domingo, 30 de agosto de 2009

episodios de la guerra entre la calidad y la cantidad

(79ª parada)
"Mejor es lo poco bueno con justicia que abundantes ganancias sin derecho".
(Libro de los Proverbios, cap. 16: 8)

Alguien podrá decirme que exagero por usar la palabra "guerra" en el título. Sí, es una palabra muy fuerte. Pero, en primer lugar, no debiéramos subestimar la enorme influencia que los panoramas bélicos han ejercido en el desarrollo de nuestras sociedades: después de cada gran conflicto se puede observar un salto tecnológico, ideológico, económico, social... que no responde a la línea continua que cabría esperar en condiciones normales. En estos escenarios de guerra literal también se han librado intensas batallas entre la calidad y la cantidad.

Recuerdo haber leído, por ejemplo, acerca de la diferencia de concepción entre dos vehículos acorazados que participaron en la Segunda Guerra Mundial: el M4 Sherman y el Panzerkampfwagen ausf. VI Tiger. El blindado alemán era una máquina terrible de extraordinarias prestaciones para el combate. Una de las crónicas de la contienda mundial relata cómo, el 13 de junio de 1944, cerca de un importante nudo viario al sur de Bayeux (en la Normandía francesa), un solitario Tiger comandado por el capitán Michael Wittman (quien en apenas 9 meses había destruido 119 carros rusos en el frente soviético) fue capaz de desbaratar, en pocas decenas de minutos y sin sufrir daños, una larga columna de blindados y acorazados del 4º de caballería "County of London", integrada por 20 carros de combate, 4 cazacarros, un carro de mando, 14 transportes de tropas y 14 Bren Carriers. Por otra parte, el M4 producido por la maquinaria bélica estadounidense no brilló por sus dotes excepcionales pero fue un carro discreto que se convirtió, en el curso de poco menos de 4 años y con un total de más de 48.000 unidades salidas de las fábricas, en el medio de combate más difundido y utilizado por el ejército de los USA. Una de las consecuencias de su inferioridad en combate respecto a los Tiger alemanes es que se pueden distinguir claramente los dos diferentes puntos de vista con que se enfocó la producción bélica por los alemanes y por los norteamericanos. Los primeros fueron constructores de máquinas soberbias, pero comparadas con las americanas quedaban a nivel artesanal: poco más de 1.300 Tiger contra 48.000 Sherman. Los segundos, en vez de buscar la perfección desperdiciando energías para el esfuerzo bélico, se contentaron con algo que fuera bueno, aunque no excelente, pero en gran cantidad. Los manuales de los carristas decían: "Para enfrentarse a un Tiger hacen falta cuatro Sherman, con la perspectiva de perder tres". No se trató sólo de una disparidad de potencial industrial, sino de un verdadero encuentro entre la vieja mentalidad de los industriales europeos, semejante a la de comienzos del pasado siglo, y la de los industriales americanos, más elástica y ya proyectada hacia el futuro.

Este episodio de la guerra entre la calidad y la cantidad, del que acabamos de ver tan sólo uno de los numerosos ejemplos existentes, finalizó con la buena noticia de la victoria de los aliados sobre los totalitarismos del Eje, pero dejó un nuevo panorama en que la superproducción y su consecuencia natural, el consumismo feroz, iba a ser la nueva tendencia de las sociedades occidentales. Y en ello seguimos. Los intereses económicos, que priman la cantidad sobre la calidad para hacer llegar casi todo lo producido por las empresas hasta prácticamente el último de los (potenciales) consumidores, son demasiado fuertes como para imaginar que esta tendencia pueda revertir. Lo peor de todo es que el planeta, a nivel global, está pagando el alto precio de mantener este estado de cosas. Personas como Annie Leonard nos han ido hablando de todo ello, como ya dejé constancia AQUÍ.

Al margen de las cosas materiales que se pueden producir, la calidad y la cantidad también son variables presentes en otras actividades humanas como, por ejemplo, la EDUCACIÓN. Por decir algo, la masificación en las aulas se ha tenido como un factor que va en detrimento de la calidad de la enseñanza. Hasta es posible que la multiplicación de contenidos merme la profundización en valores elementales ...pero esto es otro cantar: no sólo se educa en las escuelas. Hay multitud de diversos factores que también influyen en el complejo panorama de las políticas educativas a día de hoy. Demasiado complejo como para animarme ahora a hincarle el diente, aunque sólo fuera en la superficie...

Quizás me resulte algo más ligero y, por tanto, más apetecible para una calurosa noche de verano como ésta, comentar algo de lo que sucede en el marco de la lucha cantidad-calidad con los contenidos de la televisión pública. Se nos dijo que la televisión pública (ésa que utiliza parte de los impuestos ciudadanos para seguir funcionando) tenía metas de entretenimiento (cada vez más, si se puede incluir el aburrimiento como una forma de entretenimiento) y de educación (cada vez menos y, en particular, si el adoctrinamiento va sustituyendo a la educación con la que no puede identificarse ni en un ápice). Pues hay que ser un tanto crédulo para asumirlo. Me viene a la mente un tiempo en que, siendo aún un crío, apenas podíamos ver dos cadenas. Los canales autonómicos llegaron mucho después y las cadenas privadas aún más tarde... Y, por aquel entonces, el horario de emisión no era continuo. Uno podía pasarse horas contemplando parásitos por la radiación de fondo o cartas de ajuste (quizás 'contenidos' de mucho más nivel que algunas de las emisiones que se pueden ver hoy en día). Es posible que, al ser tan reducida la cantidad de programas emitidos, se planteara un dilema en la encrucijada de dos caminos:
- Como hay muy poco con lo que comparar, cualquier cosa que se emita será acogida sin demasiada crítica, así que no hace falta afinar mucho la calidad de los contenidos.
- Ya que no hay demasiadas horas de parrilla televisiva que rellenar, se puede hacer un esfuerzo para que los contenidos sean todo lo buenos que se pueda. A fin de cuentas, talento y dedicación son dos pilares para mejorar la calidad de la producción y, a igualdad de talento, la dedicación puede ser mayor, con más tiempo disponible, al estar el trabajo concentrado en menor cantidad de programas.

En el escenario actual, ¿qué sucede con ambos caminos? Por un lado, demasiada programación con la que comparar debería ser un aliciente para mejorar la calidad de los contenidos. Por otro lado, con tantas horas que rellenar no hay posibilidad de mantener los niveles de dedicación de antaño y no hay por qué presuponer que ahora exista mayor talento para mantener una calidad aceptable.
No hace falta decir que los términos "televisión basura" o "programación basura" son propios de las últimas etapas (las de la programación continua y la multiplicación de cadenas). Y hasta se han justificado con otro invento más: los "índices de audiencia". Pues eso: si emiten tal telenovela, cierto talk-show, ese bodrio infumable, aquel lo-que-sea... es, simplemente, porque el público lo ve mayoritariamente. Hasta cierto punto, no sé si es que el público está hipnotizado, lobotomizado o sus sentidos cauterizados, si es que interesa que se vean ciertas emisiones en lugar de otras por aquello de los panem et circenses (con lo que un mayor consumo respondería a una desmesurada oferta en esas direcciones), o si es que definitivamente ya no se puede confiar más en el espíritu humano, que prefiere dormitar cuando asoman la belleza, la inteligencia, la excelencia... y, en cambio, elige recrearse con las banales historietas de intrascendentes personajes anónimos.

Ya que me puse apológico hace un par de entradas, repito autor y género. Y que, como siempre, cada cual saque sus conclusiones.

El asno y su amo ·····(fábula de Tomás de Iriarte)

Quien escribe para el público, y no escribe bien, no debe fundar su disculpa en el mal gusto del vulgo

···«Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio;
yo le doy lo peor, que es lo que alaba».
···De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:
···«Al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
'Toma, pues que con eso estás contento'.
Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: 'Yo tomo
lo que me quieres dar; pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como'».

···Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano,
pues si, en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano.


Por último, y como un testimonio más de la guerra calidad-cantidad en el campo de la educación de los más jovencitos, dejo un vídeo. De cuando la factoría Disney nos regalaba cosillas de las que se podía aprender...

fragmento de la película: “Donald en el maravilloso mundo de las matemáticas”

lunes, 10 de agosto de 2009

cuadragenario

(78ª parada)
"Cuando tenía ya cuarenta años, Moisés tuvo el deseo de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. (…) Al oír tal declaración, Moisés huyó y vivió como extranjero en la tierra de Madián, donde tuvo dos hijos. Y cuarenta años después, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en el fuego de un arbusto que ardía".
(Libro de los Hechos de los Apóstoles, cap. 7: 23,29-30)

Con una palabra tan fea, ¿no es normal que luego se hable de "crisis de los 40"? ¡Claro… una palabra que comienza por cuadra no podría traer buenos aromas! Igual que cuadragésimo (por más que se usen indistintamente, no se debe confundir con cuarentavo: aquél puede ser un numeral ordinal o partitivo; pero éste sólo es partitivo, nunca ordinal). Y lo digo por el cuadragésimo aniversario que me ha endosado este 10 de agosto. Aunque quiero insistir en lo de "cuadra", porque a esta edad pocas cosas hay que cuadren, ni uno está ya como para cuadrarse ante nada… Hay unas pocas más canas (entre la negra cabellera) y unas pocas menos ganas (de que esa cabellera se la tomen a uno sin venir a cuento con "verdades por decreto").
Ya nos lo decía Sócrates: "Sólo sé que no sé nada". Y no es que el griego tratara de desprestigiar todo sistema educativo (idea que tomo de otra viñeta de Quino). Simplemente, que la edad lo va desautorizando a uno frente al conocimiento de las cosas seguras de un modo alarmante. Dicen que seguros son los impuestos y la muerte… ¡pues que les den a ambos! Estamos en la zona gris, donde lo seguro es más bien escaso. Lo más seguro es la creciente capacidad de hacerse preguntas que quedarán sin respuesta. De lo más trivial a lo más trascendente…

...trivial, como por ejemplo (y sin afán de resultar provocador): ¿Cuándo y de qué manera hemos llegado entre todos a conseguir que la vida, nuestro mundo, sea algo tan complejo, injusto, demencial, vacío, absurdo, aterrador, desolado, incoherente…?
...trascendente, como por ejemplo (y sin afán de resultar provocador): ¿De qué rayos está hecho ese garabato tan cambiante y que a veces se ve flotar en el ojo, escapando a saltitos de la mirada?

Preguntas que ni en otros cuarenta años se podrían resolver. Al contrario, esos cuarenta años acumulados a los anteriores traerían nuevas y más complejas preguntas. Todavía más triviales y todavía más trascendentes.

Pero baste a cada día su propio afán. El de hoy era celebrar el recién adquirido título de cuadragenario, que ya me hace un poquito mayor de lo que dice el padre de Mafalda, debatiéndose entre los 39 y los 40 (¡ah, qué tiempos! jajaja).

Cumplir años... Moisés, el del texto de arriba, llegó a los 120 (40 formándose para ser faraón en Egipto, 40 pastoreando rebaños en Madián y 40 peregrinando en el desierto de Sinaí); pero tal y como escribe su sucesor, Josué, al final del libro del Deuteronomio: "Moisés era de ciento veinte años de edad cuando murió; pero sus ojos seguían viendo y no se extinguió su fortaleza". Y, lo mejor, es que en sus ciento veinte años de edad aprendió a ser el hombre más humilde que se conocía sobre la faz de la tierra. Una de las cosas más grandes que se pueden hacer en la vida.
Cumplir años es mucho más que ir agotando números o que cambiar de calendario aún otra vez. Más bien, es un momento especial en que se le brinda a uno la oportunidad de agradecer por tantas cosas vividas, recibidas y ofrecidas; de agradecer por lo maravilloso de todo lo que ha sido concedido en tan sólo 365 días. Y es lo que pienso hacer hoy.

Por eso, no se me ocurre agobiarme por ver un 40 a mi lado.
Son sólo números, no es lo importante.

jueves, 30 de julio de 2009

pataletas gallináceas


(77ª parada)

“Había en esa ciudad un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los cobradores de impuestos, que quería conocer a Yeshúa.
Pero no podía verlo a causa de la multitud, porque Zaqueo era de baja estatura”.
(Evangelio según Lucas, cap. 19: 2-3)

Si yo quisiera criticar la arquitectura de Peter Einsenman o de Frank Gehry (por ejemplo), ni destacaría el gusto por lucir pajarita de uno ni la enorme nariz del otro. Hay mejores argumentos. Si yo quisiera criticar la política de Aznar o de Zapatero (por ejemplo), no haría referencia ni a bigotes ni a abdominales, ni a parecidos con famosos humoristas británicos. Hay mejores argumentos. Si yo quisiera criticar la labor periodística de Jiménez Losantos (por ejemplo), nunca aludiría ni a su característica dislalia ni a otros rasgos de su fisonomía. Hay mejores argumentos.
Podría seguir, pero creo que está clara la idea que quiero destacar. Normalmente, he considerado una vileza que alguien se ensañe en cuestiones físicas de una persona, o en otras de similar rango (que, precisamente, no se pueden elegir: vienen 'de fábrica'), para denigrar aspectos de su actuación personal que nada tienen que ver con aquéllas (y que sí se eligen: éstos no vienen 'de fábrica', se fabrican). Es una forma ventajista de atacar a alguien, porque se lanza el dardo en la dirección en que el agredido es absolutamente incapaz de defenderse. ¿Acaso Zaqueo (el del texto introductorio) tenía la culpa de ser bajito? Ese defecto suyo hacía que recaudara montones de ácidas burlas de sus conciudadanos de Jericó, cuando el tema de fondo (y principal) era su colaboracionismo con el invasor romano. Si Zaqueo hubiera sido alto y fuertote hubiera sido igualmente odiado por su condición de publicano, pero habría escapado a una atmósfera de escarnio injustificado. Quien, por ejemplo, padezca a un jefe inepto podrá desahogarse llamándole (no a la cara, por supuesto, que no están los E.R.E.s para bromas) cosas como calvorota barrigudo o qué sé yo. Pero en el convencimiento de que ni la alopecia ni la obesidad son las causas de su ineptitud. He conocido a calvos y a gordos que son todo un portento.

Tenemos un problema cuando sentimos tal aversión por alguien que demonizamos todo lo que es o representa esa persona. Es difícil que alguien encarne el mal al 100%. Igual que es difícil todo lo contrario. Recuerdo una anécdota que me contaron hace mucho de una ancianita que siempre tenía algo bueno que decir de cualquier persona, por poco merecedora que se la considerase de un elogio. Una vez, alguien le espetó: “Usted sería capaz de decir algo bueno hasta del mismísimo diablo”. La viejita, pensativa, le responde: “Bueno, debe de tratarse de alguien con la virtud de una constancia inquebrantable, porque ir por ahí siempre haciendo el mal sin cansarse…”.
Denigrar cada aspecto de quien no goza de nuestra simpatía es negar la posibilidad de reconocer algún mérito en cualquiera de sus acciones. Lo cual es de una cerrilidad recalcitrante. Y es también una muestra por parte del denigrante de que su juicio antepone los propios apasionamientos a una argumentación razonada. Insano ejercicio mental.

Como muestra de este tipo de actitudes, que tan necesario es desterrar de la práctica de las artes, de la política, de la ciencia y de cualquier otra actividad humana, me viene a la mente una fábula de Tomás de Iriarte con la que ir concluyendo esta breve parada veraniega.

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El cuervo y el pavo
Cuando se trata de notar los defectos de una obra, no deben censurarse los personales de su autor
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Pues, como digo, es el caso
(y vaya de cuento)
que a volar se desafiaron
un pavo y un cuervo.

Al término señalado
cuál llegó primero,
considérelo quien de ambos
haya visto el vuelo.

«Aguárdate -dijo el pavo
al cuervo de lejos-.
¿Sabes lo que estoy pensando?
Que eres negro y feo.

Escucha: también reparo
-le gritó más recio-,
en que eres un pajarraco
de muy mal agüero.

¡Quita allá, que me das asco,
grandísimo puerco!
Sí, que tienes por regalo
comer cuerpos muertos».

«Todo eso no viene al caso
-le responde el cuervo-,
porque aquí sólo tratamos
de ver qué tal vuelo».

Cuando en las obras del sabio
no encuentra defectos,
contra la persona cargos
suele hacer el necio.

miércoles, 15 de julio de 2009

otra vuelta de tuerca

(algo que celebrar…)

Sí, ya sé… Si tienes en cuenta el actual ritmo de publicación, entiendo que me digas que ha pasado muy poco tiempo desde la última parada. Habrá quien ni la haya leído todavía, pero no te preocupes, que no va a borrarse.
Hoy estoy aquí porque quiero celebrar algo que me parece importante… Todo sigue en movimiento, todo sigue dando vueltas, como cuando aprietas o aflojas una tuerca... ¿Qué a qué viene esto? ¿No me digas que te has olvidado?

¡¡Hoy cumples dos años!! Todavía recuerdo aquel 15 de julio de 2007 en que comenzaste dando tu primer pasito, dubitativo, casi tembloroso… Y mírate ahora: creo que ya eres mayor de edad. No sé cuándo un blog se hace mayor de edad, pero tú me demostraste que ibas por ese camino cuando, hace justo un año hoy mismo, te abandoné por un tiempo que se hizo más corto de lo que yo tenía planeado. Sentí que querías seguir andando, aunque fueras tú solo, y me llamabas para que siguiera a tu lado. Y decidí que tenía que ser así, y me planteé volver a tu lado inmediatamente. Por un momento pensé que ya no eras sólo una parte de mí, sino que yo empezaba a ser también una parte de ti. Es difícil de explicar. Pero por eso sigues aquí, cumpliendo años.

Cuando abriste tus ojos al ciberespacio, procuré instalarte en un blogobarrio donde te sintieras bien cómodo. Los vecinos eran excepcionales. Y también sus vecinos, así que pronto hicimos muy buenas migas. Éramos como una familia bien avenida. Gracias a ti, ellos me acompañaron en un momento complicado de mi vida, de ésos de electroencefalograma-plano. Pero con los ánimos que recibí a través de ti, todo eso iba quedando atrás. Tú te propusiste que dirigiera mi mirada hacia algo elevador, la barbilla bien arriba, ¡nada de ir arrastrándose! (lo de reptar, para los reptiles) …y lo fuiste consiguiendo. Pero creo que nada de esto hubiera sido posible sin ellos, sin nuestros queridos amigos de la blogosfera, que ayudaron a caminar el viaje de raindrop. Algunos ya se han marchado y su hueco es imposible de rellenar. Son irreemplazables. Quizás, por eso, no hemos buscado instalarnos en nuevos espacios, sino que hemos proseguido en este lento nomadear (¡qué rayos, vamos a inventar un verbo!) disfrutando aún más de quienes todavía siguen viajando cerca de ti.

Últimamente, me ha dado la sensación de que andábamos un poco achacosos. El ritmo de posteo se ha reducido a prácticamente la mitad en este último año. Fíjate que, en ya dos años, aún no hemos alcanzado las 100 entradas (¡cuando lleguen, habrá que celebrarlo también a su hora!). Aunque esta sensación está lejos de la realidad. Simplemente, hemos acelerado un poquito el ritmo de marcha y por eso hemos parado menos. Pero estamos decididos a seguir adelante otro año más, en compañía de quienes sigan en marcha. Mi única pretensión es que tus palabras no tengan eco. Sí, deja que te explique… ¿Qué es el eco? Pues eso, que no quiero que tu voz rebote contra una pared o contra las montañas y que te llegue tal cual, hasta extinguirse. Lo que me gustaría es que tu voz fuera siempre ampliada, enriquecida, mejorada por las voces de nuestros amigos, siempre en campo abierto. ¡Ajá! Sabía que, así, lo entenderías. Porque, reconócelo, eso es lo que más vida te da.

Tengo que darte las gracias. Has conseguido que estos dos años cruzando el desierto hayan sido los dos años más largos y, a la vez, los dos años más cortos de toda mi vida. Y, definitivamente, indelebles.

domingo, 12 de julio de 2009

de las uniones y de las fuerzas

(76ª parada)
"El pequeño vendrá a ser por mil, y el menor, un pueblo fuerte".
(Libro del profeta Isaías, cap. 60: 22)

- Fíjate en ese chavalín de ahí…
- ¿Cuál?
- Ése, el que lleva la camiseta del *****.
- ¿Y qué pasa con él?
- Nada. Fíjate el nombre que lleva a la espalda. ¿A quién pretende engañar? Jajajaja Y, sin embargo, me he fijado en que se mueve como él, intenta jugar con su mismo estilo, incluso gesticula como él y hasta protesta como él… Pero no entiendo por qué, en lugar de poner su propio nombre y aspirar o conformarse con un estilo propio, ha preferido adherirse a uno ajeno. Y, además, teniendo que pagar unos cuantos euros por haber elegido precisamente esa camiseta…
- Nada nuevo. Sobre la afición de los seres humanos a hacerse ídolos de cualquier cosa que les impresione, qué te voy a contar.
- Ya, claro.
- Y, luego, también está esa otra costumbre de devorar todo aquello que se desea alcanzar, como hacían algunos antiguos guerreros con los cuerpos de sus enemigos para conseguir apropiarse de su fuerza y poderes… Ellos practicaban el canibalismo ritual, pero como este chaval no puede zamparse a su ídolo, pues trata de absorberlo por otros medios: se viste como él, actúa como él… la finalidad es la misma. Este mocoso se comporta como aquellos guerreros que te digo, porque piensa que adoptando su identidad puede llegar a convertirse en algo parecido a su estrella.
- Aquí creo que estás forzando un poco la nota.
- Es posible. Pero el subconsciente de la humanidad está tan lleno de cosas extrañas que puedo permitirme la licencia. Mira, por ejemplo, cómo se sigue vendiendo la carne de los toros que se sacrifican en las corridas. A mí me parece una aberración. No creo que, después de haber sido maltratado hasta morir, la carne de ese bicho sea muy apta para el consumo. Estará envenenada por las toxinas que habrá generado el propio animal a causa del terror y de la agonía que se le ha provocado hasta su último aliento.
- No encuentro la relación.
- Bueno, supongo que ancestralmente esa carne se comía para asimilar la fuerza del toro y reafirmar la superioridad del hombre sobre el animal, como si también fuera un guerrero. ¡Bueh, una superchería…!
- ¿Y qué quieres, que la tiren?
- Y yo qué sé… Que hagan lo que quieran con ella. Pero yo no me la comería. Además, aborrezco las corridas de toros.
- Yo también. Pero eres tú el que ha sacado el tema.
- Vale. Pues rebobino… A propósito, fíjate en el chaval: apenas lo han tocado y mira el teatro que está haciendo en el suelo jajajaja ¿A quién me recuerda?
- Oye, ya que ha salido antes el tema de las camisetas y los jugadores de fútbol, ni te cuento las polvaredas mediáticas que se están levantando últimamente con el asunto este de los fichajes, los jugadores, sus precios y sus salarios…
- ¿Por?
- ¡Por qué va a ser, hombre! Por la burrada de millones que se están gastando en fichar a unos tíos que no hacen más que pegar patadas a un balón.
- Sí, una tontería como cualquier otra. Lo que no entiendo es por qué afectan unas tonterías desproporcionadamente más que otras.
- Bueno, ya. Pero porque haya otras cosas indignantes, eso no quiere decir que esta otra no lo sea también.
- Sí, claro. Pero se insiste mucho en esto en concreto, mientras que no deja de ser un mirar para otro lado.
- No te entiendo.
- Es como cuando intentas que un gato mire algo: tú señalas ese algo con el dedo, pero el gato nunca mira a lo que señala el dedo. El gato se queda mirando la punta del dedo. Pues aquí sucede lo mismo.
- Una vez más, consigues que me pierda en tus razonamientos…
- A ver si consigo explicarme… pero, por favor, no te quedes mirando la punta del dedo.
- Já-já, muy-gra-cio-so…
- Jejeje Es brooooma, no te enfades. Te cuento: ahora parece como si los culpables de la situación económica internacional fueran los clubes de fútbol. Bueno: algunos clubes de fútbol, que gastan montones de dinero que deberían destinarse a otros fines.
- Y esto último es cierto, ¿no? A veces pienso que es una completa injusticia que los bancos presten dinero para fichajes, pero no lo presten para permitir el desarrollo de pequeñas y medianas empresas, por ejemplo.
- Y si eso es una injusticia, ¿quién es el responsable de esa injusticia?
- Pues no sé… Los bancos, los clubes de fútbol…
- Apunta más a la base.
- ¿Quiénes?
- Empieza por los aficionados. ¿Cómo crees que se pagan esos fichajes? Ahí tienes una muestra: mira esos críos con esas camisetas. Y eso es sólo la punta del iceberg. Es curioso que se critique hasta la saciedad algo en lo que tantos y tantos acaban participando… ¿No es una contradicción?
- Oye, que a mí el fútbol tampoco me va mucho y tengo que sufrir las consecuencias de esta situación.
- Eso es lo de menos. Que te guste o no el fútbol, quiero decir. Sus tentáculos cubren una muy extensa superficie: medios de comunicación de masas, publicidad, merchandising, nuevas tecnologías… Al fin, todo líder de masas ha descubierto que una de las claves para alcanzar un progreso en la dirección que se desee está en que la unión hace la fuerza. Esto en manos de un buen líder, que ha entendido en qué consiste el verdadero liderazgo, es una pasada. Pero el mismo principio puesto en manos de un líder que sólo busca su propio provecho o el de sus favoritos es una desgracia.
- ¿Por?
- No tienes más que fijarte en cómo temen los dictadores al poder que hay en cada persona. Su primer objetivo consiste en anular ese poder, arrancando de cada individuo sus libertades intrínsecas, sus derechos innatos… La unión de todos esos (en apariencia) pequeños poderes acaba resultando ser un poder extraordinario. Pero en democracia también se puede intentar controlar el poder de las masas, a la manera de los peores tiranos.
- ¿Cómo?
- Si piensas un poco, se te pueden ocurrir unas cuantas maneras… No voy a insistir por ahí. Pero hay una clave común: a mí se me ocurre que con un pequeñito pellizco que se extraiga de cada uno, se puede llegar a alcanzar un total descomunal al servicio del poder. Mira, volviendo al caso del fútbol: si durante todo un año, la media de lo que se ha gastado un aficionado de un club de fútbol en asuntos relacionados con su club llegara a los 10 euros (un día, compras un partido en pago-por-visión… otro día, vas al estadio… otro día más, compras una bufanda o una camiseta…) y si ese club es tan poderoso que cuenta con (pongamos un número) diez millones de aficionados en todo el mundo, las matemáticas no engañan cuando me dicen que todos los aficionados han aportado cien millones de euros a las arcas del club en ese año. Vale, los números están puestos sólo como ejemplo… Es una forma facilona de contar las cosas, la realidad es algo más compleja: habría que descontar gastos, por ejemplo. Pero el principio es el mismo.
- Ya, pero cuando aprieta la crisis económica, la gente no está para gastar el dinero en estas tonterías.
- ¿Tú crees? Yo pienso que es todo lo contrario. Cuando las cosas van mal, la gente lo que quiere es gratificarse con esas tonterías que le sacan de una penosa realidad. Esto es lo triste del asunto.
- Bueno, me recuerda eso que leí en una ocasión que un típico indicador de tiempos de crisis económica es el aumento en las ventas de lápices de labios.
- Cierto. No sé si se conoce la relación entre una cosa y la otra, pero siempre parece cumplirse esa correspondencia. ¿Será una válvula de escape? Bien, pues los panem et circenses que valían para los romanos siguen valiendo para los que vivimos después de la caída del Imperio Romano.
- No hemos cambiado nada, ¿eh?
- Parece que no. La publicidad, por ejemplo, nos enseña a despreciar el valor de las cosas pequeñas… Quiero decir: que nosotros, consumidores, despreciemos el valor de lo ínfimo, para que las empresas a las que promocionan vayan amasando la suma de esas pequeñeces hasta obtener beneficios gigantescos. ¡Ellos no desprecian nada!
- ¡Uy, sí! Mucho me cabrea la típica frase: “por un miserable euro…”, o esas otras en que te dicen: “por sólo quince (por ejemplo) euros al mes…”. Y lo dicen con todo el morro del mundo.
- Sí, “sólo”. Pero tú multiplica y verás. Hay compañías que hasta parecen aprovecharse de ese desprecio por lo pequeño. Te estafan una mínima cantidad por un aparente error, descuido o lo que sea, de modo que tú no estés dispuesto a pelear por tan poca cosa. A ver quién está dispuesto a mover cielos y tierra para recuperar “un miserable euro”. Pero si consigo birlar un euro a un millón de pardillos me encuentro con la jugosa cantidad de un millón de euros. No es mal pellizco, ¿eh? Pues el mecanismo es siempre el mismo.
- Así se acaban pagando los fichajes de fútbol y cualquier cosa.
- Cualquier cosa que quiera la mayoría de la gente. Lo que se esté dispuesto a financiar es lo que será financiado. Es así de simple.
- Imagina, entonces, que una mayoría de la gente estuviera dispuesta a dar sus “miserables” 10 euros para otras causas, como apadrinar a niños de países subdesarrollados, o a construir infraestructuras para lanzar el progreso de zonas pobres, o a mejorar las condiciones de los más desfavorecidos…
- Sí, y luego voy yo y me despierto.
- Oye, no te burles, que lo digo en serio.
- Sí, y yo. Mira ahí, en la cafetería del parque. Está hasta arriba, como siempre. Y luego dicen que hay crisis. Já.
- Bueno, que la gente tiene derecho a tomarse un cafecito o una cervecita sin estar pensando siempre en los grandes dramas de la vida.
- Ya… y, mientras tanto, delante de la cerveza, a arreglar el mundo sin arrimar el hombro… que es más fácil criticar y protestar que arremangarse. Es más sencillo echarle las culpas al fútbol, a las multinacionales o a lo que sea, antes que reconocer que esos grandes enemigos no hacen más que recolectar las fuerzas que nosotros les entregamos voluntariamente.
- O inconscientemente.
- Vale. No cambia las cosas.
- Pues no.
- Mira: el chaval ya está otra vez retorciéndose en el suelo…

domingo, 21 de junio de 2009

aquí hay gato encerrado

(75ª parada)
"No temáis a nadie, porque nada hay encubierto que no haya de ser manifestado, ni oculto que no haya de saberse".
(Evangelio según Mateo, cap. 10: 26)

Aunque la expresión del título podría ser habitual en el campo de la Física Cuántica, para nada hace referencia al gato de Schrödinger. A mediados de la década de los 30 del siglo pasado, el físico (y Premio Nobel en aquellos años) Erwin Schrödinger propuso un experimento imaginario o mental en que un gato es introducido dentro de una caja cerrada (que no se pueda ver su interior) y que también contiene un curioso y peligroso dispositivo. Este dispositivo está formado por una ampolla de vidrio con un veneno muy volátil y por un martillo sujeto sobre la ampolla de forma que si cae sobre ella la rompe y se escapa el veneno, con lo que el gato moriría. El martillo está conectado a un mecanismo detector de partículas alfa. Si llega una partícula alfa, el martillo cae rompiendo la ampolla, con lo que el gato muere. Por el contrario, si no llega la partícula de marras, no ocurre nada y el gato continúa vivo. En otras versiones del experimento, la partícula que provoca la activación del artilugio es un electrón. Cuando todo el dispositivo está preparado, se realiza el experimento. Al lado del detector se sitúa un átomo radiactivo con unas determinadas características: tiene un 50% de probabilidades de emitir una partícula alfa en una hora. Evidentemente, al cabo de una hora habrá ocurrido uno de los dos sucesos posibles: el átomo ha emitido una partícula alfa o no la ha emitido (la probabilidad de que ocurra una cosa o la otra es la misma). Como resultado de la interacción, en el interior de la caja sucede que el gato está vivo o está muerto. Pero no podemos saberlo si no la abrimos para comprobarlo.

El objetivo del experimento es poner en evidencia una de las dificultades intelectuales más grandes y complicadas de explicar que tiene la física cuántica: el concepto de superposición cuántica. Al contrario de lo que sucede con la relatividad, a veces la física cuántica va contra preceptos tan instalados en la mente que hace bastante difícil su divulgación y comprensión. Es por eso que deja tantas preguntas abiertas. En muchas ocasiones, encarar la solución de un problema es el mejor método para aproximar una teoría tan rica y compleja y que ocupa a miles de científicos en todo el mundo.
Para poder interpretar el resultado del experimento es necesario entender lo que se llaman estados cuánticos. Un estado cuántico es un objeto matemático en el que se contiene toda la información de un objeto físico. De acuerdo a la interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica (formulada en 1927 por Niels Bohr, en colaboración con Werner Heisenberg y Max Born, entre otros), el principio de superposición lo que dice es que si el mundo puede estar en un estado A y también en un estado B, entonces también podrá estar en un estado que sea la combinación de ambos (estado mixto). Sin embargo, al efectuar una medición de este estado sólo se podrá obtener A o B. Esto quiere decir que hasta el momento en el que se mide, el mundo estaba en los dos estados simultáneamente. Pero, luego de realizar una observación, el estado colapsa a uno de los dos posibles: el A o el B. En el experimento de Schrödinger, el gato puede estar tanto vivo (V) como muerto (M) y, como ambos son estados posibles, también puede estar en una combinación que sea vivo y muerto, V + M.

Si lo que ocurre en el interior de la caja lo intentamos describir aplicando las leyes de la mecánica cuántica, llegamos a una conclusión muy extraña. El gato vendrá descrito por una función de onda extremadamente compleja resultado de la superposición de dos estados combinados al cincuenta por ciento: "gato vivo" y "gato muerto". Es decir, aplicando el formalismo cuántico, el gato estaría a la vez vivo y muerto; se trataría de dos estados indistinguibles.
La única forma de averiguar qué ha ocurrido con el gato es realizar una medida: abrir la caja y mirar dentro. En unos casos nos encontraremos al gato vivo y en otros, muerto. Pero, ¿qué ha ocurrido? Ambas realidades coexistirán hasta que un observador abra la caja. Al realizar la medida, el observador interactúa con el sistema y lo altera, rompe la superposición de estados y hace colapsar el sistema a uno solo de sus dos estados posibles: o vivo o muerto. Eso sí: el sentido común nos indica que el gato no puede estar vivo y muerto a la vez. Pero la mecánica cuántica dice que mientras nadie mire en el interior de la caja el gato se encuentra en una superposición de los dos estados: vivo y muerto, la paradoja de Schrödinger.
Aunque parezca descabellado en un primer momento, experiencias en las que se tienen diferentes estados superpuestos se llevan a cabo diariamente en laboratorios de todo el mundo. Es una concepción de la realidad que se aleja un montón de lo que se pensaba hasta el siglo XX (y de lo que aún hoy se piensa cotidianamente) y presupone grandes desafíos no sólo para los físicos, sino también para los filósofos de la ciencia, ya que se está planteando que la realidad es en función de que se la observe. Si nadie hubiera abierto la caja, el gato continuaría estando vivo y muerto; es ahí cuando surge una pregunta crucial: ¿el gato sabía que estaba vivo?

Y vuelvo de nuevo al tema de las percepciones que no he abandonado desde hace un tiempo en el blog. La paradoja de Schrödinger es un buen ejemplo de uno de los pilares de la interpretación de la mecánica cuántica: el observador es tan importante como el sistema que observa. Sin él, el sistema está indefinido entre cualquiera de las situaciones posibles. Esta visión del mundo de la teoría cuántica está profundamente conectada con la interpretación de los muchos mundos, según la cual cada observación de la caja provoca la formación de dos mundos paralelos, uno en el que el gato está vivo y otro en el que el gato está muerto. Según dicha interpretación, cada instante se genera un número infinito de tales universos.

Aparte de las mareantes disquisiciones que este experimento plantea acerca de los universos múltiples, no he podido evitar que algunas ideas me hayan sobrevolado la azotea... Y no importa que todo lo anterior no se haya entendido demasiado. Decía Richard Feynman que a quien no le deje pasmado la física cuántica es que no la ha comprendido. O, también: "creo que puedo decir sin miedo a equivocarme que nadie entiende la mecánica cuántica". Mejor que cada uno saque sus propias conclusiones. Algunas mías:

Por un lado, si es cierto que los gatos tienen siete vidas, este experimento llevado a la práctica sería un fracaso seguro por la cantidad de conclusiones erróneas que arrojaría. Así que, aparte de parecerme bastante bárbaro hacerle semejante faena a un pobre minino, lo mejor es que a nadie se le ocurra ponerlo en práctica. Y, además, es seguro que un gato preferiría imaginar el experimento del profesor de física metido en la caja de Schrödinger, pero no sigamos por ese camino…
Por otra parte, hay quien ha propuesto el experimento del gato de Schrödinger como estrategia para que físicos tímidos e indecisos se animen a ligar. Como toda potencial relación puede pensarse como buena y mala a la vez, será mejor abrir la caja para saber cómo es. Hay que tener en cuenta que la probabilidad de desengaño cuántico también existe, por supuesto.
Para terminar, recordaba aquella frase de Nietzsche (heredada de Hegel): "Dios ha muerto". Y se me ocurre que el filósofo alemán no estaba muy puesto en mecánica cuántica. Lo cual es lógico, teniendo en cuenta que, en el momento de su fallecimiento, todo esto no estaba ni en pañales. Y comento lo de la conocida frase porque si imaginamos a Dios metido en la caja de Schrödinger (o en un dispositivo semejante, ya que en realidad no lo podemos ver), no nos queda más remedio que admitir que está vivo y muerto a la vez. Agnósticos, ateos y creyentes podrían esgrimir, pues, argumentos cuánticos para defender sus posturas ...pero, ¿qué nos encontraremos en este universo en concreto cuando, al fin, se abra la dichosa caja?

el gato de Schrödinger en un antiguo programa de REDES:

domingo, 7 de junio de 2009

sí pero no, no pero sí

(74ª parada)
“Ahora, todavía vemos las cosas en forma confusa, como reflejos borrosos en un espejo”.
(1ª Epístola del apóstol Pablo a los Corintios, cap. 13: 12)

Quizás no fuera necesario repetirlo, pero ahí va: me gusta que mis textos tengan lecturas múltiples. No quiero insinuar que me identifique con todas ellas, por supuesto, aunque me satisface la variedad o la multiplicidad de los puntos de vista. Luego me reservo mi propia opinión para los comentarios, si viene a cuento. En este post quería, como excepción, matizar el anterior porque creo que es posible (lo digo por los comentarios que he leído) que se haya perdido el abanico de interpretaciones a favor de una única vía. En ningún momento quería dar a entender que el relativismo es la única opción. Es más, detestaría que fuera la única opción. Y, precisamente y como acababa concluyendo, porque sería justificar un montón de estupideces.
El mismo Daniel Schacter comentaba en la entrevista a la que aludía en el post anterior que los pecados de la memoria pueden producir consecuencias terribles. Por ejemplo, ¿qué pasa con los recuerdos de los testigos oculares de un delito? ¿Se puede relativizar con esto sabiendo que (sean sus recuerdos exactos o no lo sean) un recuerdo impreciso pudiera provocar que una persona inocente acabara en prisión? El profesor Schacter relata un caso de “atribución errónea”. Este error de la memoria se produce cuando recordamos algún aspecto de un acontecimiento correctamente, pero recordamos su fuente incorrectamente. El destacado caso mencionado en la entrevista tiene que ver con la mala identificación de un testigo presencial e implicó a un psicólogo llamado Donald Thomson, que también estudia la memoria. Se le acusó de una agresión sexual por culpa del recuerdo de una testigo ocular, una mujer a la que habían violado brutalmente. ¡Ella recordaba su cara con tantos detalles que la policía fue a por él y se le acusó de violación! Pero él dijo: “¿Que por qué no puedo haber cometido esta violación de ninguna manera? Pues porque mientras la mujer sufría la agresión, yo estaba concediendo una entrevista en televisión sobre (¡mira por donde!) la memoria y las distorsiones de la memoria… ¡No pude ser yo!”. Y resultó que la mujer había estado mirando el programa y recordaba su cara de la televisión pero la atribuyó (erróneamente) al violador. Éste es un ejemplo bastante extremo de atribución errónea, pero todos cometemos este tipo de error alguna vez. Lo mismo sucede con los otros errores de la memoria que comentaba anteriormente y con los que se llegan a justificar montones de barbaridades. Creo que no nos podemos permitir el dejar todo esto del lado del relativismo.

Precisamente, existe una referencia a la parábola de los seis sabios ciegos y el elefante en el libro El arte de amar de Erich Fromm cuando, en uno de sus capítulos, habla de los objetos amorosos y, más concretamente, cuando compara la lógica aristotélica con la lógica paradójica de las culturas orientales. Fromm reelabora la narración y no ofrece explícitamente las fuentes. Sin embargo, no es difícil averiguar el origen de la parábola: el sufí persa Muhammed Jalal al-Din Rumi, del siglo XIII. Existen variadas versiones del mismo relato y la que transcribo a continuación es de Pierre Crépon (Les Enseignements du Bouddha. Contes et Paraboles. Bibliothèque bouddhique chez Sully):

Una vez, Buddha estaba en Jetavana, en el reino de Sravasti. A la hora de la comida los monjes cogieron sus cuencos y fueron a la ciudad a mendigar alimento. Pero como no era aún mediodía y era muy temprano para entrar en la ciudad decidieron ir a sentarse un rato en una sala dónde se reunían los brahmanes, cogieron sitio y se sentaron.
En aquel momento los brahmanes discutían entre ellos acerca de sus libros santos y se había formado una disputa que no conseguían resolver. Llegaron a reñir y enemistarse unos con otros, diciéndose mutuamente: ''Esto que sabemos es ley, lo que sabéis vosotros, ¿cómo puede ser la ley? Lo que nosotros sabemos está de acuerdo con la doctrina, lo que vosotros sabéis, ¿cómo puede estar de acuerdo con la doctrina? Lo que debe decirse después, vosotros lo decís antes. Vuestra ciencia es vana y no tenéis el menor conocimiento''. Era así como repartían los golpes con el arma de la lengua y, por un golpe recibido, devolvían tres. Los monjes, observando a las dos partes insultarse, no autentificaron ninguna de las opiniones, se levantaron de sus sitios y fueron a mendigar alimento a la ciudad.
De vuelta a Jetavana se sentaron cerca de Buddha y le contaron lo sucedido. El Buddha contó esta historia:
Hace mucho tiempo, había un rey que comprendía la Ley búdica pero las personas, ministros o gente del pueblo estaban en la ignorancia, referente a las enseñanzas parciales, tenían fe en el resplandor de cualquier estrella brillante y dudaban de la claridad del sol y de la luna. El rey, deseando que sus gentes no se quedaran entre mares y navegaran por grandes océanos, decidió mostrarles un ejemplo de su ceguera. Ordenó a sus emisarios recorrer el reino para buscar ciegos de nacimiento y traerlos al palacio.
Cuando los ciegos fueron reunidos en la sala del palacio, el rey dijo: “Enseñadles los elefantes”. Los oficiales llevaron a los ciegos junto a los elefantes y se los mostraron guiándoles las manos. Entre los ciegos uno cogía la nalga del elefante, otro agarraba la cola, otro cogía la raíz de la cola, otro tocaba el vientre, otro palpaba el costado, otro la espalda, otro una oreja, otro la cabeza, otro un colmillo, otro la trompa.
Los emisarios llevaron después los ciegos al rey quien les preguntó: “¿A qué se parece un elefante?”. Aquél que había tocado una nalga contestó: “Oh, sabio rey, un elefante es como un tubo”. Aquél que había tocado la cola decía que el elefante era como un escoba. Aquél que había agarrado la raíz de la cola, que era como un bastón. Aquél que había tocado el vientre, que era como un muro. Aquél que había tocado la espalda, que era como un mesa elevada. Aquél que había tocado la oreja, que era como un gran plato. Aquél que había tocado la cabeza, que era como una gran mole. Aquél que había tocado un colmillo, que era como una lanza. Aquél que había tocado la trompa, contestó: “Oh, gran rey, un elefante es como una gruesa soga”.
Los ciegos empezaron entonces a discutir, cada uno afirmaba que él estaba en lo cierto y los otros no, diciendo: “Oh, gran rey, el elefante es realmente como yo lo he descrito”.
El rey rió entonces a carcajadas y dijo: “Todos vosotros sois como estos ciegos. Discutís inútilmente y pretendéis decir la verdad. Habiendo percibido una parte, decís que el resto es falso. Y por un elefante, os querelláis”.
El Buddha dijo a los monjes: “Así son estos brahmanes. Sin sabiduría, debido a su ceguera, llegan a disputar entre ellos. Y debido a su discusión quedan en la oscuridad y no hacen ningún progreso”.


Esta pequeña parábola es una interesante explicación sobre el relativismo. Efectivamente, como señala Fromm, esta idea jamás (hasta ahora, en que nos hemos desplazado al otro extremo) podría haber tenido cabida en el pensamiento occidental, regido por la lógica aristotélica. Sin embargo, la lógica paradójica tan bien plasmada en este relato demuestra que, aunque una persona diga blanco y otra negro, ambas pueden equivocarse y tener razón al mismo tiempo. El relativismo queda eliminado por completo, puesto que se considera la existencia de una única verdad. Sin embargo, nadie puede estar en posesión de esa verdad: cada uno aportará su propia visión sobre el mundo. Aunque superficialmente pueda parecer que las visiones se contradicen, en realidad forman parte de algo mucho más complejo. La Verdad siempre será infinitamente más compleja que cualquiera de los acercamientos del ser humano. Eso sí, ya pueden luego venir ciegos que han palpado bocas de cocodrilos diciéndonos que los elefantes son como camas de fakires. Lo siento, pero no cuela. Y, por otra parte, decir que no existe en el mundo una única verdad ya es admitir la existencia de una verdad absoluta. Es una de esas paradojas a las que el ser humano jamás encontrará una solución.

La rigidez de pensamiento sólo consigue desnaturalizar el progresivo descubrimiento de las verdades objetivas. Como el mismo Fromm dejó escrito en El arte de amar, pienso que el radicalismo y el dogmatismo resulta ser un nihilismo moral. Fromm llama autómatas carentes de amor a los ‘pensadores radicales’. En cuanto a la objetividad, destaca cómo incluso entre naciones la falta de objetividad es más que notoria: “De un día para otro, una nación pasa a ser considerada totalmente depravada y perversa, al tiempo que la propia nación representa todo lo que es nuevo y noble. Toda acción del enemigo se juzga según una norma, y toda acción propia según otra. Hasta las buenas obras realizadas por el enemigo se consideran signos de una perversidad particular con las que se propone engañar a nuestro país y al mundo, en tanto que nuestras malas acciones son necesarias y encuentran justificación en las nobles finalidades que sirven”.
La facultad de pensar objetivamente es la razón y la actitud emocional que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia.

Puedo entender que la realidad de cada cual dependa del color de los vidrios que llevamos puestos en nuestros anteojos. Es un hecho ineludible, producto de la fisiología del cerebro. Pero me cuesta más encontrar justificaciones a que cada cual elijamos en cada circunstancia de qué color serán los vidrios de nuestros anteojos. A eso se le llama conveniencia.