"Una buena persona saca buenas cosas del buen tesoro que hay en su interior y una mala persona saca lo malo de su mal tesoro interior; porque de lo que abunda en el interior de cada uno es de lo que habla su boca".
(Evangelio según San Lucas, cap. 6: 45)
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Es el 14 de septiembre de 1964. Una extraordinaria mujer recibe el tributo civil más alto de su país: la Medalla Presidencial de la Libertad, que le es concedida por el presidente de los Estados Unidos Lyndon B. Johnson. ¿Quién es esta extraordinaria mujer? Desde su nacimiento, el 27 de junio de 1880, lleva una vida de lucha constante para superar sus circunstancias personales y para tratar de mejorar el mundo que le ha tocado vivir. Fue conocida como brillante conferenciante, entusiasta activista y sorprendente escritora, que desarrolló su carrera en clara desventaja: A partir de los 19 meses de edad, una "fiebre del cerebro" (ése es el diagnóstico de los médicos del momento) le priva permanentemente de los sentidos de la vista y del oído. Su nombre es Helen Keller. Su vida es un ejemplo de valor. Su condición de sordociega no le impidió graduarse cum laude a los 24 años, doctorarse en Filosofía, Letras y Ciencias, además de aprender varios idiomas. Tampoco fue obstáculo insalvable para que en 1920 se encontrara entre los fundadores de la Unión Americana por las Libertades Civiles, ni para que hubiera desarrollado una gran labor a favor de los sensorialmente discapacitados del mundo (algo que planteó como la meta más importante de su vida), ni para enfrentar la incomprensión y críticas de cierto sector de periodistas que inicialmente la habían elogiado, pero que empezaron a llamar la atención hacia sus incapacidades (para desprestigiar su labor) en el momento en que Helen Keller comenzó a trabajar activamente contra la explotación de las clases obreras.
Esta valiosa vida recibió el valioso impulso de otra valiosa mujer en el momento en que más lo había necesitado. Esa otra mujer cuyo nombre está fuertemente ligado al de Helen Keller (igual que sus vidas transcurrieron de la mano durante 49 años) es Anne Sullivan. La profesora de Keller también tuvo que superar una serie de circunstancias adversas, pero que no podrían mermar nada de su auténtica valía. Nació el 14 de abril de 1866 en el seno de una familia de muy escasos recursos, hija de un hombre iracundo y una mujer gravemente enferma de tuberculosis. A los 5 años de edad, Anne perdió la vista a causa de un tracoma. Finalmente, tras la muerte de su madre, fue abandonada por su padre a los 10 años para ser acogida posteriormente en el Perkins Institute para ciegos de Boston. Pasados varios años y después de ser sometida a dos operaciones con éxito, recuperó algo de visión y esto le permitió desarrollar nuevas tareas. Se graduó, obteniendo el título de honor, y a los 20 años le fue encomendada la educación de la niña Helen Keller. Al principio, debido a la pérdida de capacidad para comunicarse, Helen se mostraba incontrolable. Pero Anne Sullivan, trabajando con energía y paciencia, logró frenar la agresividad de su alumna a la vez que desarrolló un método de comunicación mediante signos combinados con el contacto de labios y garganta para poder sentir las vibraciones del sonido.La vida de estas dos mujeres, siendo tan notable, no es más que una muestra del gran valor de tantas personas que en circunstancias similares han tenido que ir desarrollando su potencial.
El principal motivo que me ha llevado a traer estos trozos de historia hasta aquí es el interés que tengo en ser plenamente consciente del gran valor de cada vida, independientemente de qué envoltorio presente o de las limitaciones que le afecten. Me hacen daño las palabras perversas. Confío mucho en la utilidad del lenguaje como elemento de terapia mental. Estoy convencido de que nuestras palabras y nuestras ideas se influyen mutuamente y se retroalimentan: pensamientos congruentes pueden generar palabras congruentes, a la vez que las palabras congruentes influyen en la formación de pensamientos congruentes. Es como si las palabras actuasen como un cincel que va esculpiendo nuestro cerebro. Pero, en ocasiones, se pervierte el uso de las palabras con el consiguiente doble problema: pueden generarse ideas equivocadas a partir de las palabras o bien las ideas erróneas que ya existían permiten que esas palabras perversas arraiguen en el lenguaje y se acepten sin discusión. Es cierto que nuestro diccionario convierte en sinónimos términos como minusválido y discapacitado (o inválido e incapacitado). Pero es éste un uso pervertido y aceptado. ¿Cómo afecta a nuestro patrón mental asumir estas palabras como sinónimos sin rebelarnos contra ello? En mi ciudad, las zonas reservadas para estacionamiento de vehículos de personas que sufren discapacidad están señalizadas con el correspondiente disco prohibitivo sobre un cartelito que dice: "reservado minusválido". ¡Y me dan ganas de arrancarlos para que los sustituyan por otros que no mientan! No digo que no crea en la necesidad de reservar esas plazas (por supuesto), sino que quiero que el Ayuntamiento sea justo con todos sus ciudadanos y no cuestione el VALOR de las personas (especialmente las discapacitadas). ¿Acaso las personas discapacitadas son menos valiosas ("minus-válidas")? ¿Por qué les ponemos ese cartel? ¿Pretendemos creer que tengan menos derechos, aunque les entreguemos ciertas migajas que tranquilicen nuestra sensibilidad? En ciertos momentos y por ciertas causas, la rebelión contra lo establecido no es tanto un derecho como un deber. Y ésta puede ser una de esas oportunidades. Llega la hora de poner fin a una injusticia que puede estar viviendo en nuestra mente y en nuestro léxico. Ambos están conectados y ya es momento de darles el reposo de la coherencia.
Una breve historia antes de terminar: Un conferenciante trataba de explicar a su público el concepto del verdadero valor de las personas. Sacó de su bolsillo un billete costoso y preguntó: "¿Quién quiere este billete?". Todas las manos se levantaron. El orador estrujó el billete con fuerza, lo arrojó al suelo y lo pisoteó enérgicamente. Y preguntó: "Y ahora, ¿quién lo quiere?". Otra vez, todas las manos volvieron a levantarse.Es fácil entender. Todos sabemos que el valor del billete no depende de que esté más o menos arrugado, más o menos sucio o estropeado. Su valor sólo depende de lo que es. Y si sabemos que esto sucede con un trozo de papel impreso, ¿no es más importante que lo tengamos claro cuando nos referimos a una persona?
Un periodista le preguntó en cierta ocasión a Helen Keller:
- ¿Hay alguna cosa peor que ser ciego?
- Sí - le respondió ella - : ¡Tener vista pero no tener visión!
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Dedicado, con todo mi cariño y respeto, a Álvaro, a quien he conocido recientemente en la blogosfera (Álvaro publica 2 blogs que se pueden visitar aquí: http://vozdealvaro.blogspot.com/ y aquí: http://de-que-depende.blogspot.com/. ¡No dejéis de hacerlo!).
Álvaro: por más 'arrugado' y 'pisoteado' que puedas llegar a sentirte, recuerda siempre que tú vales mucho, amigo.
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post scríptum:
ACTUALIZACIÓN
El Ayuntamiento ha retirado por fin los carteles "reservado minusválido" y ha dejado solamente los logotipos correspondientes para señalizar la reserva de plaza de aparcamiento para personas con discapacidad (sin más texto).
¡Algo es algo!



El otro día estuve en el 'museo de mi vida'. Ese día, sólo pude visitar una sala de retratos donde había dos ejemplares con un gran cartel sobre cada uno. Desde lejos, antes de ver las figuras, pude leer los carteles. Uno decía: "LA PERSONA QUE MÁS PUEDE BENEFICIAR TU VIDA" y el otro: "LA PERSONA QUE MÁS PUEDE PERJUDICAR TU VIDA". Fui a ver el primero. ¡Quedé desconcertado por lo que contemplé! Luego, con mucha curiosidad, fui a ver el segundo. ¡Quedé todavía más desconcertado! ¡Otro espejo!


Me gustaría ser ingenuo como Fromm en los días que corren. A veces lo intento. Recuerdo haber preguntado (siempre en tono distendido, aprovechando el ambiente de confianza que puede surgir entre dos personas que aprenden mutuamente la una de la otra) a mis alumnos de clases particulares: "¿Sabes quién es Albert Schweitzer?". Para ponerlos a prueba. A ellos y a nosotros, que deberíamos haber mantenido viva la llama del misionero alemán. Lo normal es obtener respuestas tipo "No" o "En mi vida he escuchado ese nombre". El más osado llega a preguntar si se trata de un físico (debe sonar parecido a Albert Einstein) o de un matemático, que son temas de nuestras clases. Pero no. Se habla a tientas y se desconoce completamente. Bueno, pues se trata de recuperar del olvido a quien debería seguir entre nosotros. Y, pecando de ingenuo, procuremos que el salacot de Schweitzer sea un objeto más codiciado para nuestros chavalotes y chavalotas que la mismísima camiseta de Ronaldinho.

