(38ª parada)
“Repetirás estas palabras a tus hijos y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes”.
(Libro del Deuteronomio, cap. 6: 7)
Nada que ver con la película de Almodóvar. Todo que ver con las sensaciones que me transmite nuestro actual sistema educativo.
Pasado el tiempo de elecciones y viendo las ganas de pactos que han quedado después de recontados los votos, me parecía más oportuno escribir ahora sobre este tema que antes
(cuando las cosas pintaban ya tan crispadillas que era difícil hacerse entender: ¡no se siembra el camino de chinchetas, sólo se desea la solución de los problemas reales!). Lo que está claro y debe quedar claro es que la
Educación (con mayúscula) es uno de los grandes asuntos sociales, que trasciende el mero partidismo con que la clase política suele afrontar sus responsabilidades. Responsabilidades que no lo son de un partido cocreto o de una forma de entender la política, sino que son las responsabilidades de
todos (toda la sociedad, toda la ciudadanía), encomendadas a nuestros representantes.
En primer lugar, creo conveniente citar un artículo de
Arturo Pérez Reverte, publicado en
El Semanal de 26 de diciembre de 2007
(mal momento, porque era cuando ya se iban afilando cuchillos para la campaña electoral). Insisto en que no me mueve ninguna intención partidista. Me llega a enfermar la poquísima
(o nula) autocrítica y la
actitud gremial con que se llega a opinar de ciertos temas. Como socialdemócrata, creo que descuidar la Educación es un
suicidio social y que hay que estar dispuestos a leer y asumir ciertas críticas, si nos ayudan a una reflexión serena y a una toma de decisiones. Es posible que las incendiarias palabras de don Arturo no ayuden, en ocasiones, a la reflexión serena. Hay que dejar que reposen algo. Él es un tipo con poca diplomacia verbal.
Recuerdo un detalle que demuestra lo poco que se muerde la lengua: aterrizó triunfante en un programa de una cadena de la televisión pública, tras su periplo como corresponsal de guerra y, después de varias emisiones, estaba tan hastiado del morbo del programa en cuestión que llegó a decir en antena que le sorprendía tanto regusto de la audiencia por la casquería (más o menos). Fue su autodespido: no volvió a presentar ese espacio por decisión propia.
Las formas pueden disolver los contenidos, los árboles pueden impedir ver el bosque, pero ya somos mayores para hacer lecturas sosegadas y separar el grano de la paja. Éste es el artículo, que va dirigido a...
(lo dice en el propio artículo):
PERMITIDME TUTEAROS, IMBÉCILES
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado; la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
La Educación
(puede que incluso más que el sistema de pensiones o la sanidad pública, por ejemplo) no es asunto que deba estar sometido a bandazo tras bandazo, a cambios-de-parecer con borrón-y-cuenta-nueva. Nuevo gobierno: nuevos planes de estudios, nuevo sistema. Esto es un error descomunal. Nuestros vecinos finlandeses entendieron que el correcto funcionamiento de la enseñanza pasa por el acuerdo colectivo. Y este acuerdo colectivo (precisamente, por ser fruto del consenso social) debe ser respetado por cualquier gobierno que asuma la responsabilidad de dirigir al país. Si no está dispuesto a esto, es mejor que no se presente a unas elecciones.
Para poner a punto las bisagras mentales en esta materia, recomiendo la lectura de este
->ARTÍCULO<- de
Eduard Punset (escrito en su
blog personal, el pasado 25 de marzo). He querido extraer estos párrafos:
(...) Una cosa es representar y otra, gestionar, y no tenemos el mejor sistema para ello. Sólo se gestiona adecuadamente desde la mayoría social y sólo se dan saltos adelante por consenso. La constitución del Estado del bienestar –impulsado por Bismarck en Alemania, los liberales en Inglaterra y la izquierda en Francia– es el ejemplo más patente. En un momento determinado, en cada uno de esos países se pusieron de acuerdo los representantes de las clases más adineradas y los de las clases trabajadoras en que no se podía dejar a su suerte a los eslabones más débiles de la cadena social. Sin el concurso de los dos, nunca se hubiera logrado. Lo demás son trifulcas, no verdaderos pasos adelante.
(...) En lugar de una carta al futuro presidente del Gobierno sugiero, humildemente, a los demás ciudadanos que impulsemos un movimiento de opinión centrado en tomar conciencia de algo que, por desgracia, no ha calado ni en los gobiernos ni en la opinión pública.
Y, quizás, la clave esté en esas palabras:
movimiento de opinión. Porque pareciera que nuestra educación está más interesada en el
adoctrinamiento que en la formación de mentes libres, capaces de pensar por sí mismas, capaces de desarrollarse de forma autónoma, dispuestas a recorrer el camino de la felicidad bien entendida, del servicio a uno mismo y a los demás. Y no ser
la voz de su amo.
Un antiguo proverbio chino dice:
Si no cambias de dirección, acabarás en el lugar exacto al que te diriges. Si nuestra dirección fuera la correcta, entonces podría pensar que se trata
(sin más) de hacer todo lo posible para no cambiar el rumbo y llegar al destino planeado de antemano. Pero visto lo visto, creo que estamos más a la deriva, moviendo el timón a un lado y otro, que en un rumbo correcto. Así que sólo me pregunto:
¿hacia dónde nos dirigimos?
Recuerdo haber leído hace años, en una revista donde se trataba de Educación:
Estamos a una generación de la barbarie. El autor quería decir que la forma cómo se eduque a una generación puede suponer extraviar el testigo milenario y dar el carpetazo definitivo a una rica herencia cultural que no debiéramos abandonar. Y, lo peor, a una pérdida de valores que pudiera ocasionar el colapso de nuestra sociedad. Nada más parecido a "la barbarie".
Todo dependerá de nuestra capacidad para llegar a acuerdos de trascendencia. Aún estamos a tiempo, mientras una generación decisiva espera qué educación vamos a darle.