(etapa 15.13)
Recordaba ahora una película que vi estas navidades, en una sobremesa en casa de mi hermana. Es una película india titulada Mi nombre es Khan. No es un peliculón (también he leído unas cuantas críticas desfavorables), sin embargo se deja ver y contiene algún mensaje sencillo pero que merece la pena tener presente. En un momento de la película, cuando Khan es todavía un niño que vive en Bombay, se muestra alguna escena del conflicto entre los musulmanes y los hindús en la ciudad. Khan y su familia son musulmanes y, aunque en el corazón del muchacho comienzan a brotar sentimientos de desprecio hacia los hindús, su madre le dice una verdad esencial (no cito literalmente, sino la idea que recuerdo): No pienses en musulmanes o hindús. No es un conflicto entre "buenos" y "malos", porque en la vida solo hay buenas personas y malas personas, y tanto unas como otras pueden estar en cualquiera de los grupos que llegues a imaginar. Esto no tiene nada que ver con la religión que practiquen o que digan practicar. En la segunda parte de la película, con un Khan ya adulto y viviendo en los Estados Unidos después del atentado del 11-S, la comunidad musulmana se convierte en sospechosa de terrorismo e incluso él mismo es confundido con un terrorista. Desde ese momento (y tras una serie de vicisitudes personales), su objetivo será encontrarse con el presidente del país y decirle en persona: "Mi nombre es Khan y no soy un terrorista".
Así parecen ser las cosas. La película lo narra con mucha dosis de sensiblería y simplismo, pero el mensaje no puede ser más claro: nuestra sociedad es víctima del vicio de etiquetarlo todo.
Etiquetar está bien cuando se trata de objetos. Si guardas un líquido venenoso en un frasco, es mejor marcarlo con una etiqueta para no caer en el error de confundirlo con algo que se pueda beber. Si una prenda está hecha de cierto material, no está de más indicarlo con una etiqueta. Si vas a comprar al supermercado, se agradece que lo que te encuentres envasado tenga una etiqueta que indique su contenido y composición. Pero, ¿etiquetar a las personas?
Etiquetar a las personas es como congelarlas a perpetuidad e impedir la posibilidad de que cambien a ojos de quien etiqueta. Etiquetar a una persona es cosificarla, convertila en un objeto, en algo inerte. Es una injusticia que envilece a la gente.
No faltan etiquetas, las hay para todo. Las hay en política, las hay en el ámbito de los deportes, las hay en el terreno de las religiones, las hay en la organización territorial de un país o de todo el mundo. Y cada etiqueta se asocia con un calificativo (o con una descalificación) que acompañará a todos los que la reciban. ¿Eres alemán? Entonces eres un cabeza cuadrada. ¿Eres catalán? Entonces eres un agarrado. ¿Eres madrileño? Entonces eres un chulo. Ya ves: los gentilicios como adjetivos calificativos. Lo mismo si hablamos de religión, política o lo que sea. Además, las etiquetas son tan perversas que suelen ir en grupos indisolubles. Es decir, si tienes la etiqueta "A", entonces también te corresponden por decreto la "B", la "C" y la "D". Todos lo van a asumir de esta forma aunque, en realidad, esto no tiene por qué ser así. ¡Qué sorpresa será si eres catalogado como "A", pero no encajaras en "B"! ¡No podría ser, algo estaría mal en ti! Parece que alguien lo ha decidido así y no hay más discusión al respecto. Se han creado una serie de perfiles que han polarizado el mundo. Ya no se puede disfrutar de la riqueza que hay en la variedad, sino que ahora las cosas se sitúan en un extremo o en el opuesto. El horror del maniqueísmo.
Todo esto me fatiga muchísimo. Estoy más que harto de estas visiones paupérrimamente simplistas. Las etiquetas que se les ponen a las personas son como las muletas mentales de la gente estúpida, el vicio de los que tienen una visión de corto alcance y llena de tinieblas.
martes, 26 de marzo de 2013
jueves, 21 de marzo de 2013
meme que meme
(un pequeño descanso en medio de las vicisitudes del viaje)
cojonudo, da.
1. adj. coloq. malson. Estupendo, magnífico, excelente.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
Tenía pendiente un meme desde hace algo más de un mes. Hay quien dice que el deber es lo primero y por eso se pasan la vida debiendo dinero, tareas, bienes o lo que sea. También es cierto que hay deudas más gratas de saldar que otras. Por ejemplo, la que hoy me toca a mí es de lo más agradable. Me llega de David Orell, que escribe Kassius 9. Le estoy reconocido por la mención que me hace en su blog y por las ganas de compartir un breve cuestionario que se llama The cojonudo's blog award.
Bueno, ya sabéis que tengo sentimientos encontrados con esto de los premios blogueros, porque me cuesta citar a unos sí y a otros no, y dejarlos en el olvido. Creo que todos hacen méritos más que suficientes para haberse ganado mi admiración y estima, así que los menciono a todos en bloque. Lo que hago con los meme-premios es agradecer al remitente, disfrutar respondiendo a la parte del cuestionario y conservar la ilusión de que algún compañero de viaje se anime a tomar el testigo.
Quizás otro día comente esos defectillos que tiene nuestra lengua, como por ejemplo la tendencia a identificar lo masculino (digamos: cojonudo) con algo bueno, mientras que lo femenino queda reservado para lo no-tan-bueno (digamos: coñazo, aunque tanto cojonudo como coñazo son palabras de género masculino, a pesar de la evidencia anatómica, ejhem), peeeeero ahora ya no enredo más y me voy a responder el mini-test:
¿El libro más cojonudo que hayas leído?
Si tengo que elegir uno, ahora mismo, a toda prisa y con estos pelos, diría que "Le Petit Prince" de Antoine de Saint-Exupéry (y mucho mejor si es en francés). Sí, un típico clásico, pero que lo tiene todo para ser cojonudo: fácil de leer, profundo, apasionante, conmovedor... No me extraña que me lo haya leído ya tropecientas y pico veces.
¿La película más cojonuda que hayas visto?
Pelis cojonudas... uf, tengo debilidad por "Qué bello es vivir". Sí, vale, llamadme ñoño, pero mola millones (y no solo en navidades, eh, ñiñiñiñi...)
¿La canción más cojonuda que hayas escuchado?
¿Elegir una sola? ¡Cuánta maldad...! En fin, ahora digo "The whole of the moon" de The Waterboys. Y si me preguntas dentro de un rato, te diré otra distinta. Yo soy así con esto de las canciones...
¿Lo más cojonudo que hayas hecho en tu vida?
¡Qué triste! ¡¡Llevo un buen rato pensando y no se me ocurre nada!!
Ah, ya sé: ¡pintar la bóveda de la Capilla Sixtina!
...
Bieeennnn, ya sé que no iba a colar, pero eso me da algo de tiempo para seguir pensando...
...
Bufff si dijera que lo más cojonudo que he hecho en mi vida ha sido comenzar este blog, entonces cualquiera se pensaría que mi vida es un erial.
Vale, sí, lo reconozco: mi vida es un erial. Me voy a llorar a un rincón...
Y por último, si tuvieras que reencarnarte en un animal (animal cojonudo, por supuesto) ¿cuál sería?
A ver: tendría que ser un animal que no obedezca órdenes, que disfrute sin hacer nada pero que le guste jugar con lo primero que le surja, que le fastidie mucho que lo molesten, que pase de todo...
¡Anda! ¡Pero si estoy escribiendo la definición de "gato"!
cojonudo, da.
1. adj. coloq. malson. Estupendo, magnífico, excelente.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
Tenía pendiente un meme desde hace algo más de un mes. Hay quien dice que el deber es lo primero y por eso se pasan la vida debiendo dinero, tareas, bienes o lo que sea. También es cierto que hay deudas más gratas de saldar que otras. Por ejemplo, la que hoy me toca a mí es de lo más agradable. Me llega de David Orell, que escribe Kassius 9. Le estoy reconocido por la mención que me hace en su blog y por las ganas de compartir un breve cuestionario que se llama The cojonudo's blog award.
Bueno, ya sabéis que tengo sentimientos encontrados con esto de los premios blogueros, porque me cuesta citar a unos sí y a otros no, y dejarlos en el olvido. Creo que todos hacen méritos más que suficientes para haberse ganado mi admiración y estima, así que los menciono a todos en bloque. Lo que hago con los meme-premios es agradecer al remitente, disfrutar respondiendo a la parte del cuestionario y conservar la ilusión de que algún compañero de viaje se anime a tomar el testigo.
Quizás otro día comente esos defectillos que tiene nuestra lengua, como por ejemplo la tendencia a identificar lo masculino (digamos: cojonudo) con algo bueno, mientras que lo femenino queda reservado para lo no-tan-bueno (digamos: coñazo, aunque tanto cojonudo como coñazo son palabras de género masculino, a pesar de la evidencia anatómica, ejhem), peeeeero ahora ya no enredo más y me voy a responder el mini-test:
¿El libro más cojonudo que hayas leído?
Si tengo que elegir uno, ahora mismo, a toda prisa y con estos pelos, diría que "Le Petit Prince" de Antoine de Saint-Exupéry (y mucho mejor si es en francés). Sí, un típico clásico, pero que lo tiene todo para ser cojonudo: fácil de leer, profundo, apasionante, conmovedor... No me extraña que me lo haya leído ya tropecientas y pico veces.
¿La película más cojonuda que hayas visto?
Pelis cojonudas... uf, tengo debilidad por "Qué bello es vivir". Sí, vale, llamadme ñoño, pero mola millones (y no solo en navidades, eh, ñiñiñiñi...)
¿La canción más cojonuda que hayas escuchado?
¿Elegir una sola? ¡Cuánta maldad...! En fin, ahora digo "The whole of the moon" de The Waterboys. Y si me preguntas dentro de un rato, te diré otra distinta. Yo soy así con esto de las canciones...
¿Lo más cojonudo que hayas hecho en tu vida?
¡Qué triste! ¡¡Llevo un buen rato pensando y no se me ocurre nada!!
Ah, ya sé: ¡pintar la bóveda de la Capilla Sixtina!
...
Bieeennnn, ya sé que no iba a colar, pero eso me da algo de tiempo para seguir pensando...
...
Bufff si dijera que lo más cojonudo que he hecho en mi vida ha sido comenzar este blog, entonces cualquiera se pensaría que mi vida es un erial.
Vale, sí, lo reconozco: mi vida es un erial. Me voy a llorar a un rincón...
Y por último, si tuvieras que reencarnarte en un animal (animal cojonudo, por supuesto) ¿cuál sería?
A ver: tendría que ser un animal que no obedezca órdenes, que disfrute sin hacer nada pero que le guste jugar con lo primero que le surja, que le fastidie mucho que lo molesten, que pase de todo...
¡Anda! ¡Pero si estoy escribiendo la definición de "gato"!
sábado, 16 de marzo de 2013
post post-post
(etapa 14.13)
Explicar un escrito es una forma de mutilarlo. Sobre eso ya publiqué algo aquí, dando la razón a Umberto Eco cuando decía que el autor debería morirse después de haber escrito su obra. No es necesario repetirlo todo otra vez más.
Escribir es una forma de lanzar una flecha al aire. Adiós, saeta, adiós. Una vez que abandonas mi carcaj, ya nunca serás solo mía, ahora perteneces a todos los que sigan tu vuelo. Mi interpretación de algo que haya escrito (y que haya compartido) ya no será la única. Tan válidos serán los caminos por los que los demás lleven esas frases, como lo fueron los míos en el momento de concebirlas.
Digo esto porque la explicación del autor no debería pesar más que las otras. Incluso puedo estar equivocado en mi explicación acerca de algo que haya escrito, pero a veces parece necesario ponerse a ello aunque solo sea al servicio de la claridad. Y también aquí puedo estar equivocado...
Después de escribir "tiempos modernos" y de declarar mi incomprensión del tiempo en que vivo, sentí en la memoria el pinchazo de algo ya leído, de un escrito que expresaba a la perfección ese sentimiento. Hurgando un poco más en esa tierra misteriosa de la mente, me pareció identificar la semilla que ahora brotaba de ese modo. Hace ya muchos años, leí gran parte de la obra "Castilla" de José Martínez Ruiz, Azorín. El fragmento que más me impactó fue "Una ciudad y un balcón", quizás porque el primer impacto lo recibí ya en el exordio, con un verso y medio de Garcilaso, poeta al que admiraba profundamente en aquel tiempo. El ensayo acaba con estas frases:
¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.
Todo el ensayo es representativo del concepto del tiempo de Azorín. Igual que para Nietzsche, todo se repite fatalmente en el mundo. Los sentimientos, las alegrías o las penas, que se experimentan con vehemencia y que parecen tan nuevos y únicos, como si fueran inventados exclusivamente para la ocasión, como si fuera imposible que otra persona los hubiera sentido antes, no son sino los mismos sentimientos que los seres humanos llevan viviendo desde el origen de los tiempos. Todo lo creado, todo lo pensado, todo lo imaginado, todo lo sentido, vuelve a repetirse inexorablemente. Todos los tiempos, presente, pasado y futuro, quedan confinados en un mismo ente y todo lo que se cuenta podría haber sucedido en un mismo sitio.
Y en todas esas frases, como si fuera lo mismo, inalterable en el tiempo y ubicuo en el espacio, se adhiere mi sensación de no encontrar acomodo, de no hallar un lugar de descanso para el alma, de sentir que no pertenezco a ningún tiempo ni lugar, ni grupo ni clan ni ideología.
No ser capaz de comprender (quizás ni siquiera desearlo) la vida que tengo que vivir.
"No me podrán quitar el dolorido
sentir, (...)"...........................
(Garcilaso de la Vega, Égloga I)
Explicar un escrito es una forma de mutilarlo. Sobre eso ya publiqué algo aquí, dando la razón a Umberto Eco cuando decía que el autor debería morirse después de haber escrito su obra. No es necesario repetirlo todo otra vez más.
Escribir es una forma de lanzar una flecha al aire. Adiós, saeta, adiós. Una vez que abandonas mi carcaj, ya nunca serás solo mía, ahora perteneces a todos los que sigan tu vuelo. Mi interpretación de algo que haya escrito (y que haya compartido) ya no será la única. Tan válidos serán los caminos por los que los demás lleven esas frases, como lo fueron los míos en el momento de concebirlas.
Digo esto porque la explicación del autor no debería pesar más que las otras. Incluso puedo estar equivocado en mi explicación acerca de algo que haya escrito, pero a veces parece necesario ponerse a ello aunque solo sea al servicio de la claridad. Y también aquí puedo estar equivocado...
Después de escribir "tiempos modernos" y de declarar mi incomprensión del tiempo en que vivo, sentí en la memoria el pinchazo de algo ya leído, de un escrito que expresaba a la perfección ese sentimiento. Hurgando un poco más en esa tierra misteriosa de la mente, me pareció identificar la semilla que ahora brotaba de ese modo. Hace ya muchos años, leí gran parte de la obra "Castilla" de José Martínez Ruiz, Azorín. El fragmento que más me impactó fue "Una ciudad y un balcón", quizás porque el primer impacto lo recibí ya en el exordio, con un verso y medio de Garcilaso, poeta al que admiraba profundamente en aquel tiempo. El ensayo acaba con estas frases:
¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.
Todo el ensayo es representativo del concepto del tiempo de Azorín. Igual que para Nietzsche, todo se repite fatalmente en el mundo. Los sentimientos, las alegrías o las penas, que se experimentan con vehemencia y que parecen tan nuevos y únicos, como si fueran inventados exclusivamente para la ocasión, como si fuera imposible que otra persona los hubiera sentido antes, no son sino los mismos sentimientos que los seres humanos llevan viviendo desde el origen de los tiempos. Todo lo creado, todo lo pensado, todo lo imaginado, todo lo sentido, vuelve a repetirse inexorablemente. Todos los tiempos, presente, pasado y futuro, quedan confinados en un mismo ente y todo lo que se cuenta podría haber sucedido en un mismo sitio.
Y en todas esas frases, como si fuera lo mismo, inalterable en el tiempo y ubicuo en el espacio, se adhiere mi sensación de no encontrar acomodo, de no hallar un lugar de descanso para el alma, de sentir que no pertenezco a ningún tiempo ni lugar, ni grupo ni clan ni ideología.
No ser capaz de comprender (quizás ni siquiera desearlo) la vida que tengo que vivir.
lunes, 11 de marzo de 2013
tiempos modernos
(etapa 13.13)
Nunca se han vivido tiempos de tanta libertad y nunca como antes se han organizado tan numerosas y multitudinarias manifestaciones y protestas contra la opresión.
Nunca estuvo la medicina tan avanzada y nunca hubo enfermedades tan extrañas como las que aquejan ahora a las personas.
Nunca hubo una expectativa tan alta de vida y nunca se ignoró, hasta el punto de malograrla, qué sentido darle a todos esos años ganados.
Nunca hubo tantas personas ricas y nunca hasta la fecha los pobres han sido tantos y tan extremadamente pobres.
Nunca se dio tanta importancia al trabajo como medio para la realización personal y nunca el desempleo fue un asunto tan angustioso.
Nunca se tuvieron viviendas así de lujosas y nunca se padeció tanta ansiedad por tratar de no perderlas.
Nunca ha vivido tanta gente en el planeta como hasta ahora y nunca se tuvo tal sensación de soledad.
Nunca la sociedad de consumo fue tan persuasiva en sus propuestas y nunca se alcanzó semejante nivel de insatisfacción entre los consumidores.
Nunca como en estos tiempos se buscó tanto la manera de explicar el mundo y nunca el mundo ha resultado tan absurdo en su disparatado derrotero.
Nunca se ha dispuesto de tantos sistemas para estar comunicados y nunca se han tenido tantos motivos para la incomunicación.
Nunca se buscó la paz con este intenso ahínco y nunca hasta los últimos tiempos ha habido tantos muertos en tantas guerras.
Nunca comprenderé el tiempo en que vivo.
Nunca se han vivido tiempos de tanta libertad y nunca como antes se han organizado tan numerosas y multitudinarias manifestaciones y protestas contra la opresión.
Nunca estuvo la medicina tan avanzada y nunca hubo enfermedades tan extrañas como las que aquejan ahora a las personas.
Nunca hubo una expectativa tan alta de vida y nunca se ignoró, hasta el punto de malograrla, qué sentido darle a todos esos años ganados.
Nunca hubo tantas personas ricas y nunca hasta la fecha los pobres han sido tantos y tan extremadamente pobres.
Nunca se dio tanta importancia al trabajo como medio para la realización personal y nunca el desempleo fue un asunto tan angustioso.
Nunca se tuvieron viviendas así de lujosas y nunca se padeció tanta ansiedad por tratar de no perderlas.
Nunca ha vivido tanta gente en el planeta como hasta ahora y nunca se tuvo tal sensación de soledad.
Nunca la sociedad de consumo fue tan persuasiva en sus propuestas y nunca se alcanzó semejante nivel de insatisfacción entre los consumidores.
Nunca como en estos tiempos se buscó tanto la manera de explicar el mundo y nunca el mundo ha resultado tan absurdo en su disparatado derrotero.
Nunca se ha dispuesto de tantos sistemas para estar comunicados y nunca se han tenido tantos motivos para la incomunicación.
Nunca se buscó la paz con este intenso ahínco y nunca hasta los últimos tiempos ha habido tantos muertos en tantas guerras.
Nunca comprenderé el tiempo en que vivo.
viernes, 8 de marzo de 2013
principios y finales
(etapa 12.13)
- No, idiota. Está enamorada.
- Pero si no la conozco.
- Claro que la conoces.
- ¿Desde cuándo?
- Desde siempre. En tus sueños.
(del film "Amélie")
En toda narración (del tipo que sea) la estructura argumental se delinea en un proceso que lleva desde la introducción, pasando por un nudo, hasta un desenlace. Todas las partes son importantes, pero en la forma de desenlazar puede estar el quid del asunto, el éxito o el fracaso, por ser la última huella que el narrador deja en la mente del receptor (sea lector, sea espectador). Los finales.
He escuchado muchas veces la forma más simple de clasificar los finales: finales felices y finales tristes. Y también he notado rechinar de dientes hacia cada uno de ellos. Es normal. Un final feliz a calzador puede desgraciar la historia mejor llevada, igual que un final triste para evitar empalagos de más quizás resulte desolador. Depende de cada relato.
Soy aficionado a los finales felices por pura empatía. Porque me pongo en el pellejo de los protagonistas y me gusta que las cosas les vayan bien: me hace sentir partícipe de su felicidad, me hace sentir bien. Qué satisfacción cuando se superan todas las dificultades y todo parece reposar en su sitio ideal. ¿Quién no quiere que las cosas le salgan estupendamente?
Soy aficionado a los finales tristes porque no soy un ingenuo. Porque no quiero que me vendan la moto. Ya sé lo que hay y cómo es la vida: las cosas no salen como te las habías imaginado. Con frecuencia se enredan y se encabritan hasta alcanzar el desastre, más o menos. Un final triste tiene la fuerza de lo real, de lo cotidiano: del telediario, de la crónica de sucesos, del llanto que no cesa, de la desgracia que sobrevuela las cabezas.
Los finales que más me gustan, empero, son los que aún no se han escrito.
El gimnasio al que voy está en un edificio municipal bastante bien ubicado en la ciudad. Desde la sala de musculación se ve parte de la bahía, el puerto y su actividad, los edificios con galerías de vidrieras orientadas al sur, la lejana torre de Hércules, la estación de mercancías anexa al puerto, incluso la cúpula del planetario entre la masa verde que forman las copas de los árboles del parque de Santa Margarita. El polideportivo ocupa una parcela en el extremo de unos jardines. Me gusta dejar el coche aparcado en la avenida y recorrer el paseo de los jardines hasta el edificio. Disfruto contemplando la luz, el cielo abierto, el mar, los árboles.
Los árboles son el calendario plantado en el parque. Cada estación, cada mes, tiene su propio paisaje. Desde el ventanal, acompañan árboles que se verán (según la fecha) desnudos, esqueléticos, tímidamente vestidos, con diminutas hojas de un verde pálido, o en todo el esplendor de su verdura.
Los árboles son lentos, pero pacientes. Su virtud es la constancia. Van cambiando de una manera que no se puede percibir a simple vista. Pero un día salta la sorpresa, como si en un abrir y cerrar de ojos todo fuera nuevo. Después de semanas de frío intenso, en que han sido azotados por el viento y castigados por la lluvia y el granizo, después de exhibir troncos desarropados y ramas escuálidas, ha bastado un poco de calidez para que los ancianos señores del parque hayan dado la orden a sus yemas. Pasa cada año, ocurre cada vez que se acerca la primavera: ¡brotad! Y unas pequeñitas hojas empiezan a tapizar sus ramas. Es marzo, anunciando el retorno de Perséfone.
No sé por qué me sorprendo. Era lo previsto, lo que tenía que ocurrir. Aunque no dejo de maravillarme cada vez que se extiende el indulto y todo comienza de nuevo. Una vez más.
Hoy se celebraba el día de la mujer. No sé cuál es la denominación oficial, pero se entiende diciendo "el día de la mujer". Ya no pongo trabajadora o no, porque tal como está el asunto del empleo, no se trata de dejar fuera de la celebración (aún encima) a quienes sufren sin merecerlo.
Algunas mujeres con las que he hablado sobre este día me dicen que la celebración es absurda, otras me dicen que es necesaria. Y todas me dan sus razones y yo las comprendo a todas. Y también tengo mi propia opinión. Lamento que haya quien monte celebraciones estúpidas: que regale flores o que haga rebajas en lencería, pero luego se olvide de lo importante. Detesto estos alardes de banalidad, la capa de pintura que hace creer que se han arreglado las profundas grietas que subyacen. No. Una flor o un regalito no resuelven nada. Lo necesario es trabajar duro para alcanzar lo que es justo y de ley. Y no hay que conformarse con menos de eso.
Y quizás un día (¡ojalá!) no sea necesario reservar más días para llamar la atención sobre lo que no funciona bien respecto a la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Ese día, bienvenidos los regalitos. Pero mientras el día no llega, la celebración no es sino la forma de constatar que el trabajo aún no está terminado.
- No, idiota. Está enamorada.
- Pero si no la conozco.
- Claro que la conoces.
- ¿Desde cuándo?
- Desde siempre. En tus sueños.
(del film "Amélie")
FINALES
En toda narración (del tipo que sea) la estructura argumental se delinea en un proceso que lleva desde la introducción, pasando por un nudo, hasta un desenlace. Todas las partes son importantes, pero en la forma de desenlazar puede estar el quid del asunto, el éxito o el fracaso, por ser la última huella que el narrador deja en la mente del receptor (sea lector, sea espectador). Los finales.
He escuchado muchas veces la forma más simple de clasificar los finales: finales felices y finales tristes. Y también he notado rechinar de dientes hacia cada uno de ellos. Es normal. Un final feliz a calzador puede desgraciar la historia mejor llevada, igual que un final triste para evitar empalagos de más quizás resulte desolador. Depende de cada relato.
Soy aficionado a los finales felices por pura empatía. Porque me pongo en el pellejo de los protagonistas y me gusta que las cosas les vayan bien: me hace sentir partícipe de su felicidad, me hace sentir bien. Qué satisfacción cuando se superan todas las dificultades y todo parece reposar en su sitio ideal. ¿Quién no quiere que las cosas le salgan estupendamente?
Soy aficionado a los finales tristes porque no soy un ingenuo. Porque no quiero que me vendan la moto. Ya sé lo que hay y cómo es la vida: las cosas no salen como te las habías imaginado. Con frecuencia se enredan y se encabritan hasta alcanzar el desastre, más o menos. Un final triste tiene la fuerza de lo real, de lo cotidiano: del telediario, de la crónica de sucesos, del llanto que no cesa, de la desgracia que sobrevuela las cabezas.
Los finales que más me gustan, empero, son los que aún no se han escrito.
PRINCIPIOS
El gimnasio al que voy está en un edificio municipal bastante bien ubicado en la ciudad. Desde la sala de musculación se ve parte de la bahía, el puerto y su actividad, los edificios con galerías de vidrieras orientadas al sur, la lejana torre de Hércules, la estación de mercancías anexa al puerto, incluso la cúpula del planetario entre la masa verde que forman las copas de los árboles del parque de Santa Margarita. El polideportivo ocupa una parcela en el extremo de unos jardines. Me gusta dejar el coche aparcado en la avenida y recorrer el paseo de los jardines hasta el edificio. Disfruto contemplando la luz, el cielo abierto, el mar, los árboles.
Los árboles son el calendario plantado en el parque. Cada estación, cada mes, tiene su propio paisaje. Desde el ventanal, acompañan árboles que se verán (según la fecha) desnudos, esqueléticos, tímidamente vestidos, con diminutas hojas de un verde pálido, o en todo el esplendor de su verdura.
Los árboles son lentos, pero pacientes. Su virtud es la constancia. Van cambiando de una manera que no se puede percibir a simple vista. Pero un día salta la sorpresa, como si en un abrir y cerrar de ojos todo fuera nuevo. Después de semanas de frío intenso, en que han sido azotados por el viento y castigados por la lluvia y el granizo, después de exhibir troncos desarropados y ramas escuálidas, ha bastado un poco de calidez para que los ancianos señores del parque hayan dado la orden a sus yemas. Pasa cada año, ocurre cada vez que se acerca la primavera: ¡brotad! Y unas pequeñitas hojas empiezan a tapizar sus ramas. Es marzo, anunciando el retorno de Perséfone.
No sé por qué me sorprendo. Era lo previsto, lo que tenía que ocurrir. Aunque no dejo de maravillarme cada vez que se extiende el indulto y todo comienza de nuevo. Una vez más.
*******
Hoy se celebraba el día de la mujer. No sé cuál es la denominación oficial, pero se entiende diciendo "el día de la mujer". Ya no pongo trabajadora o no, porque tal como está el asunto del empleo, no se trata de dejar fuera de la celebración (aún encima) a quienes sufren sin merecerlo.
Algunas mujeres con las que he hablado sobre este día me dicen que la celebración es absurda, otras me dicen que es necesaria. Y todas me dan sus razones y yo las comprendo a todas. Y también tengo mi propia opinión. Lamento que haya quien monte celebraciones estúpidas: que regale flores o que haga rebajas en lencería, pero luego se olvide de lo importante. Detesto estos alardes de banalidad, la capa de pintura que hace creer que se han arreglado las profundas grietas que subyacen. No. Una flor o un regalito no resuelven nada. Lo necesario es trabajar duro para alcanzar lo que es justo y de ley. Y no hay que conformarse con menos de eso.
Y quizás un día (¡ojalá!) no sea necesario reservar más días para llamar la atención sobre lo que no funciona bien respecto a la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Ese día, bienvenidos los regalitos. Pero mientras el día no llega, la celebración no es sino la forma de constatar que el trabajo aún no está terminado.
jueves, 28 de febrero de 2013
cuando "doble" quiere decir "nada"
(etapa 11.13)
Me lo afirmaba un amigo: No sé por qué dicen "doble moral" en todos aquellos casos en los que se demuestra una absoluta falta de moral. Dicen que hay dos cuando en realidad no hay ninguna. Y yo le doy la razón, por supuesto. Porque creo que la tiene.
Es un asunto que me supera. No puedo con la hipocresía de quienes condenan en unos lo que aprueban en otros (o en sí mismos), dependiendo de su interés. Idénticos hechos enjuiciados de forma distinta. Doble rasero, doble moral.
Detecto un ambiente muy cargado de esta lacra en demasiados ámbitos. Quizás es fácil pensar en la política, en las noticias... pero está por doquier. Hay que mantenerse alerta para no caer uno mismo: es un defecto difícil de asumir, y eso hace más complicada la autocrítica. El resultado suele ser una mente disociada entre lo que se dice creer y una multitud de formas de llevar a la práctica lo opuesto a lo que se dice creer. Y un montón de justificaciones para mantenerse en esa disociación, claro está.
También se habla de comportamiento maquiavélico, por haberse atribuido a Nicolás Maquiavelo la frase "El fin justifica los medios". De ser cierta, no importa qué medios se hayan anunciado para alcanzar un fin. En caso de encontrar obstáculos, se cambiarán los medios de partida (los que se decía que eran buenos) por cualesquiera otros al margen de consideraciones éticas o morales. Lo importante es llegar a la meta. A toda costa. Y empiezan los juegos malabares... Como el resultado ya se conoce de antemano, el camino se irá trazando a conveniencia de quien lo recorre. Por simple interés.
Por poner un ejemplo: se puede estar tajantemente en contra de la tortura, pero entonces empiezan las carambolas. ¿Y si fuera necesario torturar a alguien para arrancar una información que pueda salvar miles de vidas? ¿Y si entre las vidas que se pueden salvar está la de personas que te importan muchísimo? ¿Eso justificaría una tortura? Por este pedregoso camino se puede llegar a disculpar la tortura de unos pero a ser intransigente con las torturas que practiquen otros, ¡menudo conflicto! Mis motivaciones son buenas, las ajenas no lo son. Porque yo lo digo.
Y así cientos de casos, más o menos sangrantes.
Recuerdo un episodio de The Simpsons, de la 3ª temporada de esta serie (de cuando a los guionistas aún no se les había ido la olla y contaban historias con sentido, graciosas y que daban mucho juego), titulado "Bart, el asesino", en que el primogénito de la familia entra a trabajar en un local de la mafia de Springfield. Él no sabe que esos tipos son mafiosos, hasta que un día, después de custodiar en su casa un alijo de tabaco, ve en las noticias de la televisión que "Fat" Tony (su jefe en el local) es sospechoso de haber robado un camión con un cargamento de tabaco. Comienza entonces un diálogo delirante entre ambos:
- Oigan... ¿son ustedes ladrones?
- Bart, ¿está mal robar una barra de pan para dar de comer a tu familia hambrienta?
- ¡No!
- Pues supón que tienes una familia muy numerosa. ¿Está mal robar un camión de pan para darles de comer?
- ¡Ah-ah!
- ¿Y... hem... si a tu familia no les gustara el pan y les gustaran los cigarrillos?
- No creo que estuviera mal.
- No. Ahora, ¿y si en lugar de regalárselo, se lo vendieras por un precio que prácticamente es un regalo? ¿Sería eso robar, Bart?
- No lo sé...
Qué fácil es deslizarse cuesta abajo para justificar lo injustificable y engañarse (y autoengañarse) como a niños. Y qué fácil resulta también ver todo ese mal en los otros pero no en uno mismo.
Como ya dije en otra ocasión, a algunas personas les hablas de moral y creen que les hablas de un árbol de la familia de las Moráceas, de cinco a seis metros de altura, con tronco grueso y derecho, copa amplia, hojas ásperas, lanuginosas, acorazonadas, dentadas o lobuladas por el margen, y flores unisexuales en amentos espiciformes, separadas las masculinas de las femeninas, y cuyo fruto es la mora. Y de nada más.
Me lo afirmaba un amigo: No sé por qué dicen "doble moral" en todos aquellos casos en los que se demuestra una absoluta falta de moral. Dicen que hay dos cuando en realidad no hay ninguna. Y yo le doy la razón, por supuesto. Porque creo que la tiene.
Es un asunto que me supera. No puedo con la hipocresía de quienes condenan en unos lo que aprueban en otros (o en sí mismos), dependiendo de su interés. Idénticos hechos enjuiciados de forma distinta. Doble rasero, doble moral.
Detecto un ambiente muy cargado de esta lacra en demasiados ámbitos. Quizás es fácil pensar en la política, en las noticias... pero está por doquier. Hay que mantenerse alerta para no caer uno mismo: es un defecto difícil de asumir, y eso hace más complicada la autocrítica. El resultado suele ser una mente disociada entre lo que se dice creer y una multitud de formas de llevar a la práctica lo opuesto a lo que se dice creer. Y un montón de justificaciones para mantenerse en esa disociación, claro está.
También se habla de comportamiento maquiavélico, por haberse atribuido a Nicolás Maquiavelo la frase "El fin justifica los medios". De ser cierta, no importa qué medios se hayan anunciado para alcanzar un fin. En caso de encontrar obstáculos, se cambiarán los medios de partida (los que se decía que eran buenos) por cualesquiera otros al margen de consideraciones éticas o morales. Lo importante es llegar a la meta. A toda costa. Y empiezan los juegos malabares... Como el resultado ya se conoce de antemano, el camino se irá trazando a conveniencia de quien lo recorre. Por simple interés.
Por poner un ejemplo: se puede estar tajantemente en contra de la tortura, pero entonces empiezan las carambolas. ¿Y si fuera necesario torturar a alguien para arrancar una información que pueda salvar miles de vidas? ¿Y si entre las vidas que se pueden salvar está la de personas que te importan muchísimo? ¿Eso justificaría una tortura? Por este pedregoso camino se puede llegar a disculpar la tortura de unos pero a ser intransigente con las torturas que practiquen otros, ¡menudo conflicto! Mis motivaciones son buenas, las ajenas no lo son. Porque yo lo digo.
Y así cientos de casos, más o menos sangrantes.
Recuerdo un episodio de The Simpsons, de la 3ª temporada de esta serie (de cuando a los guionistas aún no se les había ido la olla y contaban historias con sentido, graciosas y que daban mucho juego), titulado "Bart, el asesino", en que el primogénito de la familia entra a trabajar en un local de la mafia de Springfield. Él no sabe que esos tipos son mafiosos, hasta que un día, después de custodiar en su casa un alijo de tabaco, ve en las noticias de la televisión que "Fat" Tony (su jefe en el local) es sospechoso de haber robado un camión con un cargamento de tabaco. Comienza entonces un diálogo delirante entre ambos:
- Oigan... ¿son ustedes ladrones?
- Bart, ¿está mal robar una barra de pan para dar de comer a tu familia hambrienta?
- ¡No!
- Pues supón que tienes una familia muy numerosa. ¿Está mal robar un camión de pan para darles de comer?
- ¡Ah-ah!
- ¿Y... hem... si a tu familia no les gustara el pan y les gustaran los cigarrillos?
- No creo que estuviera mal.
- No. Ahora, ¿y si en lugar de regalárselo, se lo vendieras por un precio que prácticamente es un regalo? ¿Sería eso robar, Bart?
- No lo sé...
Qué fácil es deslizarse cuesta abajo para justificar lo injustificable y engañarse (y autoengañarse) como a niños. Y qué fácil resulta también ver todo ese mal en los otros pero no en uno mismo.
Como ya dije en otra ocasión, a algunas personas les hablas de moral y creen que les hablas de un árbol de la familia de las Moráceas, de cinco a seis metros de altura, con tronco grueso y derecho, copa amplia, hojas ásperas, lanuginosas, acorazonadas, dentadas o lobuladas por el margen, y flores unisexuales en amentos espiciformes, separadas las masculinas de las femeninas, y cuyo fruto es la mora. Y de nada más.
lunes, 18 de febrero de 2013
inercias
(etapa 10.13)
Hace algo más de un par de días que me noto sumido en el silencio. En el silencio virtual, quiero decir. Quizás sea para compensar otros excesos de palabras en el mundo real. Es como si el cupo de palabras que hubiera que repartir entre ambos mundos fuera constante y lo que se sumara en uno hubiera que restarlo en el otro. Al menos, así es en mi caso. Las palabras consumen tiempo y energías (algunas también pueden ser fuente de energía, permitiendo aliviar y renovar los ciclos), y tanto el tiempo como la energía son limitados y deben repartirse entre todas las experiencias que se es capaz de abarcar, sin posibilidad de desdoblarse.
Lo extraño, empero, es que hoy no he cumplido con ninguna cuota de palabras, ni en lo real ni en lo virtual. Será que también hay que repartir esfuerzos con los pensamientos, con las ideas, con las preocupaciones o con los anhelos... Todo se cobra su peaje de energías vitales y de tiempo disponible. Lo que sí he notado es la renuencia a romper el sosiego de lo no pronunciado. Es la inercia del silencio. En definitiva, parece que se trata de la inercia de una gran masa. Es erróneo pensar que los silencios están hechos de vacíos, como si apenas se tratara de livianos entes, esencias etéreas. Al contrario: los hay que se forman de lo inefable, los hay muy elocuentes, los hay intensísimos y también los hay capaces de abarcar todo lo que se puede llegar a imaginar.
Y creo que hoy estoy viviendo uno de estos silencios.
Estaba.
Tenía que decirlo.
"Le businessman ouvrit la bouche mais ne trouva rien à répondre, et le petit prince s'en fut".
(Antoine de Saint-Exupéry, "Le Petit Prince")
Hace algo más de un par de días que me noto sumido en el silencio. En el silencio virtual, quiero decir. Quizás sea para compensar otros excesos de palabras en el mundo real. Es como si el cupo de palabras que hubiera que repartir entre ambos mundos fuera constante y lo que se sumara en uno hubiera que restarlo en el otro. Al menos, así es en mi caso. Las palabras consumen tiempo y energías (algunas también pueden ser fuente de energía, permitiendo aliviar y renovar los ciclos), y tanto el tiempo como la energía son limitados y deben repartirse entre todas las experiencias que se es capaz de abarcar, sin posibilidad de desdoblarse.
Lo extraño, empero, es que hoy no he cumplido con ninguna cuota de palabras, ni en lo real ni en lo virtual. Será que también hay que repartir esfuerzos con los pensamientos, con las ideas, con las preocupaciones o con los anhelos... Todo se cobra su peaje de energías vitales y de tiempo disponible. Lo que sí he notado es la renuencia a romper el sosiego de lo no pronunciado. Es la inercia del silencio. En definitiva, parece que se trata de la inercia de una gran masa. Es erróneo pensar que los silencios están hechos de vacíos, como si apenas se tratara de livianos entes, esencias etéreas. Al contrario: los hay que se forman de lo inefable, los hay muy elocuentes, los hay intensísimos y también los hay capaces de abarcar todo lo que se puede llegar a imaginar.
Y creo que hoy estoy viviendo uno de estos silencios.
Estaba.
Tenía que decirlo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






