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sábado, 31 de mayo de 2008

operación tifón

(44ª parada)
“Dios le dijo a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano?
Y él respondió: No sé. ¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?”
(Libro del Génesis, cap. 4: 9)

TRES REINAS SIN REINO
III.- La reina roja: FRATERNIDAD


Maloyaroslavetz, límite de la agresión. Inicio de la fuga y de la aniquilación del enemigo. General Kutuzov.
Recuerdo bien que, de camino a Moscú, la columna de vehículos se detuvo un breve instante en aquel lugar. Me incorporé en mi camilla lo suficiente para observar la lápida con la inscripción. Esas pocas palabras llevan a la memoria de los moscovitas el límite máximo que alcanzó el ejército napoleónico en octubre de 1812, el punto más allá del cual ningún soldado francés logró dar un paso y que señaló el inicio de la retirada más desastrosa de la época. Pero, después de ciento veintinueve años, superado el octubre de 1941, los pocos moscovitas y soldados desbandados en retirada, apresurados y ateridos, que íbamos pasando ante la lápida camino de la capital nos preguntábamos angustiados dónde se iba a colocar la destinada a señalar el límite de la agresión nazi. Los más optimistas confiaban en la barrera natural de los Urales (más allá de la cordillera, a la Rusia asiática, se estaban transfiriendo fábricas enteras), pero nadie se atrevería a apostar un rublo por la suerte de la capital soviética. La Wehrmacht se reveló más aguerrida que las tropas napoleónicas, mientras que el Ejército Rojo, en estos primeros meses, demostró una total impreparación para la guerra y una absoluta carencia de jefes carismáticos de la clase de Kutuzov, el general que derrotó a Napoleón. Aquel otoño de 1941 fue muy triste para todos nosotros. La situación era desesperada: Leningrado, sitiada; Minsk, Odessa, Esmolensko y Sebastopol habían caído... y en sólo tres meses de guerra.

Desde los primeros días de octubre, los alemanes habían puesto en marcha la Operación Tifón para adueñarse de Moscú antes de la llegada del invierno. Pero, al menos en esto, la suerte estuvo de nuestra parte: a falta de un Kutuzov, el General Invierno decidió acelerar su llegada para detener el arrollador avance alemán. El plan Barbarroja de Hitler había previsto una campaña velocísima para apoderarse de Rusia, que debería concluir a finales del otoño, antes de un alarmante descenso de las temperaturas. Pero el termómetro indicaba que esa opción ya se había frustrado. Ahora, la blitzkrieg apuntaba directamente al corazón de la U.R.S.S., a Moscú, de acuerdo al nuevo plan. Fue de este modo como, en su frenético avance, las divisiones acorazadas nazis de Hoth y de Hoppner, realizando una maniobra de tenaza, terminaron por embolsarnos en la línea defensiva de Viasma (entre Esmolensko y Moscú) el 10 de octubre. Las órdenes del mariscal Koniev a los oficiales a su cargo y, por tanto, a los cientos de miles de soldados que fuimos cercados en aquella bolsa eran claras: antes que rendirse, había que resistir a toda costa para evitar la rápida progresión hacia Moscú de Von Bock, el feldmariscal que dirigía los ejércitos alemanes en la Operación Tifón y a quien sus soldados llamaban Der Sterber (“el que siembra la muerte”). Y como las órdenes eran precisas, pasamos días y más días tratando de resistir como pudimos. La furia del cañoneo alemán sobre nuestro batallón fue tan intensa, que acabó desmembrándolo hasta que las compañías que lo integraban quedaron incomunicadas en medio del caos logístico y el fragor de las explosiones. La situación fue desesperada para el pelotón del que yo formaba parte: roto todo contacto, nuestro sargento, otros cinco soldados, Veselin y yo acabamos totalmente aislados y a merced de los temibles panzer que no dejaban de hostigar nuestra posición.

Conocí a Veselin en un ferrocarril repleto de tropas que nos transportaba a Esmolensko para organizar la defensa de la ciudad, asediada en julio. La idea de la guerra me traía grandes dudas a la cabeza acerca de mi valentía, así que estuve cambiando de vagón varias veces en un intento de mitigar mi ansiedad con breves paseos. A veces, tenía que abrirme camino con esfuerzo entre cuerpos (todavía vivos... ¿hasta cuándo?, pensaba) de soldados que permanecían de pie a lo largo de todo el convoy. Al fin pude ocupar un nuevo asiento. El soldado sentado enfrente de mí era Veselin. Me fijé en su mirada perdida y en su expresión, que me pareció demasiado serena, como si no estuviera en ese lugar o no fuera consciente de la suerte aciaga que en corto plazo nos esperaba a muchos. En cambio, yo estaba muy inquieto. Intenté disminuir el nerviosismo que me oprimía las entrañas tratando de entablar una intrascendente charla con ese hombre inmune al traqueteo del tren, inmune a la idea de una muerte atroz, inmune a lo terrible de los días que nos estaba tocando vivir... Él no parecía muy interesado en conversar. Siguió ajeno al entorno hasta que mencioné mi lugar de origen, allá en tierras siberianas. Ese dato le arrancó del ensimismamiento y devolvió expresión a su mirada. El azar había colocado frente a frente a dos paisanos: él me contó que vivía apenas a 10 kilómetros de mi casa... ¡y ahora nos encontrábamos por primera vez a miles de kilómetros de distancia del hogar! Hablar de nuestra lejana tierra me trasladaba a otro momento y me ayudaba a olvidar el que se acercaba. Nuestra vecindad era una simple coincidencia en unas vidas tan diferentes. Mientras que yo me dedicaba a la mecánica como jefe de un pequeño equipo en un taller, Veselin era un hombre de las nieves, un cazador solitario. Es posible que el insignificante detalle de nuestra proximidad geográfica, sumado a la gran añoranza de otro tiempo y otro lugar, fuera la excusa perfecta que necesitábamos en aquellas condiciones excepcionalmente duras para comenzar a fraguar una intensa amistad. En los meses que nos iban acercando al invierno de 1941, nos convertimos el uno en la sombra del otro y decidimos que íbamos a cuidarnos para volver sanos y salvos a casa. Mi confianza en Veselin era enorme. Su experiencia como tirador y su capacidad de supervivencia en situaciones adversas era todo un seguro. Ya me lo había demostrado en la breve defensa y posterior retirada de Esmolensko. Pero aquel 9 de noviembre, bajo los mazazos de la artillería nazi, contemplando a estos ocho hombres solitarios perdidos en la nieve, pensé que habíamos llegado al fin de nuestro propósito... En un instante, un proyectil disparado por un blindado alemán impacta en la trinchera natural donde estamos agazapados y siega la vida de seis camaradas. Todo salta por los aires... cuerpos mutilados, nieve roja... La escena es indescriptible... Desorientado y perturbado, miro desde el suelo hacia todas partes, tratando de hacerme cargo de la situación, pero algo no marcha... Además de un enloquecedor zumbido en los oídos, llegan otras sensaciones y se hace insoportable el dolor en mi pierna izquierda. Estoy mareado y muy asustado. La hemorragia es horrible... Veselin, único superviviente además de mí (aunque en esos momentos de aturdimiento no sabía si estaba muerto o vivo), se apresura a atenderme. Él parece no haber sufrido ningún daño de consideración. Una vez más, su experiencia le ha permitido protegerse instintivamente mejor que los otros. Consigue aplicar en mi pierna un torniquete que funciona y me arrastra por la nieve hacia un bosquecillo próximo sin llamar la atención de los alemanes. Antes de desvanecerme, sólo consigo escuchar estas palabras casi ahogadas en medio del pitido que aún no cesa: "Andrei, vamos a salir de esto, yo me encargo..."

Despierto al día siguiente (eso me dice Veselin). Tengo bien vendada y entablillada mi pierna. Todavía no estamos a salvo, ni mucho menos. Pero mi amigo ha improvisado una rudimentaria camilla para transportarme hasta una unidad de nuestro ejército. Ha leído el rastro en la nieve. En otro camino hay huellas recientes de un T-34 y ninguna de panzers. Buenas perspectivas de camino despejado. Sin embargo, la marcha que llevamos es muy lenta y tememos que se esfumen nuestras posibilidades de supervivencia. Le he pedido a Veselin que considere la posibilidad de abandonarme para buscar ayuda con más rapidez. Yo sólo le sirvo para frenar su marcha. Pero él me ha dicho que seguiremos juntos. Por fin, al cabo de tres días angustiosos en que pensamos que moriríamos congelados antes que liquidados por los alemanes, llegamos a reunirnos con otro batallón que ha decidido abandonar la bolsa por una brecha abierta en las líneas alemanas y dirigirse hacia Moscú. Aquí todo está perdido y es preciso reservar efectivos para defender la capital.

Dejando atrás poblados arrasados y viviendas en llamas, finalmente contactamos con tropas razonablemente organizadas de camino a Moscú. Nuestro trayecto termina al llegar a la apesadumbrada capital que, en el transcurso de varias semanas, será sitiada por el enemigo. Sin embargo, los nazis no conseguirán capturar la ciudad (a pesar de lo cual, llegamos a saber que incluso se habían confeccionado las invitaciones para el desfile triunfal ante el Kremlin... ¡qué estúpido es vender la piel del oso antes de cazarlo!). De todas formas, mi participación como soldado en la guerra ya había terminado en aquel bosque de la zona de Viasma. Pasé más de un mes en un hospital moscovita recuperándome de las heridas y la cojera permanente que ha quedado en mi pierna izquierda me ha inhabilitado para el ejército. El resto de la guerra transcurrió para mí en una fábrica de montaje de cazas. Cientos de Sturmoviks pasaron por mis manos. Pero hay otro asunto que no me quito de la cabeza, un pensamiento fijo clavado en mi mente: ¿Qué habrá sido de Veselin? Visité su aldea, fui hasta su isba, pero él no había pasado por allí. No tenía familia que pudiera informarme si seguía vivo o había muerto. No supe nada de él desde que nos despedimos en Moscú. Ese día, pasó por el hospital para decirme que se incorporaba a un batallón bajo las órdenes de Rokossovsky con la misión de lanzar una ofensiva en la cercana Kalinin, al noroeste de Moscú. Empezábamos a devolver el golpe a los alemanes. Y ya no supe nada más de él ...hasta hoy. Porque hoy, cinco meses después de terminada la guerra, en otro octubre muy diferente al de 1941, he recibido una carta de Veselin.

Querido Andrei:
Al fin conseguí saber de tu paradero gracias a las amables indicaciones de tu amigo, el capitán Tikomirov, con quien estuviste reunido en agosto. Seguiré en Leipzig unos pocos días más, pero estoy deseando volver a la patria y darte un fuerte abrazo. Tengo muchas cosas que contarte, que pueden esperar hasta nuestro encuentro.
Pero hay algo que prefiero no demorar más. ¿Recuerdas que, antes de despedirnos en aquel hospital de Moscú, tú me agradecías una y otra vez por haberte salvado la vida en la zona de Viasma? Cuántas veces me han perseguido tus palabras en estos años. Porque yo callé. Y tenía que decirte que tú también habías salvado la mía. Mucho antes, desde nuestro primer encuentro en el ferrocarril. Ya sabes que, al perder a mi familia, había perdido también toda ilusión de seguir adelante. Para mí, la guerra era casi un alivio, ya que me daba la oportunidad de terminar de una manera algo digna, quién sabe... un acto heroico, un mártir más para la patria. Estaba dispuesto a solicitar las misiones más arriesgadas, a exponerme a los mayores peligros para terminar cuanto antes. No importaba. Nada tenía sentido.
Pero, en unos meses, tú te convertiste en mi hermano y me sujetaste otra vez al mundo con un ancla de esperanza en nuevas oportunidades, a pesar de la guerra que nos envolvía. Y redescubrí la camaradería, olvidada por el huraño cazador. Y volvía a tener sentido cuidar de alguien y ser cuidado por alguien. ¡Qué días de recuerdo indeleble fueron los que pasamos en la bolsa de Viasma! El antiguo cazador hubiera respondido a su instinto de supervivencia y te hubiera abandonado a tu suerte, para no tener que cargar con un lastre irrecuperable. Pero ese ser ya no existía. Ahora, contigo sólo estaba tu hermano, pensando en cómo sacarte de ahí, aunque ambos muriéramos. Y también en esto me salvaste la vida. Mi experiencia me hace pensar que, por la situación en que nos encontramos durante aquel tiempo en medio de bosques helados, es muy probable que un hombre solo hubiera acabado pereciendo por congelación. Pero al tener que llevarte conmigo, al tener que mantenerte caliente, yo mismo me estaba manteniendo caliente... esforzándome en arrastrarte por la nieve, sentía calor; frotando tus brazos y tus piernas para que entraras en calor, yo también entraba en calor; permaneciendo juntos, nos calentábamos juntos ambos cuerpos. Sobreviví gracias a ti. Nos salvamos la vida, el uno al otro, aunque no te dieras cuenta. Nuestro lazo permitió que siguiéramos vivos. Aprendí que no se debe menospreciar la inmensa fuerza que queda en el interior de una persona, por acabada que parezca. Es una locura dejar de luchar por un hermano y abandonar.
Y, ahora, nada deseo más que reencontrarme contigo para celebrar que podremos volver juntos a casa.
Ten listo tu mejor vodka.
Ваш брат, Veselin



EPÍLOGO

En una escena de The Matrix, Morfeo ofrece a Neo las respuestas a sus preguntas. Pastilla roja o pastilla azul. Sólo se puede elegir una de las dos. Y una sola vez. En cambio, las tres reinas son como tres pastillas (azul, blanca y roja) que se toman en dosis completa y continua. De nada sirve tomar una y dejar las otras dos. Deben actuar siempre juntas.


Ya cité una vez (aquí) unas palabras de José Luis Sampedro, quien (hablando de las directrices políticas de los grandes bloques) decía que el bloque occidental se ha preocupado de la LIBERTAD: que todos sus ciudadanos se sientan libres para desarrollar sus vidas; mientras que el bloque del Este (al otro lado del telón de acero, cuando existía) mostró fijación por la IGUALDAD: que todos sus ciudadanos se sintieran iguales en oportunidades, derechos y deberes. Pero, lamentablemente, tanto unos como otros se olvidaron de la FRATERNIDAD, ese ingrediente tan importante para dar sentido al conjunto.
La historia ha dejado pregoneros y abanderados de estas tres reinas, caminando juntas. Lo han intentado desde la espiritualidad y desde el laicismo con resultados parecidos (más bien escasos, para tanto entusiasmo). Se me ocurre pensar en el esfuerzo de los revolucionarios franceses y en el de aquellos independentistas de las Trece Colonias. También pienso en el rabino galileo que, preguntado acerca de lo más importante de la Torah (enseñanza o instrucción), repite las palabras de Moisés para condensar en apenas una frase la esencia de sus principios: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (libro del Levítico, cap. 19: 18). Y corona a la LIBERTAD en “amarás” (sólo puede amar de verdad quien es libre de verdad), a la IGUALDAD en “como a ti mismo” y a la FRATERNIDAD en “a tu prójimo”. Tres reinas que siguen buscando su trono en la Humanidad.

¿Seré tan utópico como me dicen? :D
No voy a engañarme: tengo ojos para ver este mundo, para ver dónde y cómo vivimos.
Otra cosa es que me guste todo lo que veo. No, no me gusta.
Pero voy a tirar de nuevo de una de mis 'gritonas' favoritas (Alanis) para dar gracias por algunas de las pequeñas o grandes miserias con las que hay que convivir cada día. A veces por contraste, ellas me enseñan lo que en verdad quiero y por lo que merece la pena dejarse la piel, mientras este mundo sigue siendo este mundo. Así que:


Gracias, India; gracias, terror; gracias, desilusión; gracias, fragilidad; gracias, consecuencia;
gracias, gracias, silencio.
Gracias, India; gracias, providencia; gracias, desilusión; gracias, inexistencia; gracias, claridad;
gracias, gracias, silencio.

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domingo, 25 de mayo de 2008

extrañas ecuaciones

(43ª parada)
"Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos nosotros somos uno en Jesucristo".
(Epístola de San Pablo a los Gálatas, cap. 3: 28)


TRES REINAS SIN REINO
II.- La reina blanca: IGUALDAD


Todavía no me he encontrado con ningún padre o madre de más de un hijo que me diga que todos sus vástagos son iguales, que los tratan de idéntica forma. Y si pregunto que si esas diferencias hacen que se quiera más a uno que a otro, la respuesta suele ser que no, que los quieren por igual, con la misma intensidad a todos; pero también de una forma muy especial y particular a cada uno. Es un asunto de matices. Al fin, no me acaba de quedar claro si sí o si no, porque nada es igual y nada es diferente.
Con los años, he descubierto que sólo hay una persona igual a mí mismo: YO. Y sólo a veces. Cuando hacemos nuestra [espectacular-indiferente-ansiada-desastrosa-fatídica-serena-···] entrada a este mundo, no somos hojas en blanco. Parte de nuestra historia ya se ha escrito sin contar con nosotros. Está en nuestros genes, en nuestro ambiente, en las oportunidades, cultura, circunstancias... ¿Por qué decimos que todos los seres humanos nacemos iguales? Parece un insulto a nuestra inteligencia o a nuestra razón.
¿O es, quizás, falta de visión?

Es preocupante ver la representación de la Justicia con una venda en los ojos. En su afán de imparcialidad, se hace ignorante de lo que nos hace diferentes. Sin embargo, nada es más necesario para juzgar correctamente que mirar con detenimiento, analizar lo particular y comprender cada caso concreto, precisamente por haber nacido tan desiguales. La figura sólo es una representación, pero no ayuda a hacerse una idea adecuada y puede generar recelo. Desde luego (y, en general, ése es nuestro pensamiento), IGUALDAD no significa pretender que todos los seres humanos seamos iguales (que nunca lo seremos, afortunadamente... ¡vive la différence!), sino que tengamos oportunidades que nos permitan desarrollar nuestra libertad por igual, actuando en detrimento de los que impiden la ajena y a favor de quienes la ven recortada. Como una forma de compensación necesaria.

Hubo un constructor en Nazareth (a quien llegaron a llamar rabí) quien, como gran conocedor que fue del género humano, gustaba de contar historias a lo más profundo de las entendederas, tocando los asuntos importantes que se revuelven en la mente. Me vienen a la cabeza un par de estos relatos, del tipo de historias que se lanzan en parábola y se cuelan por la escuadra. Dos historias que podrían llegar a provocar pesadillas en matemáticos, abogados de herencias o escrupulosos sindicalistas. Ambas plantean extrañas ecuaciones.

En la primera, llamando x a la cantidad mínima que se puede entregar en un reparto de bienes, resulta que 5x=2x=x (una completa aberración para cualquier matemático, ya que, despejando x, resulta que 5=2=1 ...¿en qué mundo?). En fin, sucede que un hombre de negocios, que se va de viaje a un lugar lejano, antes de su marcha reúne a tres trabajadores para repartirles sus bienes en tres partes iguales: a uno le entrega 5 cantidades, 3 son para el segundo y al tercero le da 1. Sí, a partes iguales, porque la entrega se realiza conforme a la capacidad de cada uno. Nosotros, que somos muy listos, entendemos que si se trata de repartir a partes iguales, una distribución como la narrada resulta ser injusta: debería corresponderle un tercio del total a cada uno. Pero esto último es repartir con la venda en los ojos. ¿Por qué poner pesadas cargas y responsabilidades sobre la espalda de quien no puede soportarlas? Eso sí que sería injusto. A cada cual hay que darle lo que pueda cargar. No más, no menos. No se trata de desfondar a las personas... en definitiva, todos somos distintos.

La segunda historia da una vuelta de tuerca y trae otra ecuación rarilla: si llamamos h a una hora de trabajo, se plantea que 12h=9h=6h=3h=1h= salario de un día de trabajo. Y, otra vez, los matemáticos rasgarían sus vestiduras y lo tendrían por loco. En este relato, el propietario de una plantación sale tempranísimo por la mañana para buscar jornaleros que trabajen en sus campos. A primera hora, se encuentra con un grupo de agricultores desocupados, esperando ser contratados, así que les propone que trabajen en su finca a cambio del sueldo oficial establecido y con el acuerdo entre ambas partes. Y sigue buscando jornaleros a lo largo del día: recluta trabajadores 3 horas más tarde... 6 horas más tarde... 9 horas más tarde... e incluso hasta 1 hora antes de que termine la jornada laboral. Cuando llega el momento de la paga, comienza por la remuneración de los últimos en llegar (los que menos tiempo han trabajado) y les entrega el salario de un día completo. Los que han trabajado todo el día se frotan las manos. Pero se pillan un cabreo tremendo cuando les toca el momento de cobrar, porque reciben precisamente la misma paga que los que han trabajado sólo una hora. El dueño del campo le responde a quien se queja: Amigo, no te hago ninguna injusticia, ¿no habíamos acordado una paga? Tómala y marcha en paz. Pero yo quiero dar a los demás lo mismo que te doy a ti. ¿Acaso no tengo derecho de hacer lo que quiera con mi dinero? ¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?
Quizás haya personas que no entiendan que todos no somos iguales, pero que sí tenemos derecho a disfrutar de las mismas oportunidades. Que hay gente que (desgraciadamente y por causas ajenas a sus deseos) llega tarde, casi al anochecer, al reparto de la tarta; pero que necesita el sueldo completo del día para seguir adelante. Y nos encontramos con un tipo que, según nuestra visión oscura detrás de la venda en los ojos, cuando debería dar lo mismo da diferente y cuando debería dar diferente da lo mismo. Diferentes personas, iguales derechos. Extrañas ecuaciones, extraña igualdad.

Es otro tipo de justicia la que contempla estas ecuaciones. La palabra hebrea que la describe es tsedeq, y se trata de una suma de justicia y misericordia. Porque la justicia sola es ciega (voluntariamente ciega) y corre el riesgo de convertirse en justicierismo. Sin embargo, retirada la venda y contemplado cada caso con misericordia, buscando el verdadero bien de cada persona, es cuando la balanza se equilibra en una perfecta igualdad. Aunque "canten" las ecuaciones.
Se me ocurre pensar que los dirigentes socio-político-religiosos que se cargaron al joven rabino galileo deben de haber sido unos matemáticos ultraortodoxos muy indignados con un muchacho que, de acuerdo a sus juicios, jamás tendría que haber salido del taller de construcción para revolucionar la ciencia de los números.

Hoy, una canción le anda en la cabeza a raindrop.
raindrop es un tipo algo rabudo (en Galicia, no sé si también en otros lares, "rabudo" lo decimos
como sinónimo de maloso... no es que tenga nada que ver con...)
y sabe que esto sumado a otras rarezas es la clase de cosas que provocan cierto rechazo.
También sé que raindrop, con sus rabudeces y rarezas, sólo hubo, hay y habrá uno en exclusiva. Nunca otro igual.
Y ahí está, recorriendo su caminito, como la Morissette en el vídeo de abajo.
Si, por ese camino, raindrop se encontrara con alguien que le aceptara tal cual
(paquete completo, paquete comansi),
con sus miserias y con sus glorias, ya permanezca o ya cambie,
ese "alguien" debe saber que podrá contar con su adhesión incondicional.
Cuando quiera.
.
You see everything, you see every part. You see all my light and you love my dark.
Lo ves todo, ves cada parte. Ves toda mi luz y amas mi oscuridad.
You dig everything of which I'm ashamed. There's not anything to which you can’t relate.
Cavas en todo aquello de lo que me avergüenzo. No hay nada con lo que no puedas relacionarte.
And you’re still here
Y todavía sigues aquí
.
(VÍDEO: click aquí)
.
AQUÍ un enlace a la letra (versión completa) de la canción y una traducción pasable :D

domingo, 18 de mayo de 2008

vuelo libre

(42ª parada)
"¿Por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro?"
(1ª Epístola de San Pablo a los Corintios, cap. 10: 29)

TRES REINAS SIN REINO
I.- La reina azul: LIBERTAD


El sitio en que anhelo estar se muestra delante de mí. En su sencillo esplendor, con toda su riqueza inmaterial, rebosante de hermosura. Provocándome, porque sabe que lo deseo. Y me desafía a alcanzarlo. Y esto es lo que más quiero. Es un lugar y un tiempo y una oportunidad y un horizonte ilimitado. Es mi sueño despierto, esa dulce pesadilla. Es un compañero, es un cielo, luna y estrella, un sol, un viento y una tempestad. Y es la calma. Y lo es todo y no es nada. Pero lo es todo, es decir, nada.
No logro alcanzarlo... por más que intento. Y lo intento. Y avanzo ¿avanzo? Sí o no. No avanzo. Lo justo para empezar a desesperarme. No más. No consigo atravesar el aire sólido que me impide llegar al destino. Cambio de estrategia... Rodeo por aquí, busco por allá, rastreo, una vuelta, otra, más arriba y más abajo, más a la derecha, más a la izquierda, más acá, menos acá... y otra vez cambio, con idéntico resultado. Toda tentativa parece inútil. Imposible atravesar un obstáculo invisible. Un dolor atroz en mi cabeza, la noto a punto de estallar. ¡Qué desesperación! Siento que mis fuerzas se agotan. Estoy extenuado... ¿Qué puedo hacer?
Quiero ser libre. Quiero sentir el aroma del tomillo y del aire, la brisa por todo mi cuerpo. Zambullirme en cristales de luz, calentarme al sol como la arena después de ser lavada por la espuma del mar. Quiero unir mi voz al rumor del agua saltarina en el arroyo y mi grito a la explosión de la cascada, escuchar la respuesta de la montaña, sentir el frío rayo de luna, acompañar y ser acompañado, bailar. Quiero flotar, nadar, rodar, subir. Quiero volar.
Pero empiezo a desistir de conseguirlo. Caigo poco a poco. Pierdo altura. Se nubla mi vista caleidoscópica...
Un momento. Tomo aire. Aún queda esperanza...
Mi golpeteo zumbante ha atraído al bípedo. ¿Qué sucederá? De los humanos, sólo puedo esperar o la prisión de la indiferencia o dos tipos contrapuestos de libertad: la libertad letal de la tetrametrina o la ansiada libertad de la fisura en el aire sólido.
Es un breve momento de incertidumbre. Me resulta extraño que los humanos, que se creen que su exclusivo patrimonio es la libertad, que repiten la palabra hasta el agotamiento, se hayan convertido en grandes opresores, feroces tiranos y refinados esclavistas. Eso explica que no tengan alas. Nunca las tendrán.
Pero, en esta ocasión, el humano se ha apiadado de mí...

post scríptum
Esta semana también hemos tenido un estupendo regalo. Nos llega de xiketä, a quien le dije que me lo pondría como un post-it en el corazón. De modo que si lo podéis ver en este momento es porque os escribo directamente desde ahí mismo. Gracias también a quienes sois mis amigos en el blog. No encontraría jamás las palabras exactas que expresaran mi agradecimiento, por más que las buscara. Simplemente, extended la mano y tomad esta muestra de cariño.

sábado, 20 de octubre de 2007

el espíritu de las leyes

(13ª parada)
"Os daré un corazón y tendréis un nuevo espíritu en vosotros. Quitaré esos duros corazones de vuestro cuerpo y os daré corazones sensibles, para que disfrutéis con mis preceptos y los tengáis siempre presentes. Vosotros seréis mi familia y yo seré vuestro Dios".
(Libro del profeta Ezequiel, cap. 11: 19-20)

"La libertad es el derecho de hacer todo lo que las leyes permiten, de modo que si un ciudadano pudiera hacer lo que las leyes prohíben, ya no habría libertad, pues los demás tendrían igualmente esta facultad".
(Montesquieu, ‘Del espíritu de las leyes’)

Tengo que reconocerlo. La faceta histriónica de Jim Carrey perfora la red de pesca con la que trato de sacar algo interesante de las aguas de sus largometrajes. No digo que a veces no sea divertido; pero es que en otras se me hace insoportable. Eso sí, cuando el muchacho se pone (o el director le obliga), le puede quedar una peli bastante potable, como es The Majestic. Al menos, bastante potable para mi humilde gusto. En The Majestic (y sin contar nada de la trama) escuché un diálogo súper-interesante que me da pie para meterme de lleno en el tema. Sucede que en cierto momento se está cuestionando la validez (o la importancia) de los principios contenidos en la Constitución estadounidense y su Declaración de Derechos. Uno de los personajes dice de ella: “Tan sólo se trata de un trozo de papel con unas firmas debajo... Un contrato renegociable...” (más o menos).
Bien, pues aquí me detengo yo para considerar lo que puede motivar a alguien a pensar de esta forma.

El concepto de “la Ley” suele estar teñido de connotaciones negativas para los seres humanos. Por causa de las leyes entendemos limitadas nuestras libertades. Siempre hemos destacado más la pérdida de libertad que la ganancia de protección, pero es normal: la libertad es un derecho inalienable de cada persona y nos repugna que algo pueda afectar este derecho. Las leyes pueden causarnos múltiples quebraderos de cabeza en forma de todo tipo de sanciones, multas o incluso prisión (¡adiós, libertad!), y es que también podemos infringir las leyes por desconocimiento, sin mala intención. Las leyes parecen ser ‘esas imposiciones’ que preferimos saltarnos cuando nadie mira, sobre todo si nos permite sacar ventaja sobre los demás.
¿A quién le gusta ir a menos de 120 km/h en una autopista segura o parar en un semáforo rojo sin nadie a la vista?
¡Que levante la mano quien le guste pagar impuestos!
¿A qué fumador le apetece apagar su cigarrillo al entrar en un lugar público?
Y así podría seguir con más situaciones que los humanos nos hemos encargado de llenar de leyes y leyes... Aborrecemos el vacío legal, porque en él siempre habrá alguien que tratará de abusar de una posición privilegiada sobre los no tan afortunados. O quien tratará de explotar la libertad de otros ejercitando su propia libertad. En principio, por eso existen las leyes y ése es su verdadero sentido. Pero le hemos dado la vuelta a la tortilla, convirtiendo nuestro mundo en un laberinto legal de tal dimensión que es imposible moverse por él sin la ayuda de “profesionales de lo legal” que, en ciertos casos, más que velar por la integridad del espíritu de las leyes (es decir, por lo que es de Justicia) lo hacen por los aspectos más formales de esas leyes (incluso contrarios a su verdadero espíritu). Esos casos provocan cierta desconfianza en todo este sistema. La lentitud desesperante con la que se mueve es, además, otro motivo de desconfianza.

Supongo que al principio todo fue más sencillo: El espíritu de las leyes estaba más a la vista, todavía no había quedado cubierto por capas y capas de barniz burocrático. Tenía sentido pensar en el significado de las leyes y éste era accesible a todo el mundo. Imagino aquel “We, The People...” y me da mucho gusto pensar en toda una nación gritando a voz en cuello: Se acabó para nosotros el mundo donde unos pocos quieren acaparar el poder que nos corresponde a todos. Ahora NOSOTROS, EL PUEBLO, nos declaramos soberanos. Ni un rey, ni la nobleza, ni el clero van a usurpar más ese derecho que tenemos por nuestra condición de seres humanos libres, iguales y fraternos.
Y ahí está el verdadero espíritu de cualquier ley (No pienses sólo en ti mismo. Piensa también en los demás). El amor a uno mismo y al otro por igual debe ser el motor de cualquier legislación. El reparto equitativo de los beneficios y las cargas. Eso sí, cuando uno contempla el nivel de egoísmo en que vivimos y del que no estamos dispuestos a apearnos, se pregunta si es posible que podamos llegar a entender las leyes en su verdadero espíritu.
Cuando un escriba, un doctor de la Torah, quiso ‘pillar’ a Jesucristo con la pregunta “¿Qué es lo más importante de la Torah?” se llevó un pequeño corte al recibir la respuesta: “Amarás a Dios y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos depende toda la enseñanza de la Torah y de los profetas”. Él podía hablar de esto. Toda su vida fue una demostración práctica de una ley encarnada en una persona feliz de vivirla. En otras palabras, le estaba diciendo al estudioso de las leyes: ¡Hale, no le busques cinco pies al gato! ¿Qué quieres? ¿Excusas para seguir en las mismas? Dale sentido a lo que haces basándolo en el amor y el respeto por todo lo que te rodea.

Un ejemplo más que simplón: Cuando voy en coche por mi ciudad, me doy cuenta de que una de las causas principales de embotellamiento del tráfico es el estacionamiento en doble fila. Es exasperante encontrar vehículos en doble fila a la puerta de los bares (¡claro, como hay tan pocos bares, mejor ir hasta ellos en coche! ...no puedo ser más irónico). El tipo abandona su coche y piensa que mientras esté cerca, si a alguien le molesta que llame. Pero acaba de convertir dos carriles libres en uno y el semáforo parece que ahora está en verde sólo la mitad de tiempo que en condiciones normales (¡Ah, Einstein y su relatividad...!). Si este personaje se pasa 5 minutos en el bar (lo dudo) ha hecho perder un minuto a cada uno de los 40 conductores que pueden haber pasado en ese tiempo. En total, 40 minutos. El mensaje: Mis 5 minutos de bar son más importantes para mí que vuestros 40 minutos con vuestras familias, en vuestros trabajos ...o en vuestros bares. Esto es sólo un ejemplo típico de cómo el incumplimiento de una ley no es otra cosa más que una falta de respeto hacia los demás.
Los revolucionarios franceses supieron adoptar el correcto espíritu de las leyes (estaban en la onda del "We, The People") y acuñaron el famoso lema: LIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ. Ellos, que no se mostraron como especialmente religiosos, demostraron que el respeto por el otro no es patrimonio exclusivo de la cristiandad (en ocasiones pareciera incluso lo contrario, lo digo con cierta vergüenza). Sin embargo, el lema revolucionario es un hermoso ideal que ha sido traicionado tantas veces... El extraordinario José Luis Sampedro contaba en una entrevista que le hicieron hace años (creo recordar que aún estaba en pie el muro de Berlín, aunque poco le quedaba para el derribo) cómo nuestra sociedad aplicó los principios de la Revolución francesa contra el Ancien Régime. Decía (aproximadamente) que el bloque occidental se ha preocupado de la LIBERTAD, de que todos sus ciudadanos se sientan libres para desarrollar sus vidas. Mientras, el bloque del Este (al otro lado del telón de acero, cuando existía) mostró fijación por la IGUALDAD, que todos sus ciudadanos se sintieran iguales en oportunidades, derechos y deberes. Sampedro terminaba diciendo que, lamentablemente, tanto unos como otros se olvidaron de la FRATERNIDAD, ese ingrediente tan importante para dar sentido al conjunto. Y quedó incompleto el espíritu que habría podido llevar a mejor término un cambio tan drástico en nuestra historia.