miércoles 14 de marzo de 2012

liebster

(parada y breve vistazo atrás)

Hay días en que suceden cosas inesperadas. Pueden ser cosas que marquen un punto de inflexión en la vida o, sencillamente, que cambien solo un instante de la vida. Y las hay agradables y desagradables.
Bueno, el caso es que ayer mismo, desde aquí se mencionaba este blog como un blog preferido. Y eso fue algo agradablemente inesperado que cambió un instante de mi vida: se amplió la curvatura de mi sonrisa, me brillaron algo más los ojos... Es una gran sensación la de sentirse querido y recordado por alguien, aunque solo sea por lo que dejo escrito en este viaje de andar por casa. En esta oportunidad, ha sido Sergio la persona de quien ha partido la mención. Nunca tuve la costumbre de continuar cadenas y perdí la de dar premios blogueros. Ya he escrito sobre esto alguna vez (aquí y aquí, por ejemplo). Pero no está de más volver a explicarlo, porque puede parecer un gesto ingrato o desconsiderado por mi parte, y no van por ahí los tiros.
La cosa es así: Me siento profundamente agradecido por todos esos escritores que, sin pedir ninguna compensación a cambio, comparten sus pensamientos, sus sentimientos y sus palabras, derraman su ser en un lugar accesible, regalan gotitas de su esencia a quien quiera recolectarlas. Si me pides que seleccione a un número determinado de ellos, hago una injusticia con el resto. Porque después de un tiempo, esos escritores-tras-los-correspondientes-avatares se han convertido en personas especiales, y no puedo destacar a unos sin mencionar al resto.
¿Quieres saber quiénes son mis blogueros favoritos, mis queridos compañeros de viaje? Consulta la columna de la izquierda y ahí están todos ellos, compartiendo andadura. Unos siguen caminando. Otros (por desgracia para mí, pero quizás porque era lo mejor para ellos) abandonaron el camino y encontraron mejores cosas que hacer. Pero los sigo recordando y espero que sigan tan bien como siempre.
Mi premio (mi especial cariño) es para ellos. Pero no solo hoy, sino en cada ocasión en que me conceden la oportunidad de compartir mis pensamientos acerca de sus escritos y sus reflexiones. Todos ellos son merecedores del Liebster blog.

Empero, igual que no puedo destacar a unos por encima de otros, también sería honesto si dijera que no todos los post que leo en sus bitácoras me impresionan de igual manera. Es tan cierto como que hay cosas que yo escribo que me parece que no están al mismo nivel que otras. Por encima, por debajo... pero habrá cosas escritas que me será más fácil recordar que otras, porque surgen de experiencias distintas.
Y creo que prefiero transformar este premio que va pasando de mano en mano (y que continuaría citando a cinco nuevos ganadores del Liebster blog) en una cosa distinta. Lo voy a aprovechar para contarte los cinco post que más me han impactado en los últimos días. Finalmente, es casi seguro que quedarán enterrados, porque es la ley de este invento llamado blogosfera. Solo la arqueología bloguística sabrá recuperar algunas cosas de todos los escritos que van sepultándose bajo las capas de lo nuevo, y sin embargo sigo pensando que ¿por qué no ir reconociendo y publicando el impacto que nos van causando en este momento?

Mis cinco post favoritos, de los que he leído recientemente, son:

- nº 5: Viejo muere el cisne (de Las reminiscencias, blog de Sonja)
Si leer es una aventura, no imaginamos hasta qué punto esa aventura forma parte de nuestro devenir. Ya nunca nos volvemos a bañar en las mismas aguas del mismo río, ni volvemos a leer las mismas palabras de los mismos libros. Ellos crecen con nosotros y se transforman igual que nosotros mismos nos vamos transformando.

- nº 4: Fuera máscaras (de ¡Hasta el kiwi!, blog de Aliena)
Escribir un blog nos va cambiando. La experiencia lectora nos transforma, pero ¿y la experiencia escritora? No podía ser menos. Y llega un momento en que tienes que plantearte qué pasa con tu avatarizado anonimato, porque las relaciones que se mantienen con otros escritores superan con creces lo que imaginabas en principio.

- nº 3: Un te quiero (Postsanvalentín) (de Avellaneda, blog de Avellaneda)
Avellaneda es una compañera bloguera desde casi el principio, allá en el 2007. Vamos, de toda la vida. Ahora tiene más vocación de Guadiana, pero ¡qué quieres! el río sigue siendo río y siempre trae muy buenas aguas. Avellaneda escribe poemas desde una parte de su interior que es como una fuente enraizada en la sensibilidad más exquisita que esta gran persona cultiva ahí adentro. Si bebes un vasito del agua que mana de esa fuente, entonces te puedes quedar pasmado de emoción. Este es, de momento, el último chorro fresco que nos ha regalado.

- nº 2: Allí te cuidarán mejor (de La taberna de Montse, blog de Blog A)
Conste que yo a "blog A" siempre le he llamado Montse, que me suena mejor jajaja. En este post, ciertamente enternecedor y desgarrador a partes iguales, se da un vistazo a las relaciones padres-hijos: el asunto de la maternidad, el paso del tiempo, las decisiones que los hijos se ven obligados a tomar respecto a sus padres ya mayores, las ilusiones y las realidades... Me dejó prácticamente sin palabras. Y conseguir eso es bien difícil.

- nº 1: Cuando no pintamos nada (de Speedygirl, la prima lejana de los increíbles, blog de Speedygirl)
Si soy sincero, tengo que decir que este ha sido el post al que más vueltas le he dado en los últimos días. En la vida práctica, quiero decir. Es que no sé qué pasa, pero esa tendencia que tenemos de querer llevarnos el protagonismo de todo en cada situación de la vida no es nada realista. Tiene más que ver con nuestro ego que con la realidad. Si alguien "me" hace algo o "me" mira mal (o lo que sea) la primera reacción por mi parte suele ser pensar que esa persona tiene un problema conmigo. Pero pocas veces doy cabida a otras explicaciones, tipo: tiene un mal día, le está pasando algo, etc (cosas que no tienen nada que ver conmigo). Pese a estar poco transitado, este otro derrotero es más liberador y evita tomarse las cosas como algo personal. Cosas del ego.

jueves 8 de marzo de 2012

en caída libre

(área de descanso nº 172)

Ayer lo vi. Claramente. La escena estaba ante mis ojos y no podía dejar de asombrarme por lo que parecía inevitable. Lo estaba presenciando en toda su descarnada desnudez.
Mientras trataba de esquivar el impacto, pensaba en los conejos de Iriarte, escapando de galgos o de podencos, pero siendo finalmente cazados por los perros, como si lo importante hubiera sido conocer su raza y no huir de sus colmillos. Así, contemplaba a media humanidad sujetando con su pico la razón que le da derecho a enfrentarse con terquedad, con empecinamiento, sin ceder ni un milímetro, a la otra mitad igualmente aferrada a una misma razón que no quiere soltar por nada.

Caían en picado, como cae la humanidad sin freno en el pozo de sus mezquindades.
¿Y no serán capaces de darse cuenta de qué es lo que importa y dejar de lado las cuestiones de poco momento? Quizás es que la ceguera consiste exactamente en tener como importantes las "grandes causas", pero no las verdaderas causas. Oh, sí, organicemos la revolución, que ya habrá tiempo de resucitar a los muertos. Pero salgámonos con la nuestra si queremos que sobreviva la especie, aunque sea la parte que se ha cargado a la otra parte.
¡Como si nuestra supervivencia (visto lo visto) le fuera tan útil al planeta...! ¡Qué tragedia, si la especie se pierde en estúpidas riñas que solo a la propia especie parecieran importarle...!

¿Cómo es posible que no echen a volar teniendo alas? ¿Tan importante es vencer si se pierde todo? ¡Todo!
Y en este caso, me tocaba a mí ser galgo o podenco, ser la fatalidad que despierta por última vez a los que se inmolan por una miseria, ser el postrer fogonazo de luz (ya ineficaz) que contemplan los enceguecidos...

Sin embargo, se evitó el golpe.
Conducía mi coche por una avenida de la ciudad. No pude ver en ese momento que, en las alturas, dos gaviotas pugnaban por un trozo de comida. Obcecadas en la presa, ambas la sujetaban en el pico sin ceder su posesión a la compañera. Porfiaban las dos de tal forma que el aleteo se volvió inútil para quedar suspendidas en el aire y comenzaron la grotesca danza que ya estaba contemplando. Caían en círculos, girando ambas sin percatarse del peligro en una avenida llena de vehículos transitando. Calculé, por la velocidad de la caída, que sería mi coche el que recibiría el impacto en el costado izquierdo. O el que pasaría sus ruedas por encima de las aves, reduciéndolas a un amasijo de carne y plumas sobre el asfalto. Todo fue tan rápido que no supe si era mejor frenar o dar un volantazo hacia mi derecha. El vehículo de detrás o el de al lado podían resultar implicados por la maniobra. Al final, el instinto me hizo girar el volante para ocupar algo del espacio que me separaba con el coche a mi derecha, al tiempo que esperaba un golpe sordo cerca de mi parabrisas o un ruido desagradable bajo el vehículo. No hubo tal golpe. Ni hubo tal ruido. Sí hubo espacio suficiente para que las gaviotas tocaran suelo y, ya conscientes del peligro, remontaran el vuelo ilesas. No sé cuál de las dos se quedó con su trozo de pan o con su gorrión muerto o con su trozo de basura. Tampoco sé si lo que fuera que llevaban en el pico quedó abandonado en la calle. Solo sé que era un trofeo demasiado pobre como para merecer haber sido arrolladas.

Y sigo pensando en que los humanos vamos por el mismo camino, en caída libre y prestos a ser aplastados por la fatalidad que nos acecha. Pero no queremos soltar del pico nuestro trozo de basura. Qué enorme pérdida sería salvar la vida pero que otro se quedara con todo el botín. Inaceptable.
Seguimos en picado, en rumbo de colisión, aferrados a nuestras miserias. Bravo. Moriremos con las botas puestas.

sábado 3 de marzo de 2012

pilar de sal

(área de descanso nº 171)

וַתַּבֵּ֥ט אִשְׁתֹּ֖ו מֵאַחֲרָ֑יו וַתְּהִ֖י נְצִ֥יב מֶֽלַח׃
"Y miró su mujer [de Lot] detrás de él y fue pilar de sal".
(Libro del Génesis, cap. 19: 26)

Una pequeña barquita abandona la serenidad del puerto. Su tripulante mueve los remos para impulsar esa cáscara de nuez en la bahía. Por un instante pienso en la perspectiva del pescador: de espaldas al avance, bogando brioso mientras contempla, cada vez más lejanos, cada vez más diminutos, los muelles de los que partió con su embarcación.
Cuánta nostalgia se puede concentrar en una imagen.
Quizás es eso la vida misma. Un adentrarse en un incierto océano, un aventurarse sin poder ver el camino futuro, aún no trazado en las aguas de la existencia, a bordo de la barquichuela del presente, avistando tan solo con la memoria la realidad ya pasada de la estela que se va dejando. Esa misma estela anclada a un lugar remoto donde se intenta encontrar algún sentido al todo.

*******

Miro el mar y parece que siento su llamada. Y no comprendo cómo me llama a mí, que durante muchos años viví ignorando su presencia. Pero toda esa agua salada, con su vaivén, sus mareas, su oleaje, sus crestas, sus colores, sus jugueteos e incluso su lúgubre y monótono susurro, me resulta cautivadora. Tanto, que no me cuesta imaginar por qué hay quien me dice que toda la vida partió de ahí.
Si fue así, mucho hemos cambiado. No es lugar para la vida humana. No hay posibilidad de sobrevivir en ella, con estos pulmones, con este cuerpo. Estamos en conflicto: yo te robo y tú me robas. Incluso nos podemos robar la vida. Cada vez dudo más de que tuviéramos origen en tu cuna, tan desapacible, tan frígida, tan inclemente, tan adusta. Solo en mis sueños puede ser eso posible. En mis sueños. Donde todo es distinto, donde puedo respirar como un pez, donde no hace frío ni calor, donde nado sin esfuerzo...

*******

¿Una reminiscencia del mar?
En la inmensidad azul, el náufrago vio una isla y buscó posar su pie en ella antes de ser tragado por el agua, tan blanda que no puede ser hollada. Buscó escapar a la muerte segura. Salvarse en tierra firme.
En la llanura de tierra solo habita el viento. La inmensidad azul es ahora el cielo que lo cubre todo. A veces viajan en él enormes nubes que avanzan pesadamente o se deshilachan jugando a ser otra cosa, vuelan aves solitarias, majestuosas, o también las hay que forman escuadrillas. Otras veces, el cielo no sostiene nada bajo su infinito y límpido techo cian. El viento rastrilla suelos ocres o mantos verdosos de pequeña vegetación. Quizás algún árbol se resista a su empuje, desafiándolo con su constancia. Pero de esa pugna tan solo brota música. El roce con cada terrón del suelo, con cada hierba, con cada rama mecida, es la sinfonía de la planicie.
Cuánta paz. Tanta paz, que llega a generar el vacío. Y se busca en el horizonte una isla para salvarse de la inmensidad vacía del océano de tierra, antes de ser tragado por él. Las islas son aquí colinas con rostro de eternidad, de mirada amable a la vez que misteriosa, con personalidad propia.
Y así sucedió que me enamoré de una montaña. La montaña que me salvó de la soledad del llano cuando escapaba de las tierras de su océano.
Reminiscencias del mar.

"De Profundis", Miguelanxo Prado

"En la tumba del marinero
nunca florecen las rosas.

Son su única plegaria
las alas de las gaviotas,

y solo tiene por lápida
las lágrimas de su amada
que por su regreso llora.

En la tumba del marinero
solo florece la aurora".

(antigua canción alemana)

jueves 1 de marzo de 2012

el día que me convertí en asesino

(área de descanso nº 170)

No recuerdo qué edad tenía. ¿Siete años? ¿Ocho años quizás? Aun así, ahora no puedo decir que fuera un asesino precoz. Ya estaba curtido en masacres. Inconscientes masacres, pero masacres en definitiva. A esas alturas, supongo que ya me había ganado una terrible reputación, transmitida de antena en antena, entre algunas especies de himenópteros, incinerando indefensas hormiguitas con lupas y cerillas o incluso destruyendo hormigueros enteros removiendo furiosamente la tierra y encharcándolos... Lo reconozco, esas cosas no están nada bien. Si un día el Tribunal de Hormigas me condena por genocidio, es imposible que me sirva la excusa de la curiosidad (comprendan, señoras hormigas -y hormigos, si es que existen tales seres-, sentía curiosidad por ver cómo reaccionaban ante una catástrofe de magnitudes formidables, quería ver si había algún tipo de organización en ese frenético correr, confuso y febril...). El delito es demasiado espantoso y brutal como para atenuarlo con excusas. No, no me servirán excusas y tendré que aceptar estoicamente mi condena, aunque la idea de que unas mandíbulas hormiguiles pelen de carne mis huesos no me resulta nada llevadera.
En todas estas matanzas previas no había, empero, conciencia de asesinato por mi parte. Solo cuando lo pienso retrospectivamente, mis nervios transportan el horror de los gritos de millones y millones de hormigas (cierto es que no habré exterminado más de un centenar, a lo sumo, pero...) a cada célula de mi ser. Nunca en aquellos años. Sin embargo, al fin llegó el día de mi bautismo de fuego como asesino, teniendo plena conciencia de mis actos. La parte del fuego la puso el sol radiante. Y la del bautismo (por eso de que se necesita sumergirse en el líquido elemento para ser bautizado) corrió a cargo del agua del mar.

Fue un día en pleno verano. Disfrutaba de una plácida jornada en una playa de la costa atlántica, cobijada entre prominentes montañas cubiertas de árboles. Y pese a que el sol castigaba con fuerza y se acercaba la hora del mediodía, por una estricta orden del alto mando (a.k.a., los progenitores) no me quedaba más remedio que deambular sobre una arena cada vez más ardiente. A un lado, la ría se iba vaciando de mar rápidamente con la bajada de la marea. Corrientes muy peligrosas y un historial de personas arrastradas por sus mortíferos abrazos salinos eran los motivos por los que se me había vedado la posibilidad de un chapuzón antes de la comida. A otro lado, la lejana sombra de un bosquecillo de pinos, eucaliptos y algún solitario roble despistado. Demasiado lejana como para aventurarme hasta ella en un día perezoso y en la hora perezosa. Y en tierra de nadie, en la tórrida arena blanquecina, entre lejanas sombras de árboles y prohibidas corrientes marinas, un chavalillo con tiempo para no hacer nada divertido.
Entonces, en ese vacío lleno de arena, asalta la vena ingenieril. Al lado de una pequeña duna comienzo a excavar un agujero. Es un clásico eso de los agujeros en la arena. Hay que hacerlo tan profundo y amplio como para caber uno mismo dentro de él. En un momento, agachado mientras excavo con la diestra, levanto la vista y sobre el promontorio de la duna, muy cerca de mí, descubro que un cangrejo está quieto, observándome. Me perturba esa presencia. Le arrojo un puñado de arena fina para ahuyentarlo, pero el cangrejo no solo no se va, sino que levanta sus pinzas en ademán amenazador. Ahora sí tenemos un problema. El cangrejo me parece enorme, pero es por efecto de la inquietud. Yo no lo sé. Yo creo que en realidad es enorme. Seguro que no superaba los diez o doce centímetros (a lo largo o a lo ancho, indistintamente) y, sin embargo, lo veo gigantesco. Imagino que él tiene tanto miedo como yo, aunque los dos comenzamos un extraño juego de intimidación. Él está erizado de patas y bien erguido sobre la arena. Yo me pongo de pie y le demuestro que es absurdo que alguien de su tamaño se enfrente con un gigante. Por un momento, pienso que si yo me viera frente a un enemigo del tamaño de un edificio de siete plantas no se me ocurriría hacerme el valiente. Al contrario: buscaría refugio, y rápido. Pero el cangrejo es un temerario y no se mueve del lugar. Yo defiendo mi hoyo, mi territorio. El que se tiene que marchar es él. Vuelvo a arrojarle arena con los pies. El bicho acorazado se empecina en mantener la posición y su actitud parece más agresiva. Me mira con una cara que no presagia nada bueno. ¿Te quieres marchar de una vez?
Me estoy cansando... Cerca, veo una rama de algún árbol que no sé cómo ha llegado hasta allí. La tomo del suelo. ¿No ves, bicho? Ahora, además, tengo un arma peligrosa. ¿Te vas a ir por fin? Pero por más que agito la rama delante de él, sus patas no dan el paso atrás que me revele su debilidad, su intención de abandonar el enfrentamiento antes de que comience de verdad. Con nerviosismo, intento empujarlo ayudándome del palo. Solo consigo cabrearlo más y que haga castañetear sus pinzas. Hasta aquí hemos llegado. ¿Te vas a poner gallito conmigo? Me he cansado de blandir la rama ante su rostro ceñudo sin conseguir que retroceda ni un centímetro. Por fin, le atizo una estocada. Y aunque parece maltrecho, persiste en su actitud agresiva. Es más, ya no retrocede, sino que avanza. Me desconcierta ese lío de patas y, ciego de adrenalina, descargo varios golpes sobre la coraza, hasta que me parece que el armazón colapsa. El bicho deja de agitarse. La batalla no ha tenido ninguna gloria. Miro alrededor. Nadie en la vastedad del lugar ha presenciado el absurdo combate. Empujo con la rama los restos del bicho hasta el agujero y entierro el cuerpo del delito. También entierro mi vergüenza. Creo que no habrá suficiente arena en la playa para ocultar esta historia descabellada... En un claro día sin nubes, siento de repente que el cielo se ha vuelto lóbrego, terrorífico, perturbador... Es hora de comer, pero no tengo ni pizca de hambre. En este día me he convertido en un asesino y no tengo nada que celebrar...

- Eh, ¿qué haces ahí, como una estatua, paralizado delante de esa roca? Ven, hombre, no veas qué buena está el agua. Vamos a nadar un rato.
- Sí, ya voy. Un momento.

Han pasado muchos años, pero no se me ha olvidado cómo acabar con alguien como tú. Así que haz el favor de apartarte de mi camino. No te lo voy a repetir ni una vez más...

sábado 25 de febrero de 2012

sabia naturaleza

(área de descanso nº 169)

II
Dichoso es el que olvida
el porqué del viaje
y, en la estrella, en la flor, en el celaje,
deja su alma prendida.
(Ars Moriendi, 1922, Manuel Machado)

Sabia naturaleza.
Algo te hiere, ella hace que olvides. Por tu bien.
Si una hoja afilada atraviesa la barrera de tu piel y lacera tu carne, un regimiento de centinelas gritarán. Se retorcerá tu cuerpo, apretarás los dientes. Los nervios llevarán por doquier esa sensación de dolor que dificulte cualquier otro propósito. Quisieras apagar tu llama por unos instantes, desaparecer, volatilizarte, desprenderte de esa armazón que es presa del sufrimiento.
Pero no. Si la herida no es suficientemente grave, los nervios se agotarán, los centinelas bajarán la guardia y los decibelios se reducirán para que puedas volver a escuchar a tu alrededor los mismos sonidos de siempre. Volverá la normalidad (inexistente como tal, pero sugerida por la mente), regresarás al mundo tal y como lo conocías y, aunque herido y condecorado de cicatrices, no sabrás que llevas la pena contigo, adherida pero invisible de tan amortiguada.
Sabia naturaleza.
Y si experimentaras dicha incontenible, también la mitigará para que puedas seguir con tu vida común, sin mayores sobresaltos. Cuando sientas que tu rostro y tu pecho están a punto de reventar por una alegría fuera de control, inyectado ese inocuo veneno por una caricia intangible, sabe que también la gloria será pasajera, no se instalará en ti para siempre, te abandonará la corona.
Sic transit gloria mundi.

Equilibrio. En la naturaleza todo parece tender al sencillo equilibrio. Las montañas se erosionan, los valles se rellenan. Su superficie termina siendo una vasta llanura. La llanura por la que discurre tu camino.
Sabia naturaleza.

"De unas ruinas nacen otras ruinas", Juan O'Gorman, 1949
(témpera al huevo sobre masonite con yeso, 41,3 x 48,9 cm.)

domingo 19 de febrero de 2012

carnaval, carnaval

(paradita disfrazada de post ...y viceversa)


Como no quería gastar muchos recursos elaborando un disfraz ni tampoco quería invertir demasiado tiempo en la tarea, al final he optado por algo sencillo: me voy a disfrazar de aire. Después de confeccionar unos patrones, en pocas horas ya tenía el prototipo. Más difícil me ha resultado embutirme en él sin deshacer los hilvanes. Después de unos ajustes y de darle el acabado final, ya puedo decir que el trabajo está terminado.
Lo he probado por casa y no me acaba de convencer... Es algo aburrido. Creo que no quiero ir de aire, que prefiero hacerme pasar por una brisa moderada. Así que un último retoque para incorporar un mecanismo de propulsión adecuado y ahora sí que tengo la versión definitiva del disfraz.
Va como una seda. Sabía que la sensación de ligereza sería increíble, pero esto supera todas mis expectativas. Acabo de hacer las pruebas de vuelo del salón a la cocina, de la cocina al cuarto de baño, del cuarto de baño al dormitorio... En la biblioteca, con un looping he tirado varios libros al suelo. Unos paños de cocina han salido volando hacia la encimera después de ejecutar un doble tonel. La toalla de la ducha ha acabado en el lavabo después de un vuelo invertido. Será mejor que salga de casa y continúe en la calle con este festival de acrobacias y vuelos rasantes.

Aprovechando que estoy de vuelta en el aseo, me filtro por el respiradero y me elevo por la chimenea hasta el exterior. Sin problemas, el disfraz responde a las mil maravillas. La tarde está tranquila, el aire es fresco y con algo de humedad. La visibilidad es buena.
Después de planear unos cientos de metros, me lanzo en barrena hasta el nivel de la calle. Con el torbellino a mi cola, agito las hojas muertas, papelitos y otros restos de plástico que los barrenderos aún no han retirado. Suena un silbo algo desafinado y lúgubre mientras recorro a toda velocidad avenidas y callejuelas que me llevan al centro urbano. Allí bulle la actividad de comparsas, choqueiros, personas que ríen, otros que gastan bromas, unos más que aprovechan el anonimato para desconcertar a algún viandante... Y decido colarme entre todos. Primero me mezclo con las respiraciones de la concurrencia, pero luego ataco y hago volar sombreros, pelucas, complementos y abalorios con frenéticas maniobras que sorprenden a piratas, payasos, novios y novias en procesión, flamencas, arlequines, coros rusos, fantasmas, abejas formando colmena propia... En un momento descubro una rubia Marilyn y no puedo contenerme. Me lanzo bajo su falda y asciendo velozmente. Ella trata de frenar el vaporoso vuelo de la tela sujetando con sus manos y, aunque la escena no está muy lograda, un trío de superhéroes (batman, spiderman y otro que no consigo reconocer) aplauden con entusiasmo. En plena diversión, vuelvo a ascender buscando nuevas víctimas de mi juego veloz.

Percibo que mi disfraz se ha ido ensuciando con la contaminación, pero no importa. Al pasar las horas, la noche nos cubre de oscuridad a todos y las luces de la ciudad no son suficientes para que me confundan con uno más de sus efluvios. Aunque lo peor viene ahora. Igual que si fuera el viajero despistado en la estación de metro en hora punta, de repente unas fuertes ráfagas de viento huracanado me sacuden con fuerza y me empujan alejándome de la juerga. Por más que intento zafarme de los empellones que este vendaval abusón me está propinando, no consigo avanzar ni un metro en la dirección deseada. Incluso empiezo a notar algunas desgarraduras en el disfraz...
Me descubro luchando contra el viento sobre el mar. Sin darme cuenta, la corriente de aire me ha alejado demasiado de la ciudad. Mucho más de lo que había supuesto. La buena noticia es que la fuerza de la ventisca está amainando y creo que puedo recuperar el control. ¿Buena noticia? El propulsor del disfraz se ha averiado en la refriega y el traje está tan deshilachado que no sé si me puede garantizar un suave planeo controlado.
Empiezo a caer hacia el mar. Al menos, diviso la orilla próxima. Con bastante suerte, amerizo sobre las olas de una playa remota, quizás no excesivamente alejada de la ciudad. En la nocturna negrura, es difícil saberlo. Empapado, llego pronto a la orilla. El disfraz está hecho jirones y prefiero quitármelo.

Después de un corto paseo a ciegas, llego hasta la carretera comarcal de la playa. Con resignación, trato de confiar en que algún trasnochador de vuelta a la ciudad conduzca su vehículo en la madrugada. Ya solo me faltará convencerle de que haga el favor de llevar de vuelta al carnaval a alguien disfrazado de tritón, cubierto de algas por todas partes y calado hasta los huesos como me encuentro.

Como me pregunte por mi cola de pez... podemos tener un disgusto.

jueves 16 de febrero de 2012

cuestión de vista

(área de descanso nº 168)

"Tu enfoque determina tu realidad".
(Qui-Gon Jinn a Anakin Skywalker, al salir de Coruscant en dirección a Naboo, en Star Wars, episodio I: "La amenaza fantasma")

No son de mi agrado los blogs de copy+paste, esos en los que el autor agarra algo que le gusta y te lo encasqueta sin poner nada de su propia cosecha. Hay quien cree que es un recurso que puede servir. Por ejemplo, cuando recuerdas algo que te llegó adentro y, porque crees que es oportuno, simplemente lo compartes en silencio, pensando que no hay mucho más que añadir o que no hay nada mejor que se pueda decir. Hummm... bien... como cada blog es como la casa de cada uno, las normas las pone el autor y eso no se discute. En mi caso, te diré que para eso, sencillamente te pondría un link al sitio de donde copio y ya está. No estoy interesado en que el blog engorde en líneas o número de entradas publicadas, porque eso no lo va a mejorar en nada. No tengo la obsesión de la actualización. Sin nada nuevo que decir, es mejor estarse callado.
El asunto es que hoy mismo recordaba un breve relato y decidí que (mejor que practicar el cómodo copia-pega) estaría bien rehacerlo mentalmente a la vez que, tumbado en este diván en que se me convierte el blog, te fuera contando algunas reflexiones suscitadas por la narración. Seguro que ya la conoces. Pero, ya que has decido acompañarme, espero que no te importe rememorarla conmigo.

Todo empieza con dos pacientes en una habitación de un hospital. La habitación tenía una ventana en una de las paredes, la que estaba más alejada de la cama del enfermo que no podía moverse y tenía que permanecer recostado de espaldas a la ventana. El otro, tenía su cama próxima a la ventana y permanecía durante una hora al día sentado frente a ella, mientras drenaba sus pulmones.
El paciente inmovilizado pasaba los días en un puro lamento, a la espera de poder incorporarse. Cómo le gustaría poder asomarse a las vistas igual que lo hacía su privilegiado compañero de habitación. Este, sintiendo lástima por la desgracia del otro, trataba de compartir el momento y se dedicaba a describirle con todo detalle el paisaje exterior. Le contaba de los cuidados jardines allá abajo y del hermoso parque que se extendía a ese lado del hospital. De las gentes que paseaban por ellos, de los niños jugando, las parejas de enamorados, los viandantes con sus mascotas. Le contaba del porte de los árboles, de los colores con que se teñían los parterres plagados de flores, del refulgente estanque que devolvía los destellos del sol... Estas descripciones eran como un bálsamo para el hombre inmóvil. Su mente, espaciada en estos detalles, conseguía que su cuerpo no sintiera tanto dolor. Aquella hora llegó a ser la mejor hora del día para él.
Sucedió que una mañana la enfermera encontró muerto al hombre que ocupaba la cama junto a la ventana. El otro se entristeció mucho. Finalmente, solicitó que, si fuera posible, lo trasladaran a la otra cama junto a la ventana. Así se hizo. Desde su posición, el paciente solo podía ver las nubes, lejanas, allá arriba, surcando un cielo azul. Pero se animaba con la idea de que muy pronto podría levantarse y deleitarse con las vistas del parque. Y así ocurrió en poco tiempo. Haciendo un esfuerzo para incorporarse, se llenó de emoción porque al fin vería lo que tantas veces le había descrito su antiguo compañero de dolencias. Pero toda la emoción se convirtió en decepción cuando comprobó que la única vista tras la ventana era la del muro del edificio de al lado.
El paciente preguntó a la enfermera por el parque que tan bien le había descrito el anterior ocupante de su cama. La enfermera, sorprendida, le respondió que ahí nunca hubo tal parque. Pero el enfermo replica que fue su compañero quien se lo describió. Y la enfermera le dice que difícilmente pudo ver tal cosa, ni tan siquiera el muro de enfrente, porque el hombre era ciego. "Tal vez, lo único que pretendía era animarlo a usted", añadió.

Esa es la historia. Después de pensar en ella, siempre me quedan muchas dudas sin resolver.
¿En realidad había allí un parque? ¿Era importante que lo hubiera? ¿Cómo se puede ver un parque donde no lo hay? ¿Y si, además, eres ciego? ¿Tiene sentido creer que hay un parque, aunque te lo diga un ciego, cuando en realidad hay un muro? ¿Y si todos estamos ciegos y el único que vio de verdad fue el que llamamos ciego? ¿Basta con una respuesta científica para resolver el misterio de la realidad? ¿Qué narices era eso de Matrix? ¿Consiguió el ciego que el otro viera el parque? ¿Por qué alivia el dolor creer que hay un parque donde supuestamente solo hay un muro, aunque no se haya visto ni uno ni otro? Si no los puedes ver, ¿es mejor un parque o un muro?
¿...?

No voy a negar que me parece que sin una correcta evaluación de la realidad se puede estar tan perdido que sea imposible encontrar el camino de vuelta a la sensatez. Pero también te digo que después de ver muros por doquier y de saber que eso son muros, duros muros, limitantes muros, insolubles muros, ya lo mismo me da forrarlos de verde y pintarles árboles de todas las especies. E imaginarlos como si fueran jardines. Si nada va a cambiar, yo puedo cambiar. Y entonces resulta que todo cambia.
Don Quijote veía gigantes donde había molinos. Pero nunca le dio por ver molinos donde había gigantes. Le daba por ver lo peor, el peligro constante, la amenaza omnipresente. Eso sí es una pésima locura.
Luego, hay quienes ven cielos abiertos donde se levantan murallas. Y a estos también les llaman locos. Pero mira por donde que, en su demencia, los hay que consiguen atravesar murallas pensando que están navegando por esos cielos de su imaginación.
Puede ser que, frente a los realistas, haya dos tipos de locos muy distintos: los optimistas (como el ciego) y los pesimistas (como don Quijote). Winston Churchill habló de ambos: "Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad". Empero, en lo referente a las percepciones, todavía fue mayor el desafío que cierto zorro le planteó a cierto principito, cuando le dijo algo así: "Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos".

Yo sigo mirando por la ventana. Y hoy mis ojos cuerdos solo consiguen ver la pared de enfrente.

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