riesgo de pasar el resto de la velada con la primera persona que sea aún más tímida que tú y a la que (al menos en apariencia) le hayas caído genial. No me manejo bien con ellos: me parece que tienen adhesivos muy potentes y es difícil despegártelos. Pero si llegas tarde, la cosa ya está en marcha, cada uno a lo suyo y nadie va a reparar en ti. Luego, puedes mariposear de grupo en grupo con la inestimable guía de quien conoce a todo el mundo y decidir a qué ascua vas a arrimar tu sardina.
Esta noche, creo que ya se me ha acoplado un ancla. Poco después de mí, llegó una pareja que se añadió a los cuatro de inicio y no han parado de darme la brasa sobre temas que no me interesan ni un ápice. Debo dejar de decir sí sí sí y de asentir con la cabeza. Menos sonrisas y diplomacia.
No sé cómo me he dejado atrapar en algo así...
Tendría que haber estado más ágil. Aquí me ha faltado vista.
Reacciono. Ahora que parece que... ¿Rosalía? (¿cómo no soy capaz de recordar su nombre si me lo acaba de decir?) va a cambiar de asunto y toma aire para otra nueva andanada, es la mía y meto baza:
Discúlpame, voy a salir un momento a la terraza.
Sonrisa y ahí os quedáis.
La casa se ha ido llenando de gente en la última hora. He contado, así sin pararme mucho, más de treinta personas.
Salgo a la terraza y me acodo un momento en la barandilla. Aire, ah. Estoy así un rato y luego vuelvo al jolgorio. Cuando me doy la vuelta, aparece ante mí la chica más guapa que he visto en mucho tiempo. Ella no me ha visto. ¿O sí? ¿Es posible que se haya fijado en mí cuando yo estaba absorto en el firmamento? No sé... habría sentido sus ojos clavados en mi espalda y no he notado el impacto. Algo de ese calibre debe de atravesarlo a uno como un cañonazo de rayos. En un momento se cruzan las miradas (¡glups!), aguanto el tipo y parece que... bueno, quizás me lo ha parecido solo a mí.
La física cuántica nos ha cambiado a todos. Aunque no sepamos prácticamente nada del tema, se ha infiltrado en nuestra cotidianidad ya para siempre. Ahora no puedo pensar más que en el gato de Schrödinger y me pongo nervioso... aquí empieza una relación que está viva y muerta a la vez, pero tendré que abrir la caja para comprobar si está viva o si está muerta. Toca arriesgar... Es como en aquel acertijo zen: ¿Hace ruido al caer un árbol en un bosque en que nadie puede escucharlo?
Ahora hay que ir al bosque y poner la oreja. A ver qué me dice el oído.
Tengo una idea de listillo. O de cobarde, según se mire. Voy a buscar a mi amigo, porque es seguro que él podrá decirme algo de esta mujer. Es su invitada y tiene que conocerla bien. Dicen que la información es poder, ¡cómo lo saben!
Ahora dudo... Mientras busco por allí, la mujer se me puede esfumar por allá, y ni bosque ni caja con gato vivomuerto. Me quedo con las ganas. Y a ver cómo le explico a mi amigo...
Oye, una chica muy guapa que estaba hace un momento en la terraza. Morena con el pelo largo, unos ojos que te atraviesan con la mirada. Así de alta. Con un vestido largo, azul oscuro (esta limitación que tenemos los hombres para describir colores va a acabar un día con nosotros), muy elegante... y no sé qué más decirte, ¿quién es?
Vale, sí, la información es poder, pero no sé de qué me puede servir ahora ese poder. Casi prefiero un abordaje en igualdad de condiciones, sin terreno invadido de antemano, ambos al unísono.
Y me ha vuelto a mirar y la sigo mirando, que no sé cómo podría ya mirar hacia otro lado en que no estuviera ella.
Y la situación se está tensando y me siento como mosca atrapada en la telaraña... quiero moverme y no puedo.
Pero esto es ridículo. Venga, tío, un pie delante del otro y no metas la pata.
Si sigo mirándola así sin hacer nada, va a pensar que soy un bicho muy raro... Hay que actuar con tacto.
Me acerco. Todo. Creo. No sé si me he dejado algo por el camino o si el corazón ha llegado antes, a galope tendido.
Esta mujer es excepcional: se ha dado cuenta de que sigo luchando por desembarazarme de la telaraña y se me ha adelantado en el saludo. Eso ayuda. De repente, toda esa maraña de hilos pegajosos se ha desprendido de golpe y ha caído al suelo.
Tiene una sonrisa cautivadora. Y sonríe también con la mirada, eso me encanta.
Me dice su nombre, que hasta suena como la música de las esferas, y ya tengo ganas de grabármelo en alguna circunvolución cerebral. Hablamos por unos instantes que no sé cuánto duran y empiezo a pensar que la aportación de Einstein a la Física no fue para tanto, porque no descubrió nada que yo no pudiera descubrir ante esta mujer. Creo que cuando acaben estos minutos de charla, alguien vendrá a presentarme a mis ancianos bisnietos. Ya lo verás.
Y es entonces cuando viene un tipo y me arroja sobre la espalda todo el hielo que había en la fiesta, al decirle a la mujer que ha detenido el tiempo para mí:
Hola, cariño, estabas aquí. Ven, que acabo de hablarles de mi prometida a unos amigos y quieren conocerte.
Ahora pienso que la información sí es poder. Energía de fusión, poco más o menos. Demasiado tarde.
Con su misma sonrisa encantadora, la mujer se despide mientras el tipo la arranca de la singularidad espacio-temporal que ella misma había creado en este preciso lugar, un nuevo centro del universo, y me deja a mí con el iceberg deslizándose por la espalda.
El gusto ha sido todo mío.


