(etapa 12.13)
- No, idiota. Está enamorada.
- Pero si no la conozco.
- Claro que la conoces.
- ¿Desde cuándo?
- Desde siempre. En tus sueños.
(del film "Amélie")
FINALES
En toda narración (del tipo que sea) la estructura argumental se delinea en un proceso que lleva desde la introducción, pasando por un nudo, hasta un desenlace. Todas las partes son importantes, pero en la forma de
desenlazar puede estar el quid del asunto, el éxito o el fracaso, por ser la última huella que el narrador deja en la mente del receptor (sea lector, sea espectador). Los finales.
He escuchado muchas veces la forma más simple de clasificar los finales: finales felices y finales tristes. Y también he notado rechinar de dientes hacia cada uno de ellos. Es normal. Un final feliz a calzador puede desgraciar la historia mejor llevada, igual que un final triste para evitar empalagos de más quizás resulte desolador. Depende de cada relato.
Soy aficionado a los finales felices por pura empatía. Porque me pongo en el pellejo de los protagonistas y me gusta que las cosas les vayan bien: me hace sentir partícipe de su felicidad, me hace sentir bien. Qué satisfacción cuando se superan todas las dificultades y todo parece reposar en su sitio ideal. ¿Quién no quiere que las cosas le salgan estupendamente?
Soy aficionado a los finales tristes porque no soy un ingenuo. Porque no quiero que me
vendan la moto. Ya sé lo que hay y cómo es la vida: las cosas no salen como te las habías imaginado. Con frecuencia se enredan y se encabritan hasta alcanzar el desastre, más o menos. Un final triste tiene la fuerza de lo real, de lo cotidiano: del telediario, de la crónica de sucesos, del llanto que no cesa, de la desgracia que sobrevuela las cabezas.
Los finales que más me gustan, empero, son los que aún no se han escrito.
PRINCIPIOS
El gimnasio al que voy está en un edificio municipal bastante bien ubicado en la ciudad. Desde la sala de musculación se ve parte de la bahía, el puerto y su actividad, los edificios con galerías de vidrieras orientadas al sur, la lejana torre de Hércules, la estación de mercancías anexa al puerto, incluso la cúpula del planetario entre la masa verde que forman las copas de los árboles del parque de Santa Margarita. El polideportivo ocupa una parcela en el extremo de unos jardines. Me gusta dejar el coche aparcado en la avenida y recorrer el paseo de los jardines hasta el edificio. Disfruto contemplando la luz, el cielo abierto, el mar, los árboles.
Los árboles son el calendario plantado en el parque. Cada estación, cada mes, tiene su propio paisaje. Desde el ventanal, acompañan árboles que se verán (según la fecha) desnudos, esqueléticos, tímidamente vestidos, con diminutas hojas de un verde pálido, o en todo el esplendor de su verdura.
Los árboles son lentos, pero pacientes. Su virtud es la constancia. Van cambiando de una manera que no se puede percibir a simple vista. Pero un día salta la sorpresa, como si en un abrir y cerrar de ojos todo fuera nuevo. Después de semanas de frío intenso, en que han sido azotados por el viento y castigados por la lluvia y el granizo, después de exhibir troncos desarropados y ramas escuálidas, ha bastado un poco de calidez para que los ancianos señores del parque hayan dado la orden a sus yemas. Pasa cada año, ocurre cada vez que se acerca la primavera: ¡brotad! Y unas pequeñitas hojas empiezan a tapizar sus ramas. Es marzo, anunciando el retorno de Perséfone.
No sé por qué me sorprendo. Era lo previsto, lo que tenía que ocurrir. Aunque no dejo de maravillarme cada vez que se extiende el indulto y todo comienza de nuevo. Una vez más.
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Hoy se celebraba el día de la mujer. No sé cuál es la
denominación oficial, pero se entiende diciendo "el día de la mujer". Ya no pongo trabajadora o no, porque tal como está el asunto del empleo, no se trata de dejar fuera de la celebración (aún encima) a quienes sufren sin merecerlo.
Algunas mujeres con las que he hablado sobre este día me dicen que la celebración es absurda, otras me dicen que es necesaria. Y todas me dan sus razones y yo las comprendo a todas. Y también tengo
mi propia opinión. Lamento que haya quien monte celebraciones estúpidas: que regale flores o que haga rebajas en lencería, pero luego se olvide de lo importante. Detesto estos alardes de banalidad, la capa de pintura que hace creer que se han arreglado las profundas grietas que subyacen. No. Una flor o un regalito no resuelven nada. Lo necesario es trabajar duro para alcanzar lo que es justo y de ley. Y no hay que conformarse con menos de eso.
Y quizás un día (¡ojalá!) no sea necesario reservar más días para llamar la atención sobre lo que no funciona bien respecto a la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Ese día, bienvenidos los regalitos. Pero mientras el día no llega, la celebración no es sino la forma de constatar que el trabajo aún no está terminado.