lunes, 22 de diciembre de 2008

en la edad de piedra

(61ª parada)
"Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría".
(Sefer Kohelet, cap. 7: 10)

No sé qué tienen estas fiestas que te las avisan y te las avisan desde noviembre, pero cuando llegan te acaban pillando siempre de improviso. Aquí estoy, como loco, ultimando cada cosa antes de salir de viaje mañana. Lo de cada año, a ver a mi familia. Este año, lo diferente es que apenas estaremos mis padres y yo, nada más. A mis hermanos, sobrinos, etc. no los veré en esta ocasión. Los voy a echar mucho de menos.

En realidad, es como si me preparara para un viaje en el tiempo. A la edad de piedra, más exactamente. Una especie de aversión tecnológica de mis progenitores (a veces corriente entre los humanos de cierta edad), les tiene desconectados de la cosa esa llamada internet. Así que me dirijo hacia una desconexión total que me tomaré como unas vacaciones (obligadas). No voy a pensar demasiado en los e-mails que se amontonen en las bandejas de entrada respectivas, en las urgencias, en los avisos... y me voy a centrar más bien en algunos libros (sí, esos de papel y tinta) que me voy a llevar para que acompañen en algún que otro paseo o cuando, a lo que para mí es media tarde pero para mis padres es noche cerrada, se les empiece a desplomar la cabeza hacia los lados.

Lo que sí echo siempre de menos es participar del ambiente bloguero en estos días. Me siento un poco mal por el poco tiempo que he dedicado en los últimos días a mis compañeros de viaje. Siempre he pensado que, de todos los regalos que se pueden hacer, el del tiempo (la dedicación) es el más valioso. A fin de cuentas, ¿hay algo más personal e intransferible? Aunque parezca una contradicción decir que el tiempo es lo más importante y que os estoy dedicando muy poco últimamente y que, a pesar de ello, tengo un cariño inmenso por cada uno de vosotros (y cada vez más), aceptadme la contradicción como procedente de este tipo con tendencia a descoordinarse de cuando en cuando. Espero que un buen reajuste de cables y tuercas me deje bien operativo para afrontar 2009.
Recuerdo cuando empezamos este año que ya se acaba. Podemos echar un vistazo atrás y tratar de encajar nuestras expectativas de entonces con la realidad actual. ¿Ha habido coincidencias? ¿El camino es totalmente diferente? En fin... no sé. Ahora volveremos a proyectarnos hacia 2009 y veremos si cuando termine el año hemos acertado o no.

En cualquier caso, las corrientes del tiempo siempre nos llevan hacia adelante, a lugares incógnitos, a situaciones siempre novedosas, a aventuras muchas veces insospechadas. Allá donde os encontréis, deseo para cada uno de vosotros que obtengáis lo mejor y que alcancéis la felicidad.

Nada más por ahora. Si veis que no respondo en un par de semanas, es normal. Parece ser que el tam-tam aún no consigue colarse entre las redes wifi.
Hasta la vuelta. Os quiero muchísimo y os llevo conmigo, aquí, en el corazoncito. Una vez más, muchas gracias por ser tal y como sois y por estar siempre ahí.

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domingo, 14 de diciembre de 2008

surcos profundos

(60ª parada)
"En los postreros días vendrá gente que, burlándose, diga: (...) Desde que murieron nuestros antepasados todo permanece igual a como era en un principio".
(2ª Epístola de San pedro, cap. 3: 3, 4)

Con los años, un rostro se transforma en una máscara que, en lugar de cubrir, revela mucho de lo que se es y se ha sido. Unos lucen ahí, en las mejillas, los pliegues de una sonrisa del alma que se ha dado tropecientas veces en la vida. Otros, lo que llevan bien labrada en el ceño es la marca del enojo. La frente se surca de preocupaciones, los ojos de guiños y los labios de silbos y besos. Además del trabajo duro de la gravedad y del azote curtidor de sol, viento y otras caricias, nuestra faz nos la cincelamos nosotros mismos con los años a fuerza de sacar hacia afuera el mundo interior. Quizás no sea muy exacto, habiendo tantos pinceles distintos trazando en el mismo lienzo. Un accidente de la vida puede ser la mano torpe que destroza una obra maestra y una intervención quirúrgica puede arrancar de nuestra superficie años de historia o, al menos, algún que otro momento para el olvido.
De lo que no tengo tantas dudas es del trabajo de ingeniería de caminos que nuestros pensamientos obran en nuestro cerebro. Acertó quien ya hace años recalcó la influencia tan importante de los pensamientos de cada día en lo que acabamos siendo en la vida, sentenciándolo de este modo: Un pensamiento repetido lleva a una acción; las acciones en las que se insiste crean hábitos y, finalmente, los hábitos que se mantienen forjan un carácter. Como quien se abre un camino en la selva a machetazos. Si insistes, perdura. Si lo abandonas, la propia selva se lo va tragando y lo va cerrando al tránsito. En los paseos por el monte, es fácil llegar a toparse con algunos caminos carreteros por los que el paso de carruajes ha grabado profundos carriles en la tierra. Otra carreta que circulara por semejante camino tendría problemas para desviar sus ruedas de la ruta trazada, de tan embebidas que van en los carriles. En nuestros cerebros, como en la tierra moldeable, los pensamientos surcan circuitos neuronales que se van fijando con la repetición, hasta el punto del automatismo. Pero el origen de cada camino neuronal está en lo que anda por nuestra sesera. Es raro que una persona que constantemente tenga pensamientos negativos o destructivos pueda obrar de forma contraria a sus circuitos neuronales de negatividad y destrucción. Lo mismo sucede con las personas que albergan pensamientos positivos y le ponen el freno a los de signo contrario.
Seguro que somos conscientes de la trascendencia de lo que pensamos en cada momento. Esos pensamientos serán los motores de futuras acciones (o de futuras omisiones). Pero no siempre se tiene la suficiente disciplina (o higiene mental) como para espantar o echar afuera de nuestra mente aquellos pensamientos que sabemos que nos pueden hacer daño. Dejar de aplicar este control es una peligrosa negligencia. Como abrir la puerta de casa a los maleantes.

Igual que nuestros hábitos personales se forman de nuestros pensamientos personales, los hábitos colectivos se forman de los pensamientos colectivos (si tal cosa existe). La cuestión es que hay personas que piensan por otras. Por varios motivos: bien porque hay quien delega en otro su capacidad de raciocinio y decisión (¡mal hecho!), bien porque cuando uno aparece en este mundo ya hay mucho pensado de antemano por quienes nos precedieron. Está bien. A esto último se lo puede considerar como experiencia colectiva y ayuda a no repetir errores y progresar más rápido. La ciencia, la técnica, las artes, el conocimiento en general, deben su desarrollo a este proceso de construcción, apoyando la experiencia de unas generaciones sobre la de las precedentes. Luego, está el reverso tenebroso de esta experiencia. La de cosas que asumimos como aceptables y que, en realidad, no lo son tanto. La esclavitud, por ejemplo, pareció buena cosa a muchas personas (sabios incluidos) en el pasado. El Ancien Régime, también. Hasta que hubo una colisión entre estas experiencias desgastadas y los nuevos paradigmas sociales. A veces, este reverso-tenebroso que decía antes se encuadra en lo que se ha llamado tradición. En general, las tradiciones suelen respetarse sin cuestionárselas, pero son (posiblemente) el equipaje de la humanidad que más deberíamos cuestionarnos. En algunos casos (demasiados para mi gusto), si conociéramos el origen de una tradición o si comprendiéramos su sentido real, o su alcance, posiblemente la abandonaríamos. O no... ¿quién sabe? Ya dije hace un momento que la fuerza de un hábito crea automatismos de los que es difícil librarse. Y ésa es la chance de las tradiciones.

Con estas ideas tenía la intención de cumplir algo que le dejé escrito a Tormenta en un comentario de su post El Camino... En él, se reproducía un cuento de Paulo Coelho, donde un borrego acababa marcando el camino de los humanos. Le prometí una historia de monos. Una historia conocida, de ésas que te pueden acabar llegando por e-mail. Y le dije que la incluiría en mi próximo post, porque tenía una moraleja muy parecida a la de Coelho: el proceso de construcción de paradigmas y la dificultad para operar un cambio de paradigma. Así que, va por ti, amiga. Que ya sabes que me encanta el diálogo bloguero.

Un grupo de científicos colocó cinco monos en una jaula. En el centro de ella habían puesto una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para agarrar las bananas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo.
Después de algún tiempo, cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo agarraban para evitar que alcanzara su objetivo. Pasado algún tiempo más, ningún mono se atrevía ya a subir la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. Entonces, los científicos sustituyeron uno de los monos. La primera cosa que hizo el recién llegado fue subir la escalera, siendo rápidamente bajado por los otros, quienes le disuadieron por la fuerza de alcanzar las bananas. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no subió más la escalera.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. El cuarto y, finalmente, el último de los veteranos fue sustituido. Los científicos quedaron, entonces, con un grupo de cinco monos que, aun cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible preguntar a algunos de ellos por qué le pegaban a quien intentase subir la escalera, con certeza la respuesta sería:
"No sé, aquí las cosas siempre se han hecho así..."



¿Te suena conocido?
Pregúntate a qué paradigma social respondemos y por qué estamos haciendo las cosas de una manera, si es posible que las podamos hacer de otro modo mejor.

"Triste época, la nuestra: es mas fácil desintegrar un átomo que un preconcepto."
Albert Einstein

domingo, 30 de noviembre de 2008

thanksgiving

(59ª parada)
“En toda circunstancia, sed agradecidos. Esto es el deseo de Dios para vosotros que creéis en Jesucristo”.

(1ª Epístola de San Pablo a los Tesalonicenses, cap. 5: 18)

En los Estados Unidos, la transición de octubre a noviembre y la de noviembre a diciembre están marcadas, respectivamente, por las fiestas de Halloween y el Día de Acción de Gracias. Normalmente, mucho se dice o se ve de la primera celebración; pero es más bien escaso el bagaje de recuerdos que deja la segunda. El jueves de la semana que terminó recientemente (en U.S.A. es el 4º jueves del mes de noviembre; en cambio, en Canadá se celebra el 2º lunes de octubre) se vivió este día-consagrado-al-agradecimiento y seguro que no ha contado con el bombo y platillo de las calabazas grotescamente decoradas. Tiene su lógica. A fin de cuentas, Halloween es una fiesta heredada de la cultura céltica y, por tanto, de tradiciones propias de otros lugares y anteriores a la fundación de los estados norteamericanos. Lo que han conseguido los U.S.A. es realizar una tremenda campaña de marketing (más bien: apropiación descarada) para que parezca suyo lo que no lo es. Por mí, se la pueden quedar. No tengo ninguna simpatía hacia Halloween, la Noche de Brujas, Víspera del Día de los Santos o como se la quiera llamar. Sinceramente, paso de este tipo de espiritismos o triunfo-de-los-muertos-vivientes en que se ha convertido esa fecha. Ni siquiera me parece respetuoso hacia los muertos hacerlos revivir como verdaderos monstruos. Recuerdo a mis muertos con gran afecto, los imagino tal cual eran cuando estaban llenos de vida, y no me apetece nada visualizarlos como zombis descarnados.

Por otro lado, el Día de Acción de Gracias sí que es una fiesta de tradición norteamericana (de la parte de Norteamérica al norte de Méjico, que también es Norteamérica, vaya). Posiblemente, ésta sea la causa de la poco profunda huella que ha dejado en el resto del mundo, a pesar de que también estemos saturados de contemplar cómo en series y películas estadounidenses se vea a las familias reunidas para ver desfiles y partidos de fútbol americano y para comer pavo y salsas de arándanos. Sin embargo, me parece que el contenido de la festividad sí que es de exportación recomendable. Atención, he dicho contenido, no forma. Mantener las formas de una fiesta hace posible que ésta se perpetúe en el tiempo, pero plantea la duda acerca de si merece la pena continuar una tradición que va perdiendo su sentido. Y, si no, que les pregunten a los descendientes de los indios Wampanoag. Para ellos, el agradecimiento de los descendientes de los Pilgrims del Mayflower se ha quedado en nada. De los dos grandes pilares que sostenían esa celebración, el uno se ventiló al otro.

Bueno, pero ¿por qué no ser más agradecidos? El refranero trata de bien nacidos a los que practican esa sana costumbre. La gratitud engrasa adecuadamente la maquinaria de las relaciones (familiares, laborales, de amistad...) y es imprescindible para evitar que ese motor acabe gripado. Todo lo contrario al resultado que se obtiene con la sequedad de una actitud exigente y severa. No sé, pero es posible que cada vez se estile más esa postura despótica que supone que nada hay que agradecer cuando alguien no hace sino lo que debe y, entonces, ¿qué mérito hay en ello para que se muestre agradecimiento? Ideal en un mundo de máquinas desprovistas de sentimientos. Ideal, también, en una sociedad cada vez más mercantilista, donde todo se traduce en servicios o mercancías que se compran o se venden, donde todo tiene su precio ineludible y exigible y donde no tiene cabida esa palabra, gracias, prima-hermana de gratis. Pero el agradecimiento verdadero (el que sale de las entrañas y no sólo de la boca) podría ser uno de los mejores antídotos contra los abusos, el maltrato y la violencia, tanto físicos como psicológicos.

Hay algo más que hace de la gratitud la mejor de las disposiciones para enfrentar la vida. Recuerdo (más o menos) la frase de un sabio hindú que decía: Doy gracias a las rocas que me encuentro al ir escalando la montaña de la vida. Porque, aunque a primera vista lo parezcan, no son obstáculos; son los asideros que me permiten alcanzar la cumbre. Si entiendo que las cosas que me van sucediendo en el transcurso de la vida puedo utilizarlas (incluso aunque a priori se me antojen negativas) para ganar experiencia, para mejorar, para perfeccionar y pulir lo que necesite ser abrillantado, no me dejaré hundir por los reveses que, sin duda, iré recibiendo. Hace poco, cuando hablaba de crisis, también me refería a esta actitud: la de aprender de cada tropiezo y crecer con cada dificultad.

No dejo escapar la oportunidad de agradecer a todos los lectores y comentaristas de este blog (que, a su vez, son también autores de otros blogs por los que me siento enormemente agradecido). No lo entiendo como una formalidad, sino como un auténtico deseo y una necesidad de reflejar todo el cariño que con su tiempo y dedicación me demuestran a lo largo de este camino.
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BENDICIÓN DE LA MESA (THANKSGIVING DAY)
Norman Rockwell, 1951
original: óleo sobre lienzo, 107 x 102 cm

domingo, 23 de noviembre de 2008

en las antípodas

(58ª parada)
"Con arrogancia los malvados persiguen al pobre, pero quedan atrapados en los ardides que han maquinado".
(Salmo 10: 2)

······ - en los, o las, antípodas. loc. adv. En lugar o posición radicalmente opuesta o contraria.

...Y quizás eso sea parte del atractivo. Estoy pensando ahora en las antípodas geográficas, nada más. E incluso más que a Nueva Zelanda (nuestras antípodas más exactas), me refiero a la isla más grandota de todo el océano Pacífico. Sé que esa atracción que siento por Australia acabará con mi cuerpo al otro lado del globo durante una (más o menos) larga temporada. Un año de éstos, ya veremos. En fin, mi obsesión no es tan grande como para tenerme modelando un Ayers Rock con el puré de patatas, pero ¡lo que tira la curiosidad...!
Desde lejos, pareciera que su pasado como antigua colonia británica para convictos hubiera dotado de una muy peculiar visión de la vida a los australianos. Es posible que su desenfado sea sólo un tópico o la forma distorsionada de ver que tiene un europeus comunis cuando dirige su mirada a los del novísimo mundo. Reconozco que no se puede opinar más que de lo que se conoce y que en temas australianos yo estoy bastante pez.
Como le dijo aquella flor de tres pétalos que se encontró en el desierto el Principito, al preguntarle sobre la localización de los hombres:
- ¿Los hombres? Existen, creo, seis o siete. Los vi hace años (...).
Parece ser que, un día, había visto pasar una caravana.
A mí, con los australianos me pasa lo mismo.
No he visto más allá de la (invisible en nuestras latitudes) Cruz del Sur de su banderola con la Union Jack incrustada; de su desiertazo; de sus eucaliptos con koala (no como los nuestros); de sus canguros y periquitos; de sus aborígenes, históricos y prehistóricos; de su cocodrilo Dundee (¿real o imaginario?); de los famosazos del cine: sus russelcrowes, melgibsones, nicoleskidman, peterweirs y demás; de los vecinitos Donovan y Minogue; de las guapetonas Imbruglia o McPherson; de los INXS; de las futboleras matildas... Vamos, las ruinas de Palmira. Sería el perfecto dominguero de los turistas en las antípodas.

Pero hay un par de cosas que me gustan por encima de todas éstas:
Por un lado, Glenn Murcutt. Tengo que decir que sólo conozco la obra de dos arquitectos australianos. Uno es Peter L. Wilson (que forma el estudio Bolles+Wilson, junto a su esposa, la alemana Julia Bolles) y el otro es Murcutt. Buenas referencias le había dejado su padre: la arquitectura de Mies van der Rohe y la filosofía de Henry David Thoreau. Ambas han sido importantes influencias en su estilo. Glenn Murcutt fue Premio Pritzker (¡aaaaarrgh!) en 2002 y eso lo convirtió en más mediático. Pero si por algo ya había destacado este tipo es por el perfecto cuidado artesanal que pone en cada uno de sus trabajos. En fuerte contraste con la práctica habitual en la actualidad, su estudio es de una sola persona (a lo sumo, incorpora un par de arquitectos ayudantes, como si fueran becarios) y fuera de los circuitos arquitectónicos principales. ¿Será que Australia is different?
Y otra cosa de ese país que también me pone la piel de pollo es su himno casi-oficial. No me refiero a Advance Australia Fair, sino a Waltzing Matilda. Hay que rendirse a una maldita lógica que consigue que un país (por más que los australianos pudieran sentirse más identificados con la segunda canción que con la primera) no pueda permitirse tener un himno oficial con ese mensaje, por culpa de la pugnetera "corrección política": ¿en qué posición dejaría a los poderosos?
Sin embargo, se lo llegó a proponer como himno oficial de Australia, por el arraigo tan fuerte que tiene entre sus gentes.

Waltzing Matilda cuenta la historia de un vagabundo que, portando su equipaje (su matilda), acampa una noche al lado de una pequeña laguna. Mientras se prepara un té, una oveja se acerca a beber agua y el vagabundo se apropia de ella para zampársela. El rico terrateniente del lugar se da cuenta y llama a tres policías para que arresten al vagabundo. Éste, antes de ser arrestado por el robo de la oveja, prefiere saltar al agua y morir ahogado. Al final, la historia termina contando que el fantasma del vagabundo puede oírse cantando una canción que invita a los viajeros a "bailar el vals con él" (traducción literal, pero no correcta), lo que quiere decir: a recorrer los caminos con el vagabundo. Por eso, Waltzing Matilda se ha considerado tradicionalmente una canción que celebra el desafío de la gente pobre frente al poder de los ricos y del estado autoritario que protege los derechos de éstos contra los derechos de los menos favorecidos.

Ahí va una versión del ya fallecido (en 2003) cantautor australiano David Gordon "Slim Dusty" Kirkpatrick:

Waltzing matilda

Once a jolly swagman camped by a billabong,
Under the shade of a coolabah tree,
And he sang as he watched and waited 'til his billy boiled
Who'll come a waltzing matilda with me?

Down came a jumbuck to drink out of the billabong,
Up jumped the swagman and grabbed him with glee,
And he sang as he stowed that jumbuck in his tucker bag,
You'll come a waltzing matilda with me.

Up rode the squatter, mounted on his thoroughbred,
Down came the troopers, one, two, three,
Where's that jolly jumbuck you've got in your tucker bag?
You'll come a waltzing matilda with me.

Up jumped the swagman, leapt into the billabong,
You'll never catch me alive, said he,
And his ghost may be heard as you pass by that billabong,
Who'll come a waltzing matilda with me?


(Andrew Barton "Banjo" Paterson)

Y, cada vez que suena esta canción, se enciende la chispita interior que me hace sentir (como dice el diccionario) en las mismísimas antípodas de todos esos 'squatters' con sus 'troopers'.

domingo, 16 de noviembre de 2008

método

(57ª parada)
"Tú que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?"
(Epístola de San Pablo a los Romanos, cap. 2: 21)

Desde que conozco la obra de arquitectos como Smiljan Radic (siento especial debilidad por su producción) o Mathias Klotz, ambos nacidos en el año 1965, soy un convencido de que merece la pena seguir la trayectoria de las nuevas generaciones que Chile está arrojando al panorama de la arquitectura. Y, curiosamente, esta frase introductoria no la digo ahora a propósito de los jóvenes arquitectos chilenos (que cada uno limite la juventud a la edad que le parezca), sino de otro, nacido en 1949, que también es interesante seguir bien de cerca. A Germán del Sol Guzmán es posible que el público español lo conozca por ser el autor del pabellón de Chile en la Expo-92 de Sevilla (¡qué lejos queda ya todo eso!). Su relación con España viene de mucho antes, pues cursó los tres últimos años de la carrera en la ETSAB (la escuela técnica superior de arquitectura de Barcelona) y estableció su propio estudio en la ciudad condal hasta 1979. Por su hotel Remota en la Patagonia chilena (excelente proyecto), recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 2006 ...y buscando información al respecto, me había topado con un blog que Germán escribe a modo de cartas. Ahí queda expuesta, de forma sencilla, su genialidad en pequeños trozos de gran valor, como diamantes o pepitas de oro.

En fin, cuento todo esto porque, en una de esas cartas suyas, trata un tema que puede llegar a ser obsesión para los artistas. Sobre todo para los que estamos abonados al perfeccionismo (y ni te cuento si lo es al perfeccionismo neurótico, tan paralizante). Creo que perseguimos la consecución de un método de trabajo propio y personal, un sello de identidad que garantice unos resultados inconfundibles sin lugar a dudas, como si de la piedra filosofal de los alquimistas se tratara. Pero las palabras que leí en ese blog me llenaron de tanta satisfacción y me sentí tan reconfortado por su diáfano magisterio, que me ha parecido conveniente reproducirlas. Igual que una montaña que convierte en eco lo que despierta sus entrañas. Y decido ser montaña repetidora en este caso porque realmente el texto de Germán del Sol me resultó extraordinario. La carta parece escrita pensando en sus alumnos... pero creo que puede servir tanto a estudiantes como a arquitectos noveles e incluso a muchos veteranos. No lo dudo. Otros, en cambio, no podrán entenderlo: están demasiado ensimismados, endiosados y seguros en sus "métodos" como para aceptar nada de nadie (siempre me han parecido los peores, por más palmaditas en la espalda que se lleven). Nunca es tarde para seguir aprendiendo, si es que de verdad se quiere seguir aprendiendo. Maestros no faltan.

NO HAY MÉTODO. SE HACE CAMINO AL ANDAR.

Trato de enseñarles a mis alumnos a superar la hoja en blanco
tratando de olvidar las ideas conocidas y los prejuicios arraigados,
haciendo los primeros croquis de la obra sin tratar de acertar
y por eso, sin ningún temor a equivocarse.

Les enseño a fracasar contentos,
porque creo que una buena obra de arquitectura,
está hecha en un 99% de errores,
que se reconocen y se corrigen
si detrás de ella hay un salvaje domado,
que son nuestros egos y nosotros mismos.

Por eso digo que el error es bello.
La arruga es bella si se recibe como un bien inevitable.
Errar significa también vagar sin saber muy bien hacia dónde uno se dirige.
Derrota es el nombre que le dan los marinos
al rumbo apropiado de un barco en la mar,
y Derrotero es el libro que contiene las Derrotas.

Tal vez, no se puede pedir que los primeros pasos sean buenos
para encaminar un buen proyecto.
Porque un buen proyecto no es una suma de pasos correctos,
sino el fruto de una decisión correcta tomada a tiempo en cualquier momento,
a lo mejor en plena crisis del proyecto.
Y que es correcta,
si logra reunir todas las ideas buenas y malas sueltas,
en algo mayor que es el proyecto.

Tal vez, y como dice mi hermano Patricio,
..."no importa tanto que todo sea bueno,
como que sea bueno el todo"...

Y a ese todo se llega, si se llega,
pensando con libertad sin temor a equivocarse
y sin poner a prueba a cada rato el proyecto.

No conozco ningún método para hacer arquitectura,
que no sea lo que Machado llamó tan bellamente
...“se hace camino al andar”...
y en arquitectura se hace camino,
en la constante prueba y error.

Pruebas que no se hacen al tuntún,
sino con una intención clara,
y dedicándose al trabajo.

Trato de transmitir mi amor al oficio,
más que el oficio mismo.
Como dice León Felipe, otro gran poeta español,
“No sabiendo los oficios, los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos,
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero”.

Trato de enseñar a mis alumnos
a detenerse por lo menos cinco horas diarias;
a no confundir lo importante con lo urgente:
en un momento puede ser urgente ir al baño,
pero lo importante sigue ahí pendiente,
y no hay que distraerse,
hasta, como dice Alberto Cruz,
"arrear las vacas hasta el corral".

Es decir, les enseño a estar disponibles
a la hora que sea que se presente el espíritu
que alienta las cosas y les da vida,
que es para mí lo que persigue la arquitectura:
dar casas, calles y plazas con esa profundidad
que las hace fecundas para la vida,
tal vez porque muestra el esplendor de la condición humana
tal como es, con sus miserias y grandezas.

Para animar a los alumnos de arquitectura
a aventurarse mas allá de las obras conocidas y celebradas en revistas;
quizá haya que transmitirles la confianza absoluta
en que si observan bien
siempre descubrirán algo nuevo
entre las mismas cosas de siempre,
y aunque al principio el resultado de su trabajo sea malo
probando y probando se hará cada vez mejor.

Quizá así cada uno se enamora finalmente de su oficio,
y no está tan fácilmente dispuesto a hacer cualquier cosa
para ganarse bien la vida,
porque sabe exigirse a sí mismo
todo lo que puede dar,
como dicen los futbolistas.

Un abrazo

Germán del Sol
20 de Abril de 2007

Nunca se deja de ser alumno, aunque cada día se deje de serlo.

FOTO 1: Smiljan RADIC. Habitación para dos personas (1992-96, 1997); San Miguel, Isla de Chiloé.
FOTO 2: Mathias KLOTZ. Colegio Altamira (2000); Santiago de Chile.
FOTO 3: Germán DEL SOL. Hotel Remota (2005-06); Puerto Natales, Patagonia chilena.

viernes, 31 de octubre de 2008

sandwich

(56ª parada)
"Quienes se obsesionan con hacerse ricos caen en tentaciones y trampas y en muchas codicias necias y engañosas, que hunden a los hombres en ruina y destrucción".
(1ª Epístola del apóstol Pablo a Timoteo, cap. 6: 9)

El título (que en castellano lleva tilde en la a) hace referencia a cómo he organizado este post, metiendo el texto entre dos rebanadas de humor gráfico. Y es que Quino me lo pone muy fácil. A este hombre le dio por colocar sus ideas en boca de una niña de espíritu inquieto y contestatario (además de muchas otras series de viñetas) unos años antes de que yo naciera. Pero es difícil que esas ideas caduquen, porque las personas hemos demostrado a lo largo de los siglos que podemos cambiar de vestido, de peinado, de gobierno, de costumbres, de tecnología... pero seguimos siendo muy parecidos a nuestros ancestros. Yo propondría que las viñetas de Quino fueran los libros de texto de Educación para la ciudadanía. Algo bueno saldría de eso.

Hay quien me comentaba a propósito del post anterior (prometo responder a los comentarios, sólo que llevo unos días frenéticos y me ha faltado tiempo que dedicar a la blogosfera) que no sabe por qué se me ha ocurrido tratar un asunto más o menos trivial como es el de los toros, habiendo cosas más graves de las que ocuparse, por ejemplo: de denunciar el hecho de que existan niños en el mundo que están padeciendo tremendos y terribles abusos. Ya... si no se trata de tapar una cosa con otra, ni mucho menos. Pero hay oportunidades para todo, incluso para abordar un tema menos importante sin dejar de seguir en la brecha por otros más importantes. Por lo mismo, ahora me acuerdo de la (dichosa) crisis que ¡mira por donde! afecta a nuestra relativamente abundante capacidad adquisitiva en esta sociedad de lujo que nos hemos montado (pobrecitos de nosotros), cuando hay países totalmente arrasados económicamente hablando (y, por desgracia, también en otros ámbitos). Pero, ya se ve... no se deja de hablar de la "crisis" porque (igual que con los toros) también hay oportunidad para todo. Ya dice Mafalda que la crisis parece acompañar a algunos países, como el que le ha tocado en suerte, toda su vida. Para que luego nos quejemos.

Sólo un par de apuntes:

UNO:
Me fastidia el uso peyorativo que se le está dando constantemente en los medios de comunicación (y, como consecuencia, entre el común de la gente, que no hace más que repetir lo que escucha y lee en la santa radio, en la santa tele y en los santos periódicos) a una palabra tan bella como es CRISIS. Se usa siempre para destacar lo malo, pero no nos estamos fijando en todos los aspectos positivos que supone una crisis. Una crisis de verdad, quiero decir. Hay dos acepciones de esta palabra que da el diccionario y que me gustan especialmente:

- Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
- Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.

Ahí queda eso.
Aprovechemos las crisis, porque siempre se puede sacar algo en limpio de ellas que nos hace mejores: más sabios, más fuertes, más equilibrados.

y DOS:
La situación económica que estamos padeciendo se veía venir. Y si no se veía (pura ceguera, la nuestra), lo lógico era que sucediera. No es sensato vivir endeudado hasta límites que están mucho más allá de lo razonable. Entiendo que se tengan deudas por adquirir bienes de primera necesidad (aquí incluyo cosas realmente caras, como una vivienda, porque no creo que nadie tenga que pedir un préstamo para comprar una barra de pan). Pero una vez con el agua al cuello, seguir dándose todos los caprichos que pide el cuerpo es lo que ha tensado la situación hasta este punto. Las operaciones financieras que han logrado que los consumidores hayan reducido sus cuotas mensuales (agrupando los créditos de tal forma que se está pagando casa, coche, etc. hasta el día en que no existan ni las cenizas de todo ello) se han revelado catastróficas. Porque el consumidor, aliviado momentáneamente en sus cuotas mensuales, ha seguido endeudándose todavía más, sin freno, sin cabeza. De locos. ¿Hasta dónde se quería estirar esta goma?

Estos días, me contaba un amigo que conoce a un menda a quien el asesor financiero de éste le sugirió que, teniendo en cuenta sus números rojos, se planteara seriamente vender una de sus dos casas para ir saliendo del trance. Sería una buena solución, porque se desprendería de algo que no necesita (¿quién vive en dos casas a la vez? bueno... sólo un ser literalmente ubicuo) para quedar libre de deudas. Vale, pues la respuesta del elemento en cuestión:
"Pero no puedo hacer eso, porque... ¿qué va a pensar de mí la gente que me conoce?".
Pues nada, chato, a vivir como un calavera, que debe de ser algo maravilloso. Sarna con gusto... a rascarse con una sonrisa en los labios.

Y ya, a estas alturas y visto lo visto, estoy convencido de que la pregunta que se hace Mafalda en la rebanada inferior de este sándwich ha llegado a ser tan sólo una pregunta retórica.
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domingo, 19 de octubre de 2008

el "arte" de la muerte debe morir

(55ª parada)
“Fíjate en Behemot, al cual formé igual que a ti; come hierba como un buey”.
(Libro de Job, cap. 40: 15)

Arte. Esa necesidad del ser humano de expresión y comunicación de un tema como es la belleza, a través de formas, colores, sonidos, movimientos... La Grecia clásica dividió las artes en artes superiores y artes menores, dependiendo de qué sentidos intervinieran en el disfrute de las obras. Así, fueron llamadas artes superiores (o Bellas Artes) aquéllas que permitían gozar las obras a través de los sentidos superiores: vista y oído, sin que fuera necesario entrar en contacto físico con el objeto artístico. Estas Bellas Artes eran seis: arquitectura, escultura, pintura, música, declamación y danza. En la clasificación actual, el teatro formaría parte de la música y la literatura estaría asociada a la declamación. También se ha dado el nombre de séptimo arte al cine, que podría estar englobado en las categorías anteriores, pero (¡vaya!) parece haber merecido un capítulo aparte. Es sabido que las vanguardias del pasado siglo aportaron otras visiones al concepto clásico de lo que es arte, desmarcándose de ese concepto de belleza que parecía presidir el mundo de las artes. Esto podría ser tema para debatir largo y tendido... empezando por definir conceptos de lo más subjetivo, por ejemplo, el de belleza. Los griegos lo entendieron como un concepto universal, creyendo que la percepción de la belleza era común a todas las personas (y se me ocurre pensar en el asunto de las proporciones áureas que, curiosamente, parecen funcionar muy bien... ¡qué cosas!). Tenía su sentido, si se tiene en cuenta que el número Φ está presente en tantos procesos de la naturaleza. A quien le interese, le recomiendo encarecidamente la lectura del libro de Matila C. Ghyka: El número de oro.

Este exordio no es más que un poner la alfombra para pasar ahora a comentar que, esta semana, se entregaron (en la ciudad en la que suelo amanecer a diario) las Medallas de Bellas Artes. El acto tuvo lugar en el Teatro Colón de A Coruña, con la presencia de los reyes de España (Juan Carlos fue quien entregó las medallas), el ministro de Cultura, el presidente de la Xunta de Galicia y el alcalde de la ciudad, como personalidades más destacadas. Se entregaron medallas a 20 artistas. Por más que le doy vueltas a la lista de galardonados no me salen 20. Pero qué sabré yo, que no estuve presente... Lo cierto es que me da lo mismo 20 que 18 ó 22. He prestado más atención a la distribución de los premiados según sus campos artísticos:
6 de la MÚSICA (y TEATRO): un director de orquesta, una cantante de ópera, una cantante pop-rock, un musicólogo, una pianista y un actor de teatro.
4 del CINE: un actor y director, un director y productor, un director y guionista y una actriz.
2 de la DANZA: una artista circense (considerémosla en esta categoría) y una bailarina y coreógrafa.
2 de la LITERATURA: un historiador y un escritor y guionista de cine (éste, a caballo con el CINE).
1 de la PINTURA: una galerista (aunque más asociada a la fotografía y las artes visuales).
1 de la ESCULTURA: una asociación de alfareros (sí, voy a incluir la cerámica en ESCULTURA).
...y, para terminar, un grupo heterogéneo de galardonados, hasta el total de 20 ó los que sean, que no estarían metidos de lleno en ninguna de las Bellas Artes, pero que se han llevado medalla de todas formas: una restauradora (gastronómica, quiero decir), un diseñador de ropa, la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional y el Grupo de Patrimonio Histórico de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, la Fundación Telefónica (se dice que por su implantación de nuevas tecnologías... ¿¿¿???) y, por último, ¡¡un torero!!

Pues nada. Conclusiones: Lo primero, felicitarnos al colectivo de pringados que no hemos aportado ni un elemento al evento-recogida de medallas de las Bellas Artes. Me refiero a los arquitectos, por supuesto. Si es que parece ser que lo nuestro cada vez tiene que ver menos con el arte... Igual que el cine y la música, claro (puras industrias). Pero veo que aún hay niveles y niveles. En realidad, esta ausencia de arquitectos no me ha incomodado demasiado. Lo que hace que me suba por las paredes es que le den una Medalla de Bellas Artes a un torero. ¿Arte? ¿Maltratar a un animal, ensañándose hasta la muerte, se considera un arte? ¿una Bella Arte? Vamos, hombre. Ningún tipo de maltrato ni sacrificio cruento debe ser considerado un arte. Y, salvando diferencias (por supuesto), cuando hablo de maltrato me horroriza casi por igual pensar en un ser humano ensañándose contra otro ser humano o contra cualquier otro animal. Coñes, que somos compañeros de viaje cósmico en esta nave a la que llamamos planeta Tierra. Y ya que somos la especie más inteligente, tenemos la obligación de ejercer un cuidado y protección especial sobre el resto de especies de este trozo de roca errante en la inmensidad del espacio. Pero ya veo que nada de eso: a tortas con todo lo que se mueva. Y, ya el colmo, dando espectáculo. A mí me resulta vomitivo.

Hace unos meses, me habían enviado un e-mail para tratar de detener las actividades de un supuesto "artista" de cuyo nombre ni me acuerdo ni quiero acordarme, que tuvo la brillante idea de exhibir la agonía de un pobre perro apresado por una correa y al que dejaba morirse de hambre en la misma galería donde se exponía tan excelsa obra de arte. Una muerte en directo. El tema de fondo de la obra me había parecido interesante, pero la forma de exponer ese tema era tan repulsiva que se perdía todo su contenido. Con el envío masivo de correos se trataba de recoger firmas para producir algún tipo de presión en contra de semejante barbarie. Espero que este tipo de payasadas (y que me perdonen todos los payasos del mundo, que al final siempre cargan con este sambenito) se terminen de una maldita vez y lleguemos a ser más respetuosos con toda forma de vida. Sé que estamos muy lejos: volcamos nuestro odio hacia todo bicho viviente, ya sea bípedo, cuadrúpedo, alado o qué se yo. Pero, caramba, pensemos un poco... ¿No es posible empezar por dar muerte a lo que sí debe morir? Dejemos que las peores tradiciones del género humano perezcan de inanición a fuerza de no alimentarlas nunca más. Y, a cambio, alimentemos otras que sí merezca la pena mantener porque son las que ayudan a que aflore lo mejor de nuestra especie.

No es que sea iluso. Sólo que me gustaría conocer un mundo mejor.

Por cierto, “behemot” es una palabra hebrea que, a pesar de ser idéntica al plural de otra que significa 'ganado' (o 'animales cuadrúpedos', en general), se asocia en particular al nombre del hipopótamo en egipcio: pe-eja-mut (o “toro de agua”). Es utilizada para nombrar a este género de mastodontes.