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miércoles, 10 de abril de 2013

veracidad y verosimilitud

(etapa 18.13)
Ich weiß doch: nur der Glückliche Sí, ya sé: solo al que es feliz
Ist beliebt. Seine Stimme se le quiere. Su voz
Hört man gern. Sein Gesicht ist schön. se oye con gusto. Su rostro es bello.
(...)......................................................
(Bertolt Brecht, Schlechte Zeit für Lyrik Malos tiempos para la lírica)

El tiempo es ese buen señor que pone a mi alcance la oportunidad de desarrollar el potencial que está ahí (eso parece), en alguna parte de mi persona, y a la vez también es el maldito bastardo que me va robando la inocencia, o la ingenuidad, o ese toque de frescura de las cosas nuevas que aún no se han ajado por el mucho uso. Son las dos caras de lo mismo, es inevitable.
Digo esto por un flash de la memoria relacionado con lo que viene después. En una de esas pelis que se ven en la adolescencia, y de las que no se recuerda ni título ni argumento ni nada más que algún detalle suelto, unos tipos se las ingeniaban para implicar en un delito a alguien inocente. ¿Cómo lo hacían? Fácil: la historia estaba ambientada en un futuro no muy lejano, donde el desarrollo tecnológico llegaba a la edición de imágenes de vídeo en tiempo real. Cuando digo "futuro no muy lejano", me refiero al momento en que la vi. Ahora ya sería "pasado reciente". El asunto es que los tipejos esos ponían la imagen del que no había hecho nada en vídeos en que aparecía cometiendo ese delito que le querían encasquetar. Esas imágenes se publicaban a través de los medios de comunicación de masas (medios y masas, que controlaban como si se tratara de marionetas) y todo el mundo se creía la versión en que el pobre tipo aparecía como peligroso delincuente. Luego venía la persecución de las autoridades, las dosis de acción en este tipo de películas, pero también un final satisfactorio en que se hacía justicia. Final tan satisfactorio como improbable.
Bueno.
Pensaba yo al ver todo esto con mis ojos cándidos, aquellos que el tiempo se llevó y me cambió por otros más taimados, que qué hijos de p... eran esos tipejos que lo trampeaban todo. Y qué asco de sociedad, esa del futuro que retrataba el film, en que la gente era tan manipulable por los mentirosos medios de comunicación.
Já.

Allá por los ochentas, parafraseando el poema de Brecht, "Golpes Bajos" cantaban que eran malos tiempos para la lírica. Si lo eran en los ochentas, cómo lo están siendo pasada la primera década del nuevo milenio...
Y si lo son para muchas cosas, también para las noticias. Ya no sé quién controla los medios de comunicación. Poderes, mafias, intereses ocultos o manifiestos... La irrupción de internet no ha aclarado el panorama. Los usuarios han (hemos) contribuido en buena medida en esa tarea de llenar todo de ruido. ¿Cómo escuchar algo con claridad en medio de tanto estrépito? Solo armándose de paciencia y buscando hasta debajo de las piedras. De lo contrario, lo más fácil es que suceda que alguien cuele un montón de trolas en medio de otras verdades.
Digo que es fácil, porque el viejo principio del ministro de propaganda nazi sigue funcionando: "Repetid una mentira miles de veces hasta que la convirtáis en una verdad". Y estamos en el boom de las campañas virales, de las cadenitas que se reproducen como churros, sin análisis ni cuestionamiento. Con todo tan polarizado, con tantas filias y fobias desplegadas en el ambiente, hay cosas con apariencia de verdad que pueden ser esparcidas a los cuatro vientos y que gozarán de gran aceptación entre millones de partidarios. Lo demás es esperar a que estos hagan su labor de siembra hasta que lo verosímil se haya convertido (¡sin serlo!) en veraz.
Pero hoy en día, ¿quién distingue lo veraz de lo verosímil? Ahí está el reto.
Si le ponen empeño, puede que sea un reto solo superable por aquellas personas realmente honestas, aquellas personas para las que una ideología no es lo mismo que una venda en los ojos o unas gafas con lentes de colorines.

sábado, 1 de septiembre de 2012

el 22 de noviembre es santa cecilia

(área de descanso nº 194)
"Por otra parte, ahora ya no sé quién de ellos estaba en lo justo: cuando han pasado muchos años, el fuego de las pasiones se extingue, y con él lo que creíamos que era la luz de la verdad. ¿Quién de nosotros es todavía capaz de decir si tenía razón Héctor o Aquiles, Agamenón o Príamo, cuando luchaban por la belleza de una mujer que ahora es ceniza de cenizas?"
(Umberto Eco, "El nombre de la rosa")

Santa Cecilia, patrona de los músicos. Aunque quien ha dado el cante esta vez ha sido otra Cecilia. Está en los medios, allá donde se mire. La extraña noticia ha corrido como reguero de pólvora, extendiéndose inexplicablemente por los cuatro costados del mundo.
No es Cecilia la protagonista principal, sino su "obra maestra", esa restauración de un fresco en la iglesia del Santuario de Misericordia de Borja, en la provincia de Zaragoza. Una vez más, el autor a la sombra de su creación, que termina devorando al demiurgo que la trajo al mundo.
La dichosa "restauración" es un tema recurrente en muchas conversaciones que animan lo anodino y deprimente del panorama informativo en estos días. No es algo que se busque, sale solo. Por ejemplo, el otro día, con amigos y después de cenar, entre un mar de risas. Es que, lo siento, pero cada vez que me imagino el Ecce-Homo-restaurado me da la risa floja. Y no lo entiendo. Me recuerda un poquillo (y salvando el abismo de diferencias, pero, como diría si se tratara de personas que no se acaban de parecer del todo, me tiene un ligero aire a...) El grito, de Edvard Munch. Lo ves ahí, con sus oscuros ojos alienígenas, la atormentada expresión, una boca que es un desgarro oblicuo, cabellera y barbas que más parece que el Ecce Homo tuviera un shapka-ushanka bien calado en la cabeza y una bufanda rodeándole el cuello...  y ¿cómo no tomarlo por un retrato expresionista? Qué diferente de la figurativa (y también vulgar e insulsa) obra original de Elías García Martínez.

No es tanto la pintura lo que me da la risa, sino las circunstancias que han rodeado el despropósito, la comparación, el antes-y-después, lo rocambolesco, lo arraigado de la peripecia en la idiosincrasia nacional, el poco sentido del ridículo, el atrevimiento de la ignorancia, el sentido de lo artístico, el misticismo en alpargatas, el toque surrealista, los rostros ojipláticos, la indignación a destiempo, tarde, mal y a rastras... e incluso la disparatada cantidad de reacciones que una noticia absurda ha provocado en la faz de esta canica rodante por el cosmos proceloso. Sus risas también me dan risa.
Un famoso presentador de un programa humorístico extranjero pronuncia con cierta dificultad y acento característico el nombre de la "artista" española: Se-sí-lia Gui-mé-nes, mientras su numerosa audiencia ríe a causa de la noticia. En un diario de la India, en las noticias de la televisión rusa, en una revista australiana, en un late night estadounidense, en una viñeta de un ilustrador chileno... se han estado vertiendo imágenes y palabras sobre un asunto ocurrido en una remota comarca aragonesa que a duras penas serían capaces de localizar en un mapa. El tema ha dado también para que un montón de parodias hayan copado redes sociales como twitter o facebook. La blogosfera no se ha quedado atrás a la hora de dar cuenta de la "restauración".
¿Quizás es que esté pasando algo extraño con las noticias? Puede que solo sean unas ganas irresistibles de reírse después de tanto palo. Hacía falta alguna zanahoria que echarse a la boca. O unas carcajadas que salieran de ella.

¡Qué parecidos pueden ser los ancianos y los niños! En su ingenuidad, ellos esperan que el resto del mundo aprecie las buenas intenciones que animan sus actos. A mí me pasó de niño. Una tontería sin importancia, pero también relacionada con afán pictórico. Los ingredientes: un verano en el pueblo de mi madre (también en la provincia de Zaragoza) con mucho tiempo que gastar y un peirón algo descuidado (en fotos más recientes lo he visto muchísimo más atendido que antaño: incluso han llegado a decorar la parte inferior con piedra y azulejos), en un ensanchamiento de una calle muy cerca de la casa, con el encalado casi desprendiéndose y su par de fuentes, una a cada lado. Se me ocurrió decirle a la vecinita qué le parecía la idea de mejorarlo un poco, pintando algo alegre con unas ceras de color. Nada de pinturas que aplicar con brocha o espray, lo nuestro iba a tener una pinta mucho más colegial, no porque lo hubiéramos decidido así, sino porque era lo que teníamos a mano y no se nos había ocurrido otra cosa. Empezamos con entusiasmo, pero la obra era ardua. Y una vez empezada, no parecía serio dejarla sin terminar. En varios días, pintamos guirnaldas multicolores, grupos florales y no sé cuántas cosas más. Todo precioso. Nos lo parecía, al menos. Hubo personas que miraron y no dijeron nada, pero a los pocos días recuerdo que me cayó una gran bronca por vandalismo. O algo así. Y algún día después, la obra que tanto nos había costado terminar era tapada por un nuevo encalado que dejaba el peirón blanquito e impoluto. Me pregunto si aquel verano alguien se hubiera preocupado de ese peirón en el caso de que estos chavalillos-gamberretes-con-muy-buenas-intenciones no le hubieran metido mano.
Quizás el fresco de la iglesia borjana, esa obra hecha en un par de horas sobre un muro no tratado y que presentaba un aspecto lamentable, recibía la misma atención que el peirón desconchado, hasta que una octogenaria se decidió a perpetrar una extravagante restauración. A partir de ese momento se habla de atentado contra el patrimonio, aunque unos días antes ese mismo patrimonio lo estuvieran barriendo del suelo, con escoba y recogedor.

No sé cómo se debió de llegar hasta ahí, pero imagino alguna conversación como esta:

- Cecilia, hija mía -comienza el cura-, ¿qué te parece si mañana te traes tus pinceles y tus pinturas, tú que eres tan habilidosa, y con esa maña que Dios te ha dado le metes un repasico a la talla de San Bartolomé, que tiene una rozadura en un costado?
- Ay, padre, claro que sí -responde la voluntariosa Cecilia-. Mañana mismico me pongo con ella.

Y así con varias piezas de la iglesia.
En su afán restaurador, un día, la buena de Cecilia descubre que el Ecce Homo también necesita un buen repaso, que se le está cayendo toda la pintura. Y como (supongo que alentada por el cura, algún parroquiano y también por su propio orgullo servicial) ya se está gustando en esa labor de conservadora de la imaginería de la cristiandad, la señora no necesita más permiso que su disposición desinteresada para hacer las cosas. Pero tampoco lo hace clandestinamente, porque no tiene por qué esconderse cuando sus intenciones son inmejorables. Como los niños que pintan flores en un peirón del pueblo. Estas cosas se hacen a la luz del día, aunque los-que-en-el-momento-vieron-y-callaron luego pongan el grito en el cielo o nieguen su conocimiento de los hechos o su responsabilidad en el lío posterior.

Aguante, señora Cecilia, aguante. Reconozco que tiene que ser muy difícil pasar del anonimato más absoluto, en la cotidianidad de su pequeño pueblo, a ser la starlette en las noticias del mundo entero. ¡Cuánta presión, señora Cecilia! De haberlo sabido, quizás hubiera registrado esa imagen que ya se ha paseado por todo el orbe y ha sido reproducida con frenesí. ¡Qué cantidad de royalties se ha perdido de cobrar, con la SGAE de su parte! ¿Y cómo hubiera podido saber el mismísimo Elías García que su insignificante obra (ahora cubierta por la "restauración") la verían hasta en las antípodas? Ni soñarlo siquiera.
Aguante un poco más, señora Cecilia, porque en este loco mundo todo pasa a velocidad de vértigo. Unos pocos días más y cualquier otra tontería mediática habrá eclipsado a su Ecce Homo reloaded. Incluso es muy posible que el día en que celebre su próximo santo, el 22 de noviembre, el de la patrona de los músicos, suenen otras trompetas lejanas y ya apenas esbocemos una leve sonrisa si llegamos a recordar su trastada veraniega.

domingo, 22 de febrero de 2009

cuando cuentes cuentos cuenta cuántos cuentos cuentas

(67ª parada)
"Los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados".
(2ª Epístola de Pablo a Timoteo, cap. 3: 13)

La última Gran Guerra nos ha dejado infinidad de lecciones, algunas en positivo y numerosas en negativo. Muchas de estas otras lecciones se siguen llevando a la práctica con una eficiencia a prueba de cualquier forma de duda o desaliento. Una de ellas se refiere al poder de la propaganda (que ya hemos llevado, incluso, a los límites de la propaganGa).

Los métodos en que se practicó la propaganda de Estado en los años de 1939 a 1945 han sido de lo más variado, aun con muchas coincidencias entre los dos bandos enfrentados (como no podía ser de otra forma): desde bombardeos masivos e indiscriminados sobre la población civil (tanto por parte de las potencias del Eje como por parte de las potencias aliadas) hasta "inocentes" programas radiofónicos con mucho sentido del humor que trataban de minar la moral de los civiles o de los ejércitos. La llegada de Winston Churchill a este terreno se vio influida, muy posiblemente, por el hecho de que, entre sus numerosas experiencias, también figurara la del periodismo. Sea como fuere, el propio Churchill fue quien subrayó por primera vez la función insustituible de la guerra psicológica. Había dicho que "la moral de la población civil es un objetivo de guerra", y este eslogan fue el punto de partida de la propaganda inglesa.

Pero se me ocurre pensar que Sir Winston Churchill apenas parecería un aficionado a la sombra del ministro de Propaganda del Tercer Reich. Joseph Goebbels ha sido, en realidad, el ideólogo por excelencia del propagandismo por excelencia (valga la redundancia): la crème de la crème en materia de propaganda, vamos. Durante la guerra, aplicó dos métodos diferentes de la mano de dos colaboradores sucesivos: Dietrich y Fritzsche. Dietrich dirigió una primera fase de "propaganda optimista", hasta que cayó en desgracia ante Goebbels a medida que Alemania se embarcaba en la "guerra total" y, por tanto, era necesario que la propaganda psicológica siguiera nuevas pautas. Así, Fritzsche ocupó el lugar de Dietrich y es a quien se le puede atribuir la paternidad de la "propaganda pesimista". Goebbels llamó "la fuerza del miedo" al método de Fritzsche. Pero ambas formas de propaganda no hacían sino seguir fielmente los patrones del ministro y, curiosamente, el periódico El Correo Gallego publicó el mes pasado un artículo acerca de estos patrones y que me viene muy bien para explicarlo. En la versión digital se conserva parte del más extenso artículo de Xurxo Fernández que vio la luz en papel.

Como da la sensación de que nuestros políticos ya se conocían al dedillo todo esto desde hace mucho y que lo saben llevar muy bien a la práctica en su hacer cotidiano, no me queda más que reproducir aquí ese fragmento para que sirva de reflexión acerca de en qué fuentes parecen estar bebiendo quienes nos gobiernan o quieren gobernarnos (porque, igual que en la guerra, aquí tanto "el Eje" como "los aliados" practican estos puntos con maestría). Hay quien piensa que en el amor y en la guerra todo vale. Los hay más audaces que piensan que en cualquier circunstancia todo vale. Bueno, pues yo debo de estar entre los más mojigatos, porque pienso que no hay ninguna circunstancia en la que todo valga.

La forma en que una gran cantidad de políticos se comportan ahora, no es ni mucho menos nueva. El problema está en qué mentes podridas urdieron este tipo de pautas y los efectos que provocaron en millones de personas. Aprendamos de la Historia, porque cualquier parecido de lo pasado con lo presente NO es mera coincidencia.


Goebbels, hoy más actual que nunca -EL CORREO GALLEGO- (25.01.2009) Xurxo Fernández

Lean los once puntos de la propaganda nazi, en cuyo origen estaría Adolf Hitler, pero que solo un cerebro privilegiado como el de Goebbels sería capaz de ejecutar.
Hace poco, en esta misma palestra, les mostrábamos un testimonio realmente impresionante. Hablábamos de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del III Reich y uno de los mayores y más controvertidos genios del siglo XX. Su especialidad, la desinformación. Una consecuencia humana y profesional lógica de todo lo sabido hasta la fecha en materia de servicios de espionaje (algo en lo que, como muchos de ustedes recordarán, fue pionero Felipe II).
Para mostrarles un ejemplo de su capacidad de manipulación, les ofrecíamos un extracto de uno de sus discursos más famosos: Hacia la Guerra Total. Hoy nos proponemos continuar con el mismo tema. Y para ello hemos recuperado otros textos significativos del hombre de confianza de Adolf Hitler. He aquí, sin más, su último testimonio, escrito poco antes de su suicidio en el búnker berlinés en el cual, al menos teóricamente, murieron los principales líderes nazis:

Expreso mi resolución irrevocable de no abandonar la capital del Reich aunque caiga, y de terminar antes junto al Führer una vida que para mí personalmente ya no posee ningún valor si no puedo ponerla al servicio del Führer y a su lado.

Estas son las últimas palabras que escribió Goebbels, en el codicilo al testamento de Hitler, redactado el 29 de abril de 1945. Todo ello escrito en su diario del año 1945 –durante mucho tiempo dado por perdido, como el resto de sus diarios–. Recientemente, ese y otros muchos documentos se han reflejado en un libro que se completa con el testamento de Adolf Hitler, la última carta de Goebbels a su mujer, Magda, y a su hijo primogénito, así como con los dos discursos que leyó el almirante Karl Dönitz por la radio, el primero tras la muerte del dictador y el último para anunciar la rendición incondicional de Alemania.


Pero veamos otras cosas. Por ejemplo, los principios de la propaganda, especie de peculiar decálogo, manejado en todo momento por el famoso ministro de Hitler:

1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.

2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.

3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".

4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.

5. Principio de la vulgarización. "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental que realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar".

6. Principio de orquestación. "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".

7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.

8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.

9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.

10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad.

Como verán, resulta, aún hoy, decididamente escalofriante. Pero, para acabar por hoy, conviene señalar que esa claridad meridiana, de una dureza pétrea y una frialdad polar, ya era patente en su famoso discurso de la Guerra Total (que publicamos hace unas semanas):

— "¿Quieren ustedes la guerra total? "
(Clamor: "Sí, sí, sí" - Aplausos)
— "Si fuera necesario, ¿quieren ustedes una guerra más total y más radical que lo que hoy no podríamos ni siquiera imaginar?"
(Clamor: "Sí" Aplausos)...



En fin. Me suena demasiado conocido.


caricatura de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich
(Grupo Kukryniksy, Galería Tretiakov, Moscú)

domingo, 11 de enero de 2009

todos culpables

(63ª parada)
“De boca de niñitos y de lactantes has establecido tu fortaleza por causa de tus adversarios, para acallar al enemigo y al vengativo”.

(Salmo 8: 2)

En casa, cada vez que se tiraba algo de comida, mis padres siempre nos sermoneaban acerca de lo incorrecto que era tirar la comida cuando otros niños en el mundo se morían de hambre. Recuerdo la primera vez que vi en televisión a un niño esquelético africano, un auténtico cadáver viviente de vientre hinchado de parásitos y piernas tan delgadas que hacían destacar unas exageradamente nudosas rodillas. Quedé horrorizado y empecé a pensar que eso que me decían mis padres era algo más que un intento de que me comiera todo lo que tenía en el plato. Comiera yo o no comiera, algo tan horrible no dejaba de existir. Ni aunque cerrara los ojos. Esa imagen de la desnutrición extrema se había grabado incluso en la cara interna de mis párpados. No había forma de apagar tanto ruido. Con el tiempo, el recuerdo de ese horror constante me enseñaba que cada vez que me dedicara al despilfarro de los privilegios que la vida me ha querido ir concediendo, no hacía sino seguir participando en la perpetuación de un régimen terrible. Por acción o por omisión, como se quiera ver. Es una culpa de la que es difícil librarse. Hay formas, por supuesto: la insensibilización, la justificación, la apelación a lo inevitable, la desviación de responsabilidades o, incluso, la desviación de la mirada...
Hoy escribo con un verdadero nudo en las neuronas. Me resulta tan difícil hacerlo que incluso he tratado de eludir mi habitual cita con el blog. Y aunque escribirlo, a estas alturas, creo que sirve de muy poco, callarse indefinidamente tampoco arregla nada.

Empiezo a dudar seriamente de que un saludable sentimiento de culpa sobre la desastrosa forma en que los seres humanos manejamos los asuntos del planeta sea capaz de derrotar al monstruo interior que parece habitar en cada persona. Tan sólo se trataría de una cuestión de responsabilidad. Pero seguimos siendo capaces de lo peor. Y, peor aún, seguimos siendo capaces de quedarnos como si no pasara nada fuera de lo normal. Estos días no dejo de oír lamentos acerca de la situación en Gaza. Es natural que el sufrimiento de ancianos, hombres, mujeres y niños sea un desgarro en las conciencias. Pero ¿por qué llega tarde, mal y arrastro? Miramos hacia otro lado cuando es momento de solucionar las cosas y luego nos mesamos los cabellos y rasgamos las vestiduras ante los hechos consumados. Y aún hay más: padecemos de ceguera mediática. Quiero decir, que lo que no aparece en los medios es como si no existiera. Sólo somos capaces de ver a través de un miope ojo de cristal. Y es por eso que todos hablamos de lo mismo al mismo tiempo y nos olvidamos del resto. Es cierto que Oriente Medio acapara la atención informativa y no sé (bueno, en realidad sí sé) por qué. Incluso el pueblo palestino tiene su propio UNRWA (United Nations Relief and Works Agency for Palestine Refugees in the Near East), mientras que el resto de refugiados del mundo entero tienen que compartir el saco común de UNHCR (o ACNUR en castellano). El conflicto palestino-israelí no ocuparía ni de lejos una posición en el top ten de los conflictos que se mantienen activos en la actualidad (por víctimas y desastres provocados) y, sin embargo, ocupa el indiscutible número uno en atención mediática. No se me puede olvidar que el día de Navidad una auténtica masacre en el Congo (más de 400 víctimas de un solo saque) fue mayoritariamente acallada en los medios de masas por los bombardeos israelíes, ni mucho menos tan mortíferos, al norte de la franja de Gaza. Así fue. Llego a pensar que, a los occidentales, los niños africanos nos importan un pimiento (o menos). Los niños congoleños se dejan la vida en las minas de coltan para que nosotros podamos tener nuestros equipos electrónicos y cambiar de móvil a ritmo frenético, renovar el ordenador cuando al anterior no le ha dado ni tiempo de empezar a envejecer, estrenar GPS... ¿Para qué? Incluso con GPS nos comportamos como si estuviéramos perdidos. Ganamos milisegundos en velocidad de procesado informático que gastamos mirando al techo. Hablamos a través de un móvil (entre sus múltiples funciones parece que aún sigue estando la de hablar) con gente lejana y pasamos de la más cercana... Hacemos muchas cosas al revés y no medimos el elevado coste que otros pagan para que mantengamos ese estilo de vida. Y desde nuestros ordenadores fabricados gracias al coltan apenas sí tenemos alguna palabra de consideración hacia quienes lo hicieron posible. Con sus vidas.

Pero hay interés en que África no crezca nunca, en que sus niños sigan portando armas desde que no levantan ni un palmo del suelo y que su tierra se siga desangrando mientras hacemos caja a su costa. Aquí seguiremos hablando de lo malo-malísimos que son los israelíes, seguiremos repitiendo consignas de la mejor tradición estalinista, seguiremos negándoles el derecho a la legítima defensa, seguiremos consintiendo cómo algunos piden la vuelta de las cámaras de gas o los hornos crematorios y lucen esvásticas en pancartas y banderolas (curiosa contradicción de quienes niegan el holocausto). Combatiendo terror con mucho más terror, apoyando a terroristas y haciéndonos enemigos de quienes defienden las libertades y los derechos humanos. ¿Todo porque en la lucha entre David y Goliat siempre tomamos partido por David? Y, en este símil, el que llegaría a ser rey judío no está representando a su propio pueblo. Quizás me haya perdido, sin GPS, pero he investigado acerca de dónde existen los índices más altos del planeta en violencia de género (dejaría las sangrantes estadísticas de nuestro país en mera anécdota), en ataques y desconsideración flagrante a los derechos humanos y, en especial, a los derechos de los niños de ser educados, cuidados y protegidos por sus adultos (en lugar de ser enseñados a odiar visceralmente y a desear inmolarse como bombas humanas en medio de los 'enemigos'). Y ese lugar no es Israel, ni de lejos. Cuando alguien grite “Palestina libre” yo estaré de acuerdo con esa persona, porque deseo el bienestar del pueblo palestino. Su sino parece haber sido servir a intereses ajenos aun en contra de los suyos propios: desde los tiempos de la Unión Soviética, que utilizó en bloque a todos los países árabes de la zona para tratar de extirpar el grano israelí (esa especie de sucursal del otro lado del 'telón de acero') que le salió en una región que podía tener sobradamente controlada, hasta el momento actual, en que el propósito de Hamás o Hizbullah sigue siendo el de machacar a los infieles (a propósito de 'infieles', el número de víctimas que se produce en enfrentamientos entre Fatah y Hamás suele ser muy superior al que dejan los israelíes, pero nunca se forma tanto revuelo mediático... se ve que entre palestinos no está tan mal visto zurrarse). Así que, de quien tiene que estar libre Palestina es de sus terroristas dirigentes, que son capaces de ver muerto a su propio pueblo con tal de satisfacer su odio anti-israelí. En el ideario de Hamás no hay mención a la creación de un estado palestino pero sí a la destrucción del estado israelí. Y no les importa utilizar a su propia gente como escudos humanos entre ellos y sus enemigos. No les importa haber destruido toda la infraestructura económica que Israel dejó en Gaza, y que serviría a los palestinos para no verse tan asfixiados. Tampoco les importa utilizar las instalaciones civiles (incluidas las donaciones de ONU) con fines militares. El culto a la muerte parece su forma de entender la vida. Irónico. Que no cuenten ni con un gramo de mi apoyo para esto.
No quiero pensar qué sucedería si una persona, parapetada detrás de un niño, disparara sin cesar sobre mi propio hijo y yo tuviera un arma para impedirlo. No puedo imaginarlo porque ni tengo hijos ni he empuñado un arma en ninguna ocasión (en los tiempos de la mili fui objetor). Espero no estar nunca en esa situación. Pero Israel ya ha pasado muchas veces por ahí en las últimas décadas y no puedo criticarles porque no sé lo que yo haría. Golda Meir, quien fue primera ministra de Israel entre 1969 y 1974, dejó una frase al respecto: Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. Pero nunca les vamos a perdonar el hacernos matar a los suyos.

Y, mientras discutimos electrónicamente sobre el tema, el precio de un kilo de coltan refinado seguirá siendo la vida de dos niños congoleños muertos en las minas. El mineral pasará a través de Rwanda, permitiendo que se armen todavía más las guerrillas locales, y daremos otra vuelta de tuerca a un horror silenciado y del que todos somos culpables.

La muerte debería ser siempre heroica, emocionante, fascinadora, por un fin grande y convincente. En realidad, ¿qué es? Es reventar, morir de hambre, de hielo, nada más que un hecho biológico como comer y beber. Caen como moscas y nadie piensa en ellos, nadie los entierra. Yacen por todas partes aquí en torno, sin brazos, sin piernas, sin ojos, con el vientre desgarrado. Se debería rodar una película para hacer imposible “la más bella muerte del mundo”. Es una muerte bestial que luego un día será glorificada en frisos de granito con “guerreros moribundos”, con la cabeza o el brazo vendados.
Fragmento de una carta escrita por un soldado alemán durante la batalla de Stalingrado (muchas cartas habían sido recogidas por la censura militar por considerarlas “derrotistas” y “desmoralizantes”, pero se recuperaron y publicaron al final de la guerra)

domingo, 12 de octubre de 2008

mentiras mediáticas

(54ª parada)
“Poned a prueba todas las cosas y quedaos con lo que resulte ser bueno”.
(1ª Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, cap. 5: 21)

En el baile pendular en que nos movemos continuamente, pasamos de la mecánica de Newton a la mecánica cuántica, del blanco y negro a todas las escalas de grises, de un hombre a imagen y semejanza de Dios a un dios a imagen y semejanza del hombre, de las verdades absolutas a las verdades relativas, de la represión al libertinaje, del oscurantismo a la ilustración... y así, hasta el infinito de las cosas que el género humano es capaz de abarcar. Pero hay algo que no cambia: siempre ha sido un mal asunto para los débiles. Porque, o se dejan arrastrar (¡qué remedio!) por la corriente de los poderosos, los astutos, los aventajados, que les han impuesto su verdad con paternalismo o bajo amenazas, o se topan en la más absoluta ausencia de referencias a las que agarrarse (al menos, en apariencia... porque esto nunca se cumple). Lo siento por ellos (¿ellos? ¿nosotros? ¿vosotros?), porque siempre danzarán al ritmo que marque la batuta de los que dirigen el cotarro.

Preocupante es el poco análisis que se hace de las cosas. Análisis riguroso, honesto y libre de manipulaciones, quiero decir. Hoy en día, se eligen las fuentes que más convienen a cada cual. A la carta. El que diga lo que quiero oír, lo que creo que me conviene o me favorece, ése se convertirá en mi guía. Recuerdo esas veces en que se avisa a la audiencia, ante la emisión de escenas consideradas poco soportables por los que todavía conservan algo de estómago: Lo que les vamos a mostrar a continuación puede herir su sensibilidad. En fin, una de las cosas que más está hiriendo la sensibilidad de las personas es la verdad. Se hace insoportable. Tanto tiempo viviendo sobre la alfombra de las propias convicciones hace que miremos con mucho desagrado a quien intente pegar un tirón de esa alfombra que está bajo nuestros pies. No consentimos que nadie nos haga perder el cómodo equilibrio en el que vivimos, por culpa de sus verdades. Por eso, en ámbitos como el periodismo, la política, la religión ¡e incluso la ciencia, aunque cueste creerlo! ya se decide qué se puede presentar como verdad y qué no se puede presentar bajo esa etiqueta. Al final, qué caramba, si todo es relativo y vivimos en esta sopa cuántica, qué importa qué es verdad y qué no lo es. Dependerá del color del cristal con el que se mire. En esto estamos. Hemos pasado de la censura pura-y-dura de antaño a la otra censura, más refinada e igual de perversa, que nos filtra los hechos para que asumamos que su verdad es la verdad. Es cuestión de elección, nada más.

Una última cosa: ¿se puede justificar una mentira que sirva para revertir una situación injusta? Plantea un debate moral interesante. Pero ¿y si es la mentira la que hace que esa situación se vea como más injusta de lo que pueda ser en realidad? Esto ya es jugar con fuego. Para los que estén a cuadros, les diré que me había propuesto que NUNCA en mi blog me metería en un asunto tan turbulento como el siguiente, en el que (como cada hijo de vecina) tengo mi verdad, pero que entiendo que es un tema gravísimo que no se está abordando desde la razón, sino más bien desde la pasión, negando la posibilidad de soluciones. Y a pesar de todo, es que ya estoy hasta los mismísimos, con perdón. Odio a los mentirosos en sus versiones más retorcidas: a los manipuladores, a los chantajistas emocionales, a los que se sirven de la mentira para salir de rositas de los embolados que ellos mismos suelen organizar, a los que dan vuelta a tortillas mintiendo y fuerzan a una división del mundo en partidarios y enemigos. Si no se puede decir la verdad, se calla uno y listo.

Así que, aviso: lo que usted vea o lea a continuación (y me refiero a los enlaces que propongo) puede herir gravemente su sensibilidad. Cuando el fingimiento llega al extremo de la ficción cinematográfica, es normal que se le haya puesto el término de [Pallywood] (en evidente referencia a Hollywood), que se hayan sacado a la luz vídeos como [éste] y [éste], o que se escriban cosas como [éstas].

Nunca me gustó la frase: “Yo estoy en posesión de la verdad”. Siempre preferí que fuera la verdad la que me poseyera a mí. Pero esto no es nada fácil. Hay que ganárselo con mucho esfuerzo.

sábado, 14 de junio de 2008

mirando a otra parte

(46ª parada)
“De todos los que compiten en el estadio, solamente uno se lleva el premio. Corred de tal manera que lo obtengáis”.
(1ª Epístola de San Pablo a los Corintios, cap. 9: 24)

Me gusta el fútbol. Pero también me gusta el pastel de queso y no me ventilo varias raciones seguidas por ello. Todo tiene su medida... te pasas, y el exceso convierte algo placentero en un castigo. El problema de la Eurocopa (o mega-botellón Erasmus en versión futbolística) es que tiene ese inconveniente: demasiados partidos en poco tiempo y, a veces, con participación de selecciones de escasa calidad futbolística (los mismos anfitriones, suizos y austriacos, son bastante paquetillos). Dicho esto, es lógico deducir que el seguimiento que estoy haciendo del evento es más bien escaso. Además, sin televisor en casa y con lo poco que me gusta pasar el rato en cafeterías (el humo del tabaco me produce un dolor de cabeza insoportable), la única solución es el clásico-y-siempre-apetecible encuentro en casa de algún amigo para hacer de expertos en la materia, sin serlo. El fútbol en directo lo descarté hace muchos años cuando, de crío, mi padre me llevaba a La Romareda para ver al Real Zaragoza. Me asustaba mucho verme en medio de un grupo de adultos puestos en pie, cabreados, gritando exaltadísimos y lanzando todo tipo de barbaridades por esas boquitas. Esto, sumado a que me agobian las multitudes, ha logrado que mi visión del fútbol sea siempre desde la tranquilidad de un sillón. El aburrimiento eurocopero que llevo me tiene con la cabeza en otra parte mientras duran los partidos. El día del estreno de la roja me pasé más tiempo fijándome en detalles secundarios que en el propio transcurso del juego. Hubo goles y emoción ...y tal (como diría el seleccionador), pero me aburrí como una ostra aburrida. Llegué a sentirme fuera de lugar, porque al escuchar al locutor desgañitándose con esos grititos (¡qué forma de alargar las vocales finales de las palabras!) sólo se me ocurría pensar: a ver, raindrop, si el fútbol es todo pasión, que no distingue clases sociales, ni sexos, ni niveles culturales... ¿qué te pasa a ti, tío? Pues ahí estaba, amuermao. Y preguntándome: ¿Qué tiene el fútbol que provoca esas vibraciones? Recuerdo los viejos tiempos del super-depor cuando, después de ver algún partido con mi amigo B, él solía decirme: mira qué contentos nos pone que ganen estos tíos, y cómo nos cabrea que pierdan, y a nosotros ni nos va ni nos viene nada en ello, ni nos hace más ricos ni más pobres. ¡Y qué razón tenía! Pero...

Bueno, antes del comienzo del partido, se me abrieron los ojos como platos con el asunto de los himnos nacionales (y tal). Los encuentros de la Eurocopa parecen competiciones de patriotismo. A ver quién es más patriota, a ver quién canta el himno con más sentimiento, a ver a quién se le ponen los ojos más en blanco al oír las (sagradas) notas de la música representativa de su país, a ver quién tiene el gesto más exaltadamente nacionalista. Parece que vayan a premiar con un gol de ventaja semejante despliegue... Banderas, colores, cánticos... Y a mí, que soy tan poco nacionalista (incluyendo todo tipo de nacionalismos), todo eso me resbala de una manera supercalifragilisticoexpialidosa (y tal). Vamos, que me veo a la selección francesa cantando La Marseillaise (himno belicoso donde los haya) para jugar un partido de fútbol y me parece que esos cachas de azul vayan a salir a degüello contra sus rivales con las bayonetas bien caladas. Un horror (y tal). Por fin, la cosa ésta de las nacionalizaciones por motivos futbolísticos lleva a imágenes tan contradictorias como son, por un lado, un ultrapatriotismo al comienzo del encuentro, con todo el equipo unido en un extático (no siempre estático) abrazo; pero luego, por otro lado, veo que esos jugadores que tienen todo su sistema circulatorio henchido de fuego patriota (de sus patrias de adopción) acaban pidiendo perdón cuando le marcan un gol a sus países de origen. Recuerdo un par de casos: el de Podolski (nacionalizado alemán, pero polaco de nacimiento) y el de Hakan Yakin (que, con camiseta suiza, goleó a los turcos). Ya lo dice el refrán: arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Me río yo de estos patriotismos de quita-y-pon (esto último no lo dice el refrán). Por otra parte, después de los eternos enfrentamientos entre nacionalismos que se dan dentro de nuestro país, no entiendo esa imagen irreal que nos ofrecen nuestros jugadores. Con tal de competir en este concurso de patriotismo, ¡ay! ...pero todo sea por el fútbol (y tal).

Ya en la segunda parte, hubo un momento en el partido España-Rusia en que Alfredo Relaño (director de un diario deportivo y que estaba como comentarista de este encuentro) llegó a decir con indisimulada satisfacción que cada gol de la selección suponía unos 40.000 ejemplares más que se venderían del diario que representa. Creo que ahí desconecté definitivamente del partido y me quedé pensando en las implicaciones de esta afirmación. Es posible que, en algún momento, la práctica del periodismo haya dejado de ser un servicio necesario que da transparencia al sistema democrático para ser otra empresa más basada en el afán de lucro. Y es el afán de lucro lo que puede hacer que muchos periodistas inventen o creen noticias para así vender más periódicos o tener más audiencia. Es muy difícil llegar a inventarse un gol que no ha existido, pero no es tan difícil rumorear sobre un posible fichaje que quizás nunca llegue a producirse (y no me refiero a ninguno en concreto). Si esto sucede en el ámbito del deporte tampoco le voy a dar mucha importancia, por la poca relación que me une a ese mundillo. Me basta con desconectar. Pero si la política, la economía, la cultura, las artes, la sociedad en general están sometidas a esta voluntad manipuladora por parte de los periodistas... ¡¡qué mal!! ¿no? Dependemos de la ética de estos profesionales para tener la seguridad de que lo que publican es cierto. No sólo que es verosímil, sino que es veraz. Y, al llegar aquí, ya me despertó de mis desbarres el pitido final del árbitro, dejando el resultado en un 4 a 1 para los nuestros.
4 x 40.000 = 160.000 periódicos más... no está mal. ¿Cobrará comisión Villa?

sábado, 28 de julio de 2007

información vs. deformación

(1ª parada, episodio 1 de 2)
"El rey de Israel [Acab] le respondió a Josafat: Aún queda aquí un hombre por medio de quien podemos preguntarle a Dios; pero yo le aborrezco, porque nunca me profetiza cosa buena, sino siempre mal. Se llama Micaías, hijo de Imla".
(2º Libro de las Crónicas, cap. 18: 7)

Aprovecho esta breve parada del viaje de raindrop para contar algunas cosillas. Me estaba acordando (en estos tiempos que corren) de aquella entretenida sección de un espacio televisivo que llamaron "curso de ética periodística". No puedo evitar pensar en el camino que la práctica periodística está siguiendo en nuestros días: se editorializa mucho y se informa menos. Se trata de formar opinión, no de dar la información exacta y precisa para que cada uno se lo monte como quiera. ¿Imagináis ir a comer a un restaurante y que os sirvan la comida ya premasticada (o predigerida)? Sí, ya sé, es bastante asqueroso. Pero si nuestros periódicos y medios de comunicación de masas nos sirven la información ya 'pre-opinada' entonces no pasa nada. Sé que la objetividad es difícil, pero para eso se es un profesional, ¿no?

¿Por qué sucede esto? Ni más, ni menos: nos gusta que la realidad sea como nosotros queremos que sea. Por esto siempre estamos más predispuestos a escuchar a quienes nos digan exactamente lo que queremos oír. La prueba de esto está en cualquier quiosco. Se venden ejemplares de cada grupo editorial. Se habla de perfiles de lectores... Frente a una misma noticia, los diferentes diarios cuentan sus verdades, en ocasiones incluso de forma opuesta o contradictoria entre ellos, según la mano que los alimente, los poderes que los favorezcan o la línea editorial predeterminada, y cada lector cree lo que quiere creer. Prefiero no dar ejemplos... Y esto es así hasta en algo tan trivial (aunque mueve montañas) como la prensa deportiva, donde el "forofismo" de los periodistas llega al paroxismo y es ya la pauta dominante.

La historia de la que forma parte el texto bíblico que cité al comienzo es paradigmática de lo que trato de contar. Recomiendo que os leáis el capítulo 18 completo (del 2º libro de las Crónicas) porque, además de ser bastante entretenido, gracioso e instructivo, no tiene desperdicio. Micaías, conociendo a Acab, le llega a decir exactamente lo que quiere oír, aun sabiendo que no es cierto. Pero Acab se da cuenta precisamente de que no le dice la verdad. El texto escrito (al no ser un registro sonoro) no puede recoger ni la entonación ni el tono o timbre de voz que debió de usar el profeta. Yo imagino que sonaría como una letanía desganada, repetitiva y forzada, que revelaba por su forma mucho más que por su contenido. ¡Qué sentido del humor el de Micaías en una situación tan comprometida! ¡Y qué soberano cabreo el de Acab por la manifiesta tomadura de tupé!

Estoy seguro de que Micaías hubiera sido un digno periodista.