domingo, 6 de enero de 2013

el día de los papeles rotos

(etapa 02.13)

Pensé que amanecería con dolor de cabeza por haber trasnochado tanto y que aún se agravaría un poco más con una batería madrugadora de decibelios infantiles. Pero no. Tranquilidad, demasiada tranquilidad. Ahora echo de menos el estimulante jugueteo de niños repletos de ilusión. El parque está vacío, excepto por las últimas hojas marrones de los árboles, que el viento aún no ha barrido. El viento que, figuradamente, también barrerá los papeles rotos fruto de la frenética voracidad de los más pequeños, en su tarea de desenvolver unos regalos tan anhelados. Quizás es el legado más olvidado en este día: una montaña de papeles rotos.

Y no solo de papeles que envolvían regalos. También otros papeles serán arrastrados por el viento que, desde la ilusión, transporta las cosas hacia el olvido. Hace pocos días, cuando volvía de la visita navideña en casa de mis padres, en la habitual parada en la autopista para comer y repostar una vez pasada esa locura que llaman Madrid, un hombre apostado en la entrada del restaurante y vestido con una armadura de papeles llenos de números me dice, cuando ya voy a cruzar el umbral: Tengo el número premiado. Medio en broma, medio para darle a entender que no estoy interesado en comprar lotería, le respondo: Entonces supongo que ya los ha comprado usted todos. Nos cruzamos unas sonrisas y cada uno a lo suyo. Su falta de fe en lo que está haciendo me ha librado de su insistencia.
Todos esos papeles rotos también se los llevará el viento.

miércoles, 2 de enero de 2013

rutina

(etapa 01.13)

La tenue luz de la mañana. La cara en el espejo. Las nubes en el cielo. El libro en la mesilla. El vaso de agua. El pomo de la puerta. La quiosquera de la esquina. El vendedor de pañuelos del semáforo. La papelera rota. El graffiti de las iniciales. La pintada obscena. El olor de la calle. Los adoquines bajo mis pies. La alfombra ondulante de cabezas. El ruido estridente de los coches. Los segundos de espera. La luz verde de paso. La puerta del local. Las mariposas en el estómago. La chica de la cafetería.
Y de repente...

sábado, 22 de diciembre de 2012

la travesía del desierto

(etapa final del retiro)

Es posible que la palabra desierto tenga más connotaciones negativas que positivas. Puede ser. Aunque en estos asuntos tan subjetivos no me atrevo a pronunciarme. Es más, pensándolo con detenimiento, tampoco puedo decir si para mí es una palabra que me sugiere más cosas buenas que malas o viceversa. Depende de muchos factores: el momento, las emociones, las circunstancias...
El desierto es un lugar inhóspito, un reducto de soledad, un lugar que aparenta ausencia de vida, un paradigma de escasez y de sencillez. El desierto es también lugar de retiro, entorno de meditación, el laberinto sin muros, la esencia de la prueba interior. El desierto puede ser todo eso o nada de eso, depende de cómo se permanezca en él.

Este desierto se acaba para mí. Ya atisbo las últimas dunas. Un poco más y el retiro habrá terminado. Un retiro intermitente, en cierto modo. Ha habido momentos en que algún pensamiento quería cobrar forma propia, se removía en el interior esforzándose por salir y arrastrándome con él. Es comprensible: la prolongada ausencia de palabras llega a producir dolor.
El retiro ha dado sus frutos. Algunos objetivos se han cumplido y otros no. Pero no importa, la vida continúa más allá del desierto. Ahora comienza otra etapa, con cosas nuevas y cosas antiguas, como todas las etapas.

Poco más que decir. Volverán las rutinas, volverán los viajes, volverán los escritos, volverán las oscuras golondrinas...
Unos días finales de descanso, al final del retiro, al final de la travesía del desierto. Y nada más.

lunes, 17 de diciembre de 2012

mi tesoro

(desde las procelosas estepas del retiro)

Parecería un ejercicio de oportunismo hablar de la ficción literaria de Tolkien, ahora que se acaba de estrenar la versión cinematográfica de "El hobbit", pero solo me voy a referir (y de pasada) a uno de sus personajes. Cuando pienso en Gollum, pienso que su legado, obviando el manido tema de la bipolaridad, puede resumirse en un par de cosas. Brevemente: Por un lado, la idea de que el poder que se desea, cuando se lo tiene y no se lo usa para servir a los demás, acaba por corromper desde lo más profundo a quien lo atesora. Y de qué manera. Por otro lado, una locución de dos palabras, que es la que da título a este post. Me voy a quedar con esto último, en plan jocoso.

Trasteando por la blogosfera, hace ya algunos meses, encontré una página extraordinaria. La de un tipo genial, que escribe de forma alucinante. Alucinante de bien. Profundo, con fuerza, talentoso, emocionante, elegante, directo... Y lo más sorprendente es que en un montón de publicaciones (el tipo es, además, prolífico) apenas tiene, en total, unos pocos comentarios. La mayoría de las entradas no tienen ni un solo comentario. Es como si eso no lo leyera nadie o como si los que leyéramos luego fuésemos incapaces de escribir una sola frase coherente. Alguna vez me he planteado, después de leer lo que escribe, que lo más sensato que podría hacer yo es cerrar el blog y "colgar el boli". No tiene sentido emborronar el espacio virtual después de semejante exhibición. Me siento tan minúsculo... ¡qué baño de humildad! Pero, bueno, también he pensado otra cosa. Después de ver ese espacio inmaculado, como nieve que no ha sido hollada, ¿por qué no seguir escribiendo para proteger tal paraíso? En plan distracción, para que nadie lo descubra, quiero decir.

Quizás esto aparente ser una absurda contradicción. Lo que apuntaba hacia la recomendación de una página se ha convertido en ninguna página recomendada. Empero, no es tan absurdo como parece. Sí que tengo una recomendación. Mi recomendación es que no desveles aquello que puede ser desnaturalizado, si no se deriva ningún provecho evidente de tal revelación. En otras palabras: Si eres Fleming y descubres la penicilina, no te la quedes para ti, porque tal reserva no va a beneficiar a nadie, ni siquiera a Fleming ni a la propia penicilina. Si eres Colón y descubres América, mejor que te lo calles, porque pronto encontrarán la forma de depredar las nuevas tierras. De todas formas, tarde o temprano, alguien la descubrirá y podrás dormir tranquilo al no ser el responsable de lo que suceda a partir de ahí. Por supuesto, es una ingenua recomendación que no es preciso que sea tenida en cuenta. Me la aplico para mí y por eso no voy a cometer la torpeza de dar detalles de mi hallazgo. Posiblemente, eso aumentara sus lectores en media docena, como mucho. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si el boca a boca corriera como la pólvora y apareciera una legión de lectores? ¿Y si a partir de ese momento proliferaran los comentarios y el escritor, abrumado, sintiera que ahora se debe a sus lectores? ¿Y si eso acabara con aquel espacio maravilloso?
No puedo correr un riesgo semejante.
No. Es todo para mí, es mi tesoro. Mi tessssoooooooroooo.

domingo, 9 de diciembre de 2012

cuadrando el círculo

(todavía más pensamientos desde el retiro)

Un ser humano, visto desde fuera, revela una aparente simetría. Por dentro es otra cosa: un estómago de un lado y un hígado del otro, el páncreas también fuera del eje, un pulmón algo más pequeño que el otro para alojar al corazón, que se reclina ligeramente sobre el lado izquierdo... estos detalles del diseño. A nivel mental, también cada hemisferio del cerebro controla distintas áreas del intelecto. Simplificando mucho, el derecho es el emocional, el izquierdo el racional. Además, la destreza que se tiene con las extremidades de la parte derecha o izquierda tampoco es la misma. En resumen: simetría de pacotilla. Ahora bien, envuelves todo esto y al exterior sí que parece bastante simétrico.
Pocas cosas escapan a la percepción más aguda. Y si se trata de percibir, el cerebro no descansa de esta tarea. A nivel consciente, puedes pensar que no es importante. Pero, inconscientemente, tu cerebro te sugerirá que las personas te van a resultar más atractivas cuanto más simétricas las percibas. Así es esto. Luego, puedes hacer caso o no, pero él insistirá pese a todo.

Vaya rollo con la simetría. Puede parecer poco importante, pero ahora pienso en una cosa... Si una de ambas piernas es un poco más larga que la otra (algo prácticamente imperceptible, pero que -si se miden con precisión las dos- se puede verificar que sí lo es), esto quiere decir que en una larguísima caminata sin referencias se acabaría dando vueltas en círculo, porque la zancada que se dé con una pierna será un poquito más larga que la que se dé con la otra.
No sé, no sé... creo que al final hay demasiadas personas caminando en círculo. Yo mismo me he preguntado alguna vez: ¿qué hago de nuevo aquí? Uno esperaría ir avanzando, pero de repente se encuentra con que no ha sido así. Se repite una situación, un panorama, como en un déjà vu. Extrañas vidas paramnésicas.
Tal vez la clave de la repetición esté en esa pérdida de referencias. Por ejemplo: un desierto es un lugar con muy pocas referencias. El cielo es azul y en él solo hay un sol (ardiente y asfixiante, por cierto) que, durante el día, se mueve de este a oeste y en el hemisferio norte alcanza su cénit hacia el sur. Al mediodía, para más datos. Pero eso es todo. El resto, abajo en el suelo, son dunas y más dunas. Cambiantes e imposibles de memorizar. No hay más información. Qué fácil es perderse. Aunque decidieras caminar en línea recta para llegar a algún sitio, lo que sucedería es que, sin brújula, acabarías trazando círculos en el desierto, en un mar de arena sin referencias.

Así van pasando los días, procurando aferrarse a algún pormenor, siguiendo los hitos del camino, buscando las claves, tratando de cuadrar una trayectoria curva, intentando avanzar y llegar a algún puerto de reposo. O eso o llenar de círculos el solitario vacío de los desiertos de la vida.

viernes, 30 de noviembre de 2012

once de doce

(más pensamientos desde el retiro)

Cuando pienso en meses de transición, todo el protagonismo se lo lleva noviembre. Es tan de transición que le sobran días. Podría tener menos que febrero, pero aun así pertenece al club de los meses de 30 días, no al de los de 31, que es el de los meses "importantes". A ver... no tengo nada en contra de los meses de 30 días (de los doce, mi mes favorito es septiembre), pero es que noviembre no merecía durar tanto como otros. Empieza con las fiestas de los difuntos y se va diluyendo en una especie de agonía prenavideña, acompañada con la amenaza de un invierno al acecho. Tan en tierra de nadie está noviembre, que ocupa un lugar insustancial en medio del otoño, con los árboles ya despojados de sus hojas, pero sin que las nieves hayan extendido todavía su manto blanco por doquier.

Y ya ha pasado noviembre. Se ha ido como desaparece el sol al final del día. Sin ruido, sin alharacas, sin un postrer exceso, lánguidamente. Con poco equipaje que transportar, con las escasas expectativas trasladadas a diciembre, con bastante indolencia, anestesiados los sentidos.
En ese vacío, echo de menos algo así como un thanksgiving day, un alto en el camino que sirva para marcar el punto de inflexión entre la nada otoñal y el resto del páramo en que los adornos navideños (todavía desactivados) comienzan a abarrotar las ciudades, estirando un tiempo que luego (de tan anunciado, como en el cuento del pastor mentiroso y el lobo) transcurrirá en un suspiro, como por sorpresa.
Es lo que tiene noviembre, que le ha tocado ocupar un lugar casi al final del año, donde es difícil prestarle atención o tenerle cariño. Aunque quizás suceda que algún noviembre de algún año se guarde un as en la manga y una Sara Deever aparezca de repente para transformar un mes anodino en una experiencia inolvidable. Dulce, tal vez.
Pero no será este noviembre. Ya no.




domingo, 25 de noviembre de 2012

galope tendido

(pensamientos desde el retiro)

Saturno devorando a un hijo. La imagen es demencial. Como si estuviera pintada por un demente. Como si el retratado fuera un demente. Como si pintor y retratado fueran ambos dementes. El caso de Goya tiene más que ver con su sordera y su amargura, pero lo de Saturno es otro cuento. Saturno es el nombre romano del tipo al que los griegos habían llamado Cronos. Y también había otro Chronos, del que este Cronos parece ser una asimilación o paquete-resumen o algo así. El dios del tiempo, la personificación del tiempo, el titán, todo en uno.
El tiempo es una locura. Antes de que existiera el universo, no había nada. Nada. Ni el tiempo. Con la aparición del universo, el tiempo se pone a cero y empieza a correr. Y, desde entonces, a toda pastilla, a galope tendido, sin freno, hasta que se lo trague alguna singularidad. Y el dios griego cabalga sobre este corcel desbocado o es él mismo el corcel desbocado. Está tan desequilibrado que se carga a su padre y luego a sus hijos según van naciendo. En fin... ya me lo decía un amigo hace unos días: los seres humanos perdonan a veces, pero el tiempo nunca perdona. Es cierto. Siempre te acaba alcanzando, por mucho que corras.

¿Es la vida como un tetris? Ella a su ritmo (a galope tendido, por supuesto) y va dejando caer oportunidades, embrollos, obstáculos, quebraderos de cabeza, venturas y desventuras, para que cada cual los vaya encajando o apilando como quiera y los vaya aprovechando como mejor le parezca. Pero nunca se detiene para que vayas ordenando ese hilo de vida. No se para si se te han roto las entrañas, si ya no puedes más y necesitas un descanso. Él sigue adelante. Ni siquiera se detiene para que te apees si es tu elección. Nada de eso. O te bajas en marcha o sigues en la grupa del caballo loco. Hay quien se da maña y le va bien. Encuentra la forma de dilatar el tiempo, de ralentizarlo, de estirarlo lo necesario para maniobrar a la velocidad oportuna. Como si domara el potro salvaje. También hay quien no es lo suficientemente rápido y se gana un game over prematuro y quizás un gracias-por-haber-participado. Es amplia la galería de los perdedores. Aunque están todos aquellos que, para ganar siempre, lo que hacen es perder lo importante y también están todos aquellos que, perdiendo, terminan por ganar lo realmente valioso. Qué complicado es esto.

Victorias y derrotas, ganar y perder... Dejo que lluevan las figuras del tetris, dejo de montar puzzles, dejo que galope el corcel, dejo que me atrape el tiempo. Entonces se hace la calma, desaparece el ruido. Entonces lo veo todo con una claridad que nunca habría imaginado.