(etapa 19.13)
Recordé una noche pasada en vela. Recordé a dos envueltos por la noche, de un lado a otro, bajo las estrellas. Dos insomnes. Dos que ríen, se abrazan, se besan. Dos que pasean, dos que toman algo aquí, dos que dialogan allí. Dos que deslizan su pasión por las horas de oscuridad.
Recordé un amanecer en la playa. Recordé la tibieza del sol naciente, sustituyendo el frescor de la madrugada. Recordé tu mirada, llenos tus párpados de cansancio, llenas tus pupilas de fragmentos de sol.
El sonido suave de las olas en la orilla, el graznar de aves marinas, el olor de la brisa que jugaba con tu pelo. Tu cuerpo se tendió sobre la arena y contemplaste el cielo. Vuelo de gaviotas rodeando la estela de un avión.
Recordé esa larga cicatriz de sangre dorada en la carne azul. El bisturí que iba abriendo la brecha en el éter era el mismo que en ese instante la estaba abriendo en tu mente, separándote del lugar en que estabas, separándote de mí, separándome de ti.
Recordé que horas después, en un aeropuerto, estaba desgarrándome contra la áspera corteza de una despedida.
Y quedó grabada en mí la textura de ese recuerdo.
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domingo, 14 de abril de 2013
lunes, 18 de febrero de 2013
inercias
(etapa 10.13)
Hace algo más de un par de días que me noto sumido en el silencio. En el silencio virtual, quiero decir. Quizás sea para compensar otros excesos de palabras en el mundo real. Es como si el cupo de palabras que hubiera que repartir entre ambos mundos fuera constante y lo que se sumara en uno hubiera que restarlo en el otro. Al menos, así es en mi caso. Las palabras consumen tiempo y energías (algunas también pueden ser fuente de energía, permitiendo aliviar y renovar los ciclos), y tanto el tiempo como la energía son limitados y deben repartirse entre todas las experiencias que se es capaz de abarcar, sin posibilidad de desdoblarse.
Lo extraño, empero, es que hoy no he cumplido con ninguna cuota de palabras, ni en lo real ni en lo virtual. Será que también hay que repartir esfuerzos con los pensamientos, con las ideas, con las preocupaciones o con los anhelos... Todo se cobra su peaje de energías vitales y de tiempo disponible. Lo que sí he notado es la renuencia a romper el sosiego de lo no pronunciado. Es la inercia del silencio. En definitiva, parece que se trata de la inercia de una gran masa. Es erróneo pensar que los silencios están hechos de vacíos, como si apenas se tratara de livianos entes, esencias etéreas. Al contrario: los hay que se forman de lo inefable, los hay muy elocuentes, los hay intensísimos y también los hay capaces de abarcar todo lo que se puede llegar a imaginar.
Y creo que hoy estoy viviendo uno de estos silencios.
Estaba.
Tenía que decirlo.
"Le businessman ouvrit la bouche mais ne trouva rien à répondre, et le petit prince s'en fut".
(Antoine de Saint-Exupéry, "Le Petit Prince")
Hace algo más de un par de días que me noto sumido en el silencio. En el silencio virtual, quiero decir. Quizás sea para compensar otros excesos de palabras en el mundo real. Es como si el cupo de palabras que hubiera que repartir entre ambos mundos fuera constante y lo que se sumara en uno hubiera que restarlo en el otro. Al menos, así es en mi caso. Las palabras consumen tiempo y energías (algunas también pueden ser fuente de energía, permitiendo aliviar y renovar los ciclos), y tanto el tiempo como la energía son limitados y deben repartirse entre todas las experiencias que se es capaz de abarcar, sin posibilidad de desdoblarse.
Lo extraño, empero, es que hoy no he cumplido con ninguna cuota de palabras, ni en lo real ni en lo virtual. Será que también hay que repartir esfuerzos con los pensamientos, con las ideas, con las preocupaciones o con los anhelos... Todo se cobra su peaje de energías vitales y de tiempo disponible. Lo que sí he notado es la renuencia a romper el sosiego de lo no pronunciado. Es la inercia del silencio. En definitiva, parece que se trata de la inercia de una gran masa. Es erróneo pensar que los silencios están hechos de vacíos, como si apenas se tratara de livianos entes, esencias etéreas. Al contrario: los hay que se forman de lo inefable, los hay muy elocuentes, los hay intensísimos y también los hay capaces de abarcar todo lo que se puede llegar a imaginar.
Y creo que hoy estoy viviendo uno de estos silencios.
Estaba.
Tenía que decirlo.
lunes, 21 de enero de 2013
crónicas esquimales
(etapa 04.13)
¿Te has dado cuenta? Desfallecen las alegrías y las aflicciones, se agotan las ilusiones y las amarguras, hasta que no queda nada. Los sentimientos han decidido retirarse a los cuarteles de invierno, ahora que arrecia este frío glacial. Estoy seguro de que ha sido a causa del frío. Sí, es el sello de la frialdad, perdida toda sensación en el cuerpo y entumecido todo nervio. Ni siquiera el dolor se ha quedado. Ya solo permanece el frío.
El frío, nuestro frío, está hecho de una mezcla de abandono, de vacíos, de incomprensión y de fatiga.
Dijo Paul Valéry que una obra de arte no se termina nunca, sino que se abandona. Tú y yo teníamos dos opciones: renunciar a la obra de arte o abandonarla una vez que sospecháramos que empezaba a desnaturalizarse. En nuestra insistencia por autoengañarnos, hemos sido muy tercos para lo primero y reacios a lo segundo. Pero el frío nos ha sorprendido en la duda. La desnaturalización provocó la muerte y la muerte trajo el frío. Qué mal se me dan los finales. Como a ti, lo sé.
Cuando hay que terminar algo, escribes un punto. Punto y final. Empero, la duda (¡otra vez!) puede contigo y añades un par de puntos más, en hilera. Y transformas el punto final en puntos suspensivos. ¿Por qué me haces esto? Ahora permaneceré vagando en el vacío inmenso que separa un punto de otro punto... de otro punto... inalcanzables... soñando que quizás no es un final, sospechando que queda un resquicio para la esperanza. Pero no.
Empecé a enviar mensajes en botellas. Era divertido. Imaginaba los destinos, la sonrisa en tu cara al recibirlos, allá donde te encontraras. La corriente marina, caprichosa, llevaría esos mensajes hasta ti, no sé cómo, aunque tampoco me preocupaba mucho el misterio. Y llegó de nuevo el vacío...
Entonces pensé que te habías alejado tanto que las botellas ya no eran capaces de llegar hasta ti. A partir de entonces me fui especializando en el diseño de las botellas. Me convertí en un experto en botellas. Cuidé muy bien la composición del vidrio, las formas, la resistencia para soportar un viaje tan largo, las embestidas de las olas o incluso los choques contra los arrecifes. Ahora las botellas llegarían lo más lejos posible y ya no habría un lugar tan lejano al que pudieras ir sin que mis botellas lograran alcanzarlo. Insensato de mí... El tiempo dedicado a las botellas consumió el tiempo que dedicaba a los mensajes. Las últimas botellas partieron vacías.
En el mismo instante en que empezaba todo, comprendí cómo empezó todo. Todo empieza con un puñado de nada. Parece un juego de palabras, pero es real. Lo comprendí aquel día en que nos mirábamos a los ojos mientras conversábamos y toda la energía del cosmos, y toda su materia hecha invisible, se concentró en el espacio entre tú y yo. Todo lo que existía a nuestro alrededor, hasta el confín del universo, fue devorado por la atractiva fuerza gravitatoria de esa supermasa que generamos en medio de nosotros. Se desvaneció el resto del mundo y de los demás mundos, aun los desconocidos. Fue entonces cuando comprendí cómo empezó todo. Igual que un big-crunch que da paso a un big-bang, gracias a esa partícula infinitesimal que sirve como singularidad, como punto de inflexión. Tú también la viste, tú también estabas allí contemplando el prodigio.
Pero ahora ya no estás aquí para volver a explicármelo. Y yo he dejado de comprender los secretos de la materia y la energía. La nada actual es un sinónimo de incomprensión.
Estoy cansado. Me parece escuchar un eco fastidioso. Cada uno repite lo que todo el mundo dice. Y, sin embargo, se creen que son originales. Una y otra vez las mismas cosas afuera y el mismo hastío adentro.
Necesito proseguir mi viaje. No es una huida, no se trata de hacer kilómetros... Se trata de vivir en movimiento, para que no me alcance el eco de las cosas vanas. Moverse, recuperar la energía, reconquistar el calor suficiente para poner fin a esta etapa invernal.
El recuerdo de tu soplo gélido se desvanecerá un día y dejarás de ser mi reina de las nieves.
Y lo peor ya habrá pasado.
El frío,
¿de dónde viene,
oh, espantapájaros?
(Kobayashi Issa, 1763-1827)
¿Te has dado cuenta? Desfallecen las alegrías y las aflicciones, se agotan las ilusiones y las amarguras, hasta que no queda nada. Los sentimientos han decidido retirarse a los cuarteles de invierno, ahora que arrecia este frío glacial. Estoy seguro de que ha sido a causa del frío. Sí, es el sello de la frialdad, perdida toda sensación en el cuerpo y entumecido todo nervio. Ni siquiera el dolor se ha quedado. Ya solo permanece el frío.
El frío, nuestro frío, está hecho de una mezcla de abandono, de vacíos, de incomprensión y de fatiga.
Dijo Paul Valéry que una obra de arte no se termina nunca, sino que se abandona. Tú y yo teníamos dos opciones: renunciar a la obra de arte o abandonarla una vez que sospecháramos que empezaba a desnaturalizarse. En nuestra insistencia por autoengañarnos, hemos sido muy tercos para lo primero y reacios a lo segundo. Pero el frío nos ha sorprendido en la duda. La desnaturalización provocó la muerte y la muerte trajo el frío. Qué mal se me dan los finales. Como a ti, lo sé.
Cuando hay que terminar algo, escribes un punto. Punto y final. Empero, la duda (¡otra vez!) puede contigo y añades un par de puntos más, en hilera. Y transformas el punto final en puntos suspensivos. ¿Por qué me haces esto? Ahora permaneceré vagando en el vacío inmenso que separa un punto de otro punto... de otro punto... inalcanzables... soñando que quizás no es un final, sospechando que queda un resquicio para la esperanza. Pero no.
Empecé a enviar mensajes en botellas. Era divertido. Imaginaba los destinos, la sonrisa en tu cara al recibirlos, allá donde te encontraras. La corriente marina, caprichosa, llevaría esos mensajes hasta ti, no sé cómo, aunque tampoco me preocupaba mucho el misterio. Y llegó de nuevo el vacío...
Entonces pensé que te habías alejado tanto que las botellas ya no eran capaces de llegar hasta ti. A partir de entonces me fui especializando en el diseño de las botellas. Me convertí en un experto en botellas. Cuidé muy bien la composición del vidrio, las formas, la resistencia para soportar un viaje tan largo, las embestidas de las olas o incluso los choques contra los arrecifes. Ahora las botellas llegarían lo más lejos posible y ya no habría un lugar tan lejano al que pudieras ir sin que mis botellas lograran alcanzarlo. Insensato de mí... El tiempo dedicado a las botellas consumió el tiempo que dedicaba a los mensajes. Las últimas botellas partieron vacías.
En el mismo instante en que empezaba todo, comprendí cómo empezó todo. Todo empieza con un puñado de nada. Parece un juego de palabras, pero es real. Lo comprendí aquel día en que nos mirábamos a los ojos mientras conversábamos y toda la energía del cosmos, y toda su materia hecha invisible, se concentró en el espacio entre tú y yo. Todo lo que existía a nuestro alrededor, hasta el confín del universo, fue devorado por la atractiva fuerza gravitatoria de esa supermasa que generamos en medio de nosotros. Se desvaneció el resto del mundo y de los demás mundos, aun los desconocidos. Fue entonces cuando comprendí cómo empezó todo. Igual que un big-crunch que da paso a un big-bang, gracias a esa partícula infinitesimal que sirve como singularidad, como punto de inflexión. Tú también la viste, tú también estabas allí contemplando el prodigio.
Pero ahora ya no estás aquí para volver a explicármelo. Y yo he dejado de comprender los secretos de la materia y la energía. La nada actual es un sinónimo de incomprensión.
Estoy cansado. Me parece escuchar un eco fastidioso. Cada uno repite lo que todo el mundo dice. Y, sin embargo, se creen que son originales. Una y otra vez las mismas cosas afuera y el mismo hastío adentro.
Necesito proseguir mi viaje. No es una huida, no se trata de hacer kilómetros... Se trata de vivir en movimiento, para que no me alcance el eco de las cosas vanas. Moverse, recuperar la energía, reconquistar el calor suficiente para poner fin a esta etapa invernal.
El recuerdo de tu soplo gélido se desvanecerá un día y dejarás de ser mi reina de las nieves.
Y lo peor ya habrá pasado.
domingo, 9 de diciembre de 2012
cuadrando el círculo
(todavía más pensamientos desde el retiro)
Un ser humano, visto desde fuera, revela una aparente simetría. Por dentro es otra cosa: un estómago de un lado y un hígado del otro, el páncreas también fuera del eje, un pulmón algo más pequeño que el otro para alojar al corazón, que se reclina ligeramente sobre el lado izquierdo... estos detalles del diseño. A nivel mental, también cada hemisferio del cerebro controla distintas áreas del intelecto. Simplificando mucho, el derecho es el emocional, el izquierdo el racional. Además, la destreza que se tiene con las extremidades de la parte derecha o izquierda tampoco es la misma. En resumen: simetría de pacotilla. Ahora bien, envuelves todo esto y al exterior sí que parece bastante simétrico.
Pocas cosas escapan a la percepción más aguda. Y si se trata de percibir, el cerebro no descansa de esta tarea. A nivel consciente, puedes pensar que no es importante. Pero, inconscientemente, tu cerebro te sugerirá que las personas te van a resultar más atractivas cuanto más simétricas las percibas. Así es esto. Luego, puedes hacer caso o no, pero él insistirá pese a todo.
Vaya rollo con la simetría. Puede parecer poco importante, pero ahora pienso en una cosa... Si una de ambas piernas es un poco más larga que la otra (algo prácticamente imperceptible, pero que -si se miden con precisión las dos- se puede verificar que sí lo es), esto quiere decir que en una larguísima caminata sin referencias se acabaría dando vueltas en círculo, porque la zancada que se dé con una pierna será un poquito más larga que la que se dé con la otra.
No sé, no sé... creo que al final hay demasiadas personas caminando en círculo. Yo mismo me he preguntado alguna vez: ¿qué hago de nuevo aquí? Uno esperaría ir avanzando, pero de repente se encuentra con que no ha sido así. Se repite una situación, un panorama, como en un déjà vu. Extrañas vidas paramnésicas.
Tal vez la clave de la repetición esté en esa pérdida de referencias. Por ejemplo: un desierto es un lugar con muy pocas referencias. El cielo es azul y en él solo hay un sol (ardiente y asfixiante, por cierto) que, durante el día, se mueve de este a oeste y en el hemisferio norte alcanza su cénit hacia el sur. Al mediodía, para más datos. Pero eso es todo. El resto, abajo en el suelo, son dunas y más dunas. Cambiantes e imposibles de memorizar. No hay más información. Qué fácil es perderse. Aunque decidieras caminar en línea recta para llegar a algún sitio, lo que sucedería es que, sin brújula, acabarías trazando círculos en el desierto, en un mar de arena sin referencias.
Así van pasando los días, procurando aferrarse a algún pormenor, siguiendo los hitos del camino, buscando las claves, tratando de cuadrar una trayectoria curva, intentando avanzar y llegar a algún puerto de reposo. O eso o llenar de círculos el solitario vacío de los desiertos de la vida.
Un ser humano, visto desde fuera, revela una aparente simetría. Por dentro es otra cosa: un estómago de un lado y un hígado del otro, el páncreas también fuera del eje, un pulmón algo más pequeño que el otro para alojar al corazón, que se reclina ligeramente sobre el lado izquierdo... estos detalles del diseño. A nivel mental, también cada hemisferio del cerebro controla distintas áreas del intelecto. Simplificando mucho, el derecho es el emocional, el izquierdo el racional. Además, la destreza que se tiene con las extremidades de la parte derecha o izquierda tampoco es la misma. En resumen: simetría de pacotilla. Ahora bien, envuelves todo esto y al exterior sí que parece bastante simétrico.
Pocas cosas escapan a la percepción más aguda. Y si se trata de percibir, el cerebro no descansa de esta tarea. A nivel consciente, puedes pensar que no es importante. Pero, inconscientemente, tu cerebro te sugerirá que las personas te van a resultar más atractivas cuanto más simétricas las percibas. Así es esto. Luego, puedes hacer caso o no, pero él insistirá pese a todo.
Vaya rollo con la simetría. Puede parecer poco importante, pero ahora pienso en una cosa... Si una de ambas piernas es un poco más larga que la otra (algo prácticamente imperceptible, pero que -si se miden con precisión las dos- se puede verificar que sí lo es), esto quiere decir que en una larguísima caminata sin referencias se acabaría dando vueltas en círculo, porque la zancada que se dé con una pierna será un poquito más larga que la que se dé con la otra.
No sé, no sé... creo que al final hay demasiadas personas caminando en círculo. Yo mismo me he preguntado alguna vez: ¿qué hago de nuevo aquí? Uno esperaría ir avanzando, pero de repente se encuentra con que no ha sido así. Se repite una situación, un panorama, como en un déjà vu. Extrañas vidas paramnésicas.
Tal vez la clave de la repetición esté en esa pérdida de referencias. Por ejemplo: un desierto es un lugar con muy pocas referencias. El cielo es azul y en él solo hay un sol (ardiente y asfixiante, por cierto) que, durante el día, se mueve de este a oeste y en el hemisferio norte alcanza su cénit hacia el sur. Al mediodía, para más datos. Pero eso es todo. El resto, abajo en el suelo, son dunas y más dunas. Cambiantes e imposibles de memorizar. No hay más información. Qué fácil es perderse. Aunque decidieras caminar en línea recta para llegar a algún sitio, lo que sucedería es que, sin brújula, acabarías trazando círculos en el desierto, en un mar de arena sin referencias.
Así van pasando los días, procurando aferrarse a algún pormenor, siguiendo los hitos del camino, buscando las claves, tratando de cuadrar una trayectoria curva, intentando avanzar y llegar a algún puerto de reposo. O eso o llenar de círculos el solitario vacío de los desiertos de la vida.
Equipaje:
miedos,
percepciones,
razonamientos,
soledad,
tiempo,
viaje,
vida
miércoles, 20 de junio de 2012
aire
(tratando de ver el paisaje desde una perspectiva distinta)
Dice la narración del Génesis que, en el momento en que el Creador formó al ser humano con la misma materia de la que estaba hecha la Tierra, lo primero que hizo fue soplar en él su aliento, para que ese cuerpo inerte tuviera vida. Una primera respiración. Y sucede que la vida de las personas se parece demasiado a un estado gaseoso, a un vapor, a una sustancia etérea casi impalpable, un algo que apenas tiene gravedad... Empero, leves variaciones de peso, prácticamente imperceptibles, pueden llevarlas hacia las estrellas o a sucumbir en el suelo.
Se viaja por la vida igual que si se tratara de globos aerostáticos. Fluctuando, arriba y abajo, mecidos por olas del cielo, empujados por vientos que trazan caminos en la atmósfera, como corrientes en el mar.
Hay días en que se calienta el aire que llena mi interior, alguien o algo lo logra, y entonces siento que puedo volar libre y sin cargas, o incluso me veo capaz de arrastrar todas esas cargas en una sobrecogedora ascensión, sin resentirme por el equipaje. Otros días, como los recientes, mi fluido interior se enfría de súbito, quizás no exista un motivo aparente, una causa reconocible, y entonces no soy capaz de despegar (o despegar-me) del terreno del que un día nos emancipamos todos por aquel aliento primigenio. Es posible que el duro azote de vientos gélidos haya comprimido mi aire, lo haya hecho más denso, más pesado. Plúmbeo espíritu, ánimo gris, precipitándose...
Y es ahora aire retenido a ras de suelo, en una superficie pantanosa de aguas estancadas y arenas movedizas. Un lugar donde acaba marchitándose todo aliento de los vivos y donde se abre una sima en la que hundirse cada vez más. Este no es el hogar de mi aire, no puede serlo. En cambio, es vivienda de miasmas, de espectros sulfúreos, de vapores espesos y cargantes, de todo efluvio que hace de plomada y lastre de los sueños.
El aire se convulsiona, envenenado, retorciéndose como la llama de una vela amenazada de extinción por el zarandeo del viento. Hay que abandonar el abismo, salir del pozo. Hay que calentarse, hay que agitar el aire que llena lo que es apenas una corteza, hay que provocar el sutil juego de convección. Templarse, entibiarse, excitarse, avivarse, enfervorizarse...
(sin embargo, abrirse una lata de cariño en conserva puede ser un alimento bastante pobre para entrar en calor)
Por fin, cuando me vea otra vez remontando, pensaré que solo se trata de aire caliente.
"Aire. Soñé por un momento que era aire:
oxígeno, nitrógeno y argón, sin forma definida ni color.
Fui aire, volador".
(José María Cano, Mecano, "Aire")
Se viaja por la vida igual que si se tratara de globos aerostáticos. Fluctuando, arriba y abajo, mecidos por olas del cielo, empujados por vientos que trazan caminos en la atmósfera, como corrientes en el mar.
Hay días en que se calienta el aire que llena mi interior, alguien o algo lo logra, y entonces siento que puedo volar libre y sin cargas, o incluso me veo capaz de arrastrar todas esas cargas en una sobrecogedora ascensión, sin resentirme por el equipaje. Otros días, como los recientes, mi fluido interior se enfría de súbito, quizás no exista un motivo aparente, una causa reconocible, y entonces no soy capaz de despegar (o despegar-me) del terreno del que un día nos emancipamos todos por aquel aliento primigenio. Es posible que el duro azote de vientos gélidos haya comprimido mi aire, lo haya hecho más denso, más pesado. Plúmbeo espíritu, ánimo gris, precipitándose...
Y es ahora aire retenido a ras de suelo, en una superficie pantanosa de aguas estancadas y arenas movedizas. Un lugar donde acaba marchitándose todo aliento de los vivos y donde se abre una sima en la que hundirse cada vez más. Este no es el hogar de mi aire, no puede serlo. En cambio, es vivienda de miasmas, de espectros sulfúreos, de vapores espesos y cargantes, de todo efluvio que hace de plomada y lastre de los sueños.
El aire se convulsiona, envenenado, retorciéndose como la llama de una vela amenazada de extinción por el zarandeo del viento. Hay que abandonar el abismo, salir del pozo. Hay que calentarse, hay que agitar el aire que llena lo que es apenas una corteza, hay que provocar el sutil juego de convección. Templarse, entibiarse, excitarse, avivarse, enfervorizarse...
(sin embargo, abrirse una lata de cariño en conserva puede ser un alimento bastante pobre para entrar en calor)
Por fin, cuando me vea otra vez remontando, pensaré que solo se trata de aire caliente.
martes, 15 de mayo de 2012
hálito
(visitando el bosque de bambú)
La brisa de la tarde rumorea entre los tallos huecos y las briznas de hierba. Viene de donde quiere, va hacia donde quiere. Nunca se sabe.
Indiscreta, juega con la ropa y los cabellos. Juguetona, acaricia el rostro.
Le respondo con otra caña, la única manera de convertir en dulce melodía el fuego indómito que ruge en mi interior. Vapores mezclados en el viento. Susurran ambos.
Mi aliento inunda la flauta. Se introduce desde la embocadura, se agita, se retuerce, traza remolinos, se emociona en el interior del tubo. Luego, escapa de su alma, tan cálida, y expira en la tibieza del bosque. Se diluye en el éter.
Y es en el momento en que muere, el instante definitivo, cuando alcanza la belleza y encuentra el sentido de su efímera existencia.
"Sentado solo, en el bosque de bambú,
toco el laúd, silbo largo tiempo.
Al bosque profundo la gente no lo conoce,
la luna brillante viene y acerca su claridad".
(Wang Wei, 699-759)
La brisa de la tarde rumorea entre los tallos huecos y las briznas de hierba. Viene de donde quiere, va hacia donde quiere. Nunca se sabe.
Indiscreta, juega con la ropa y los cabellos. Juguetona, acaricia el rostro.
Le respondo con otra caña, la única manera de convertir en dulce melodía el fuego indómito que ruge en mi interior. Vapores mezclados en el viento. Susurran ambos.
Mi aliento inunda la flauta. Se introduce desde la embocadura, se agita, se retuerce, traza remolinos, se emociona en el interior del tubo. Luego, escapa de su alma, tan cálida, y expira en la tibieza del bosque. Se diluye en el éter.
Y es en el momento en que muere, el instante definitivo, cuando alcanza la belleza y encuentra el sentido de su efímera existencia.
miércoles, 9 de mayo de 2012
cuando sopla el viento
(área de descanso nº 180)
Tres días después
Asunto: Falta algo
Querido Leo:
Cuando pasan tres días sin que me escriba, siento dos cosas: 1) me extraña mucho, 2) echo en falta algo.
Ambas cosas son desagradables. ¡Póngales remedio!
Cuando pasan tres días sin que me escriba, siento dos cosas: 1) me extraña mucho, 2) echo en falta algo.
Ambas cosas son desagradables. ¡Póngales remedio!
Emmi
(Daniel Glattauer, "Contra el viento del norte")
No es muy tarde y la noche está deliciosa para pasear, engalanada para la ocasión: agradable temperatura, una suave brisa que lleva a cada lugar la fragancia marina, las luces de la ciudad invitando a recorrerla y toda una gama de sonidos como susurros de sirena que atraen hacia los escollos a marineros ya privados de cordura. Antes de salir, me repaso ante el espejo unos instantes. Algún retoque y todo perfecto. Arreglado pero informal, informal pero arreglado. Espera... No voy a llevar esta casaca de cuero. Hoy no. No me acabo de ver. Mejor esa chaqueta de cuadro inglés. Sí, combina mejor con esta camisa. Además, le voy a poner ese pañuelo verde en el bolsillo del pecho. Queda bien, sí. Ahora creo que ya estoy listo. ¿Dónde he dejado el móvil? Ajá, ahí está. Pero... ¿y este libro aquí? Ya lo había olvidado por completo. Creo que nunca terminé de leerlo, no sé por qué. Bueno, me lo llevo. En alguna terraza podré dedicar unos minutos a la lectura mientras disfruto de esta noche tan fragante. Dan ganas de beberse el aire a sorbos.
Envuelto ya en el ambiente de las calles, qué bien sienta la caricia del céfiro. Es vivificante, intenso, balsámico. Camino aún sin rumbo definido, recorriendo el paseo marítimo y, a mi izquierda, la gran extensión salada ahora teñida de noche. Bulle la ciudad, surcada de vehículos y rebosante de destellos polícromos. Y mucha gente en medio del borboteo urbano. Me interno en un laberinto de callejuelas y acabo cerca de unos jardines. Se hacen notar un par de muchachas, que se acercan repartiendo sonoras risotadas a quienes se cruzan en su camino. Cuando llegan hasta mí, una de ellas arranca una flor de un camelio del parque y la coloca en la solapa de mi chaqueta. Más risas y un hasta luego, guapo, demasiado trabado y suficientemente cerca de mi cara como para notar que se ha pasado con las cervezas. Cambio el chip. Me siento en un banco en una zona bien iluminada y por instinto abro el libro, buscando la página donde terminó mi lectura. Vaya, ni siquiera recuerdo que lo estuviera leyendo... Una diminuta gota cae en una página. Y aun otra más. El viento se ha hecho algo más fuerte, las nubes han cubierto el cielo y ahora amenazan lluvia. Todavía no se decide a llover, pero será mejor que busque un lugar donde cobijarme. No sé dónde. Quizás ahí mismo, en esa cafetería. Parece agradable. Entro y está casi vacía. Apenas media docena de clientes, media docena de islas en las que no reparo. Me siento cerca del ventanal y dejo el libro sobre la pequeña mesa de dos plazas que acabo de ocupar, mientras espero la visita del camarero. Poco después, alguien me toca en la espalda un par de veces seguidas. Me giro un poco y se trata de una mujer de ojos turquesa y melancólica mirada. Una cascada ondulante de cabellos castaños encuentra reposo sobre sus hombros.
- Por fin has llegado -me dice-.
- Disculpa, ¿nos conocemos?
- Claro, tú debes de ser Leo. Yo soy Emmi.
- ¿Cómo sabes mi nombre? Yo no sé quién eres.
- Bueno, sí, no nos hemos visto hasta ahora, pero no me digas que no me conoces después de todo lo que hemos hablado.
- ¡Pero si es la primera vez que escucho tu voz!
- No, me refiero a nuestras charlas en la red, a los mails... Ya sabes.
- No, no sé. Creo que te equivocas -mis sensaciones serían las mismas si alguien me estuviera gastando una extraña broma-. ¿Por qué piensas que soy la persona que estabas esperando?
- ¿Cómo no reconocerte? Los detalles pactados: vienes con el pañuelo verde en el bolsillo, una camelia blanca en la solapa, traes "Contra el viento del norte", nuestro libro, ¡ay, todas esas coincidencias que nos hacían estremecer! y estás aquí, en el Suisse, tal y como habíamos quedado. Nuestra primera cita real. ¿No recuerdas?
- No. ¿Cómo quieres que lo recuerde?
- Quizás es porque ya ha pasado demasiado tiempo. Te estoy esperando desde hace 7 años, 3 meses y 17 días. El camarero me repitió muchas veces que no vendrías, que no merecía la pena seguir esperando. Pero yo estaba convencida de que, al fin, llegarías. Y aquí estás.
![]() |
| Edward Hopper: "Automat", 1927 (fragmento) |
sábado, 3 de marzo de 2012
pilar de sal
(área de descanso nº 171)
Una pequeña barquita abandona la serenidad del puerto. Su tripulante mueve los remos para impulsar esa cáscara de nuez en la bahía. Por un instante pienso en la perspectiva del pescador: de espaldas al avance, bogando brioso mientras contempla, cada vez más lejanos, cada vez más diminutos, los muelles de los que partió con su embarcación.
Cuánta nostalgia se puede concentrar en una imagen.
Quizás es eso la vida misma. Un adentrarse en un incierto océano, un aventurarse sin poder ver el camino futuro, aún no trazado en las aguas de la existencia, a bordo de la barquichuela del presente, avistando tan solo con la memoria la realidad ya pasada de la estela que se va dejando. Esa misma estela anclada a un lugar remoto donde se intenta encontrar algún sentido al todo.
Miro el mar y parece que siento su llamada. Y no comprendo cómo me llama a mí, que durante muchos años viví ignorando su presencia. Pero toda esa agua salada, con su vaivén, sus mareas, su oleaje, sus crestas, sus colores, sus jugueteos e incluso su lúgubre y monótono susurro, me resulta cautivadora. Tanto, que no me cuesta imaginar por qué hay quien me dice que toda la vida partió de ahí.
Si fue así, mucho hemos cambiado. No es lugar para la vida humana. No hay posibilidad de sobrevivir en ella, con estos pulmones, con este cuerpo. Estamos en conflicto: yo te robo y tú me robas. Incluso nos podemos robar la vida. Cada vez dudo más de que tuviéramos origen en tu cuna, tan desapacible, tan frígida, tan inclemente, tan adusta. Solo en mis sueños puede ser eso posible. En mis sueños. Donde todo es distinto, donde puedo respirar como un pez, donde no hace frío ni calor, donde nado sin esfuerzo...
¿Una reminiscencia del mar?
En la inmensidad azul, el náufrago vio una isla y buscó posar su pie en ella antes de ser tragado por el agua, tan blanda que no puede ser hollada. Buscó escapar a la muerte segura. Salvarse en tierra firme.
En la llanura de tierra solo habita el viento. La inmensidad azul es ahora el cielo que lo cubre todo. A veces viajan en él enormes nubes que avanzan pesadamente o se deshilachan jugando a ser otra cosa, vuelan aves solitarias, majestuosas, o también las hay que forman escuadrillas. Otras veces, el cielo no sostiene nada bajo su infinito y límpido techo cian. El viento rastrilla suelos ocres o mantos verdosos de pequeña vegetación. Quizás algún árbol se resista a su empuje, desafiándolo con su constancia. Pero de esa pugna tan solo brota música. El roce con cada terrón del suelo, con cada hierba, con cada rama mecida, es la sinfonía de la planicie.
Cuánta paz. Tanta paz, que llega a generar el vacío. Y se busca en el horizonte una isla para salvarse de la inmensidad vacía del océano de tierra, antes de ser tragado por él. Las islas son aquí colinas con rostro de eternidad, de mirada amable a la vez que misteriosa, con personalidad propia.
Y así sucedió que me enamoré de una montaña. La montaña que me salvó de la soledad del llano cuando escapaba de las tierras de su océano.
Reminiscencias del mar.
וַתַּבֵּ֥ט אִשְׁתֹּ֖ו מֵאַחֲרָ֑יו וַתְּהִ֖י נְצִ֥יב מֶֽלַח׃
"Y miró su mujer [de Lot] detrás de él y fue pilar de sal".
(Libro del Génesis, cap. 19: 26)
Una pequeña barquita abandona la serenidad del puerto. Su tripulante mueve los remos para impulsar esa cáscara de nuez en la bahía. Por un instante pienso en la perspectiva del pescador: de espaldas al avance, bogando brioso mientras contempla, cada vez más lejanos, cada vez más diminutos, los muelles de los que partió con su embarcación.
Cuánta nostalgia se puede concentrar en una imagen.
Quizás es eso la vida misma. Un adentrarse en un incierto océano, un aventurarse sin poder ver el camino futuro, aún no trazado en las aguas de la existencia, a bordo de la barquichuela del presente, avistando tan solo con la memoria la realidad ya pasada de la estela que se va dejando. Esa misma estela anclada a un lugar remoto donde se intenta encontrar algún sentido al todo.
*******
Miro el mar y parece que siento su llamada. Y no comprendo cómo me llama a mí, que durante muchos años viví ignorando su presencia. Pero toda esa agua salada, con su vaivén, sus mareas, su oleaje, sus crestas, sus colores, sus jugueteos e incluso su lúgubre y monótono susurro, me resulta cautivadora. Tanto, que no me cuesta imaginar por qué hay quien me dice que toda la vida partió de ahí.
Si fue así, mucho hemos cambiado. No es lugar para la vida humana. No hay posibilidad de sobrevivir en ella, con estos pulmones, con este cuerpo. Estamos en conflicto: yo te robo y tú me robas. Incluso nos podemos robar la vida. Cada vez dudo más de que tuviéramos origen en tu cuna, tan desapacible, tan frígida, tan inclemente, tan adusta. Solo en mis sueños puede ser eso posible. En mis sueños. Donde todo es distinto, donde puedo respirar como un pez, donde no hace frío ni calor, donde nado sin esfuerzo...
*******
¿Una reminiscencia del mar?
En la inmensidad azul, el náufrago vio una isla y buscó posar su pie en ella antes de ser tragado por el agua, tan blanda que no puede ser hollada. Buscó escapar a la muerte segura. Salvarse en tierra firme.
En la llanura de tierra solo habita el viento. La inmensidad azul es ahora el cielo que lo cubre todo. A veces viajan en él enormes nubes que avanzan pesadamente o se deshilachan jugando a ser otra cosa, vuelan aves solitarias, majestuosas, o también las hay que forman escuadrillas. Otras veces, el cielo no sostiene nada bajo su infinito y límpido techo cian. El viento rastrilla suelos ocres o mantos verdosos de pequeña vegetación. Quizás algún árbol se resista a su empuje, desafiándolo con su constancia. Pero de esa pugna tan solo brota música. El roce con cada terrón del suelo, con cada hierba, con cada rama mecida, es la sinfonía de la planicie.
Cuánta paz. Tanta paz, que llega a generar el vacío. Y se busca en el horizonte una isla para salvarse de la inmensidad vacía del océano de tierra, antes de ser tragado por él. Las islas son aquí colinas con rostro de eternidad, de mirada amable a la vez que misteriosa, con personalidad propia.
Y así sucedió que me enamoré de una montaña. La montaña que me salvó de la soledad del llano cuando escapaba de las tierras de su océano.
Reminiscencias del mar.
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| "De Profundis", Miguelanxo Prado |
"En la tumba del marinero
nunca florecen las rosas.
Son su única plegaria
las alas de las gaviotas,
y solo tiene por lápida
las lágrimas de su amada
que por su regreso llora.
En la tumba del marinero
solo florece la aurora".
(antigua canción alemana)
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miércoles, 11 de enero de 2012
de par en par
(área de descanso nº 164)
pareja amor-odio
La donna è mobile, qual piuma al vento, cantaba en Rigoletto el Duque de Mantua. Aunque creo que, sean señoras o señores, da lo mismo. Lo que nos hace así de mudables son las emociones tan dispares que se experimentan a lo largo del día. Tienen el gusto de agruparse en sentimientos y, a veces, esos paquetes sensibles pueden acabar encerrando afectos contradictorios hacia personas, animales, cosas o conceptos. Y se solapan unos y otros, predominando sobre su contrario según las circunstancias.
Con las semanitas que me ha dado blogger (y seguro que no he sido el único), he tenido ganas de largarle la patada y pirarme a la competencia. Pero imposible desentrañar todo el acopio de apegos que se han forjado durante años, por quienes están y por quienes ya no están, pero siguen siendo parte de todo esto.
Por más que mis comentarios terminen en las bandejas de spam de los correos de mis amigos, creo que seguiré celebrando cada encuentro, aun desde el silencio impuesto o desde las sombras, como ha tocado estar. Y seguiré conociendo a otros viajeros como se conoce a las personas en el mundo real: por un cruce de caminos, en que se ignora qué trayecto hay detrás y qué destino futuro se sigue. Pero deslumbrado en la intersección.
pares o nones
Un encuentro por sorpresa lleva implícito (precisamente) el impacto de lo inesperado. No podría ser de otro modo. Así fue que hace unos pocos días me encuentro, sin comerlo ni beberlo, con una amiga a la que no veía en años. Qué alegría, qué alboroto. Pero de verdad, nada fingido. Nos ponemos al día y nos reprochamos mutuamente porque no encontramos justificación válida para no haber mantenido el contacto en todo este tiempo. Al final, le echamos la culpa a la vida y tan campantes. Y nos hacemos el propósito de no volver a repetir este alejamiento.
También hay una sorpresa recíproca cuando nos contamos que seguimos solos. Quizás es que parece que la soledad es para bichos raros y que lo normal es emparejarse, así que nos quedamos hablando de nuestra escasa normalidad. Ella me dice que se considera bastante difícil (en el trato personal, se entiende) y yo respondo que lo mío también va por ahí. Entonces va y me dice que, cuando estás en pareja, a la persona que terminas conociendo de verdad y en profundidad no es tanto al otro sino a uno mismo. Y que se dio cuenta de que le gustaba tan poco lo que iba descubriendo, que decidió terminar la relación para no conocerse tanto. Pura cobardía, me confesó.
Bueno, de esto hace unos días, pero aún me cuesta dejar de pensar en ello.
el par desequilibrado
Era una de esas series que se podían ver en el canal autonómico, una de dibujos japos (esos que luego todo el mundo empezó a llamar mangas, como si fueran de confección de camisas) en que, capítulo tras capítulo, unos tipos cachas flotando en el aire se atizaban hostias como panes de lo lindo, lanzaban rayos y bolas de fuego por las manos, con las venas dilatadas y gritando a voz en cuello, y no sé cuántas cosas más. Bueno, yo la veía. Quitando las interminables puestas en escena, me tenía una gracia que ahora estas cosas ya no me tienen. Al grano: resulta que dos extraterrestres de pinta humana, un gigantón y otro más pequeño, se disponían a cargarse el planeta. Uno veía eso y se pensaba que el gigantón era el que cortaba el bacalao y el enano sería el que recogiera los trozos después de la masacre, como si fuera la mascota-llavero del otro. Pero eso era lo que el guionista quería que pensáramos, para pillar desprevenidos a los espectadores, por esas costumbres de fijarse en las apariencias y blablablá. Ahí, el que daba más fuerte y con más mala leche era el pequeñajo. El gigantón, mucho músculo y tal, pero al lado del compañero no tenía nada que hacer (de hecho, creo que el nano se lo acaba cargando, porque le estorbaba o le hizo sombra o le miró mal o vete a saber por qué).
Bueeeeeno, todo este rollo para decir que desde entonces he visto esto demasiadas veces en la vida real. Excepto lo de que uno se cargue al otro. Pero lo del pequeñajo y el grandulón haciendo pareja es demasiado típico. Y no sé qué pasa, si es que al tipo enorme le entra complejo de guardaespaldas o qué, pero en realidad se comporta como la sombra del otro.
Ya sabéis: el poder está en los bajitos.
Y esto lo suelto yo, que mido 1'70, tiene guasa. El problema es que tengo vocación de lobo estepario. Digo yo que si me interesara eso de ser macho alfa, debería buscarme una manada de gigantones para probar esta teoría.
con un par
Vas por la calle y te topas con las cafeterías y restaurantes abarrotados. Los centros comerciales llenos de gente cargada de bolsas (oye, que son las rebajas, tonto el último). En toda la ciudad, vehículos por doquier, que por sus matrículas parecen muy nuevos y por sus diseños muy caros. Personas espléndidamente vestidas a derecha e izquierda, delante y detrás, enganchadísimas a sus smartphones. Y, sin embargo, quejándose y lloriqueando. Ahora estoy entre dos fuegos: A un lado, un tipo andrajoso en el suelo trata de cobijarse bajo unos cartones, en silencio. Al otro lado, unas señoras con cara de haber cenado bien y enfundadas en sus abrigos de pieles cacarean acerca de lo mal que están sus vidas y de que no saben adónde van a ir a parar. Ahí, señoras mías, con un par.
- Señora, me parece fantástico que se ponga el listón donde más le plazca, pero venir a restregárselo por la cara a este hombre resulta de mal gusto. Hay momento y oportunidad para cada cosa.
Le iba a decir. Pero no creo que lo hubiera entendido. Así que siguieron con su cocoricó al lado del indigente.
Tengo la sensación de que los que más vociferan son los que menos motivos tienen para hacerlo. Es una sensación, no sé si real o no, pero me chirría demasiado.
Si un día me levantara por la mañana y me diera cuenta de que he perdido un brazo, estaría tan cabreado que saldría a la calle a gritar mi desgracia a los cuatro vientos. El problema es que podría encontrarme en la calle con Nick Vujicic y eso me fastidiaría el plan. Yo no querría motivación para emerger, sino solo desahogarme.
*******
Hoy toca abrir mi ventana de par en par. No tanto para que entre el aire de fuera, sino para que una paloma mensajera le lleve un abrazo a alguien que quiero en un día muy especial.
Felicidades, papi.
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martes, 27 de septiembre de 2011
tres son multitud
(área de descanso nº 149)
Es una habitación de gruesos muros de hormigón armado, cascarón grisáceo, a veces búnker y a veces mazmorra. Es un juego de alas de pájaro batiendo hacia alguna parte, surcando un aire inmaterial hacia un distante horizonte de bosques, montañas o nubes. Es una mirada sin ojos, una palabra sin boca, un beso sin labios, una caricia sin manos. Es un punto perdido en un cielo ciánico, una forma imaginaria y cambiante, un garabato pintado con el pensamiento en el lienzo celeste. Es una lágrima escurrida y su reguero salino. Es un pesar en los párpados. Es una alegría sin motivo.
También es una hilera de pasos que no conducen a ninguna parte y una hilera de pasos que conducen al lugar preciso en que sucede nada o en que sucede todo. También es el rayo de un sol de invierno, que apenas es capaz de calentar el cuerpo pero que se curva como una sonrisa. También es la melodía que no invita a la danza y el terremoto que no se puede percibir en los pies. También es el abrazo del tronco del árbol convertido en banco en que reposar.
Es el silencio pétreo y plomizo que retumba en las paredes de mi mente. Es el hueco entre las palmas de las manos, unidas para atrapar la nada. Es el soplo a una semilla que volará hasta la tierra. Es la red de caminos que la lluvia deja en el mapa del vidrio de la ventana, dibujando barrotes en una celda en penumbra. Es el mismo aire que sabe distinto, gélido o sofocante, con un aroma de extraña libertad, apurado sorbo a sorbo, bocanada a bocanada. Es la multitud sin rostros, el desfile de autómatas, la fiesta de los maniquís.
Es la visión de la arena cayendo de mano a mano, un reloj de arena improvisado en cualquier playa besada por lenguas del mar.
Es el sonoro murmullo del río, quejándose por tener que pasar raudo, deslizándose sin pena ni gloria.
Es la pérdida de tu nombre en algún rincón de la memoria, con sus letras desencajadas.
Es el desgarro en la brizna de viento que no sabe peinar cabellos.
Es la nostalgia del olvido.
Es la soledad.
Me encuentro contigo en tantos lugares... Entre la muchedumbre, a la orilla del río, en la serena playa, hojeando un libro, paseando al atardecer, incluso esperándome cuando llego a casa.
Qué difícil resulta abandonar tu constante compañía.
Pero hoy eres tú quien me deja por otro.
También es una hilera de pasos que no conducen a ninguna parte y una hilera de pasos que conducen al lugar preciso en que sucede nada o en que sucede todo. También es el rayo de un sol de invierno, que apenas es capaz de calentar el cuerpo pero que se curva como una sonrisa. También es la melodía que no invita a la danza y el terremoto que no se puede percibir en los pies. También es el abrazo del tronco del árbol convertido en banco en que reposar.
Es el silencio pétreo y plomizo que retumba en las paredes de mi mente. Es el hueco entre las palmas de las manos, unidas para atrapar la nada. Es el soplo a una semilla que volará hasta la tierra. Es la red de caminos que la lluvia deja en el mapa del vidrio de la ventana, dibujando barrotes en una celda en penumbra. Es el mismo aire que sabe distinto, gélido o sofocante, con un aroma de extraña libertad, apurado sorbo a sorbo, bocanada a bocanada. Es la multitud sin rostros, el desfile de autómatas, la fiesta de los maniquís.
Es la visión de la arena cayendo de mano a mano, un reloj de arena improvisado en cualquier playa besada por lenguas del mar.
Es el sonoro murmullo del río, quejándose por tener que pasar raudo, deslizándose sin pena ni gloria.
Es la pérdida de tu nombre en algún rincón de la memoria, con sus letras desencajadas.
Es el desgarro en la brizna de viento que no sabe peinar cabellos.
Es la nostalgia del olvido.
Es la soledad.
Me encuentro contigo en tantos lugares... Entre la muchedumbre, a la orilla del río, en la serena playa, hojeando un libro, paseando al atardecer, incluso esperándome cuando llego a casa.
Qué difícil resulta abandonar tu constante compañía.
Pero hoy eres tú quien me deja por otro.
martes, 2 de agosto de 2011
de lo pétreo
(área de descanso nº 140)
·····················································- ¿Por qué siempre haces lo mismo?
·····················································- ¿El qué?
·····················································- Huir sin decir nada.
·····················································- ¿Y tú, por qué me sigues si estoy huyendo?
·············································································("Piedras", 2002, de Ramón Salazar)
A fuerza de hacernos los duros, acabamos por convertirnos en rocas.
No sé en qué momento tú y yo decidimos o supusimos que lo que debía esperar a su lado, el uno del otro, era la presencia tranquilizadora de una estatua de piedra, a manera de golem protector. Tampoco sé cuándo llegamos a convertirnos en esas inquebrantables figuras capaces de cargar sobre sus hombros todo sufrimiento que amenazara con destruirnos. La misión era resistir y salir victoriosos de cada embate.
¿Victoriosos?
Alguna vez vi cómo te hacía doblar la rodilla el efecto de un golpe durísimo. Alguna vez viste agrietarse mi coraza pétrea bajo la presión del momento. Pero seguimos fingiendo fortaleza, manteniendo el tipo, permaneciendo huecos bajo el cascarón. Simulando, como si nada malo pudiera ocurrir. No quisimos saber que eso iba a provocar el desmoronamiento definitivo, y seguimos adelante aunque solo fuera para no perder la confianza en nuestros refugios imaginarios...
¿Confianza?
La confianza se desvaneció entre las diaclasas. El roce constante con la piel de piedra, tan árida, tan rígida, no estaba escrito en aquel guión torpemente asumido de antemano. Y la sensación no prevista de frialdad, de muerte de las emociones, de vida no vivida, terminó por separarnos definitivamente. Aquellos no éramos realmente nosotros mismos. No nacimos para tener una esencia mineral. Y, a la espera de que nuestra débil carne sea aceptada, seguimos vagando y alejándonos más y más, igual que las rocas lo hacen en la profundidad de un espacio tan inmenso y tenebroso como puedas imaginar.
·····················································- ¿Por qué siempre haces lo mismo?
·····················································- ¿El qué?
·····················································- Huir sin decir nada.
·····················································- ¿Y tú, por qué me sigues si estoy huyendo?
·············································································("Piedras", 2002, de Ramón Salazar)
A fuerza de hacernos los duros, acabamos por convertirnos en rocas.
No sé en qué momento tú y yo decidimos o supusimos que lo que debía esperar a su lado, el uno del otro, era la presencia tranquilizadora de una estatua de piedra, a manera de golem protector. Tampoco sé cuándo llegamos a convertirnos en esas inquebrantables figuras capaces de cargar sobre sus hombros todo sufrimiento que amenazara con destruirnos. La misión era resistir y salir victoriosos de cada embate.
¿Victoriosos?
Alguna vez vi cómo te hacía doblar la rodilla el efecto de un golpe durísimo. Alguna vez viste agrietarse mi coraza pétrea bajo la presión del momento. Pero seguimos fingiendo fortaleza, manteniendo el tipo, permaneciendo huecos bajo el cascarón. Simulando, como si nada malo pudiera ocurrir. No quisimos saber que eso iba a provocar el desmoronamiento definitivo, y seguimos adelante aunque solo fuera para no perder la confianza en nuestros refugios imaginarios...
¿Confianza?
La confianza se desvaneció entre las diaclasas. El roce constante con la piel de piedra, tan árida, tan rígida, no estaba escrito en aquel guión torpemente asumido de antemano. Y la sensación no prevista de frialdad, de muerte de las emociones, de vida no vivida, terminó por separarnos definitivamente. Aquellos no éramos realmente nosotros mismos. No nacimos para tener una esencia mineral. Y, a la espera de que nuestra débil carne sea aceptada, seguimos vagando y alejándonos más y más, igual que las rocas lo hacen en la profundidad de un espacio tan inmenso y tenebroso como puedas imaginar.
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| "Pétreo", Marina Brusadin, 2009. Óleo, tríptico 30 x 90 |
domingo, 3 de abril de 2011
sonidos en el parque
(área de descanso nº 122)
Sentado en un banco de un pequeño y tranquilo parque de la ciudad, además del lugar, es el momento el que invita a un sosiego absoluto.
De pronto, una ligera brisa -indiscreta ella- trae hasta mis oídos confidencias que otros dos parecen intercambiar bastante cerca de donde me encuentro, a mi espalda. Como un acto reflejo al saberme inesperadamente acompañado, me giro levemente por la simple curiosidad de ver a quienes rompen la quietud del instante. Los veo. Ah, bien. Dos fijos del parque, siempre están aquí. Me vuelvo a mis asuntos.
Pero el viento me sigue trayendo sus palabras.
- Hola. Hace tiempo que me vengo fijando en ti, desde que apareciste por este lugar, pero aún no me había atrevido a decirte algo.
- Sí, ya veo... bueno, la verdad es que tú también habías atraído mi atención desde que llegué. Hay algo en tu aspecto que te hace destacar.
- Me halaga que me lo digas, pero no hay motivo para ello. Me considero tan normal y corriente...
- Ya no quedan muchos como tú. Te insisto en que me he fijado bastante.
- ¡Vaya, tan desconocidos y a la vez tan pendientes uno del otro!
- ...
- Es evidente que no eres de por aquí. Has venido de muy lejos, ¿no es cierto?
- No, no. Me crié no demasiado lejos de aquí. En otro ambiente, sí, aunque no en el de mi familia. Mi familia es de un lugar más exótico, eso sí es cierto.
- ¿Y qué te ha traído por estos andurriales?
- Heeeemmm... en fin... me han traído, claro... Con unas compañeras, aquí estamos para poner algo de vida en esta pequeña avenida. Nos han hecho creer que no valemos para otra cosa más que para... para alegrar la vista de los transeúntes. Mira, ahí las ves a ellas.
- Ajá, sí, ya las veo.
- Aquí nos sentimos algo extrañas, fuera de nuestro ambiente natural. Cuesta adaptarse: el clima, costumbres... la tierra... ya sabes.
- Entiendo, entiendo.
- ¿Y tú?
- Yo siempre he vivido aquí. ¿Ves todos estos grandes edificios? Nada de esto había antes. Con otros vecinos, llenábamos de vida el lugar. Ahora todo me parece muerto con tanta piedra artificial, tanto decorado.
- ¿Y tus vecinos ya no siguen aquí?
- No, ya ves. Fueron abandonando el lugar. No sé en qué acabaron metidos, no sé dónde pueden estar. Ya no sé nada de ellos. Lo único que sé es que, poco a poco, nuestra comunidad se fue disolviendo para dar paso a esta invasión de asfalto, cemento, ladrillos, acero y vidrio. Donde antes había hierba en abundancia y espacios libres, ahora hay moles que lo tapan todo. No lo vas a creer, pero ahí cerca pasaba un arroyuelo.
- ¿Aquí mismo? ¿Y qué ha pasado, se ha secado? ¿Qué han hecho con él?
- Está canalizado. Como todo: lo han rodeado de hormigón y así vestido lo han ocultado a la vista. Esas aguas ya no las vas a probar.
- Nunca entenderé esa aversión a lo vivo... ¿Tanto cuesta dejar las cosas como están y que sigan sus ciclos naturales?
- Lo llaman "progreso". Pero yo veo todo tan muerto, tan yermo, que me asusto. Por tratar de decir algo positivo, se me ocurre que...
- Dime...
- En fin, no es tan bueno para ti, que estás lejos de donde deberías estar, pero al menos así hemos podido conocernos.
- Es cierto.
- Y aquí mismo seguiremos viéndonos -pareció despedirse el olmo-.
- ...Y espero que sea por mucho tiempo -le contestó la palmera-.
"la forme d'une ville
change plus vite, hélas! que le coeur d'un mortel".
(Charles Baudelaire, "Le Cygne", Les fleurs du mal)
Sentado en un banco de un pequeño y tranquilo parque de la ciudad, además del lugar, es el momento el que invita a un sosiego absoluto.
De pronto, una ligera brisa -indiscreta ella- trae hasta mis oídos confidencias que otros dos parecen intercambiar bastante cerca de donde me encuentro, a mi espalda. Como un acto reflejo al saberme inesperadamente acompañado, me giro levemente por la simple curiosidad de ver a quienes rompen la quietud del instante. Los veo. Ah, bien. Dos fijos del parque, siempre están aquí. Me vuelvo a mis asuntos.
Pero el viento me sigue trayendo sus palabras.
- Hola. Hace tiempo que me vengo fijando en ti, desde que apareciste por este lugar, pero aún no me había atrevido a decirte algo.
- Sí, ya veo... bueno, la verdad es que tú también habías atraído mi atención desde que llegué. Hay algo en tu aspecto que te hace destacar.
- Me halaga que me lo digas, pero no hay motivo para ello. Me considero tan normal y corriente...
- Ya no quedan muchos como tú. Te insisto en que me he fijado bastante.
- ¡Vaya, tan desconocidos y a la vez tan pendientes uno del otro!
- ...
- Es evidente que no eres de por aquí. Has venido de muy lejos, ¿no es cierto?
- No, no. Me crié no demasiado lejos de aquí. En otro ambiente, sí, aunque no en el de mi familia. Mi familia es de un lugar más exótico, eso sí es cierto.
- ¿Y qué te ha traído por estos andurriales?
- Heeeemmm... en fin... me han traído, claro... Con unas compañeras, aquí estamos para poner algo de vida en esta pequeña avenida. Nos han hecho creer que no valemos para otra cosa más que para... para alegrar la vista de los transeúntes. Mira, ahí las ves a ellas.
- Ajá, sí, ya las veo.
- Aquí nos sentimos algo extrañas, fuera de nuestro ambiente natural. Cuesta adaptarse: el clima, costumbres... la tierra... ya sabes.
- Entiendo, entiendo.
- ¿Y tú?
- Yo siempre he vivido aquí. ¿Ves todos estos grandes edificios? Nada de esto había antes. Con otros vecinos, llenábamos de vida el lugar. Ahora todo me parece muerto con tanta piedra artificial, tanto decorado.
- ¿Y tus vecinos ya no siguen aquí?
- No, ya ves. Fueron abandonando el lugar. No sé en qué acabaron metidos, no sé dónde pueden estar. Ya no sé nada de ellos. Lo único que sé es que, poco a poco, nuestra comunidad se fue disolviendo para dar paso a esta invasión de asfalto, cemento, ladrillos, acero y vidrio. Donde antes había hierba en abundancia y espacios libres, ahora hay moles que lo tapan todo. No lo vas a creer, pero ahí cerca pasaba un arroyuelo.
- ¿Aquí mismo? ¿Y qué ha pasado, se ha secado? ¿Qué han hecho con él?
- Está canalizado. Como todo: lo han rodeado de hormigón y así vestido lo han ocultado a la vista. Esas aguas ya no las vas a probar.
- Nunca entenderé esa aversión a lo vivo... ¿Tanto cuesta dejar las cosas como están y que sigan sus ciclos naturales?
- Lo llaman "progreso". Pero yo veo todo tan muerto, tan yermo, que me asusto. Por tratar de decir algo positivo, se me ocurre que...
- Dime...
- En fin, no es tan bueno para ti, que estás lejos de donde deberías estar, pero al menos así hemos podido conocernos.
- Es cierto.
- Y aquí mismo seguiremos viéndonos -pareció despedirse el olmo-.
- ...Y espero que sea por mucho tiempo -le contestó la palmera-.
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| "Bahnwärter-Garten", Paul Klee, 1934 |
miércoles, 16 de marzo de 2011
independencia
(área de descanso nº 120)
En casa de los vecinos del noveno izquierda, el hijo mayor ya se ve un buen mozo y con un buen trabajo, así que mira el tablero y tira un dado. Cinco. Perfecto. Toca sacar ficha de casa. Adiós, papás, me voy a vivir solo, que ya va siendo hora. Agarra su coche y parte raudo.
El muchacho busca piso en alquiler. Tira un dado y sale un seis. Esto marcha. Pronto encuentra un lugar coqueto donde sentirse como en su propia casa, aunque en realidad la casa pertenece al que es su vecino del tercero, que se la alquila por un buen precio. Esto hay que celebrarlo. Baja a la tienda del barrio y compra algunas cosas ricas. Hay que invitar a los amigos, también algo de beber. Se presenta luego en la frutería con su cara de independiente y el dependiente cavila si no fuera por mí, las manzanas te las tendrías que plantar tú mismo.
Celebración por todo lo alto. No tanto, pero como si lo fuera. Es mi celebración en mi propia casa, que no es poco, piensa el joven. Tan animado está que tira el dado. Otro seis. Mejor imposible, voy como un cohete.
Oye, llévame a casa, que ya es muy tarde, le pide un amigo. Vale, me pongo la chaqueta y nos vamos, responde él. Se suben al coche, pero no llegan muy lejos. No sé si es por el asfalto mojado a causa de la lluvia, por la euforia comemundos que aún no se ha disipado y que supuestamente debería hacer invulnerable, por algunas copas de más o porque ese coche que estaba estacionado se les abalanzó a demasiada velocidad... La de cosas que se pueden decir en un atestado. Los dos en el hospital. Huesos rotos, fracturas complicadas. La cosa pinta mal. Imposibilidad de mover las piernas durante un mes. Un brazo en cabestrillo otro mes. Y algunas costillas hechas añicos dificultan los movimientos que tan sencillos parecían hace unas horas. Y lo que duele. Baja laboral para una buena temporada...
La familia llega al hospital. En la habitación hoy no se respeta el horario de visita. Se entiende, en ocasiones así... Los padres han traído el tablero. Anda, hijo, vuelve a tirar. Y ya lo creo que tira. Seis. Maldita sea, otro seis, el tercero. Con lo avanzada que estaba la ficha ...y ahora debe enfilar de vuelta a casa.
Dos calles más allá, una familia termina por acoger al abuelo. Un susto reciente por una caída en la ducha y algunas alarmas por olvidarse de apagar el gas después de calentar la leche del desayuno son suficientes para que hijo y nuera se planteen que el abuelo no puede vivir solo más tiempo. Cualquier día ocurre una desgracia. Lo meten en casa. La visión del pequeño nieto es una alegría pasajera. Al poco, el mundo se le derrumba encima, ya soy un inútil, ya no me dejan ni cuidarme a mí mismo. Cuando el abuelo sale de casa a tomar un poco el sol en algún banco del parque, emulando a las lagartijas, los amigos le preguntan que cómo le va. El abuelo no les dice nada de su nueva situación. Se muere de la vergüenza. Ya soy un inútil, es la idea martilleando en su cabeza, mientras las arrugas en la frente dibujan un abatimiento más profundo de lo que sería razonable. Imposible disimular, pero calla pesaroso. Los amigos se miran. Saben y no quieren comentar.
A mucha distancia de allí, en una ciudad del oriente más lejano, un abuelo es acogido por su familia. Ya no puede seguir viviendo solo y es preciso que ocupe una habitación bajo el mismo techo que el resto de la familia. Todo es alborozo. Al poco, bastón en ristre el abuelo camina hasta un parque cercano. Allí encuentra a sus amigos. Casi le falta tiempo para contarles con entusiasmo que ahora vive con su familia. No puede ser más feliz, no puede sentirse más orgulloso. Los amigos envidian al abuelo y esperan el momento en que ellos también puedan sentirse igual de privilegiados. No conciben mayor honor.
"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, aunque se trate de un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti".
(Devotions upon emergent occasions, Meditation XVII - John Donne, 1624)
En casa de los vecinos del noveno izquierda, el hijo mayor ya se ve un buen mozo y con un buen trabajo, así que mira el tablero y tira un dado. Cinco. Perfecto. Toca sacar ficha de casa. Adiós, papás, me voy a vivir solo, que ya va siendo hora. Agarra su coche y parte raudo.
El muchacho busca piso en alquiler. Tira un dado y sale un seis. Esto marcha. Pronto encuentra un lugar coqueto donde sentirse como en su propia casa, aunque en realidad la casa pertenece al que es su vecino del tercero, que se la alquila por un buen precio. Esto hay que celebrarlo. Baja a la tienda del barrio y compra algunas cosas ricas. Hay que invitar a los amigos, también algo de beber. Se presenta luego en la frutería con su cara de independiente y el dependiente cavila si no fuera por mí, las manzanas te las tendrías que plantar tú mismo.
Celebración por todo lo alto. No tanto, pero como si lo fuera. Es mi celebración en mi propia casa, que no es poco, piensa el joven. Tan animado está que tira el dado. Otro seis. Mejor imposible, voy como un cohete.
Oye, llévame a casa, que ya es muy tarde, le pide un amigo. Vale, me pongo la chaqueta y nos vamos, responde él. Se suben al coche, pero no llegan muy lejos. No sé si es por el asfalto mojado a causa de la lluvia, por la euforia comemundos que aún no se ha disipado y que supuestamente debería hacer invulnerable, por algunas copas de más o porque ese coche que estaba estacionado se les abalanzó a demasiada velocidad... La de cosas que se pueden decir en un atestado. Los dos en el hospital. Huesos rotos, fracturas complicadas. La cosa pinta mal. Imposibilidad de mover las piernas durante un mes. Un brazo en cabestrillo otro mes. Y algunas costillas hechas añicos dificultan los movimientos que tan sencillos parecían hace unas horas. Y lo que duele. Baja laboral para una buena temporada...
La familia llega al hospital. En la habitación hoy no se respeta el horario de visita. Se entiende, en ocasiones así... Los padres han traído el tablero. Anda, hijo, vuelve a tirar. Y ya lo creo que tira. Seis. Maldita sea, otro seis, el tercero. Con lo avanzada que estaba la ficha ...y ahora debe enfilar de vuelta a casa.
Dos calles más allá, una familia termina por acoger al abuelo. Un susto reciente por una caída en la ducha y algunas alarmas por olvidarse de apagar el gas después de calentar la leche del desayuno son suficientes para que hijo y nuera se planteen que el abuelo no puede vivir solo más tiempo. Cualquier día ocurre una desgracia. Lo meten en casa. La visión del pequeño nieto es una alegría pasajera. Al poco, el mundo se le derrumba encima, ya soy un inútil, ya no me dejan ni cuidarme a mí mismo. Cuando el abuelo sale de casa a tomar un poco el sol en algún banco del parque, emulando a las lagartijas, los amigos le preguntan que cómo le va. El abuelo no les dice nada de su nueva situación. Se muere de la vergüenza. Ya soy un inútil, es la idea martilleando en su cabeza, mientras las arrugas en la frente dibujan un abatimiento más profundo de lo que sería razonable. Imposible disimular, pero calla pesaroso. Los amigos se miran. Saben y no quieren comentar.
A mucha distancia de allí, en una ciudad del oriente más lejano, un abuelo es acogido por su familia. Ya no puede seguir viviendo solo y es preciso que ocupe una habitación bajo el mismo techo que el resto de la familia. Todo es alborozo. Al poco, bastón en ristre el abuelo camina hasta un parque cercano. Allí encuentra a sus amigos. Casi le falta tiempo para contarles con entusiasmo que ahora vive con su familia. No puede ser más feliz, no puede sentirse más orgulloso. Los amigos envidian al abuelo y esperan el momento en que ellos también puedan sentirse igual de privilegiados. No conciben mayor honor.
jueves, 18 de marzo de 2010
amici, diem perdidi
(89ª parada)
"Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa de azafrán".
(Libro de Isaías, cap. 35: 1)
Cuando se viaja por tierra a lugares lejanos, la sucesión de diferentes paisajes es una de las sorpresas más agradables que depara el camino. La transición de las montañas a las llanuras, de lo verde a lo ocre, de la costa al interior... Sucede así en los viajes geográficos, pero también en el gran viaje de la vida. En éste, los paisajes tienen los caracteres y los rostros de las personas que van apareciendo y acompañando en las etapas del viaje: las hay casi siempre presentes, como el cielo (aunque ofrezca una vista diferente a la del día cuando llega el momento de la noche, en ausencia del áureo astro), si bien la mayoría de paisajes, la mayoría de personas, permanecen más o menos tiempo, para acabar pasando definitivamente con el transcurrir del camino... Dejarán su lugar a nuevos paisajes con los que, en ocasiones, pueden llegar a coexistir fugazmente y se convertirán más en recuerdos que en presencias. Es ésta una de las grandes certezas del viaje.
En otras ocasiones, el cambio del paisaje no es tal. Aunque así se percibe, lo que cambia en realidad es el observador, el viajero. Quizás cuando cree atravesar un lugar delicioso es su inclinación a verlo así lo que lo hace tan apetecible para la vista. En otras ocasiones, la aridez del camino no es sino un reflejo de la aridez emocional del caminante en el tramo recorrido. Así sucede que personas extraordinarias que pasan ante nosotros no son debidamente apreciadas por nuestra indisposición del momento. Otras personas menos prometedoras a priori van ocupando, por la magia de un instante o de una circunstancia, lugares de relevancia en el transitar. Nunca se sabe. Como dije antes, la sucesión de paisajes es una de las sorpresas más agradables del camino y es imposible conocer de antemano qué aventuras deparará la ruta seguida.
Una vez más, la clave está en cada paso, en cada instante, y no en la obsesión por el destino. Pensándolo bien, sucede incluso en los relatos... ¡Cuántas veces no habrá pasado que la impaciencia nos lleva a hojear (y ojear) las últimas páginas del libro en que estamos enfrascados para tratar de resolver las incógnitas encerradas en las frases sobre las que aún corremos, alejadas del desenlace! Quizás algún día aprendamos que tal cosa no merece la pena. Lo pensaba estos días, siguiendo la última temporada de Lost, una serie a la que no me aficioné cuando nos la metieron por los ojos en el momento de su estreno, pero a la que sí me aficioné en un momento del viaje en que me reconocí bastante perdido. Ahora que termina el relato, los guionistas están empeñados en tratar de explicar o redondear una historia que nos iban narrando a través de las vidas de personajes que ya se explicaban a sí mismos de alguna manera. Y pienso que nada hay más chapucero que terminar una obra (un relato, en este caso) con la explicación de la obra (del relato), cerrando el paso al ingenio, la creatividad, la imaginación o incluso los escapismos legítimos de espectadores (y lectores). Hay modos mejores si se quiere obtener una obra de mayor calidad. Ya sé que es un recurso que viene de antiguo: típico de los filmes del género policial y de intriga era ver al malo de turno, pistola en ristre apuntando al prota, explicándole los cómos y los porqués de todo el cuento... y, de paso, dando tiempo a que llegara la providencial intervención que decantara un desenlace del lado del bien y la justicia. Todo muy redondo, tan redondo que resulta inalterable. También creo, por lo mismo, que lo peor de una película como El sexto sentido fue ese repasito final para los despistados que no hubieran ido pillando lo que se cocía (¿...acaso no queda la posibilidad de ver el film una vez más y obtener nuevas y diferentes lecturas del mismo?). Por todo lo contrario, la cinta de Kubrick 2001: Una odisea del espacio me resultó una tomadura de pelo (así lo reconozco) la primera vez que la vi hace ya muchos años, mientras que a día de hoy (después de varios visionados) pienso que es una obra imprescindible.
En fin, que no quiero enredarme con ejemplos. Simplemente, pretendo decir que la vida se explica a sí misma en cada aliento para quien es capaz de aprovechar y saborear la bocanada sin esperar que todo se resuelva al final (en especial, porque nunca se sabe cuál será la definitiva inspiración, la que precede a una espiración en que la 's' se convierte en una 'x'). O, en símil de colegiales, que es mejor estudiar un poquito cada día en lugar de dejar toda la materia para la víspera del examen final.
No sé si el paisaje que ahora contemplo con visión ciclotímica es el mejor posible. No me importa. Sé que es el que me quiere-y-puede contar quién soy y hacia dónde voy. Y con esto debería bastarme por el momento... aunque, a veces, como en un extraño déjà vu, me asalten preguntas sin respuesta: ¿Cómo se pueden tener añoranzas de sitios en los que no he estado, nostalgias de vidas que no he vivido y recuerdos de personas que no he conocido?
Debemos al escritor Suetonio, en De vita Caesarum (Las vidas de los doce césares) haciendo referencia a Tito Flavio Vespasiano, estas palabras:
En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día.
Teniendo en cuenta la trascendencia de los paisajes en nuestras vidas y la importancia de cuidarlos con esmero, es muy posible que este sentido del diem perdidi sea una de las mejores formas de complementar el manido carpe diem de Horacio.
"Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa de azafrán".
(Libro de Isaías, cap. 35: 1)
Cuando se viaja por tierra a lugares lejanos, la sucesión de diferentes paisajes es una de las sorpresas más agradables que depara el camino. La transición de las montañas a las llanuras, de lo verde a lo ocre, de la costa al interior... Sucede así en los viajes geográficos, pero también en el gran viaje de la vida. En éste, los paisajes tienen los caracteres y los rostros de las personas que van apareciendo y acompañando en las etapas del viaje: las hay casi siempre presentes, como el cielo (aunque ofrezca una vista diferente a la del día cuando llega el momento de la noche, en ausencia del áureo astro), si bien la mayoría de paisajes, la mayoría de personas, permanecen más o menos tiempo, para acabar pasando definitivamente con el transcurrir del camino... Dejarán su lugar a nuevos paisajes con los que, en ocasiones, pueden llegar a coexistir fugazmente y se convertirán más en recuerdos que en presencias. Es ésta una de las grandes certezas del viaje.En otras ocasiones, el cambio del paisaje no es tal. Aunque así se percibe, lo que cambia en realidad es el observador, el viajero. Quizás cuando cree atravesar un lugar delicioso es su inclinación a verlo así lo que lo hace tan apetecible para la vista. En otras ocasiones, la aridez del camino no es sino un reflejo de la aridez emocional del caminante en el tramo recorrido. Así sucede que personas extraordinarias que pasan ante nosotros no son debidamente apreciadas por nuestra indisposición del momento. Otras personas menos prometedoras a priori van ocupando, por la magia de un instante o de una circunstancia, lugares de relevancia en el transitar. Nunca se sabe. Como dije antes, la sucesión de paisajes es una de las sorpresas más agradables del camino y es imposible conocer de antemano qué aventuras deparará la ruta seguida.
Una vez más, la clave está en cada paso, en cada instante, y no en la obsesión por el destino. Pensándolo bien, sucede incluso en los relatos... ¡Cuántas veces no habrá pasado que la impaciencia nos lleva a hojear (y ojear) las últimas páginas del libro en que estamos enfrascados para tratar de resolver las incógnitas encerradas en las frases sobre las que aún corremos, alejadas del desenlace! Quizás algún día aprendamos que tal cosa no merece la pena. Lo pensaba estos días, siguiendo la última temporada de Lost, una serie a la que no me aficioné cuando nos la metieron por los ojos en el momento de su estreno, pero a la que sí me aficioné en un momento del viaje en que me reconocí bastante perdido. Ahora que termina el relato, los guionistas están empeñados en tratar de explicar o redondear una historia que nos iban narrando a través de las vidas de personajes que ya se explicaban a sí mismos de alguna manera. Y pienso que nada hay más chapucero que terminar una obra (un relato, en este caso) con la explicación de la obra (del relato), cerrando el paso al ingenio, la creatividad, la imaginación o incluso los escapismos legítimos de espectadores (y lectores). Hay modos mejores si se quiere obtener una obra de mayor calidad. Ya sé que es un recurso que viene de antiguo: típico de los filmes del género policial y de intriga era ver al malo de turno, pistola en ristre apuntando al prota, explicándole los cómos y los porqués de todo el cuento... y, de paso, dando tiempo a que llegara la providencial intervención que decantara un desenlace del lado del bien y la justicia. Todo muy redondo, tan redondo que resulta inalterable. También creo, por lo mismo, que lo peor de una película como El sexto sentido fue ese repasito final para los despistados que no hubieran ido pillando lo que se cocía (¿...acaso no queda la posibilidad de ver el film una vez más y obtener nuevas y diferentes lecturas del mismo?). Por todo lo contrario, la cinta de Kubrick 2001: Una odisea del espacio me resultó una tomadura de pelo (así lo reconozco) la primera vez que la vi hace ya muchos años, mientras que a día de hoy (después de varios visionados) pienso que es una obra imprescindible.
En fin, que no quiero enredarme con ejemplos. Simplemente, pretendo decir que la vida se explica a sí misma en cada aliento para quien es capaz de aprovechar y saborear la bocanada sin esperar que todo se resuelva al final (en especial, porque nunca se sabe cuál será la definitiva inspiración, la que precede a una espiración en que la 's' se convierte en una 'x'). O, en símil de colegiales, que es mejor estudiar un poquito cada día en lugar de dejar toda la materia para la víspera del examen final.
No sé si el paisaje que ahora contemplo con visión ciclotímica es el mejor posible. No me importa. Sé que es el que me quiere-y-puede contar quién soy y hacia dónde voy. Y con esto debería bastarme por el momento... aunque, a veces, como en un extraño déjà vu, me asalten preguntas sin respuesta: ¿Cómo se pueden tener añoranzas de sitios en los que no he estado, nostalgias de vidas que no he vivido y recuerdos de personas que no he conocido?
Debemos al escritor Suetonio, en De vita Caesarum (Las vidas de los doce césares) haciendo referencia a Tito Flavio Vespasiano, estas palabras:
En cuanto a las demás peticiones que podían hacerle, tuvo por norma no despedir a nadie sin esperanzas. Hacíanle observar sus amigos que prometía más de lo que podía cumplir, y contestaba que nadie debía salir descontento de la audiencia de un príncipe. Recordando en una ocasión, mientras estaba cenando, que no había hecho ningún favor durante el día, pronunció estas palabras tan memorables y con tanta justicia celebradas: Amigos míos, he perdido el día.
Teniendo en cuenta la trascendencia de los paisajes en nuestras vidas y la importancia de cuidarlos con esmero, es muy posible que este sentido del diem perdidi sea una de las mejores formas de complementar el manido carpe diem de Horacio.
Ilustración de este post: "El raigón", de Ricardo Supisiche (1912-1992)
Equipaje:
amistad,
cine,
comportamiento,
libros,
relaciones,
soledad,
viaje
miércoles, 17 de febrero de 2010
blanco por dentro, verde por fuera...
(88ª parada)
Me lío siempre con los parentescos... Si me quieres meter en un buen laberinto, dime que la prima del yerno de tu concuñada acaba de pillar un catarro y me tendrás en fuera de juego con cara de interesante (o de alelado, según se mire) durante un rato que se hará demasiado largo. Quizás sea así porque mi familia ha sido bien corta. Quitando a la jabata de mi bisabuela materna, que parió once hijos, el resto de la familia se queda en small-size: mi madre es hija única y mi padre era el pequeño de dos hermanos (la mayor era su hermana). Tanto me acostumbré a esta familia de bolsillo, que descuidé la generación anterior, por considerarla (fuera de los abuelos) de complicación memorística excesiva... En el caso de mi familia paterna, la distancia geográfica ayudó también al descuido. Por eso, creo que mi querido *** era un primo de mi abuelo paterno, pero es un dato por cuya certeza nunca pondría una mano en el fuego. Y me resulta extraño tener a *** tan desubicado, habiendo sentido por él el gran aprecio que recuerdo. Fue una admiración silenciosa, casi secreta, vivida desde la visión particular e incompleta de mis ojos de adolescente... lo digo porque poco era lo que conocía de ***. Recuerdo, siendo yo muy chavalito, su porte distinguido, casi señorial, y a la vez sencillo. Pero, sobre todo, su constante sonrisa de labios carnosos y su mirada llena de pasión, tanto que parecía capaz de incendiar un buen trozo del mundo con aquellas brasas ardientes que tenía por ojos. Me acuerdo, acompañado de mi padre, cuando *** (que siempre me miraba con aquellos ojos radiantes y llenos de simpatía, acordes con su sonrisa) le decía: "Este muchacho sería un buen diplomático. Yo lo veo de diplomático". Pasados los años, creo que ahora la sonrisa es la mía, pero más bien sarcástica, al constatar una realidad bien distinta. Sin embargo, en aquellos años mozos, uno contemplaba a estos mayores como *** con el deleite de saberse en grata presencia y tragaba con devoción las palabras que salían de personas tan queridas. Palabras, que (poco en serio y mucho en broma) delineaban futuros preñados de expectativas... Y yo seguía sin comprender por qué *** me ubicaba en los mundos de la diplomacia, cuando otros me resultaban mucho más interesantes.
El tiempo le quitó la razón por completo: en la vida no me he desempeñado con grandes habilidades diplomáticas... Bonita palabra, diplomacia, para un contenido tan ambiguo, a veces incluso retorcido. Pienso que, en un rizar el rizo, hasta la propia palabra es muy diplomática consigo misma. Es cierto que antes que la mejor guerra es incluso preferible la peor diplomacia, pero en tantísimas ocasiones "diplomacia" ha sido sinónimo de "persuasión impuesta por una parte con grave desventaja para la otra parte", que hace pensar si esta diplomacia abusiva (lamentablemente, tan en uso) no será también un "paz para hoy y guerra para mañana"...
Detesto la hipocresía en todas sus formas, así que no creo que hubiera sido muy feliz siguiendo el consejo de mi buen ***. Me resulta difícil traficar con sentimientos e impresiones, propios o ajenos. Soy mal mentiroso de interioridades: se me notaría demasiado si lo que digo no es lo que siento. Como a aquel perrito, mal jugador de póker, que nunca podía marcarse un farol ni disimular su buen juego porque el movimiento del rabito lo delataba. Con esta madera, ¿cómo fabricar un diplomático como mandan los cánones?
Para lidiar con estas tareas hay que conocer el fondo y la forma de las personas. Y en los seres humanos convive lo mejor y lo peor. Donde hay personas encontrarás traiciones, maledicencias, conflictos, envidias, mezquindades, rencillas, falsedad, abusos, odios viscerales, mediocridad, egoísmos de todo tipo, luchas por la supremacía, opresión, violencias, destrucción, actos desconsiderados... Pero donde hay personas también encontrarás altruismo, bondad, solidaridad, actos de amor, demostraciones de cariño, perdón, abnegación, artes y ciencias, confianza, amistad, heroicidades varias, afán de superación, progreso, manos ayudadoras, voces de aliento, hombros en que reposar, deseos de paz y armonía... Todo esto encontrarás mezclado a partes iguales o desiguales, por dentro, por fuera, en diferentes concentraciones dependiendo del cómo, el cuándo, el dónde y el con quién...
Y se darán las paradojas de encontrar a personas amables y cálidas por fuera, pero con interiores sombríos, llenos de odio y rencor. También podrás encontrar a personas ásperas en su corteza, pero que albergan gracia y dulzura en su interior. Y deberás elegir, si no queda más remedio, qué prefieres: las formas o los contenidos. Porque, aunque lo deseable es que ambos compartan rasgos de bondad, no siempre lo bueno está recubierto con un envoltorio a juego. Me recordaba N, a la vuelta de su prolongada estancia en Jerusalén, el significado de la palabra tzabar ("sabra") en aquella tierra. Los israelíes llaman así a los nacidos en Palestina antes de 1948 y a sus descendientes (por extensión, se les llama "sabra" a todos los nacidos en el Estado de Israel). El nombre es el mismo que el de la opuntia o chumbera, plantas que (como todos los cactus) dentro de una piel espinosa albergan un contenido tierno y jugoso. Al margen de consideraciones nacionales o de pueblo (que ahora no vienen al caso), me siento identificado con ese concepto de espinoso por fuera y apacible por dentro. Y creo que es por eso por lo que alguien exteriormente áspero como yo se fue desencantando de la opción diplomática en la que *** me veía embarcado en sus sueños poco realistas.
Hace ya unas cuantas noches, entrada la madrugada, salía del edificio en que vivían mis padres para irme a dormir a mi casa. La calle estaba irreconociblemente desierta. Todo en silencio: ni un vehículo, ni un paseante, ni un perro tirando de su amo en una última escapada nocturna. Paré un momento a respirar hondo el fresco aire de la noche coruñesa y a dejarme bañar por la débil luz de luna y estrellas insólitamente desvestidas de nubes, antes de meterme en el coche. Por un instante, dejé volar la imaginación para sentirme como en aquellas películas en que la humanidad se había extinguido y yo era el último habitante del planeta. Teniendo en cuenta la soledad que transportaba el aire, bien pudiera haber sido así. Y mi primer pensamiento en ese instante fue el de una necesidad imperiosa de encontrar a otra persona en medio de ese vacío de gentes... A alguien. Al otro que habitase en semejante desierto.
Y tuve una tonta ilusión: hasta llegué a pensar que, en un nuevo comienzo, quizás fuera más fácil dejar a un lado lo malo y caminar sólo con lo bueno. Sin diplomacias, sin dobleces, sin medias tintas. Con sinceridad, siendo auténticos, de corazón. Aunque fuera con corazón de sabra.
"Nunca nos desanimamos. Porque, aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día".
(2ª carta de Pablo a los Corintios, cap. 4: 16)
Me lío siempre con los parentescos... Si me quieres meter en un buen laberinto, dime que la prima del yerno de tu concuñada acaba de pillar un catarro y me tendrás en fuera de juego con cara de interesante (o de alelado, según se mire) durante un rato que se hará demasiado largo. Quizás sea así porque mi familia ha sido bien corta. Quitando a la jabata de mi bisabuela materna, que parió once hijos, el resto de la familia se queda en small-size: mi madre es hija única y mi padre era el pequeño de dos hermanos (la mayor era su hermana). Tanto me acostumbré a esta familia de bolsillo, que descuidé la generación anterior, por considerarla (fuera de los abuelos) de complicación memorística excesiva... En el caso de mi familia paterna, la distancia geográfica ayudó también al descuido. Por eso, creo que mi querido *** era un primo de mi abuelo paterno, pero es un dato por cuya certeza nunca pondría una mano en el fuego. Y me resulta extraño tener a *** tan desubicado, habiendo sentido por él el gran aprecio que recuerdo. Fue una admiración silenciosa, casi secreta, vivida desde la visión particular e incompleta de mis ojos de adolescente... lo digo porque poco era lo que conocía de ***. Recuerdo, siendo yo muy chavalito, su porte distinguido, casi señorial, y a la vez sencillo. Pero, sobre todo, su constante sonrisa de labios carnosos y su mirada llena de pasión, tanto que parecía capaz de incendiar un buen trozo del mundo con aquellas brasas ardientes que tenía por ojos. Me acuerdo, acompañado de mi padre, cuando *** (que siempre me miraba con aquellos ojos radiantes y llenos de simpatía, acordes con su sonrisa) le decía: "Este muchacho sería un buen diplomático. Yo lo veo de diplomático". Pasados los años, creo que ahora la sonrisa es la mía, pero más bien sarcástica, al constatar una realidad bien distinta. Sin embargo, en aquellos años mozos, uno contemplaba a estos mayores como *** con el deleite de saberse en grata presencia y tragaba con devoción las palabras que salían de personas tan queridas. Palabras, que (poco en serio y mucho en broma) delineaban futuros preñados de expectativas... Y yo seguía sin comprender por qué *** me ubicaba en los mundos de la diplomacia, cuando otros me resultaban mucho más interesantes.El tiempo le quitó la razón por completo: en la vida no me he desempeñado con grandes habilidades diplomáticas... Bonita palabra, diplomacia, para un contenido tan ambiguo, a veces incluso retorcido. Pienso que, en un rizar el rizo, hasta la propia palabra es muy diplomática consigo misma. Es cierto que antes que la mejor guerra es incluso preferible la peor diplomacia, pero en tantísimas ocasiones "diplomacia" ha sido sinónimo de "persuasión impuesta por una parte con grave desventaja para la otra parte", que hace pensar si esta diplomacia abusiva (lamentablemente, tan en uso) no será también un "paz para hoy y guerra para mañana"...
Detesto la hipocresía en todas sus formas, así que no creo que hubiera sido muy feliz siguiendo el consejo de mi buen ***. Me resulta difícil traficar con sentimientos e impresiones, propios o ajenos. Soy mal mentiroso de interioridades: se me notaría demasiado si lo que digo no es lo que siento. Como a aquel perrito, mal jugador de póker, que nunca podía marcarse un farol ni disimular su buen juego porque el movimiento del rabito lo delataba. Con esta madera, ¿cómo fabricar un diplomático como mandan los cánones?
Para lidiar con estas tareas hay que conocer el fondo y la forma de las personas. Y en los seres humanos convive lo mejor y lo peor. Donde hay personas encontrarás traiciones, maledicencias, conflictos, envidias, mezquindades, rencillas, falsedad, abusos, odios viscerales, mediocridad, egoísmos de todo tipo, luchas por la supremacía, opresión, violencias, destrucción, actos desconsiderados... Pero donde hay personas también encontrarás altruismo, bondad, solidaridad, actos de amor, demostraciones de cariño, perdón, abnegación, artes y ciencias, confianza, amistad, heroicidades varias, afán de superación, progreso, manos ayudadoras, voces de aliento, hombros en que reposar, deseos de paz y armonía... Todo esto encontrarás mezclado a partes iguales o desiguales, por dentro, por fuera, en diferentes concentraciones dependiendo del cómo, el cuándo, el dónde y el con quién...Y se darán las paradojas de encontrar a personas amables y cálidas por fuera, pero con interiores sombríos, llenos de odio y rencor. También podrás encontrar a personas ásperas en su corteza, pero que albergan gracia y dulzura en su interior. Y deberás elegir, si no queda más remedio, qué prefieres: las formas o los contenidos. Porque, aunque lo deseable es que ambos compartan rasgos de bondad, no siempre lo bueno está recubierto con un envoltorio a juego. Me recordaba N, a la vuelta de su prolongada estancia en Jerusalén, el significado de la palabra tzabar ("sabra") en aquella tierra. Los israelíes llaman así a los nacidos en Palestina antes de 1948 y a sus descendientes (por extensión, se les llama "sabra" a todos los nacidos en el Estado de Israel). El nombre es el mismo que el de la opuntia o chumbera, plantas que (como todos los cactus) dentro de una piel espinosa albergan un contenido tierno y jugoso. Al margen de consideraciones nacionales o de pueblo (que ahora no vienen al caso), me siento identificado con ese concepto de espinoso por fuera y apacible por dentro. Y creo que es por eso por lo que alguien exteriormente áspero como yo se fue desencantando de la opción diplomática en la que *** me veía embarcado en sus sueños poco realistas.
Hace ya unas cuantas noches, entrada la madrugada, salía del edificio en que vivían mis padres para irme a dormir a mi casa. La calle estaba irreconociblemente desierta. Todo en silencio: ni un vehículo, ni un paseante, ni un perro tirando de su amo en una última escapada nocturna. Paré un momento a respirar hondo el fresco aire de la noche coruñesa y a dejarme bañar por la débil luz de luna y estrellas insólitamente desvestidas de nubes, antes de meterme en el coche. Por un instante, dejé volar la imaginación para sentirme como en aquellas películas en que la humanidad se había extinguido y yo era el último habitante del planeta. Teniendo en cuenta la soledad que transportaba el aire, bien pudiera haber sido así. Y mi primer pensamiento en ese instante fue el de una necesidad imperiosa de encontrar a otra persona en medio de ese vacío de gentes... A alguien. Al otro que habitase en semejante desierto.
Y tuve una tonta ilusión: hasta llegué a pensar que, en un nuevo comienzo, quizás fuera más fácil dejar a un lado lo malo y caminar sólo con lo bueno. Sin diplomacias, sin dobleces, sin medias tintas. Con sinceridad, siendo auténticos, de corazón. Aunque fuera con corazón de sabra.
martes, 7 de octubre de 2008
walden
(53ª parada)
“Solamente esto encontré: que Dios hizo al hombre perfecto, pero ellos se buscaron muchas complicaciones”.
(Sefer Kohelet, cap. 7: 29)
"¿Qué te llevarías a una isla desierta?" La típica-hipotética pregunta que hemos escuchado o nos han hecho en más de una ocasión, con la intención de que organicemos (de alguna manera) nuestras prioridades acerca de nuestras posesiones. Pero rara vez escucho esta otra pregunta: "¿Qué NO te llevarías a una isla desierta?"
En fin, que las preguntillas de marras me inducen a una doble reflexión. Por un lado, pienso en la cantidad de cosas: objetos, enseres, costumbres, asuntos, conceptos... que vamos arrastrando los seres humanos y que, en ocasiones, ni nos planteamos si son realmente importantes, necesarias o, por el contrario, completamente superfluas o incluso inconvenientes y perjudiciales... ¡pero ahí siguen con nosotros! Por otro lado, me pregunto por esa necesidad expresada del aislamiento o la soledad a la hora de tomar ese tipo de decisiones que supongan una criba. El aislamiento... ese acto tan extraño para un animal político (en el sentido aristotélico) pero a la vez tan natural en un individuo, con identidad única e intransferible.
Me vienen a la cabeza, además, los aislamientos forzados. Hace poco hablé del encarcelado Fray Luis de León. Y también me acuerdo del ficticio Robinson Crusoe, de la novela homónima de Daniel Defoe, publicada en 1719. Y, aunque digo ficticio, se comenta que la novela está inspirada en hechos reales ocurridos a otros marinos, Pedro Serrano y Alexander Selkirk. Por más interesante que me parezca comentar aspectos de esta obra literaria (por ejemplo: la visión del colonialismo británico que arroja, según James Joyce; el ser un símbolo del puritanismo de la época; la alegoría que encierra de la propia vida de Defoe, del hombre que se hace a sí mismo partiendo de una situación de calamidad; o incluso la muestra de la desnudez e impotencia humana ante la naturaleza y sus terribles fuerzas y la titánica lucha del hombre para tratar de controlar esas fuerzas y crear su espacio habitable, como lo ha hecho a lo largo de la historia a través de la técnica y la cultura), no me voy a centrar en estos aislamientos obligatorios o por accidente, sino en los que han sido buscados deliberadamente. Y me sobrarían ejemplos...
Ya puesto a elegir, hay tres casos relativamente recientes que se me ocurren y que parecen responder a esas preguntas: ¿qué te llevarías y qué no te llevarías...?
Curioso el caso de Lev Tolstoi. El que llegaría a ser el gran escritor realista que nos dejó Guerra y Paz, Anna Karenina, Los Cosacos, etc., atravesó un periodo de enorme indecisión durante su juventud que le llevó al campo de batalla en el Cáucaso, en los años de la guerra entre Rusia y Turquía. Hasta allí viajó escapando de deudas de juego y animado por su hermano Nikolai, teniente de artillería, quien le insistió para que le acompañara. Con el tiempo, de vuelta a San Petersburgo, se topa con el fuerte contraste entre la vida de sacrificios y actos heroicos de sus días en Crimea (relatados en Sebastopol) y la vida frívola y vacía en la ciudad del Báltico. La percepción de este contraste es como una toma de consciencia que marca el devenir de Tolstoi. Se le ha considerado un cristiano libertario que tuvo gran influencia en el desarrollo del pensamiento anarquista. Uno de los puntos centrales de la visión del cristianismo de Tolstoi es el concepto de resistencia no violenta que transmitió a Mohandas Gandhi, como se deduce de la extensa correspondencia que ambos mantuvieron. También fue precursor del naturismo libertario. Defendió el vegetarianismo a toda costa, por entender que es inmoral quitarle la vida a otro animal para alimentarse. Tolstoi decía que alimentarse de carne es un vestigio del primitivismo más grande y que el paso al vegetarianismo es la primera consecuencia natural de la ilustración. Practicó lo que creía: que la ley fundamental de la vida es el amor, y en sus últimos años y tras varias crisis espirituales se convirtió en una persona profundamente religiosa (aunque contrario a las instituciones eclesiásticas, por lo que fue excomulgado) y altruista. La contradicción patente entre la existencia lujosa que llevaba y su ideología le llevó a abandonar San Petersburgo para mezclarse con los campesinos de Yasnaia Poliana, su aldea natal y donde se había criado. Allí vivió dedicado al oficio de zapatero y también fue profesor, autor y editor de los libros de texto que estudiaban los hijos de los campesinos de la aldea, en la escuela que él mismo fundó. Allí aplicaba una pedagogía libertaria, cuyos principios fundamentales se basaban en el respeto a ellos mismos y a sus semejantes. Tolstoi intentó renunciar a sus propiedades para entregarlas a los más pobres, pero su familia se lo impidió. Tolstoi murió a causa de la neumonía en Astapovo, el 20 de noviembre de 1910, en la estación ferroviaria, tratando de huir de su casa. Parece que a Tolstoi le sobraban demasiadas cosas como para llevárselas a una isla desierta.
Seguro que Grigori (“Grisha”) Perelman no se llevaría a la isla ni las envidias, ni las ambiciones, ni el ansia de gloria, fama y riqueza que parece imperar en nuestra sociedad. El genial matemático ruso de origen judío (a principios de los 80, su C.I. era el más elevado de todos los miembros de la organización Mensa), nacido el 13 de junio de 1966, dedicó ocho años de su vida a desarrollar en solitario la solución a la conjetura de Poincaré (propuesta en 1904, es uno de los siete problemas matemáticos fundamentales y el problema abierto más famoso de la topología, cuya resolución es premiada con un millón de dólares por el Instituto de Matemáticas Clay de Cambridge). Al demostrar la conjetura de geometrización de Thurston, resolvió afirmativamente la famosa conjetura de Poincaré. Después de dos años de reticencias y comprobaciones, la comunidad científica no encontró fallos en el planteamiento, lo que convirtió la mencionada conjetura en un teorema y a Perelman en ganador de la Medalla Fields (ese equivalente de los premios Nobel en matemáticas, que se concede cada cuatro años) por “sus contribuciones a la geometría y sus ideas revolucionarias en la estructura analítica y geométrica del flujo de Ricci”. Costaría explicar en términos sencillos en qué consiste el teorema demostrado por Perelman, pero basta con decir que la importancia de este logro es que podría ayudar a comprender la forma del cosmos o a catalogar todas las formas tridimensionales del universo. Recibir la Medalla Fields le habría permitido, además, reivindicar el premio del millón de dólares del Instituto de Matamáticas Clay. Pero el asunto fue sonado, porque Perelman rechazó tanto el galardón como la pasta. En España tuvo cierta repercusión, puesto que aquel 22 de agosto de 2006, la ceremonia de entrega de la Medalla Fields tenía lugar en Madrid, en el seno de un Congreso de Matemáticas. Grisha estaba profundamente disgustado con la comunidad de matemáticos y muy decepcionado con la práctica de investigación secreta y recelosa de sus compañeros. A tal punto, que aun hoy en día se niega a tener algún tipo de relación con ellos. El chasco de Perelman puede tener su origen o haberse visto agravado por su generosidad y confianza al haber publicado su trabajo en internet. Dos matemáticos chinos, Xi-Ping Zhu y Huai-Dong Cao, alegaron haber resuelto la conjetura, pero posteriormente fueron acusados de clonar la fórmula desde la web. Sin embargo, Perelman publicó un artículo en The New Yorker mostrando su decepción por los estándares éticos en el campo de las matemáticas y se refiere, en particular, a los esfuerzos del también medallista Fields Shing-Tung Yau por aminorar el papel de Grisha en la demostración y exaltar el trabajo de Zhu y Cao. Se intentó resolver la polémica con la concesión del prestigioso premio al matemático ruso, pero Perelman siguió rechazando la medalla, por más que sir John Ball (presidente de la Unión Matemática Internacional) se pasara tres días en San Petersburgo tratando de persuadirle para que aceptara. Grisha insiste en que le basta con el reconocimiento de la validez de su trabajo y con el beneficio para la ciencia que esto supone. El profesor Marcus du Sautoy, de la Universidad de Oxford, insiste en esa idea: "Se ha aislado de cierta manera de la comunidad matemática. Se ha desilusionado de las matemáticas, lo cual es muy lamentable. No está interesado en el dinero. El gran premio para él es demostrar su teorema". En la actualidad, Grigori Perelman está retirado de las matemáticas. No se las ha llevado a su isla desierta, a su humilde retiro en las afueras de San Petersburgo, donde vive cuidando a su madre en un modesto apartamento.
Y ya llego al tercero de los viajeros a islas desiertas, a Henry David Thoreau, considerado uno de los padres de la literatura norteamericana. Este escritor y filósofo anarquista de Concord (Massachusetts) fue agrimensor, naturalista, conferenciante y fabricante de lápices. Se le considera uno de los pioneros de la ecología y de la ética medioambiental. También es conceptualizador de las prácticas de desobediencia civil y su ensayo La desobediencia civil, donde propone ideas como el pacifismo y la no violencia, fue de gran influencia en Tolstoi y Gandhi. También Luther King expresó abiertamente su admiración a Thoreau, quien había sido condenado a prisión durante unos días por negarse a pagar impuestos debido a su oposición a la guerra contra Méjico y a la persistencia de la esclavitud en su país. Me gustaría destacar un experimento que llevó a cabo durante un poco más de dos años (del 4 de julio de 1845 al 6 de septiembre de 1847) y que consistió en retirarse a la vida en la naturaleza, en los bosques próximos a Walden Pond. De aquella experiencia nos queda su libro (recomendable lectura) de 1854 titulado Walden (Walden, la vida en los bosques), a manera de respuesta a esas insignificantes preguntas con las que comencé este escrito.
Dejo a continuación un fragmento del texto de Thoreau.
La superficie de la tierra es blanda y en ella se imprimen las pisadas humanas; y lo mismo sucede con los caminitos que recorre la mente. ¡Cuán estropeadas y polvorientas deben de estar, pues, las grandes carreteras del mundo y cuán profundas las huellas que dejan en ellas la tradición y el conformismo! No quiero tomar pasaje de camarote, sino más bien ir delante del mástil, sobre la cubierta del mundo, porque desde allí podré divisar mejor la luz lunar entre las montañas. Ya no deseo viajar abajo.
Con mi experimento aprendí al menos que si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete la vida que se ha imaginado para sí, hallará un éxito inesperado en sus horas comunes. Dejará atrás algunas cosas, cruzará una invisible frontera; unas leyes nuevas, universales y más liberales, principiarán a regir por sí mismas dentro y alrededor de él; o las viejas leyes se expandirán y serán interpretadas en beneficio suyo en un sentido más generoso, y vivirá con el permiso de seres pertenecientes a un orden más elevado. En la proporción en que haga más sencilla su vida, le parecerán menos complicadas las leyes del universo y la soledad no será soledad, ni la pobreza será pobreza, ni la debilidad será debilidad. Si uno ha construido castillos en el aire, su tarea no se perderá; porque ahí están bien edificados. Que tan sólo ponga ahora los cimientos bajo esos castillos. (...)
¿Por qué hemos de tener una prisa tan grande en triunfar, y en empresas tan desesperadas? Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escuche un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota. No importa que madure con la rapidez del manzano o del roble. ¿Cambiará él su primavera en estío? Si todavía no existe la coyuntura de las cosas para las que fuimos creados, ¿con qué realidad las reemplazaríamos? No debemos encallar en una realidad hueca. ¿Construiremos con trabajo un cielo de vidrio azul sobre nosotros, para que cuando esté hecho nos afanemos en contemplar, más lejos y arriba, el verdadero cielo etéreo, como si no existiera el anterior?
Por menguada que sea tu vida, enfréntala y vívela; no la esquives, ni le apliques rudos apelativos.
“Solamente esto encontré: que Dios hizo al hombre perfecto, pero ellos se buscaron muchas complicaciones”.
(Sefer Kohelet, cap. 7: 29)
"¿Qué te llevarías a una isla desierta?" La típica-hipotética pregunta que hemos escuchado o nos han hecho en más de una ocasión, con la intención de que organicemos (de alguna manera) nuestras prioridades acerca de nuestras posesiones. Pero rara vez escucho esta otra pregunta: "¿Qué NO te llevarías a una isla desierta?"
En fin, que las preguntillas de marras me inducen a una doble reflexión. Por un lado, pienso en la cantidad de cosas: objetos, enseres, costumbres, asuntos, conceptos... que vamos arrastrando los seres humanos y que, en ocasiones, ni nos planteamos si son realmente importantes, necesarias o, por el contrario, completamente superfluas o incluso inconvenientes y perjudiciales... ¡pero ahí siguen con nosotros! Por otro lado, me pregunto por esa necesidad expresada del aislamiento o la soledad a la hora de tomar ese tipo de decisiones que supongan una criba. El aislamiento... ese acto tan extraño para un animal político (en el sentido aristotélico) pero a la vez tan natural en un individuo, con identidad única e intransferible.
Me vienen a la cabeza, además, los aislamientos forzados. Hace poco hablé del encarcelado Fray Luis de León. Y también me acuerdo del ficticio Robinson Crusoe, de la novela homónima de Daniel Defoe, publicada en 1719. Y, aunque digo ficticio, se comenta que la novela está inspirada en hechos reales ocurridos a otros marinos, Pedro Serrano y Alexander Selkirk. Por más interesante que me parezca comentar aspectos de esta obra literaria (por ejemplo: la visión del colonialismo británico que arroja, según James Joyce; el ser un símbolo del puritanismo de la época; la alegoría que encierra de la propia vida de Defoe, del hombre que se hace a sí mismo partiendo de una situación de calamidad; o incluso la muestra de la desnudez e impotencia humana ante la naturaleza y sus terribles fuerzas y la titánica lucha del hombre para tratar de controlar esas fuerzas y crear su espacio habitable, como lo ha hecho a lo largo de la historia a través de la técnica y la cultura), no me voy a centrar en estos aislamientos obligatorios o por accidente, sino en los que han sido buscados deliberadamente. Y me sobrarían ejemplos...
Ya puesto a elegir, hay tres casos relativamente recientes que se me ocurren y que parecen responder a esas preguntas: ¿qué te llevarías y qué no te llevarías...?Curioso el caso de Lev Tolstoi. El que llegaría a ser el gran escritor realista que nos dejó Guerra y Paz, Anna Karenina, Los Cosacos, etc., atravesó un periodo de enorme indecisión durante su juventud que le llevó al campo de batalla en el Cáucaso, en los años de la guerra entre Rusia y Turquía. Hasta allí viajó escapando de deudas de juego y animado por su hermano Nikolai, teniente de artillería, quien le insistió para que le acompañara. Con el tiempo, de vuelta a San Petersburgo, se topa con el fuerte contraste entre la vida de sacrificios y actos heroicos de sus días en Crimea (relatados en Sebastopol) y la vida frívola y vacía en la ciudad del Báltico. La percepción de este contraste es como una toma de consciencia que marca el devenir de Tolstoi. Se le ha considerado un cristiano libertario que tuvo gran influencia en el desarrollo del pensamiento anarquista. Uno de los puntos centrales de la visión del cristianismo de Tolstoi es el concepto de resistencia no violenta que transmitió a Mohandas Gandhi, como se deduce de la extensa correspondencia que ambos mantuvieron. También fue precursor del naturismo libertario. Defendió el vegetarianismo a toda costa, por entender que es inmoral quitarle la vida a otro animal para alimentarse. Tolstoi decía que alimentarse de carne es un vestigio del primitivismo más grande y que el paso al vegetarianismo es la primera consecuencia natural de la ilustración. Practicó lo que creía: que la ley fundamental de la vida es el amor, y en sus últimos años y tras varias crisis espirituales se convirtió en una persona profundamente religiosa (aunque contrario a las instituciones eclesiásticas, por lo que fue excomulgado) y altruista. La contradicción patente entre la existencia lujosa que llevaba y su ideología le llevó a abandonar San Petersburgo para mezclarse con los campesinos de Yasnaia Poliana, su aldea natal y donde se había criado. Allí vivió dedicado al oficio de zapatero y también fue profesor, autor y editor de los libros de texto que estudiaban los hijos de los campesinos de la aldea, en la escuela que él mismo fundó. Allí aplicaba una pedagogía libertaria, cuyos principios fundamentales se basaban en el respeto a ellos mismos y a sus semejantes. Tolstoi intentó renunciar a sus propiedades para entregarlas a los más pobres, pero su familia se lo impidió. Tolstoi murió a causa de la neumonía en Astapovo, el 20 de noviembre de 1910, en la estación ferroviaria, tratando de huir de su casa. Parece que a Tolstoi le sobraban demasiadas cosas como para llevárselas a una isla desierta.
Seguro que Grigori (“Grisha”) Perelman no se llevaría a la isla ni las envidias, ni las ambiciones, ni el ansia de gloria, fama y riqueza que parece imperar en nuestra sociedad. El genial matemático ruso de origen judío (a principios de los 80, su C.I. era el más elevado de todos los miembros de la organización Mensa), nacido el 13 de junio de 1966, dedicó ocho años de su vida a desarrollar en solitario la solución a la conjetura de Poincaré (propuesta en 1904, es uno de los siete problemas matemáticos fundamentales y el problema abierto más famoso de la topología, cuya resolución es premiada con un millón de dólares por el Instituto de Matemáticas Clay de Cambridge). Al demostrar la conjetura de geometrización de Thurston, resolvió afirmativamente la famosa conjetura de Poincaré. Después de dos años de reticencias y comprobaciones, la comunidad científica no encontró fallos en el planteamiento, lo que convirtió la mencionada conjetura en un teorema y a Perelman en ganador de la Medalla Fields (ese equivalente de los premios Nobel en matemáticas, que se concede cada cuatro años) por “sus contribuciones a la geometría y sus ideas revolucionarias en la estructura analítica y geométrica del flujo de Ricci”. Costaría explicar en términos sencillos en qué consiste el teorema demostrado por Perelman, pero basta con decir que la importancia de este logro es que podría ayudar a comprender la forma del cosmos o a catalogar todas las formas tridimensionales del universo. Recibir la Medalla Fields le habría permitido, además, reivindicar el premio del millón de dólares del Instituto de Matamáticas Clay. Pero el asunto fue sonado, porque Perelman rechazó tanto el galardón como la pasta. En España tuvo cierta repercusión, puesto que aquel 22 de agosto de 2006, la ceremonia de entrega de la Medalla Fields tenía lugar en Madrid, en el seno de un Congreso de Matemáticas. Grisha estaba profundamente disgustado con la comunidad de matemáticos y muy decepcionado con la práctica de investigación secreta y recelosa de sus compañeros. A tal punto, que aun hoy en día se niega a tener algún tipo de relación con ellos. El chasco de Perelman puede tener su origen o haberse visto agravado por su generosidad y confianza al haber publicado su trabajo en internet. Dos matemáticos chinos, Xi-Ping Zhu y Huai-Dong Cao, alegaron haber resuelto la conjetura, pero posteriormente fueron acusados de clonar la fórmula desde la web. Sin embargo, Perelman publicó un artículo en The New Yorker mostrando su decepción por los estándares éticos en el campo de las matemáticas y se refiere, en particular, a los esfuerzos del también medallista Fields Shing-Tung Yau por aminorar el papel de Grisha en la demostración y exaltar el trabajo de Zhu y Cao. Se intentó resolver la polémica con la concesión del prestigioso premio al matemático ruso, pero Perelman siguió rechazando la medalla, por más que sir John Ball (presidente de la Unión Matemática Internacional) se pasara tres días en San Petersburgo tratando de persuadirle para que aceptara. Grisha insiste en que le basta con el reconocimiento de la validez de su trabajo y con el beneficio para la ciencia que esto supone. El profesor Marcus du Sautoy, de la Universidad de Oxford, insiste en esa idea: "Se ha aislado de cierta manera de la comunidad matemática. Se ha desilusionado de las matemáticas, lo cual es muy lamentable. No está interesado en el dinero. El gran premio para él es demostrar su teorema". En la actualidad, Grigori Perelman está retirado de las matemáticas. No se las ha llevado a su isla desierta, a su humilde retiro en las afueras de San Petersburgo, donde vive cuidando a su madre en un modesto apartamento.
Y ya llego al tercero de los viajeros a islas desiertas, a Henry David Thoreau, considerado uno de los padres de la literatura norteamericana. Este escritor y filósofo anarquista de Concord (Massachusetts) fue agrimensor, naturalista, conferenciante y fabricante de lápices. Se le considera uno de los pioneros de la ecología y de la ética medioambiental. También es conceptualizador de las prácticas de desobediencia civil y su ensayo La desobediencia civil, donde propone ideas como el pacifismo y la no violencia, fue de gran influencia en Tolstoi y Gandhi. También Luther King expresó abiertamente su admiración a Thoreau, quien había sido condenado a prisión durante unos días por negarse a pagar impuestos debido a su oposición a la guerra contra Méjico y a la persistencia de la esclavitud en su país. Me gustaría destacar un experimento que llevó a cabo durante un poco más de dos años (del 4 de julio de 1845 al 6 de septiembre de 1847) y que consistió en retirarse a la vida en la naturaleza, en los bosques próximos a Walden Pond. De aquella experiencia nos queda su libro (recomendable lectura) de 1854 titulado Walden (Walden, la vida en los bosques), a manera de respuesta a esas insignificantes preguntas con las que comencé este escrito.
Dejo a continuación un fragmento del texto de Thoreau.
La superficie de la tierra es blanda y en ella se imprimen las pisadas humanas; y lo mismo sucede con los caminitos que recorre la mente. ¡Cuán estropeadas y polvorientas deben de estar, pues, las grandes carreteras del mundo y cuán profundas las huellas que dejan en ellas la tradición y el conformismo! No quiero tomar pasaje de camarote, sino más bien ir delante del mástil, sobre la cubierta del mundo, porque desde allí podré divisar mejor la luz lunar entre las montañas. Ya no deseo viajar abajo.
Con mi experimento aprendí al menos que si uno avanza confiado en la dirección de sus ensueños y acomete la vida que se ha imaginado para sí, hallará un éxito inesperado en sus horas comunes. Dejará atrás algunas cosas, cruzará una invisible frontera; unas leyes nuevas, universales y más liberales, principiarán a regir por sí mismas dentro y alrededor de él; o las viejas leyes se expandirán y serán interpretadas en beneficio suyo en un sentido más generoso, y vivirá con el permiso de seres pertenecientes a un orden más elevado. En la proporción en que haga más sencilla su vida, le parecerán menos complicadas las leyes del universo y la soledad no será soledad, ni la pobreza será pobreza, ni la debilidad será debilidad. Si uno ha construido castillos en el aire, su tarea no se perderá; porque ahí están bien edificados. Que tan sólo ponga ahora los cimientos bajo esos castillos. (...)
¿Por qué hemos de tener una prisa tan grande en triunfar, y en empresas tan desesperadas? Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que eso se deba a que escuche un tambor diferente. Que camine al ritmo de la música que oye, aunque sea lenta y remota. No importa que madure con la rapidez del manzano o del roble. ¿Cambiará él su primavera en estío? Si todavía no existe la coyuntura de las cosas para las que fuimos creados, ¿con qué realidad las reemplazaríamos? No debemos encallar en una realidad hueca. ¿Construiremos con trabajo un cielo de vidrio azul sobre nosotros, para que cuando esté hecho nos afanemos en contemplar, más lejos y arriba, el verdadero cielo etéreo, como si no existiera el anterior?
Por menguada que sea tu vida, enfréntala y vívela; no la esquives, ni le apliques rudos apelativos.
domingo, 6 de julio de 2008
crece, peter pan
(49ª entrada)
No, chaval. Ya no me embaucas más con tu cara amable. Ya no trago. James Matthew Barrie no era Antoine de Saint-Exupéry, y se nota. No mencionaré la calidad literaria, más bien lo digo por lo distintos que han sido sus hijos. Tú has sido el niño que ha escondido su final, quizás temeroso de reconocerlo. Has sido el niño que ha sabido bajar el telón de sus funciones antes de que se descubriera el fatídico epílogo. El primer Peter (el hijo de Sylvia Llewelyn Davies, el niño que se negaba a creer en los juegos imaginarios de Barrie hasta que fue seducido por el síndrome), siendo ya un adulto editor de renombre, se lanzó a las ruedas del metro desde el andén sin haber alzado el vuelo en el último momento. Y no sé cuántos como tú habrán seguido parecidos destinos. Me has hecho creer que mantener a Garfio a raya era una gran aventura, pero en realidad has estado alimentando tendencias suicidas de jovencitas Wendys, logrando que pusieran su pie sobre el vacío, más allá del marco de la ventana.
Ya no me convence tu look Disney, tu Campanilla, tu troupe de Niños Perdidos ni tu país de Nunca Jamás. Crece, Peter. Ya has perdido la inocencia... ¿de qué te sirve mantenerte niño sin serlo? Crece, si quieres volver a ser un niño de verdad. Me gustaría encontrarte un día, por casualidad, cobrando en la caja de un supermercado, o trabajando en una mesa de oficina, o conduciendo el autobús, o reparando el motor de los automóviles en un taller, o defendiendo a un acusado ante un tribunal, o atendiendo en tu ventanilla a los clientes de la caja de ahorros... y saber que disfrutas de la vida. Olvídate del capitán Garfio. Llevas tanto tiempo concentrado en él que has terminado por asemejarte a tu némesis. Fuiste héroe cuando salvaste al niño de ser víctima de la tiranía de los mayores. Pero terminó. No sirve que ahora sean los mayores víctimas de la tiranía del niño. Tu imaginación se convirtió en prisión, al punto que llegó el tiempo en que la realidad pasó a ser la imaginación de tu imaginación.
Crece, Peter, aunque no envejezcas. Pero olvida tus miedos... asume que no estás por encima del bien y del mal, que tu rebeldía ya no es tal, que tu soledad sólo es el precio que pagas por tu incapacidad para darte a los demás, que tu falta de empatía también te impide mostrar tus sentimientos cuando lo estás necesitando.
No olvides que el mismísimo Robin Williams a quien llegaste a engatusar para dar marcha atrás y volver a las andadas en Hook, es quien le pega un buen repaso a uno de tus adeptos en Good Will Hunting. Ayer lo recordé, de visita, en un instante perdido. Y, cuando te pille por banda, te hablaré de Maslow, aunque todavía lo tengo en tareas pendientes... Hoy, quiero dedicarte ese trocito de la película donde se dice lo que debes oír. Porque te hace falta una sesión de terapia como ésa. Porque entiendo que eres como el superdotado Will: un pobre muchacho perdido, "creído y cagado de miedo", que necesita mirarse cara a cara consigo mismo.
Hazlo, Peter. Y crece.
"En verdad os digo: a no ser que cambiéis y os hagáis como los niñitos, de ningún modo podréis acceder al reino de los cielos".
(Evangelio de Mateo, cap. 18: 3)
No, chaval. Ya no me embaucas más con tu cara amable. Ya no trago. James Matthew Barrie no era Antoine de Saint-Exupéry, y se nota. No mencionaré la calidad literaria, más bien lo digo por lo distintos que han sido sus hijos. Tú has sido el niño que ha escondido su final, quizás temeroso de reconocerlo. Has sido el niño que ha sabido bajar el telón de sus funciones antes de que se descubriera el fatídico epílogo. El primer Peter (el hijo de Sylvia Llewelyn Davies, el niño que se negaba a creer en los juegos imaginarios de Barrie hasta que fue seducido por el síndrome), siendo ya un adulto editor de renombre, se lanzó a las ruedas del metro desde el andén sin haber alzado el vuelo en el último momento. Y no sé cuántos como tú habrán seguido parecidos destinos. Me has hecho creer que mantener a Garfio a raya era una gran aventura, pero en realidad has estado alimentando tendencias suicidas de jovencitas Wendys, logrando que pusieran su pie sobre el vacío, más allá del marco de la ventana.Ya no me convence tu look Disney, tu Campanilla, tu troupe de Niños Perdidos ni tu país de Nunca Jamás. Crece, Peter. Ya has perdido la inocencia... ¿de qué te sirve mantenerte niño sin serlo? Crece, si quieres volver a ser un niño de verdad. Me gustaría encontrarte un día, por casualidad, cobrando en la caja de un supermercado, o trabajando en una mesa de oficina, o conduciendo el autobús, o reparando el motor de los automóviles en un taller, o defendiendo a un acusado ante un tribunal, o atendiendo en tu ventanilla a los clientes de la caja de ahorros... y saber que disfrutas de la vida. Olvídate del capitán Garfio. Llevas tanto tiempo concentrado en él que has terminado por asemejarte a tu némesis. Fuiste héroe cuando salvaste al niño de ser víctima de la tiranía de los mayores. Pero terminó. No sirve que ahora sean los mayores víctimas de la tiranía del niño. Tu imaginación se convirtió en prisión, al punto que llegó el tiempo en que la realidad pasó a ser la imaginación de tu imaginación.
Crece, Peter, aunque no envejezcas. Pero olvida tus miedos... asume que no estás por encima del bien y del mal, que tu rebeldía ya no es tal, que tu soledad sólo es el precio que pagas por tu incapacidad para darte a los demás, que tu falta de empatía también te impide mostrar tus sentimientos cuando lo estás necesitando.
No olvides que el mismísimo Robin Williams a quien llegaste a engatusar para dar marcha atrás y volver a las andadas en Hook, es quien le pega un buen repaso a uno de tus adeptos en Good Will Hunting. Ayer lo recordé, de visita, en un instante perdido. Y, cuando te pille por banda, te hablaré de Maslow, aunque todavía lo tengo en tareas pendientes... Hoy, quiero dedicarte ese trocito de la película donde se dice lo que debes oír. Porque te hace falta una sesión de terapia como ésa. Porque entiendo que eres como el superdotado Will: un pobre muchacho perdido, "creído y cagado de miedo", que necesita mirarse cara a cara consigo mismo.
Hazlo, Peter. Y crece.
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