(área de descanso nº 135)
¿Nunca has sentido celos? Si me respondes que no, quiere decir que no has tenido hermanos más pequeños y no sabes lo que es ser
un príncipe destronado. O eso o que te mientes muy bien a ti mismo (es decir, muy mal). O que eres un caso único, digno de estudio.
Al margen de esos celos infantiles, que tantas rabietas nos han costado, también hay otros tipos de celos: Por una parte, están los celos patológicos, que son celos infantiles en la edad adulta. Y existen, por otra parte, variedades de celos algo más equilibrados aunque igualmente pasionales y con una misma raíz. Somos egoístas por naturaleza (unos lo demuestran más, otros menos) y los celos suelen estar relacionados con la amenaza de pérdida de algo que se considera propio o que se cree que debe ser poseído. Por tanto, tal circunstancia se vive como un estado de ruptura con un tiempo de satisfacciones recibidas (siendo estas la meta del hecho de poseer). Como no voy a ponerme con análisis psicológicos, porque no me va el intrusismo profesional, te diré solamente que hay quien no tiene estos sentimientos, al menos de forma especialmente notable, pero también quien siente esta amenaza más intensa y acaba tirando por uno de estos dos caminos: Uno, dejar que los pájaros vuelen sobre la cabeza pero que no aniden en ella, es decir: aguantarse y no hacer nada, o incluso (si se cansa de la situación) poner en práctica el consabido
a enemigo que huye, puente de plata. Y dos, montar escenas muy
hollywoodienses (
"Gilda", un juego de niños) pero que pueden terminar en tragedias griegas. Muy mal asunto, este último.
No sé qué nos pasa, pero la competencia nos tiene en un sinvivir... Sin embargo, tal competencia es lo natural (en sentido estricto, así vemos que sucede entre los animalitos del campo) para progresar, para desarrollarse, como individuos y como especie. Pero cuando se compite contra alguien y por los mismos objetivos, hay quien gana y hay quien pierde. En muchos casos, estas competencias perdidas llevan a un menoscabo de la autoestima y a grandes dosis de inseguridad. Muchas derrotas acumuladas pueden suponer el acceso a un estado de suspicacia exagerado, en que todo es motivo de recelo. Es una forma eficaz de cargarse una relación por simple asfixia. Hay otros casos en que personas muy acostumbradas a vencer siempre se convierten en auténticas apisonadoras que no permiten que absolutamente nada se salga de sus planes trazados de antemano. Otra forma de asfixiar a sus pares. En cualquier caso, un destello de inmadurez se adivina en tales comportamientos.
La amenaza de que se desmonte una relación por intromisión de terceros puede ser real o ficticia. Para la mente que quiera ver fantasmas donde no hay nada, esos fantasmas existirán porque así lo ha decidido. Pero es imposible combatir contra fantasmas. En caso de que la intromisión sea real, la persona que es desplazada empezará a sentirse traicionada, menospreciada, temerosa de que su pasado haya sido una ficción y su presente entre en colapso. Las relaciones tienen estas cosas. A veces dos personas dejan de congeniar, ya no se entienden, han evolucionado por caminos diferentes y se han distanciando demasiado como para seguir teniendo proyectos de vida comunes. No es culpa tuya ni es culpa mía. La autoestima no tendría por qué verse afectada, porque perder nexos de unión con otra persona no significa que el propio proyecto de vida no siga siendo igual de válido que antes. Sin embargo, pensar con claridad en ciertos momentos es todo un desafío.
Los celos no hay que tomárselos a la ligera. Con un ejemplo se entiende mejor.
Hay un mito antiguo, el de
la manzana de la discordia, que es muy ilustrativo. Resulta que en la boda de Peleo (el padre de Aquiles) y Tetis (una ninfa del mar), se "olvidaron" de invitar a Eris, la diosa de la discordia (título ganado a pulso, imagínate cómo). Y la buena señora, carcomidita por los celos, decide vengarse de la forma más astuta que se le podía imaginar: organizar un combate en el barro entre Hera, Atenea y Afrodita. En realidad, no hubo combate en el barro, pero casi. Eris dijo que regalaría una manzana de oro a quien fuera la más hermosa de las tres candidatas antes mencionadas. Y a ver cómo se resuelve este lío, porque las tres quieren la manzana. Y no solo por la manzana, que es un mero trofeo, sino por el hecho de ser elegida la más hermosa en improvisado concurso de belleza. Como no hay forma de solucionarlo, se le pide al joven Paris (hijo de Príamo, rey de Troya) que sea el juez de la competición. Yo no sé a qué se mete Paris en un juego entre diosas, porque sabe que eligiendo a una va a enfadar a otras dos, y estas querrán vengarse como sea por el rechazo. Otra vez celos y recelos,
elígeme a mí,
elígeme a mí. Las tres diosas ofrecen a Paris todo lo que se les ocurre para que este incline la balanza a favor de la que ponga sobre la mesa el regalo más apetecible. En esta época, parece ser que no estaban desautorizados los sobornos a los jueces. Así que, sin problema moral ni legal, Paris elige a Afrodita, quien (en maniobra que va a montar literalmente
la de Troya, pero accediendo al deseo de Paris) hace que la mujer más bella del mundo, hechizada, se enamore perdidamente del joven teucro. Ni que decir tiene que como Helena estaba casada con Menelao, rey de Esparta, y que este era hermano de Agamenón, rey aqueo que le tenía muchas ganas a Troya, el ataque de celos del espartano fue la excusa perfecta para montar la expedición contra la ciudad del Asia Menor.
Diez años de batalla, muchos muertos, entre héroes ilustres y soldados de a pie, y al final Troya es arrasada. Deshecho el encantamiento, Helena se vuelve a casa, enamoradísima de Menelao, y aquí paz y después gloria. Ulises se pierde por el Mediterráneo y tarda más en volver a casa que Adán en encontrar la partida de nacimiento. Y un joven troyano, Eneas, escapando de la ciudad destruida, también emprende un viaje que termina con su cuerpo en Italia. Allí se casa con Lavinia, hija de Latino, se montan no sé cuántos follones más y resulta que Eneas se acaba convirtiendo en el progenitor del pueblo romano, siendo antepasado de muchos de sus personajes más legendarios e insignes. Y ya estamos hablando de Roma, que para nosotros es como la mamá de nuestra civilización.
¿Y cómo era que había empezado todo esto?
Ríete de los celos.
Los celos son tonterías que padece el cuerpo humano.
Eso lo dijo un profano que no sabía de la vida
y los celos lo mataron.